En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

miércoles, 14 de enero de 2026

¿Quién era Avellaneda según Cervantes?

La imagen es un dibujo de Ginés de Pasamonte o Ginesillo de Parapilla, como llama Cervantes a uno de los galeotes liberados (I, 22), quien después sería maese Pedro, en la aventura del mono adivino y el retablo de don Gaiferos y Melisendra. La crítica, mayoritariamente, piensa que este personaje está inspirado en Gerónimo de Pasmonte.
 

En anterior entrada de este blog “Dialéctica entre Quijotes” se destacaron algunas teorías con las que la crítica se posiciona sobre la autoría del Avellaneda: Antonio Márquez, habla de un grupo de personas, cercana a la Inquisición, dirigidas por Lope de Vega; Martín de Riquer que sugiere que detrás del apócrifo está Gerónimo de Pasamonte. En una de mis lecturas del libro infinito, me he detenido en uno de sus párrafos y me he preguntado por lo que Cervantes pensaba al respecto y sólo en Qujote de 1615 podemos leer pistas que a continuación enuncio.

Los prólogos son lo primero que se suele leer de una novela, pero todos sabemos que nos da norte de lo que nos vamos a encontrar y que es lo último que se escribe. Cervantes denunció en el prólogo del Ingenioso Caballero que Avellaneda había “fingido su patria”:

(…) y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. (Quijote, Prólogo, 575)

Indicó clara y repetidamente por cuatro veces en el cuerpo de su novela que era aragonés: en el capítulo 59, don Quijote hojea la obra de Avellaneda recién publicada y dice de ella que su “lenguaje es aragonés”:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos (II, 59: 1032);

En el mismo capítulo el narrador dice que don Jerónimo y don Juan “verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés”:

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés. (II, 59: 1035)

En el capítulo 61, al ser reconocido en Barcelona, don Quijote afirma lo siguiente: “yo apostaré que han leído nuestra historia y aun la del aragonés recién impresa” (II, 61: 1052).

En el capítulo 70 uno de los diablos de la visión de Altisidora se refiere a “la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas”

Dijo un diablo a otro: ''Mirad qué libro es ése''. Y el diablo le respondió: ''Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas''. ''Quitádmele de ahí -respondió el otro diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos''. ''¿Tan malo es?'', respondió el otro. ''Tan malo -replicó el primero-, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. (II, 70: 1112).

Estas cuatro manifestaciones constituyen una afirmación reiterada a lo largo del texto que no es contradicha por ningún otro aspecto del mismo y evidencian sin lugar a dudas la seguridad de Cervantes sobre el origen aragonés del autor del Avellaneda. Por ello, quienes propongan un candidato no aragonés a la autoría de la obra apócrifa podrán aducir que Cervantes estaba equivocado, pero no podrán ignorar el convencimiento cervantino de que Avellaneda era aragonés».

¿Y a qué aragonés se refiere Cervantes? Pues sin lugar a duda al ya mencionado Gerónimo de Pasamonte, un compañero de armas de Cervantes que estuvo con él en Lepanto y también fue cautivo en Argel, con quien fraguó una virulenta enemistad personal. Pasamonte, además, era un ultra contra-reformista, así como un profundo admirador de Lope, lo que en nada contradice las principales teorías sobre quien escribió el Avellaneda, que resumiendo podríamos concluir que salió del entorno de la Inquisicición, que fueron varios los autores, entre los que estaba Pasamonte y que seguramente fueron supervisados por Lope, a la sazón, familiar de la Santa Inquisición.



lunes, 29 de diciembre de 2025

Un viaje de amargura y anhelo

 
En el poema "Vencidos" León Felipe se identifica con don Quijote y evoca su figura simbolizando la derrota y el desamparo. El poeta se reconoce en el caballero, cargado de amargura, y anhela unirse a él en su viaje. A través de sencillez y repetición, se expresa la esperanza en medio de la desilusión.


Vencidos...

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar...

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,

y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar… (5)

va cargado de amargura...

que allá encontró sepultura

su amoroso batallar...

Va cargado de amargura...

que allá “quedó su ventura” (10)

en playa de Barcino, frente al mar...

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar...

va cargado de amargura… (15)

va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura

en horas de desaliento así te miro pasar...

y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar; (20)

hazme un sitio en tu montura,

caballero derrotado,

hazme un sitio en tu montura,

que yo también voy cargado

de amargura (25)

y no puedo batallar.

Ponme a la grupa contigo,

caballero del honor,

ponme a la grupa contigo

y llévame a ser contigo (30)

pastor...

