En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

viernes, 28 de noviembre de 2025

La penísula de las casas vacías

 


En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Se distingue bien de las demás porque flota solitaria. Carece de contorno y es de un tono más pardusco. Se ha detenido sobre el cuerpo de un miliciano andaluz que yace bocarriba en el manto de nieve que cubre el valle. Solo destacan el rosa tibio de la piel del soldado desnudo y el púrpura de sus heridas, en especial el de la cicatriz del hombro, recuerdo de una batalla que no recuerda. El miliciano no está muerto, duerme con la boca abierta y los pies entre gladiolos."

La península de las casas vacías. David Uclés.



Termino la lectura de El verano de Cervantes y de ordenar mis notas al mismo tiempo que termina julio, en pleno verano; veinte días después de recibir este hermoso regalo. Lo he alternado con Días de Reyes Magos, del que también he reunido algunos florilegios; también con La península de las casas vacías, que no sé si acabaré: le daré unas páginas más de cortesía, pero es que son tantos los que hay en cola, que sin remedio y a mi pesar tengo que elegir. Hasta ahora, unas treinta páginas, con ciertas limitaciones me ha recordado al Alfanhuí de Ferlosio y me ha parecido ver entre sus líneas un aire frívolo de realismo mágico... ¿Qué he dicho? Tras un receso es la escritura de esta página, en mi rincón favorito, me he leído unas cuantas páginas más y se me ha ido casi una hora sin darme cuenta: ahora puedo decir que sí, que seguiré con "Odisto" y la gente de "Jándula" hasta el final. Aún queda verano y la ironía, el ambiente mágico, incluso las opiniones de tinte programático me han despertado mi curiosidad.”

El párrafo anterior pertenece a otra página de este blog sobre El verano de Cervantes, en el que mostré mis dudas iniciales y mi afán posterior de lectura de La península de las casas vacías, donde domina, entre ficciones mágicas y un realismo trágico, como todo lo que concierne a la Guerra Civil, los “entierros de palmas o puños” que no son sino “venganzas sobre otras venganzas que ya eran venganza de otra anterior”. La empecé, tengo que reconocerlo, con "malas vibraciones"; me sumergí en ella con anhelo y podría decir que incluso con desvelo, pues, la primera lectura, solo duró unos días; y posteriormente he releído muchos párrafos que había anotado para consultar o como florilegios.

Es la historia total de la Guerra Civil española, entre bandos nombrados la manera unamuniana: los “hunos y los hotros”. De una Iberia -nombre tomado de la maravillosa utopía de Saramago*-, agonizante donde lo fantástico apuntala la crudeza de lo real. Hay nombres locales, como Jándula o Mágina, que ya están en las obras de Múñoz Molina y de Wenceslao Fernández Flórez parece tomar todo su bosque animado... Tambn, a ratos, recordamos a Ferlosio o a García Márquez. Un totum revolutum, que con los cruces de los personajes de papel de la familia de Jándula, espejo de toda Ibería, que se entremezclan con personajes reales como Alberti, Lorca y Unamuno; Rodoreda, Zambrano y Kent; Hemingway, Orwell y Bernanos; Picasso y Mallo; Azaña y Foxá; donde lo épico y lo costumbrista se entrelazan para tejer un portentoso tapiz, poético y grotesco, bello y delirante.

La península de las casas vacías no es una novela de guerra, aunque narra los hechos que acontecieron durante la guerra. Es la historia de una familia que tuvo la desgracia de vivir dentro de este fraticida conflicto armado de extrema crudeza, circundado, por ideologías acérrimas, ignorancia, irracionalidad, miedos, injusticias.

Desde luego, Gabriel García Márquez está presente, no sólo porque el autor recurra al realismo mágico, tan emparentado con el medio rural, sino que opta por el mismo inicio de “Crónica de una muerte anunciada”, donde se cuenta el final y la almendra de la obra. Pero esa parte tan asombrósamente mágica de La península de las casas vacías está mas cerca de aquella fantasía de Las ciudades invisibles de Italo Calvino que de la magia de Cien años de soledad de García Márquez. Esos sí, cuenta con varios párrafos, tres o cuatro momentos de su lectura, que son verdaderamente mágicos, emocionantes, como lo es la historia del conflicto contada a través de una partida de ajedrez.

En lo tocante al realismo social de los cincuenta, Uclés hace unos curiosos guiños a Rafael Sánchez-Ferlosio, perteneciente a esa generación, y a su obra Industrias y andanzas de Alfanhuí. En algo me recuerda también a Por quién doblan las campanas, pero Hemingway supo equilibrar las referencias a las salvajadas de ambos bandos. Uclés lo intenta y creo que en la próxima tal vez lo consiga.

