En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

domingo, 20 de febrero de 2022

La Princesa Micomicona: el autoengaño de don Quijote

La misma vida no es más que una saturación de espectáculos teatrales, donde cada uno de nosotros interpretamos diversos personajes.

Dorotea se ofrece a formar parte de solución que, mediante un divertimiento protagonizado por el cura, el barbero, Luscinda, Cardenio, don Fernando, y la propia Dorotea, se monta con el fin de conseguir que don Quijote regrese a casa, y allí curarle de la locura de sus caballerías. Dorotea representa el papel de Princesa Micomicona, que exige a don Quijote no entrar en ninguna nueva aventura, podríamos decir que trata de que no se meta en ningún lío que pudiera echar por tierra el objetivo marcado por el narrador.

En un principio era el cura quién estaba ya disfrazado y presto a interpretar el papel de princesa menesterosa, que solicita ayuda del caballero para liberar el reino micomicón de las garras del gigante Pandafilando que lo tenía secuestrado, pero en ese momento en el que el cura está atentando contra las normas impuestas con el concilio de Trento, aparece Dorotea, una discreta doncella, dispuesta a representar teatralmente el papel, así como a liberar a maese Pedro de la afrenta que estaba haciendo a la iglesia. La representación, a partir del (I-29), será objeto de varios capítulos.

Dorotea, como la Princesa Micomicona, se convierte en la actriz principal de esta pieza de teatro, que supone que muchos personajes del Quijote participen, como actores, de la representación, como que otros personajes de la novela, sean espectadores del teatro urdido dentro de la novela.

La Princesa Micomicona

Tanto el contenido de los temas representados, como los actores que los representan funcionan como un procedimiento de distanciamiento o extrañamiento: no es lo mismo el mensaje de Dorotea personaje de la novela, que el de la propia Dorotea como actriz del teatro que contiene la novela, adquiriendo una doble dimensión semántica. Sobre todo, podríamos hablar de elongación del personaje.

¿Qué es la elongación? Si habláramos de astronomía, diríamos que es la distancia angular entre dos astros medida desde la tierra, especialmente entre un planeta y el sol; en este caso de un personaje literario, la elongación es: la distancia de un personaje con respecto a otro, y con relación a un tercero que es el narrador.

La relación de DQ con respecto al narrador, en relación a Sancho, no es la misma que la de DQ con el narrador, en relación a Dorotea, y mucho menos lo es con relación a la Princesa Micomicona, cuando la representa Dorotea. Esta elongación o distancia es susceptible de una interpretación semántica variable a medida que la fábula va avanzando. Cuando se lleva a cabo una representación los hechos comunes pasan a ser hechos significativos de otra cosa, con frecuencia diferentes de aquellos a los que literalmente representan. Esto ocurre en el Quijote constantemente. Veamos que representa Dorotea cuando actúa como Princesa Micomicona:

El director de escena es el cura, que coordina el engaño, y decide, en esa especie de selección de actores, que Dorotea sea la actriz principal; como actor secundario señala al barbero, al que, para que DQ no lo reconozca, se ponen unas barbas (valga la redundancia), y le hace escudero de la princesa; también, una vez que DQ, acepta ponerse al servicio de la PM., aparecen otros personajes que hacen de comparsas.

El fin de ese teatro lúdico, como hemos dicho, es conseguir devolver a DQ a su casa. La puesta en escena está hecha en un lenguaje arcaizante, tomado de las leyendas caballerescas; el vestuario, curiosamente, lo lleva Dorotea en el hatillo que ya portaba en su persecución tras don Fernando. Toda esta representación está muy quebrantada por la vida real:

  • Dorotea que es muy discreta, e inteligente, comete algunos gazapos, llegando en un momento dado a olvidarse que su nombre artístico es Micomicona y a hablar como Dorotea. En otro momento, Sancho que no está al tanto de la representación dice que será mucha princesa y que estará muy preocupada por su reino, pero que, cuando cree que nadie la ve, anda dándose de piquitos con don Fernando; DQ que oye lo que Sancho dice, le reprende que hable así de esa alta señora (lo que indica la narración es que el cuerpo no entiende de nada cuando la carne se hace presente). El narrador, que es muy malicioso, califica las palabras de Sancho de descompuestas (I-46), el lector sabe que el narrador está mintiendo, porque las palabras de Sancho no sólo no son descompuestas sino que están mostrando la realidad. Lo que está claro es que el narrador siempre intenta engañarnos, y DQ, parece facilitar ese engaño, quizás porque si descubriera la burla, se rompería su juego y volvería el aburrimiento.