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar...

 
León Felipe: Versos y oraciones del caminante.
Libro Primero, V. Madrid,

El poema “Vencidos”, al que Joan Manuel Serrat puso música e incluyó como cierre de su LP “Mediterráneo”, no puede ser considerado, como algunos lo han hecho, una alegoría de la derrota, el desamparo, el desasosiego y la amargura que supone el exilio tras la Guerra Civil, precisamente porque se publica en 1920; si bien el deslizamiento de la significación de sus versos, a la vista de los acontecimientos históricos posteriores, le confiere un profundo sentido, tanto más cuanto que el poeta León Felipe, en lucha continua contra las adversidades de la vida, se identifica con ese “caballero del honor” (verso 21: “hazme un sitio en tu montura”) que simboliza el hidalgo manchego. Es muy posible que esta composición tuviera sus antecedentes en poemas escritos durante su permanencia en la cárcel de Santander, en donde una lectura reposada de El Quijote caló muy hondo en su personalidad. El “amoroso batallar” (verso 8) de Don Quijote “encontró sepultura” (verso 7), en efecto, “en la playa de Barcino (Barcelona), frente al mar” (versículo 11), en donde es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna -que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco-. Este afirma que su dama es más hermosa que Dulcinea del Toboso, arrogancia que Don Quijote no puede tolerar, por lo que acepta batirse con él en combate, “ya que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda”. Una vez vencido, Don Quijote ha de aceptar las condiciones del desafío en el caso de que él fuera el derrotado: dejar la andante caballería y volver a su lugar de origen para vivir en paz, incluso morir como dijo el héroe cuando vio acercarse la lanza del socarrón Carrasco a su celada y como un susurro conminarle a confesar que su señora es más bella que Dulcinea: “Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Cervantes relata este episodio, de tanta trascendencia para el desenlace de su obra, en el capítulo LXIV de la Segunda Parte de El Quijote. La referencia de los versos 10-11 del poema de León Felipe (que allá “quedó su ventura” / en la playa de Barcino, frente al mar...) remite al comienzo del capítulo LXVI de la Segunda Parte de El Quijote, cuando se despide el caballero de Barcelona y mira al lugar donde había caído y dice: “¡Aquí fue Troya, aquí mi desdicha y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se oscurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!”

Una nueva referencia a la obra cervantina contienen los versos 30-31, cuando León Felipe afirma: “y llévame a ser contigo / pastor...”. La decisión de Don Quijote de hacerse pastor la relata Cervantes al final del capítulo LXVII de la Segunda Parte de El Quijote. Al no poder seguir imitando el modelo de vida de los héroes de la novela caballeresca, el hidalgo manchego opta por convertirse en uno de esos idealizados pastores que consagró literariamente la novela pastoril renacentista.

Un sentimiento de soledad y derrota -consecuencia de sus múltiples vicisitudes en la vida- le lleva a León Felipe a identificarse con ese otro gran derrotado que no conocía el desaliento hasta que el Caballero de la Blanca Luna dio al traste con sus nobles ideales; y de ahí el título del poema: “Vencidos”; un título en el que se resume la amargura de quienes han sido derrotados en sus más elevados anhelos vitales. Con todo, el poema de León Felipe, como la obra cervantina, deja vislumbrar la esperanza: el poeta, aun cargado de amargura y sin poder batallar -como tampoco puede proseguir con su “amoroso batallar” el indiscutible “caballero del honor”-, en sus más bajas horas de desaliento le pide a don Quijote un sitio en su montura, para seguir adelante: “ponme a la grupa contigo / y llévame a ser contigo / pastor…” (versos 29-31), quizás recordando aquella frase llena de esperanza (Quijote II, 3; 600), de don Quijote: “Aún hay sol en las bardas”, que Martín de Riquer interpreta como, “Aún tenemos tiempo par hacer algo”, a la León Felipe se sumaría recordado la máxima aurisecular, “Por mí que no quede”.