La capa mágica del relato no está del todo imbricada en la trama, la imitación interesa sobre todo por su lirismo; en ningún caso es un elemento activador del argumento. Pondré un ejemplo: en un momento determinado del entramado, descubrimos que en el pueblo la gente llora lágrimas de distinto color según la emoción. Esperamos que esto tenga un significado que se nos aclare más adelante, pero no volvemos a saber nada de ello y nada aporta al posterior desarrollo narrativo. Por otro lado, la capa realista es una novela más que aceptable sobre la tragedia de la guerra civil. Y todo ello tamizado por un narrador muy al estilo unamunesco de Niebla, que a veces parece perderse.

La novela no tiene un género definido. Esta novela es otra cosa. Es algo nuevo, algo aparte, algo de vanguardia, algo atrevido, en fin, es única. Parece escrita con aquella máxima cervantina de "a venga lo que viniere". Pienso que, dentro del realismo, roza varios géneros, en el que parece destacar el surrealismo abstracto, que trata, y coge los hechos reales, personajes históricos, realidad y ficción juntas, y los confina en un firmamento de hipérbole, aislados en un universo trágico lleno de lirismo.

El narrador es un personaje más, dentro del entramado de la narrativa, que se permite intervenir en tal y cual situación, entrevistar a los personajes. De igual manera los personajes lo interpelan a él. Les habla acerca de futuro, en algunos casos, decide cambiar ese futuro. Su voz es irónica, irreverente, burlona, en algunos casos, mordaz, cruel. Pero es un omnisciente con mucha sabiduría. Incorpora dos voces narrativas intrigantes, Eva y Ana, dos especies de oráculos que incide en hechos futuros o aclaran hechos pasados. Además, en algunas ocasiones nos indica la música idónea que nos recomienda escuchar para leer ciertos capítulos. Un narrador insolente que detiene la acción cuando le apetece para explicarnos los orígenes y parte del desarrollo de la Guerra Civil. Crea un mundo mágico y onírico alrededor del pueblo de Jándula -un verdadero acierto, con sus sueños y milagros, historias circulares que empiezan y terminan en sí mismas y con toneladas de buena literatura- y luego llama a todas las localidades por su nombre real, lo que le aleja de García Márquez y Onetti o del gran narrador español de las últimas décadas, Luis Mateo Díez.

La narración comienza en el pueblo de Jándula, (Quesada, Jaén). Odisto, nuestro protagonista con toda su familia: María, su mujer, sus siete hijos: José, Ángeles, Pablito, Martina, Gonzalo, Josito, Mariángeles. También están los abuelos maternos y los paternos, tíos y tías, sobrinos y sobrinas, desde allí, su pueblo natal, nos introducirán en un mundo, familiar de solidaridad de cooperación, de cariño, como también en un mundo tenebroso, hostil que empañó toda la Iberia de entonces. Pero para nuestro bien, él, Odisto el patriarca con su pasividad, ingenuidad y fortaleza se convertirá en un rayo de luz en la nefasta oscuridad.

El narrador divide la trama en varios segmentos que disminuyen la ferocidad de lo narrado, por una parte, la historia de Odisto Arlodento y su numerosa familia. Por la otra: la barbarie, el sadismo y la destrucción. La metamorfosis del alma humana. De cómo la crispación entre los unos contra los otros nos llevó donde nos llevó. Cabe aquí hacerse una pregunta cervantina, ¿sabemos quiénes somos?, sí, pero... y ¿sabemos quiénes podemos llegar a ser?

Así pues, retornáremos al pasado, a ese pasado, a esa guerra fratricida que conmovió y movilizó al mundo. Esa que creíamos extinta, superada. Esa que pensábamos que el horror del conflicto de antaño, nos habían dejado una enseñanza inolvidable, imborrable. Pero ... volviendo al presente, ¿hemos aprendido algo del pasado?

Espero que este joven escritor continúe escribiendo. Estoy seguro de que nos dejará buenas obras porque tiene madera de narrador. Eso sí, con más personajes ficticios como Odisto y su extraña y fantástica familia: relatos ficticios que bien pudieran ser reales, y no tanto de personajes reales a los que toda novela hace ficticios.


* Fernando Pessoa ya lo dijo: «construyamos en nosotros Iberia. Un día, Iberia será». Y también António Lobo Antunes, quien se lamentaba de «que no seamos el mismo país todos los ibéricos». Hay quienes dicen que la creación de Iberia vendría únicamente bien a España, que arrastra una mayor escisión traumática en su población; si bien, Portugal se beneficiaría tanto como España de la unión. En palabras de José Saramago, en Lusitania, la región que sería Portugal en Iberia, «no se dejaría de hablar, pensar y sentir en portugués. No seríamos gobernados por españoles, habría representantes de los partidos de ambos países en el Parlamento único con todas las fuerzas políticas de Iberia».

Pues eso. Un día, Iberia será.


domingo, 16 de noviembre de 2025

Un paseo por los olivos

 

Recuerdo una brisa triste por los olivos.”