  • En otro momento artístico al barbero se le caen las barbas y provoca la intervención del cura para arreglar el desaguisado haciéndole un ensalmo por el que se pegan de nuevo las barbas. DQ que se da cuenta, le pregunta al cura que cómo ha hecho para pegarlas de nuevo, extrañándose sobre manera que un hombre de iglesia, el cura de su pueblo, practique la superstición.

  • Y en otro momento, Micomicona dice, que procedente de su reino, desembarcó en Osuna, y DQ, le dice que debió ser en otro sitio porque Osuna está en el interior y no tiene puerto de mar.

El idealismo de la representación parece hacer aguas. Destruye, por momentos la representación para hacer ver que estamos en la realidad, algo que muchos años después se atribuyó al ingenio de Beltor Brech; pues no, ya Cervantes lo había hecho. En el episodio, constantemente se presenta un enfrentamiento dialéctico entre la PM y la realidad.

El cura disfrazado de princesa.  

En medio del relato que discurre en la venta, unos huéspedes quieren irse sin pagar, incluso llegan a golpear al ventero. La hija de este pide a DQ su intervención, su socorro como caballero andante, y DQ, con mucha flema, dice el narrador, le contesta que para que él pueda meterse en ese tuerto, ha de acudir pedir permiso a la PM, y que mientras tanto le diga a su padre que vaya aguantado como mejor pueda, que él espera paciente la resolución. Claro, la hija viene a decirle que no le vacile, que mientras va y viene, le han zurrado a su padre y se han marchado. DQ entonces, reculando con mucha astucia, le dice que no puede, que si quiere que le diga a su escudero que vaya y tome venganza.

Al final todos acaban metidos en el juego, hasta los cuadrilleros que vienen a prender a DQ se meten en la representación. Todos, como ahora lo está la humanidad entera, están encantados con el juego que se trae don Quijote (si hay algo que los cervantistas no están dispuestos a aceptar es que DQ finge su locura, quizás pensando que si lo hacen se les acaba el negocio, ya que ellos viven de hablar de un loco, sin darse cuenta que podría se más rentable, vivir de hablar de un cínico, pues el cinismo es una forma de vida, en tanto que la locura es una enfermedad).

Todo espectáculo emana de la apariencia o de muchas apariencias, pero se fundamenta en la sociedad como espectáculo (como diría Vargas Llosa).

Veamos el episodio (1-29) en el que se teatraliza a Dorotea como Princesa Micomicona.

El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían de allí, mal que le pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenían pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que el barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros.

Pues no es menester más –dijo el cura– sino que luego se ponga por obra; que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta para vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.

Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y otras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una rica y gran señora parecía. Todo aquello, y más, dijo que había sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido ocasión de habello menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire y hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba.

Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle –como era así verdad– que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura; y así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella tan fermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.

Algo no encaja muy bien entre “tan fermosa señora” y “aquellos andurriales”.

Esta hermosa señora –respondió el cura–, Sancho hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y, a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.

En este párrafo, podemos decir que comienza el teatro, asumiendo el cura el papel de narrador, que entre “varón”, “micomicón”, y “don”, parece asegurar el cachondeo, a lo que añade el lenguaje arcaizante de “le defaga un tuerto”. Sigue más abajo:

Ya, en esto, se había puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se había acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese que conocía al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistía todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la pendencia que con Cardenio había tenido, y el cura porque no era menester por entonces su presencia. Y así, los dejaron ir delante, y ellos los fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría, sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.

El cura y el barbero se quedan agazapados para ver cómo se toma don Quijote la presencia de Cadenio, con el que se acababa de moler a palos hace muy poco.

Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y, así como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero. Y, en llegando junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas ante las de don Quijote; y, aunque él pugnaba por levantarla, ella, sin levantarse, le fabló en esta guisa:

De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer a la sin ventura que de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famoso nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.

Don Quijote lleva varios días haciendo penitencia en sierra Morena y de repente se le aparece una lozana criatura, y le suelta semejante súplica en puro lenguaje caballeresco. Creo que no debemos olvidar que Dorotea, personaje de la novela del Quijote, está representando el papel de princesa, así como Alonso Quijano, representa el papel de don Quijote, en la novela, héroe que es requerido por la Princesa Micomicona.

