En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El retablo de Maese Pedro en la evolución de don Quijote


[...] porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan ni saben alzar estas figuras que llaman «judiciarias», que tanto ahora se usan en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia (Quijote, II, 25).

En su camino topan con un mozo que iba a la guerra, quien recibió los parabienes y los consejos del caballero y con un alcalde, quien les narró la historia de su pueblo y la afrenta por los rebuznos. El relato del alcalde tiene lugar en una venta, hacia la que se encaminaron y que don Quijote percibe como tal, lo que asombra a Sancho y le hace pensar que tal vez lo vivido en la cueva de Montesinos haya tenido repercusiones en el comportamiento del caballero. En la venta también aparece maese Pedro con su mono adivino y su retablo. Maese Pedro entraña una especial relevancia en el texto. Se trata de Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes a quien liberó don Quijote en la primera parte y que fue quien robó el asno de Sancho.

Es interesante que sea de los pocos personajes de la primera parte que, sin pertenecer al núcleo central de la trama, haya sido recuperado para la segunda. En su anterior aparición, se jactó de su inteligencia y de estar escribiendo un libro que daba cuenta de su vida; es más, en ese momento citó, en comparación con su vida, El Lazarillo de Tormes y se refirió con cierta superficialidad al resto de obras de la picaresca. Además, se le hizo responsable del robo del rucio de Sancho al comienzo de la segunda, cuando el escudero corregía, ante el bachiller Sansón Carrasco, las inexactitudes de la obra impresa. Por otra parte, desde su primera aparición, se destacó en él una sagacidad que ahora comprobamos que vuelve a manifestarse. Por ello, con el objetivo de procurarse una manera de vivir, se pasea de pueblo en pueblo como un titiritero, con el ojo tapado por un parche verde, un retablo y un mono que dice ser adivino del pasado. Para realizar esta función, antes, se entera de las cualidades de los vecinos; su mono simula una adivinación que consta de lo averiguado, más aquello que ha conseguido deducir de las respuestas dadas. Con don Quijote y Sancho se aprovecha de su saber, lo que justifica esa presentación altisonante ante el caballero y esos datos que desvelan su conocimiento de la esposa de Sancho; pero además, su actitud, en exceso comedida, responde a un cierto temor ante el posible reconocimiento y también ante la ira del caballero de la que ya fue testigo en su día, pese a que entonces fueran el caballero y el escudero los peor parados. Esto explica la delicadeza en el trato que les procura a lo largo de todo el pasaje. Así, una vez comienza la representación, trata de que su ayudante siga la pauta marcada por el caballero, sabedor de que a este no le gustan las bromas en asuntos de la caballería.

Don Quijote desconfía del mono adivino por considerarlo cosa del demonio. Todo el pasaje responde a un cierto desaliño argumental que tal vez se deba al intento de su autor por introducir un guiño en relación con la obra de Avellaneda, en la que también se produce un cruce entre los personajes y lo representado en una escena. Sancho le insta a que pregunte si fue verdad lo sucedido en la cueva, teniendo en cuenta que dicho mono solo podía referirse a lo pasado. El caballero pregunta si fueron soñadas o verdaderas las vivencias y la respuesta que se le da confirma la misma inquietud sin resolver nada. Maese Pedro traduce las palabras del mono, indicando que este hacía saber que en lo contado había parte falsa y parte verosímil. De manera que con ello no puede despejar las dudas que su relato suscitó en el escudero; además, con el adjetivo “verosímil” no se confirma la veracidad sino la apariencia de hecho verdadero.

Todo ello está íntimamente relacionado con un contexto teatral que devuelve al personaje, recuperado de la primera parte, al horizonte de la literatura. Esta vez, representa en su teatrillo el rescate que realiza don Gaiferos de su esposa Melisendra, prisionera de Almanzor.

Lo interesante es comprobar cómo el caballero se introduce en el hecho representado; corrige al joven que narra la acción desarrollada en la escena y, ante el desenlace apasionado, saca su espada y destroza todas las figuras. Posteriormente, y una vez que ha recuperado la cordura, resarce económicamente y de forma generosa a maese Pedro, quien pone precio a cada personaje.

Si sorprendió antes que el caballero reconociera la venta como tal y no como palacio, ahora, su generosidad y actitud humilde ante el destrozo de las figuras nos hacen pensar en algún cambio operado en su ser tras el descenso a la cueva, como así creyó Sancho. Ignacio Arellano, en el comentario que dedica a este capítulo, señala que la obra de Avellaneda contiene una acción pareja en la que el personaje central se introduce con su acción para destrozar una representación, en este caso de Lope de Vega, amigo y al creer de Cervantes, consejero de letras de Gerónimo de Pasamonte. Por ello, podemos vislumbrar que Cervantes ya conociera esta continuación del Quijote y que quisiera poner distancia entre el suyo y el del otro autor.

