En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Política en Cervantes


Según el materialismo filosófico, el ser humano se relaciona en sociedad en tres dimensiones: estado, gremio, e individuo

Partimos de la idea de que la política es la organización humana de la libertad, frente a la organización del poder estatal. Las actividades metafísicas no tienen nada que ver con la administración de la política: eso es lo que ocurre en Cervantes, que no consulta con los dioses, con la divinidad, ni con una ideología, la solución de los conflictos humanos, considerando que éstos no tienen ni una causa, ni una consecuencia teológica, sea el dogma que sea.

Entre el estado, máxima organización política, y el matrimonio, que podríamos considerar la mínima, existen diversas relaciones sociales.

El Estado establece una serie de normas jurídicas, que: han de ser iguales para todos, y no puede haber ningún individuo exento de cumplirlas.

Dentro del estado existen determinados grupos que se institucionalizan o se asocian. Estos grupos se mueven en torno a unas normas y comportamientos propios del grupo o gremio, pero, los criterios del estado, están siempre por encima de estos criterios de grupo, y, naturalmente, por encima de los criterios individuales. El estado se caracteriza porque en él han de tener cabida todos los grupos y todos los seres de ese estado; por eso ni grupos, ni individuos puede tener derechos específicos dentro del estado, eso serían privilegios frente a los derechos de los demás. Sin embargo esta cuestión no está del todo clara, ya que tanto individuos como grupos pugnan por tener más derechos unos que otros, que les supongan un mayor poder y una mayor libertad: es ahí donde surge el conflicto entre el poder del estado, del grupo, del individuo, y de unos frente a otros.

En la obra de Cervantes se aprecia claramente esta lucha. Los grupos pueden fundamentarse en razones de sangre, de fe, de dogma o ideología, de género, económicos, sanitarios; la gente se organiza en torno a un sin fin de cuestiones, constituyéndose en minorías o mayorías en relación a otros.

Mucha gente se ha dedicado a estudiar en Cervantes las minorías (sobre todo en los últimos diez años). En la última década no parece tener fundamento alguno, achacando el fenómeno a la critica literaria posmoderna, (que no es crítica porque es acrítica, y que no es literaria porque es política), que siempre ha pretendido intervenir la literatura, o sea, manipularla en nombre de su causa ideológica, -que sería legítimo ideológicamente, pero no literariamente-. Es como ver la democracia en Cervantes; no hay nada democrático en Cervantes, no existe, más bien hay una discrepancia en esa cuestión.

Pondremos una serie de ejemplos sobre la base de los diferentes gremios e individuos que aparecen en la literatura cervantina, que constituyen un excelente avispero de relaciones dialécticas y conflictivas. En Cervantes encontramos curas, ladrones, prostitutas, nobles, villanos, judíos, árabes, cristianos, católicos, protestantes, renegados, conversos, nihilistas, mentirosos, psicópatas, farsantes, pederastas, bandoleros, rufianes … Sus relaciones, de una manera sutil, están siempre enfrentadas dialéticamente. El modelo de relación dialéctica no es el modelo de Erasmo, donde todo es compatible con todo, es un modelo al que le podríamos encontrar un precedente en la Celestina, donde, en su prólogo, se declara una relación conflictiva:

esto con que nos criamos e biuimos, si comiença a ensoberuecerse más de lo acostumbrado, no es sino guerra.

Entre los animales ningún género carece de guerra, y el ser humano es, en definitiva, es un animal fuera de contexto. Todos procedemos de la naturaleza, y quizás la diferencia es es que ellos viven en su contexto, y nosotros no. Y la guerra es la distancia que separa a los idealista de la realidad, una realidad terrible. Lo cierto es que la dialéctica está presente en todo la obra literaria de Cervantes.


Hablando de la cuestión religiosa dentro de la política. Cuando Cervantes en el Quijote, por boca del narrador, cuenta la historia del cautivo, del capitán Pérez de Viedma, que, con el apoyo de Zoraida, se fuga de su cautiverio en Argel. Zoraida, que había contactado con el capitán en uno de los baños de Argel; lo hace a través de la celosía de su ventana, con una caña de la pende un hilo, y del hilo un papel con una serie de mensajes. A partir de esta peculiar comunicación, y la colaboración de un falso converso, que no ha dejado de ser católico, y el dinero del padre de Zoraida, a quien la hija traiciona, se prepara un plan de fuga. En todo este episodio hay una serie de reflexiones importantes.

En relación con el renegado (más bien falso converso, porque había fingido convertirse al islam, pero seguía siendo cristiano), cuenta el cautivo:

En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasión que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intención, otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso con los demás turcos. Con esto se escapan de aquel primer ímpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daño; y, cuando veen la suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran. Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos.

Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo.” (Quijote I, 40)

Se ve que era casi imposible huir del cautiverio argelino, y que de hacerlo había de ser con mucho ingenio (“industria”). Una vez fugados si les pillaban los piratas berberiscos, esgrimían el salvoconducto que ellos mismo se había preparado.

[…] Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad, y verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado por su ignorancia y pecado.” (Quijote I, 40)

El papel al que se refiere,es el que Zoraida le había echado con la caña, que demostraba que había renegado para sobrevivir, para adaptarse a la iglesia (al gremio).

Son muchos los renegados que aparecen en la obra de Cervantes, no solo en el Quijote. En La gran sultana, una de sus comedias turquescas, otro renegado, Salec, un personaje nihilista porque lo niega todo, no cree nada; un turco que reniega para asegurarse la supervivencia, dialoga con Roberto, otro personaje, que a finales de del XVI lo tacha de ateista (posiblemente una de las primeras veces que se utiliza este término en literatura), a lo que concluye Salec, diciendo, “yo no sé lo que me gusta”. Salec demuestra el dominio de la confusión: todo es confusión, y sin embargo todos nos entendemos.

Es la utilidad verbal de un discurso que no es uniforme porque no es acordado, sino que está disperso, con una lengua mezclada que ignoramos si sabemos, un discurso babélico. Pero no cabe otra, en un sentido literal: o lo ignoramos o lo conocemos. En realidad lo que viene a decir, lo que dice entre líneas, es que ignoramos lo que no nos interesa, y conocemos aquello que nos es útil. Si ignoramos una lengua no sabemos prácticamente nada, porque no podemos comunicarnos. Niega, además, hasta la memoria, al responder con silencio todo tipo de requerimientos; niega hasta su identidad: es el mismo Cervantes que tanto escribe, pero que nada deja claro de su identidad, de su genealogía; mucho contenido en la literatura cervantina. Es evidente el secreto en personajes de esta naturaleza.

Hay otro personaje que está a punto de convertirse en un renegado, que quiere renunciar a la religión católica para sobrevivir en mejores condiciones en el mundo islámico. En un diálogo en El trato de Argel, entre Pedro y Sayavedra (personaje de trasunto cervantino, como Salec en La gran sultana), quien logra convencer a su interlocutor para que no reniegue, sino que, a pesar de las limitaciones, se mantenga dentro del catolicismo. Pero lo importante de este diálogo no es que lo convenza, sino que es el diálogo entre un erasmista protestante y un escolástico español tridentino: el Concilio de Trento frente a Lutero. La cuestión de fondo es la diferencia entre la fe y las obras: un protestante todo lo soluciona imaginariamente con la fe, para un católico lo que importa son las obras, “Por sus obras los conoceréis”. Lo que en este texto hay es una filosofía de vida, enfrentada a otra filosofía distinta; una dialéctica que tiene su punto de partida en la religión, aunque el punto de partida se olvide en el desarrollo de la conversación, en la que aparece el ateísmo, pero un ateísmo de formación católica (Cervantes no se explica desde Erasmo, no se explica desde nadie, pero, como Spinoza, deja siempre ver su ateísmo, el uno de formación católica, y el otro de formación judía). Podríamos afirmar que si don Quijote alucina con el mundo, después el mundo alucina con don Quijote; y algo parecido podríamos decir de Cervantes que lo explica todo en su obra: el mundo alucina con Cervantes, que nos explica a todos el mundo: No se puede acudir a Erasmo para explicar a Cervantes, eso sería subordinar la literatura española a una concepción europeísta.

El protestantismo antepone la fe a la razón. Cevantes, en El trato de Argel, desde una visión católica de la vida, sitúa en las “obras” el eje del ser humano. Por eso, ¿cómo se puede calificar de erasmista a un autor que ha rechazado explícitamente esa filosofía, mediante aquellos personajes que, en sus obras, son el trasunto de sí mismo? Es imposible. Aunque tampoco podemos considerar a Cervantes un Católico al uso, ya que sitúa en el error a los personajes que viven en la esperanza de una solución teológica de sus problemas, porque esa solución no llega nunca: no es Dios quien lo saca del cautiverio, es el dinero de Agi Morato, padre de Zoraída; es la traición que Zoraída hace a su padre (algo inasumible en el mundo musulman), y es el apoyo del falso renegado… No, en la solución, no interviene Dios, ni siquiera don Juan de Austria (que es el reproche que hace Cervantes a la política exterior de Felipe II, que olvidó por completo a los miles de cautivos que hubo en Berberia). La solución de los problemas del ser humano, para Cervantes, siempre ha llegado y llegará, como consecuencia de su esfuerzo, de su “industria”, de su ingenio, de su astucia y de todo aquello que hace para sobrevivir.

Erasmo no explica a Cervantes, es al contrario, con Cervantes se puede explicar a Erasmo. Por eso, siempre he pensado que, el programa “Erasmus” se debería llamar “Cervantes”.


 

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