No os responderé palabra, fermosa señora –respondió don Quijote–, ni oiré más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra.

No me levantaré, señor –respondió la afligida doncella–, si primero, por la vuestra cortesía, no me es otorgado el don que pido.

Yo vos le otorgo y concedo –respondió don Quijote–, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave.

Ahora invoca a su rey contra el que actuó hace poco al liberar a los galeotes, como habla de su patria, cuando los caballeros andantes sirven, como mucho, a un señor feudal. Se olvida de su Dios, pero, como si fuese un descuido, un poco después lo tiene presente.

No será en daño ni en mengua de los que decís, mi buen señor –replicó la dolorosa doncella.

Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor y muy pasito le dijo:

Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía.

Sea quien fuere –respondió don Quijote–, que yo haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.

Y, volviéndose a la doncella, dijo:

La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme quisiere.

Pues el que pido es –dijo la doncella– que la vuestra magnánima persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi reino.

Digo que así lo otorgo –respondió don Quijote–, y así podéis, señora, desde hoy más, desechar la malenconía que os fatiga y hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.

La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle las manos, mas don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo consintió; antes, la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le armase luego al punto. Sancho descolgó las armas, que, como trofeo, de un árbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su señor; el cual, viéndose armado, dijo:

Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.

El cura y el barbero aparecen poco. El cura que ha cedido sus ropas a Cardenio para que no lo reconozca don Quijote, quedando en ropa interior en plena Sierra Morena, se hace el encontradizo con don Quijote (que ve con asombro al cura de su pueblo en calzoncillos). Don Quijote le pregunta que qué hace por allí, y el cura le cuenta que unos salteadores de caminos, que un sinvergüenza ha liberado, unos galeotes le asaltaron, restregándole por la cara al caballero su hazaña de la liberación (si don Quijote hubiera estado convencido de la liberación, habría argumentado algo al cura, pero no lo hace).

Cervantes con estos episodios, una vez más, demuestra que utiliza todos los géneros literarios entremezclados entre sí. Aquí podemos llegar a la conclusión de que la vida es una farsa, un autoengaño, que no todo el mundo tiene el suficiente valor como para reconocerlo.



domingo, 6 de febrero de 2022

Consideraciones sobre la libertad y el amor en el episodio de Marcela y Grisóstomo


En los capítulos 12, 13 y 14 de la primera parte se desarrolla el episodio de Marcela. Podemos considerarlo una unidad narrativa que, como tantas otras historias intercaladas, podría presentarse fuera de la obra principal. Es un episodio muy bien insertado pero que no tiene más consecuencia en el asunto central de la novela. En una novela del siglo XIX, por ejemplo, cada relato que surge, aparentemente ajeno a la historia del protagonista, tiene una razón de ser en la trama general: tarde o temprano, la acción de los personajes de esa historia modificará el destino del protagonista. En el episodio de Marcela y Grisóstomo, el andar del caballero se desvía acaso un poco, pero no se modifica. Es un andar sin rumbo. Terminada una aventura, ha de encaminarse a la siguiente; ésto es en buena medida una constante en El Quijote: tras una buena paliza, viene la calma.

Esta es una historia de género pastoril, que comienza con la trágica muerte del “pastor” Grisóstomo, a cuyo excéntrico y pagano sepelio acuden varias personalidades que sin conocerlo se sienten atraídos por las razones de la muerte. El fingido pastor muere “de amores”. El eufemismo “morir de amores” representa una elegante manera de caracterizar al suicidio en la España católica de entonces. Téngase en cuenta que unos años antes el Concilio de Trento, para evitar imitaciones, había prohibido el suicidio en la literarura (era pecado en una sociedad regida por completo por la religión; sin embargo Cervantes, que aquí nos habla de un entierro pagano de un suicida, sortea la censura, como lo haría en La Numancia, que hizo que un pueblo entero se suicidara), con este eufemismo y con la presencia del falso autor arábigo, Cide Hamete Benegeli, al que Cervantes hace responsable de las ideas comprometidas y de todos los disparates que ocurren en la novela.

Así comienza el episodio:

"Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento, dijo:

-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?

-¿Cómo lo podemos saber? - respondió uno dellos.

-Pues sabed -prosiguió el mozo -que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico; aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales."

