En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

jueves, 2 de abril de 2020

En los campos de Mostar

En memoria de mi amigo el Capitán Ripollés, que años más tarde, en 2003, en el regreso a casa, moriría en el desgraciado accidente del Yakovlev 42.

Se sueña frecuentemente lo que ni siquiera se atreve uno a pensar. Por esto son los sueños los complementos de nuestra vigilia, y el que no recuerda sus sueños, ni siquiera se conoce a sí mismo. (Escribe Machado a Guiomar).



Aquella noche me metí en la cama temprano, tambaleándome de cansancio, exhausto de tantas noches sin dormir, y sin sueño. Me tomé algo que el médico, mi amigo, mi subordinado me dio.

Me hundía en un pozo profundo. Las líneas de la habitación se disolvían en un baile lento y difuso en medio de un tenue neblina. Salvador, mi amigo, mi compañero de promoción no era más que una sombra que se movía entre lonas amarillas sin fin que se perdían en abismos oscuros. La luz era un resplandor débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido del peso y comenzó a flotar. Me hundía en el pozo del sueño.

Me invadió un terror infinito. Estaba en las playas de Normandía junto al soldado Rayan, desconocido, incapaz de moverme, de protegerme del bombardeo. Mis compañeros, sin rostro, avanzaban hacia las rocas y yo me quedaba allí solo, en medio de un caos de desesperación, atrapado en un agujero negro sin salida

Comencé a luchar desesperadamente, pero la droga o la medicina me tenía inmovilizado. Mi voluntad no quería someterse, no quería dormir ni dejarme que yo durmiera. Me sacudían olas de nauseas profundas dentro de mí, como si las entrañas se hubieran desintegrado y se agitaran furiosamente.

Alguien, una voz amiga, estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de explicarme algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus enormes cabezas inclinadas sobre la mía. Estaba lanzado en un abismo sin fin, cayendo en un vacío profundo, con una presión horrible en el estómago. Trataba de resistir mi caída, luchaba para evitar el choque en el invisible fondo, pero las fuerzas me habían abandonado.

Nunca he sabido si aquella noche estuve en el umbral de la muerte o de la locura, o si mi desesperación me hizo pasar una prueba de fuego en un abismo helado en una guerra que no era mía.
Lentamente mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga o la medicina. Al amanecer estaba completamente despierto, envuelto en un sudor frío y agotado pero triunfante de haber recuperado el movimiento y ser capaz de pensar. Seis días hacía desde la noche en la que el toa volcó, desde que se desangró en medio de la lluvia y el frío de noviembre; después el hospital, la autopsia, las declaraciones, el envío del féretro, y un entierro lejos de sus amigos. Luego más declaraciones en las que no decía nada porque nada sabía, habían decretado el “silencio radio” y desde el puesto de mando sólo les oí pedir auxilio, y cuando pudimos llegar, ¡que tarde fue!, a pesar de estar tan cerca, ¡que largo se hizo el camino entre la lluvia y el barro! Creo que no se enteró de mi llegada pero me hablaba, estaba preocupado por sus dos acompañantes, sus amigos, sus subordinados, que nada serio tenían; pudo incluso reírse de sí mismo, presumiendo de su herida de guerra; me recordó que teníamos pendiente una cena, que me la debía; me pidió que recogiera sus cosas y, entonces, mi amigo, mi compañero, mi subordinado, perdió el conocimiento, que ya no recobraría ...

Esa mañana me levanté y reanudé mi trabajo, me sentí diferente a los demás, o los demás me parecían diferentes a mí, incapaces de compartir mi angustia, mi dolor. Ahora no podía librarme de la introspección, perseguía mantener un control consciente sobre mí mismo, y mi dolor me hacía ver a los demás desde un ángulo nuevo. Perdí mi interés en el trabajo, con el que antes había disfrutado. Mi imaginación estaba ocupada en entender los impulsos que movían a los demás. Me parecían que eran pequeñas cosas que respondían a emociones indefinidas y, a veces, irrazonables. En mi mente algo había desatado una cadena interminable de pensamientos y emociones ocultas; a mí solo me movía la desesperación interior, pero no podía notárseme.


Madrid, octubre de 1994. Del relato impreciso de un amigo/compañero. Defensa de Mostar.



 Texto inédito de: Del cinamomo al laurel.53

 

 

 

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