Pero además, nos hemos de detener para analizar las palabras que utiliza el caballero al ser consciente del destrozo. En esta intervención, parece que quiere asumir el sentir de su desvarío y por primera vez manifiesta una responsabilidad, aunque siga manteniendo, a modo de justificación, la acción de los enemigos encantadores. Más allá de esta responsabilidad que señalamos, las palabras traducen un desencanto ante la verdad que los otros ven y que al caballero se le ha burlado, además de subrayar las tretas utilizadas para engañarlo.

Con ello se adelanta a los acontecimientos posteriores, que vivirá en el palacio de los duques, indica el final de la obra y, desde luego, recalca el sentido que quiere para toda su acción: la buena intención, que siempre está en su horizonte y que lo distancia de forma sobresaliente de la imagen que circula de su persona y de la segunda parte de Avellaneda:

-Ahora acabo de creer lo que otras muchas veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que en ellos quieren. Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra [...]. Por eso se me alteró la cólera y por cumplir con mi profesión de caballero andante quise dar ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis visto: si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen; y con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas. (Cap. II, 26)

A partir de este suceso, don Quijote siempre pagará sus estancias en las ventas, percibidas como tales. Será frecuente la duda en su mirada, no tan segura como en la primera parte y con menos poder trasformador. Esta percepción no tan nítida de aquello que quiere ser visto de una determinada manera, pues es la que consigue encajar la realidad en los axiomas que fundamentaron su ser como caballero andante, es la que va a incidir de forma decisiva en la actuación de don Quijote y en la respuesta posterior acerca de sus hechos. Ejemplo de ello lo tenemos en la rectificación que lleva a cabo tras la violencia con la que destruyó las figuras de maese Pedro o posteriormente, ante la realidad de lo que pensó ser barco encantado.

Merece un comentario la actitud de Sancho, quien asume una posición con respecto a don Quijote mucho más nivelada que la que le corresponde como escudero. La relación que tiene con el caballero, en virtud de su convivencia, lo lleva a comentar lo vivido en una posición de igualdad e incluso a intervenir activamente. Esto explica que se inmiscuya con consecuencias nefastas para ambos, como en el asunto del ejército de rebuznadores. Pero lo cierto es que dicho ascenso, del personaje de Sancho como auténtico protagonista, es necesario para su futuro papel de gobernador y para que lo allí vivido responda de manera verosímil a la naturaleza del escudero.

En el episodio, don Quijote, asigna a la ciencia el estatuto de verdad y la literatura la ficción. En este episodio, dice, con mentiras e ignorancias se hecha a perder la verdad maravillosa de la ciencia, que es lo que hace Maese Pedro con la actuación del mono adivino.

Es el narrador del Quijote, quien, como intermediario cervantino, desmitifica el trampantojo y artificio del mono adivino y su facineroso amo, el más que ingrato Ginés de Pasamonte (una crítica más de Cervantes a quién supone autor del Quijote de Avellaneda, Gerónimo de Pasamonte), que oculta su malicia y su pasado tras la figura de maese Pedro. Y no es necesario avanzar demasiado en la segunda parte de la novela para encontrar episodios desmitificadores de esta naturaleza.


Miguel de Cervantes (Quijote II, 27)

Dice, pues, que bien se acordará el que hubiere leído la primera parte desta historia de aquel Ginés de Pasamonte a quien entre otros galeotes dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba «Ginesillo de Parapilla», fue el que hurtó a Sancho Panza el rucio, que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de emprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero, que esto y el jugar de manos lo sabía hacer por estremo.
Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería compró aquel mono, a quien enseñó que en haciéndole cierta señal se le subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto, antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su retablo, el cual unas veces era de una historia y otras de otra, pero todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía las habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y lo presente, pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuesta de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomaba el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada por no pagarle, él hacía la seña al mono y luego decía que le había dicho tal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba crédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan discreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con las preguntas; y como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba su mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.
Así como entró en la venta conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho Panza y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro si don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al rey Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente capítulo.

 

 

 

Bibliografía:

Sun-Me Yoon. La aventura del retablo de maese Pedro. CVC

Jesús G. Maestro, Sobre el retablo de Maese Pedro y el mono adivino. CVC

 Arellano, Ignacio. Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995.


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