El protagonista parece un mero “oyente” que únicamente escucha, pero en realidad, don Quijote se vuelve personaje de la historia de Marcela y Grisótomo. Ahora lo veremos. El episodio es una aventura en la que no hay batallas, ni gigantes, ni encantadores, pues en este pasaje le sirve a don Quijote para afirmar su condición de caballero, explicando a su interlocutor su profesión; y para actuar en defensa de una dama, de una mujer no precisamente desvalida, pero sí discriminada (Claro todo esto visto con criterios actuales; y es que el pensamiento de Cervantes está más cerca de nuestra época que de la suya, en la que se veía como una auténtica e inmoral frivolidad).

Después del diálogo inicial entre los cabreros don Quijote dice "aquí estoy yo":

"don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla, a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído."

Inmediatamente después, el narrador abandona el estilo indirecto para introducir nuevamente el diálogo, en el que constantemente don Quijote interrumpe para corregir al pastor:

"-Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan allá en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.

-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores -dijo don Quijote. Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento, diciendo:

-Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estilo

-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote. -Estéril o estil- respondió Pedro- todo se sale allá."

Hasta que el cabrero se harta de ser corregido y Don Quijote, interesado en la historia de Grisóstomo, se torna amable con el cabrero:

"-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.

-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondisteis muy bien, porque vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada.

-Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea […]

-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante; que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.

-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en lo demás, sabréis que, aunque […]"

Marcela es una mujer que vive sola, añadiendo la inmoralidad de la mujer, al pecado del hombre que se suicida. Marcela se niega al matrimonio:

"… el tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno, en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer, justas excusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad."

Como novela pastoril que parodia, todo es muy idílico y muy irreal. Su tío, tutor y administrador de sus bienes, sacerdote -detalle nada baladí-, la deja en libertad de actuar por sí misma; y ella se enfrenta radicalmente a la sociedad en la vive, despreciando las dos soluciones que tiene la mujer de su época: el convento o el matrimonio. Ambos estados conllevan el sacramento de por medio que le obliga al voto de obediencia, bien a la iglesia o al marido.

"Pero hételo aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado."

Pertinente es, en este momento, comentar que no era desaconsejable para las “zagalas del lugar”, las auténticas pastoras “irse al campo” y “guardar su mesmo ganado” o el de su “mesmo” patrón. Pero Marcela era rica, no una pobre zagala, aun así lo hace y no pasa de ser la comidilla. Mas como era hermosa la imitan los otros ricachones de la comarca que tampoco tenían nada mejor que hacer. (habían visto juerga, y ya se sabe que los jóvenes sucumben a ella sin pensarlo)

"Y así como ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos; uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba."

El lenguaje que utilizan los pastores para referirse a Marcela es ambiguo, pues así como la llaman ingrata, homicida o endiablada, pero nadie la difama. Se nota una cierta misoginia, mas nunca una falta de caballerosidad:

"Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco, o de ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo."

Este ambiente tan bucólico sería impensable en un escenario de bandoleros y malandrines por el que en otros capítulos discurre don Quijote. La honra de Marcela y la galantería de sus amantes son en contexto verosímiles. ¿Y como no lo van a ser si estos son pastores ilustrados, me dirán ustedes? Es verdad, pero es que ese mismo espíritu se extiende a los cabreros que son los plebeyos de la historia. En el escenario pastoril, todo personaje rural es puro y hasta poeta.

Marcela no es enemiga de los hombres, pero tampoco se muestra amiga, con lo que aparece la ambigüedad cervantina... Pocos han hablado de esto que ahora insinúo y luego diré más claro:

"Que puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco."

Claro es que los hombres del siglo XVII no estaban preparados para la amistad con una mujer, y es en este punto, donde Marcela es cuestionada por el mundo masculino:

"Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan. Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen."

Marcela no es la fierecilla domada de Shakespeare, no. Aquella protagonista isabelina no podía ser dulce ni amable, en tanto quisiera ser libre. Cervantes es mucho más moderno que su contemporáneo, pues Marcela, a pesar del discurso pastoril, no es al final ni parodia ni caricatura de nada. Marcela, aunque extravagante, en las modernas ideas de Cervantes, es perfectamente humana y perfectamente verosímil.

