Comencé a leer a escondidas en las cámaras de mi casa cuando, recién salido del seminario, desde el pueblo preparaba la reválida. En aquella cámara de paredes ocres o grises como aquellos tiempos, cuando ante mis padres estudiaba, estudiaba poco, leía algo y maquinaba mucho, pero lo cierto es que, con Julio Verne y el Capitán Trueno, me aficioné a la lectura. Tras la reválida había que abandonar el pueblo y, como Angelina, la narradora de la “nivola” fui a pulirme a la capital. Tuve la suerte de que una de la lecturas obligatorias en quinto de bachiller fuese esta pequeña obra de Unamuno y que el profesor de la chaqueta de pana y aire descuidado nos diera una pautas que nos ayudaron mucho para, desde nuestro limbo existencial, empezáramos a pensar y a hacernos preguntas que antes no se nos habían ocurrido.
Pocos textos literarios me han perturbado como este de Unamuno; por la edad en que lo trabajé, podría decir que ninguno. Llegó a mis manos cuando era un iluso que consideraba que creer en Dios es algo que no se cuestiona y aquel iluso, inducido por el raro profesor, comenzó a sospechar que todo lo anteriormente afirmado podría ser una conveniencia para aquella forma de vida. Y entonces los mitos, con la luz de la razón, que es -en palabras de aquel profesor- como debíamos mirar las cosas, comenzaron a desmoronarse y la vida a complicarse. El pensar por uno y no dejarse llevar era arduo, sobre todo cuando volvíamos al pueblo y las ínfulas de estudiante chocaban con la realidad social ante los ojos de nuestros padres.
A menudo leo a Unamuno, es uno de los autores que siempre están encima de mi mesa. En estos días he vuelto a leer San Manuel Bueno, mártir y la emoción me ha llevado a aquellos años, a aquella mirada tierna y protectora de mi madre, a la enseñanza mediante el trabajo y a la dura pero emotiva expresión de mi padre... ¡Cuánta paciencia tuvieron conmigo!
Esta novela breve está narrada en primera persona por su protagonista femenina, Ángela, que actúa como narradora testigo de la historia de un pequeño pueblo de Zamora al lado de un lago, Valverde de Lucerna: un lugar de leyenda. Ella apenas tiene importancia en los hechos que nos narra, simplemente es testigo de la existencia de don Manuel, el cura de su pueblo, sobre el que versa la obra íntegramente. Ángela es, qué duda cabe que Unamuno trata de subrayarlo desde la primera página, una evangelista y su texto literario es el “Evangelio según Ángela Carballino” y, para que el paralelismo sea aún más evidente, la obra se desarrolla a través de algo parecido a los versículos bíblicos, numerados por líneas.
Unamuno parece trazar un correlación entre don Manuel y Jesús de Nazaret, al que la narradora anuncia como “varón matriarcal”, que se reconoce a sí mismo en cada pecadora. Angelina procede también de una familia sin padre donde la madre había tomado las riendas de todo. El mensaje de Unamuno parece bastante claro.
Don Manuel es el cura de Valverde de Lucerna. El pueblo entero lo adora y lo considera un santo. Por lo que dice en las calles, por lo que proclama desde el púlpito, por sus buenas obras diarias y su preocupación constante por todos los habitantes de ese pueblo a las faldas de una altiva montaña y un lago inquietante.
Pero, tras la apariencia idílica de aquella sociedad cerrada, como siempre, anida el caos y la destrucción, el vacío existencial. Nada es lo que parece y todo es mentira. Don Manuel guarda un secreto terrible que tan sólo revela a Lázaro, el hermano progresista y ateo de Ángela que regresa de las Américas habiendo hecho fortuna y que traba con el sacerdote una inesperada amistad. Ese secreto, tan oscuro como las aguas del lago que rodea al pueblo (la metáfora de la muerte en forma de las quietas aguas del lago es magistral), es que nuestro cura no cree en Dios y mucho menos en la vida eterna. Pero la función debe continuar, el pueblo no puede dudar, hay que ocultarle tan terrible verdad por su bien, continuar con la farsa para que siga viviendo anestesiado hasta que descubra la verdad al final de sus días.
Dice Ángela Carballino al escribir sus memorias, recordando a su hermano Lázaro y a don Manuel: “creo que mi san Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada”.
En este magistral texto literario de Miguel de Unamuno, esa alta montaña es la fe y el lago representa la duda y la muerte, en la que está zambullido sin poder evitarlo don Manuel, como también Lázaro, su discípulo. Es entonces cuando Unamuno utiliza una de las imágenes más bellas que se hayan leído nunca, esa leyenda que dice que existe un pueblo similar a Valverde de Lucerna, mimético en su reflejo muerto, que duerme bajo las aguas y cuya campana se escucha una vez al año, durante la noche de San Juan. Una campana que resuena como las palabras gritadas por don Manuel en los oficios del Viernes Santo: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!” que tanto conmocionan al pueblo. Sólo un genio como Miguel de Unamuno pudo hablar del vacío de la fe desde la fe en una obra capital para entender la literatura en castellano y, podríamos añadir, para entenderse uno mismo.
Quizás lo interesante de San Manuel Bueno, mártir no es si confirma o destruye la fe, sino que deja al descubierto algo más incómodo: la religión funciona incluso cuando Dios no está. Don Manuel no cree, pero cumple una función central: ordena el dolor, administra el sentido, sostiene vínculos, organiza la vida común. No es un metafísico; es un operador simbólico. El pueblo no se articula alrededor de una verdad demostrable, sino alrededor de rituales, palabras compartidas, límites morales y una evidente forma de mirar que hace la vida soportable.
Eso debería incomodar tanto al creyente ingenuo como al ateo triunfalista. Porque muestra que eliminar a Dios no elimina automáticamente la necesidad de estructuras de sentido. La pregunta no es “si Dios existe”, sino quién ocupa su lugar cuando Dios no está. La historia reciente sugiere que ese vacío no siempre lo llena la razón, la ciencia o la ética ilustrada, sino a veces cosas bastante peores.
Unamuno no defiende la fe, sino que diagnostica su función. Y lo hace con una honestidad brutal: a veces la verdad desnuda no libera, sino que desintegra. Las religiones primarias, aun sin Dios, fueron durante siglos uno de los grandes ordenadores de la vida social. Pensar que podemos prescindir de Dios sin consecuencias es, como mínimo, ingenuo.

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