Todo el poema es ejemplo de sencillez: sencillez léxica -con vocablos usuales que logran crear un cierto clima de “confidencialidad” en la expresión; sencillez sintáctica -sin apenas engarces subordinativos que dificulten la pausada y sostenida andadura de los versos-; sencillez métrica -con predominio de versos fundamentalmente octosílabos y rima consonante que no responde a esquemas preestablecidos, agrupados en caprichosas combinaciones estróficas-; y, por fin, sencillez estilística -que ha rehuido los retóricos procedimientos literarios en busca de una expresión austera y desnuda. Y no es ajena a esta simplicidad de recursos el ritmo derivado de las continuas repeticiones -muchas de ellas construcciones anafóricas de gran relevancia expresiva- que le confieren al poema una profunda trabazón interna: por tres veces se repiten, en diferentes partes del poema y a modo de estribillo, tres versos octosílabos, con rima (aab): “Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar...” (versos 1-3, 12-14 y 32-34); y el verso, referido a don Quijote, “va cargado de amargura”, también se repite tres veces (6, 9, 15), y reaparece con gran intensidad cuando el poeta aplica su contenido a su propia persona: “que yo también voy cargado / de amargura” (versos 24-25). Otras repeticiones siguen marcando el lento avance del poema que, por momentos, desborda emotividad: “Hazme un sitio en tu montura” (segundo octosílabo de los dos que componen el verso 19, que es hexadecasílabo; y versos 21 y 23); “ponme a la grupa contigo (versos 27 y 29); hasta concluir con la repetición de la estrofa inicial que remite al título Vencidos: “Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar”; un don Quijote “vencido” (verso 14), un “caballero derrotado” (verso 22); pero, a fin de cuentas, un “caballero del honor” (verso 28) en quien el poeta cifra todas sus “esperanzas de salvación” en los momentos difíciles.

lunes, 8 de diciembre de 2025

La Numancia

Reparto de la obra dirigida por Alonso de Santos

 

La Numancia de Cervantes es una obra de ficción inspirada en la tradición popular sobre el hecho histórico del suicidio colectivo de una ciudad celtibérica, cercada por las legiones romanas de Escipión Emiliano en el año 133 aC. Numancia prefirió inmolarse antes que aceptar una rendición infamante.

Probablemente Cervantes se inspiró en el conocido romance de Timoneda, en el que aparece claramente la escena final de Viriato.

Es una tragedia en la que aparecen dos líderes enfrentados. Por el bando romano el general Escipión, a quien el senado romano ha encomendado la conquista; por otro lado los líderes numantinos encabezados por Teógenes que organizan la defensa frente a un imperio treinta veces superior.

Numancia es derrotada, pero no hay botín alguno para el vencedor, la ciudad queda destruida totalmente por sus propios habitantes, no quedan nada más que cenizas. Esto, a pesar de la victoria, supone para Escipión un fracaso ante el senado.

Cervantes quiere decirnos con esto que el ser humano desarrolla su libertad a partir del enfrentamiento con la realidad y lidera un proyecto en relación a esa realidad. Escipión fracasa porque no consigue lo que se propone; Teógenes y los numantinos, establecen un proyecto real, adverso para sus vidas, pero que les lleva al éxito, basado en la fama póstuma de alguien que prefirió el suicidio antes que la pérdida de la libertad frente al imperialismo romano.

- Jornada primera:

Numancia está sitiada por los romanos, embebidos en la lascivia tras varios años de guerra. Cipión (Escipión) llega al campamento con la intención de corregir la flojedad de sus tropas y no acepta negociar la paz con los embajadores numantinos. Levanta un foso para forzar la rendición de la plaza por hambre. Aparece entonces una alegoría de España que predice la ruina de Numancia y llama en su ayuda al río Duero. Este no da ninguna esperanza, pero predice que en el futuro Atila, los godos y el duque de Alba vengarán a los numantinos y que Felipe II será el soberano de toda la Península.

- Jornada segunda:

Los gobernadores de Numancia se reúnen en consejo y deciden morir luchando. Se dan a conocer los amores del joven soldado Morandro con Lira. Durante un sacrificio a Júpiter, el hechicero Marquino resucita el cuerpo de un soldado muerto en batalla para saber el designio de dioses. El cadáver profetiza el fin inevitable de Numancia y Marquino de suicida para no ser testigo de tal desventura...

- Jomada tercera:

Cipión rechaza terminar la guerra con un combate singular. Las mujeres impiden que los hombres hagan una salida y las abandonen a su suerte. Desesperados, los numantinos comen la carne de los prisioneros romanos antes de encender una hoguera en la que harán arder todas sus riquezas y a ellos mismos. Morandro sale al campamento romano en busca de comida para Lira. Mientras que los numantinos queman sus pertenencias, una madre trata de consolar a su hijo hambriento.