Martín de Riquer afirma que el lenguaje del “parlamento” de Marcela es “retórico y algunas veces hasta pedante”. Y lo es, y más diciendo quién lo dice. Pero yo creo que hay que hacerse una pregunta, ¿por qué Cervantes, que nunca da puntada sin hilo se le ocurrió poner en labios de una pastora la idea de libertad? Y acto seguido me viene una pregunta más, ¿libertad para hacer qué? Volveremos a esto. Ahora analicemos el discurso de Marcela:

-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho-respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos: que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras, para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: ‘Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo’. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habrían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos."

Sin duda, es verdad que este “parlamento” es retórico, porque no es un mero parlamento es un discurso, en el sentido clásico del término; como tal debe ser persuasivo y para ser persuasivo debe hacer uso de la retórica. Marcela plantea algo muy simple en dos premisas: La belleza es amada. Soy bella. Luego soy amada. Y a su conclusión añade una advertencia: No por ser amada tengo por qué corresponder. Para ciertos críticos, también dice algo muy franco que, obviamente, tendrá que molestar a algunos hombres. Pero yo creo que no van por ahí los “tiros” cervantinos.

También alude a la confusión del amor con el deseo:

"Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?

Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? [...] la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda: que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca.

La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?"

Finalmente, Marcela, personaje de Cervantes, hace su declaración de derechos, a principios del siglo XVII, anterior a la "muy valorada" de Olympia de Gouges, que hizo la suya a finales del siglo XVIII:

"Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, en fin, de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad."

Ella no está de acuerdo con la condena social, y se ve obligada a defenderse, en lo que muchos han visto como uno de los primeros discursos feministas de la historia. Con esta apología, Cervantes rinde homenaje a la mujer inalcanzable, que no es otra que la mujer emancipada, un tributo mayor que todas las loas a Dulcinea, porque pone en boca de una mujer uno de los primeros discursos liberadores del género.

"Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y presupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!"

Puede verse en este episodio un tributo a las grandes mujeres de la historia, pero no deja de ser asombroso ni trivial que un personaje cervantino tenga semejante lucidez y convicción. Pareciera que dijera a los pastores: Yo fui honesta, mi negación no fue coquetería, todo era verdad; los tiempos del amor cortés ya han terminado, ¿es que no estáis al loro? En el espacio imaginario del Quijote ocurren muchos engaños, pero también se le dice "al pan, pan y al vino, vino". Marcela (podríamos decir, Cevantes), lo hace. Y en el ejercicio de ese lenguaje directo a medias se insinúa el suicidio.

"Quéjese el engañado; desespérose aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el que yo llamare; ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es excusado."

Marcela defiende ante todos su libre albedrío.

"Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes"

¿Por qué lo hace? Porque no quiere saber nada de hombres, pero quizás hay algo más. Intentaremos descubrirlo. En la última parte de su discurso, Marcela declara su total independencia, empezando por la económica.

"El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito a aquél; ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera."

El de Marcela es, en mi opinión, un discurso feminista (más de cien años antes de que se comenzase a hablar de feminismo). Lo maravilloso es, sin lugar a dudas, la reacción de Don Quijote que no por predecible deja de ser conmovedora:

"y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas [Marcela] y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos) de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces dijo:

-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.

O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí […]"


La historia y la patología presentes en
Don Quijote no tienen misterio alguno, pero nos maravillan: dice lo que diríamos hoy día cualquiera de nosotros. Aun cuando la anécdota general de la novela sea simple, sus peripecias nos revelan secretos y evidencias de nuestra propia condición.

Pero volvamos, con dos preguntas, a la insinuación y a la pregunta ya formulada, a la que prometimos volver, dejando que el que lea esto, advertido de que Cervantes no “da puntada sin hilo”, se conteste:

La insinuación: ¿Habrá una idea de lesbianismo es este episodio? Téngase en cuenta que Marcela dice desear unicamente “estar en libertad y en amena y honesta conversación con zagalas…” No podría afirmarlo, pero si insinuarlo.

La pregunta: ¿Libertad para hacer qué? No olvidemos que quiere estar en el monte con las cabras, donde hay muy poco que elegir, y la libertad es, ante todo, ostentar poder para poder elegir… ¿Qué libertad hay en estar un día y otro hablando con zagalas y ordeñando cabras? Pues yo creo que muy poca. Aristóteles decía que la libertad se ejerce en la polis y frente a otros. Sé que hay otras ideas de libertad pero a mi la que más me convence es la aristotélica. La tuya está en tus manos, querido lector.