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| Teo y Marco con el conejillo de los pelos blancos y los ojos rojos |
Vivía en una huerta con su madre y sus hermanos que también eran blancos como él y todos con los ojos rojos. Les gustaban mucho la hierba fresca que Teo y su abuelo le echaban cuando iban a verlos.
También le gustaba mucho correr y saltar.
Una vez que Teo y su abuelo tardaron en ir a verlos, el conejillo pensó; me voy a ir a correr un rato por la huerta y así comer algo bueno que me suenan las tripas de hambre.
- Lo que más me gusta son las acelgas que Teo y Marco me dieron el otro día. Voy a ir a ver si las encuentro.
Saltó por encima de la puerta de su madriguera y comenzó a correr y a correr por toda la huerta. Vio un pequeño agujero en una tapia y se coló por él y entró en el huerto de al lado.
—Éste debe ser un huerto muy rico porque está muy bien cercado —dijo el conejito.
Y una vez dentro, se sintió feliz de ver la hierba tal alta que allí había.
—¡Aquí tengo yo para una buena comida! ¡Menudo atracón me voy a dar!
Se puso a comer y no se cansaba de comer en las lombardas moradas, en las habas tiernas, en las coles gordas y sobre todo en las acelgas con sus hojas oscuras y brillantes. Estuvo comiendo mucho rato y se tumbó al sol sobre un montón de paja. Cuando despertó era ya tarde y, el conejo de los ojo rojos y el pelo blanco, se dijo:
—Tengo que irme a casa. Mi madre estará preocupada por mi tardanza.
Había comido tanto que las tres veces que intentó salir por el pequeño agujero no lo consiguió: ni en la primera, ni a la segunda, ni en la tercera vez.
—¡Ay, madre mía! -gritó-. No puedo salir. Este agujero es demasiado pequeño. Me he pasado el día comiendo y ahora estoy demasiado gordo.
- ¡Ay, que no puedo salir! ¡Ay, madre mía, que alguien me ayude!
En esto se abrió la puerta del huerto y con el dueño llegaron tres perros que vieron al conejillo de los pelos blancos y los ojos rojos.
—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! -dijo uno—. Vamos a gastarle una broma al conejo de los ojos rojos y el pelo blanco. ¡Guau!, que en su idioma es como decir, ¡Vamos! -dijeron los otros dos.
Y los tres perros echaron a correr derechos al conejito.
—¡Socorro! ¡Los perros de vecino y vienen a por mí! -dijo asustado—. ¡Con lo poco que a mí me gustan los perros!
Tengo que salir de aquí. ¡Ay, madre mía!
El conejito corrió y corrió alrededor del muro hasta que encontró un agujero un poco más grande.
—Por aquí me escapo —se dijo—. Y se metió por el agujero.
- Ya estoy fuera del huerto y lejos de los colmillos de los perros. La tripa me pesa mucho, pero gracias a mi buena vista y a mis mejores patas me he puesto a salvo.
Efectivamente, los perros no pudieron salir. El agujero que era grande para el conejillo de los ojos rojos y el pelo blanco, pero era un agujero pequeño para los perros, que eran tres galgos de patas largas y hocico afilado.
Entró en su huerto, saltó de nuevo la puerta de su madriguera, pero ahora para dentro y su madre que, preocupada, lo estaba esperando lo cogió en sus brazos y se lo comía a besos, pero también lo reñía diciendo:
—Eres un conejo un poco loco. Me vas a matar a sustos. ¿Qué has hecho por ahí todo el día?
Y el conejito, avergonzado, se rascó la barriga sin decir nada y la madre se dio cuenta que, del atracón que se había dado, le sonaba como un tambor y sus hermanos que también salieron a recibirlo se echaron a reír durante un buen rato.
***
Nota del autor: Esta historia es real como la vida misma. El abuelo de Teo comparte parcela en la zona conocida como Cañaveral, muy cerca de otras huertas tan famosas como La del Carmen, la de San Vicente o la del Tamarit. Allí acude Teo con su abuelo de vez en cuando a alimentar a su conejito preferido, un conejo que por ahora no tiene nombre, pero que todo se andará con el tiempo.
Este relato se ha preparado para ser parte de la conmemoración del "día de la letras" en el colegio Cristo de la Yedra y para rendir homenaje al Quijote y a su autor don Miguel de Cervantes.

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