- Jomada cuarta:

Morandro vuelve malherido y muere en brazos de su amada Lira. Los numantinos se arrojan a la hoguera o se matan entre ellos. La Guerra, la Enfermedad y el Hambre dan la victoria a los romanos. El joven Viriato, único superviviente, permanece escondido en una torre con las llaves de la ciudad. Pese a los ruegos de Cipión, Viriato se arroja de la torre para privarle de una victoria honorable. Aparece entonces la Fama y promete que el mundo entero conocerá la gesta de los numantinos y la bravura de los españoles, sus sucesores.

Los esfuerzos infructuosos de los defensores para conjurar su destrucción se acerca a la esencia de la tragedia clásica cuando los numantinos, desbaratando los planes de los romanos, deciden asumir su destino y eligen la vía del sacrificio. Las alegorías del Duero y de la Fama dan a este acto desesperado un sentido histórico.

Cómo ve la tragedia la crítica moderna

Aprecian influencias de Virgilio en la aparición inicial de Cipión arengando a sus tropas, de Séneca y Heliodoro en la invocación a los infiernos de los asediados en busca de presagios o de Ercilla en la agonía de los numantinos.

Por otra parte, la introducción de figuras alegóricas, propio de las comedias humanísticas, cumple una función parecida al coro de las tragedias griegas. Las alegorías (el diálogo de España y el Duero, las intervenciones de la Guerra, la Enfermedad y el Hambre, el discurso final de la Fama) extraen y precisan poco a poco el sentido y el alcance del acontecimiento.

Para algunos críticos -y esto es mucho suponer, digo yo-, los numantinos representan para Cervantes a los moriscos rebeldes de las Alpujarras, y Cipión a don Juan de Austria. Otros van más allá y quieren ver representado en los romanos todo lo que existía de represivo, totalitario e imperialista en la sociedad de Cervantes. Tal vez el sitio de la ciudades flamencas por el duque de alba ¿Era consciente Cervantes de esta paradoja?

También hay quien cree que Cervantes no dividió los contendientes en buenos y malos porque, de hecho, podía identificarse a la vez con los dos contendientes; lo que le habría interesado sería mostrar la colisión de dos mundos. Ciertamente, hay una gran ambigüedad en la valoración de Roma: por un lado, son los enemigos invasores; por el otro, son el paradigma del concepto de imperio que España aspira a encamar. Ciertamente Cipión aparece no como un déspota despiadado sino como la gran figura militar que finalmente reconoce la grandeza de la gesta numantina.

Los numantinos, resignados, se muestran dispuestos a ser súbditos leales y a vivir en paz, pero no a perder su dignidad. Por eso prefieren morir que llevar una vida de insufrible agonía. Su guerra, en consecuencia, es presentada como una "guerra justa". Cipión también considera justa la guerra de Numancia y se indigna de que el pequeño pueblo hispano resista al poder de Roma. Quiere adueñarse de Numancia sin derramar una gota de sangre romana y sin hacer concesiones políticas.

Cipión simboliza la ciencia de la guerra y su objetivo es alcanzar la gloria. Encarna las virtudes militares (astucia, estrategia, oratoria ante la tropa, ansia de fama) pero no las virtudes humanas. Por ejemplo, cuando Cipión combate el abandono de sus soldados prohibiéndoles lujos y meretrices, lo que le preocupa es la eficacia, no la moralidad de la soldadesca.

En cierta medida, se trata de un enfrentamiento entre el espíritu caballeresco de los numantinos (patente en su propuesta de combate singular para terminar con la guerra) y los fríos cálculos del estadista Cipión. Las virtudes morales de los numantinos se plasman en el amor de Morandro por Lira, lo que le fortalece. En cambio, la lujuria de los soldados romanos con las rameras los debilitan. Además, el suicidio del sacerdote Marquino tiene el propósito de hacer sentir de un modo directo y personal el drama colectivo de los sitiados. El suicidio de los numantinos provoca admiración y espanto en el espectador.

En La Numnacia cervantina soplan aires patrióticos. Numancia se presenta como un desafío obstinado a la grandeza de Roma. A la luz de las profecías del Duero y de la Fama, su resistencia y sacrificio se convierten en preludio de la gloriosa historia de España: tras la ocupación romana vendrán las invasiones bárbaras, los visigodos, el saqueo de Roma del 1527, la campaña italiana del Duque de Alba de 1556 y, en 1580, la anexión de Portugal. El presente es presentado como una herencia del pasado. Las virtudes numantinas se perpetúan en las generaciones siguientes de españoles. La España del siglo XVI se muestra digna heredera de numantinos y godos.

La filosofía cervantina

Cervantes es el primer autor de la historia que en la tragedia sustituye la metafísica por la historias, a los dioses por los seres humanos, a los que hace protagonistas de los hechos que ocurren. Esa es la esencia de La Numancia. En la tragedia siempre los protagonistas eran de las clase altas, porque se estimaba que solo la nobleza y la realeza podían expresar con dignidad el dolor y el sufrimiento, que en la clases bajas eso era chabacanería, que solo podían ser protagonistas de la comedia. Cervantes rompe este principio que era una ley sagrada de la composición literaria; en La Numancia, que algunos con ironía han llamado la primera tragedia socialista (mucho antes que se inventara el socialismo), no hay nobles, es la primera tragedia que invierte las leyes del decoro, con el protagonismo de las gentes sencillas. Pero esto no solo ocurre en La Numancia; el protagonista del Quijote es un noble venido a menos, la más baja escala de la nobleza, un personaje al que ridiculiza constantemente, y sin embargo Sancho, que viene del pueblo está mitificado de principio a fin; se invierten los valores en los que se regulaba el arte y el modo de interpretarla.

Finalizo con las ideas de esperanza y libertad tan comunes en toda la obra de Cervantes

Se dice que Cervantes es autor de una sola gran obra y el resto son mediocres o buenas sin más. Para nada comparto esa idea, simplemente la grandeza del Quijote es tal que eclipsa a cualquier otra y pienso, como simple lector, que el resto de su obra es extraordinaria.

Es magnífico el desarrollo del protagonista colectivo, como mantiene su esperanza, siempre sobrepasada por el destino, y la posibilidad humana de actuar en libertad, incluso cuando parece imposible. La obra culmina con la decisión numantina de no entregar nada ni a nadie al enemigo suicidándose colectivamente, lo que les dignifica y honra sobre los romanos, a pesar de la muerte y la derrota.

Hoy en día está considerada la mejor tragedia del Siglo de Oro español. Cervantes, igual que con el Quijote innovó la novela, con La Numancia se anticipa al teatro moderno y contemporáneo. 

 

- Canavaggio, Jean (1977): Cervantes dramaturgo. CVC

- Cotarelo, Armando (1915): El teatro de Cervantes, Madrid, CVC

- García Marín, Manuel (1980): Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca.

- Zimic, Stanislav (1992): El teatro de Cervantes, Madrid, Castalia.

 

 

Ideas con las que ha trabajado el dramaturgo José Luís Alonso de Santos, director de la obra que vamos a ver, según sus propias palabras:

Alonso de Santos

Esta tragedia es la defensa de lo colectivo; habla del 'nosotros', del 'estar juntos'... Es un pueblo unido defendiéndose de la tragedia, viviéndola; no es un pueblo roto, como es la España actual, sino una Numancia entonces -o una España en la época de Cervantes-, que estaba unida en su suerte y en su desgracia».

Numancia es un grito en defensa de los humildes, de aquellos que viven sin libertad y aplastados por una tiranía; las víctimas inocentes. Da igual que fuera la época del cerco numantino por los romanos, la época de Cervantes o nuestra época. En este montaje trato de gritar con los inocentes escénicamente, artísticamente, pero quiero que mi grito se una a ellos”

Mi versión trata de ser, en primer lugar, una defensa del más grande escritor español de todos los tiempos; y del orgullo de España y del idioma español, tan cervantino. A los valores de la lengua se unen a los valores de la dignidad, de la justicia, de la defensa de la libertad, de la lucha por la igualdad... Tantos y tantos valores que defendió Cervantes, que defendieron los numantinos y que defendemos nosotros ahora en el escenario”.

Numancia, trata de contar algo escénicamente con tres elementos claves: emoción, historia y poesía. Hay que destacar en ella la dimensión trágica de los humildes; ésta es la primera gran tragedia española, y una de las primeras y más importantes del mundo que habla de lo colectivo; normalmente, en las tragedias se cuenta la historia de alguien que, generalmente por influencia de los dioses, sufre una condición trágica. Aquí estamos hablando de decisiones humanas; hay una frase muy importante en la obra: 'Cada cual se fabrica su destino'. Aparece aquí la dimensión de la responsabilidad del hombre, no de los dioses. Cervantes escribe una tragedia dando la espalda al teocentrismo; son los hombres quienes deciden, quienes fraguan su destino».

Hay un último aspecto que quiere destacar el dramaturgo: “La obra es una defensa de la mujer, que apoyo plenamente; hay que darse cuenta de en qué época lo hace Cervantes. En Numancia la decisión más importante la toman las mujeres, ellas son las que deciden lo que, finalmente, llevará a Numancia a la historia”.

 

 

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