Último de verso de “Alma ausente” del Llanto por Ignacio Sánchez Miejías

 

Recordar es la única manera de detener el tiempo.”

Jaroslav Seifert

 

Recuerdo un día de noviembre de hace unos años que decidí dar un paseo por los olivos. Andaba, abstraído, sin reparar en las cosas y no me tropecé con nadie; pasé de largo por la tapia del cementerio, esa tapia que un día anterior a mi memoria, levantara mi tatarabuelo ayudado de mi bisabuelo. Bajé hasta los olivos de Prieto, donde había, junto al barranco, chumberas con el fruto ya pasado y recordé un jovial atracón, otro día de juventud y de feria, con el primo Blas y mi amigo Paco.

Volví por el mismo camino, sólo quería andar de prisa sin pensar en nada. A la vuelta vi la puerta abierta, esa puerta que otro día lejano, forjara mi bisabuelo con la ayuda de mi abuelo. Entré al paseo de los cipreses y me aparté de los caminos; salté caballones sin surco y bordeé lápidas con identidades ambiguas. De los que recordaba, muchos, saludé a todos cuantos pude, saludos cortos, un poco más largos con la familia, me demoré con mis padres y a mi hermana no supe qué decirle, sólo me paré y un nudo súbito me apretó el pecho... ¡cálmate y respira hondo! -me dije-. Respiré con profundidad, pero no me calmé.

Seguí mi paseo de reconocimiento; una fuerza inusitada tiraba ese día de mí. Entonces vi una lápida corrida –todo el hueco o la fosa a la vista-, preparada para recibir a un nuevo residente; sólo se importuna a los muertos para llevarles otro que fue bien cercano en vida, encuentro que, de haber sucedido en vida, sin duda sería del todo gozoso, pero que en estas circunstancias supuse que, allí, reinaría la indiferencia. No quise saber quién se mudaba. Seguí andando entre fosas y lápidas, saltando caballones y cruzando caminos en cruz. Miré las inscripciones del alrededor y leí una una nota de papel pegada a una lápida con cinta adhesiva marrón que me llamó la atención, decía: “aquí sigue descansando Paquito Mendoza”. Una ironía, una broma sin duda -lo deduje por el “sigue”-. Recordaba ese nombre, recordaba a ese hombre y recordaba que ya en vida descansó mucho, un hombre pequeño, agradable, un hombre que se levantaba cuando mi padre llevaba siete u ocho horas trabajando, un hombre soltero que preparaba a jóvenes para el bachillerato, un maestro sin escuela; un hombre que se paseaba con una chaqueta con manchas negras de grasa y un sombrero negro lleno de candiles que, igualmente, brillaba de la grasa y de tanto uso. Recordaba su casa, recordaba su escuela, recordaba la reja que protegía la ventana que daba a ella. Recuerdo las muchas veces que me así a la misma para mirar hacia dentro. Recordaba… Muchas cosas recordaba, pero apenas si recordaba su cara. Las lápidas, los nombres nos dan muchos datos de los que se marcharon, pero las imágenes de los que fueron vivos en otra época poco a poco se nos van desvaneciendo, y engañados por la memoria ya solo recordamos apariencias, composturas, pero sus caras se van desdibujando en la neblina del recuerdo amañado.

Seguí y llegué a la tumba de mi abuelo que fue el primero de los que se fueron que tengo claro el recuerdo. Nos dejó cuando yo sólo había vivido once años, siento un escalofrío al pensarlo: tengo su foto en uno de los álbumes de mi móvil y, por ella recuerdo claramente su cara. La recuerdo en ese momento que se hizo la foto, incluso recuerdo la de su amigo Marcos que está junto a él en otra imagen del mismo tiempo y en el mismo huerto de nuestra casa. El huerto, cuando mi abuelo era el dueño, estaba distinto a como está ahora que soy dueño de una novena parte; pero ellos, los de la foto, son los mismos que había allí aquel día, no cambian, acaso están un poco amarillos por la pátina del tiempo. No cambian ellos, mi abuelo y Marcos, que ese día, sentados al sol del invierno y con su vaso de vino sobre la mesa, detuvieron su tiempo para mí.
En la otra imagen de mi archivo estamos con el abuelo los seis primeros nietos, niños entonces -niñas sería más preciso, pues son cinco frente a uno-, una de ellas, un bebé. Todos los niños ya somos otros, que ellos, mis abuelos, no reconocerían. Marcos tenía varios hijos, que se fueron también, a los que conocí pero ya no les pongo cara. Una de las niñas de la foto, mi hermana, la que está a mi lado, también se fue. En mi despacho la tengo igualmente detenida en otro tiempo: ya solo quiero recordarla, joven y alegre, como las fotos de ella que tengo a mano... Las demás niñas sé que son ellas, como también sé que ya son otras; yo mismo, estoy seguro, soy otro.

Sigo mi paseo pensando que mi cabeza está llena de nombres, nombres que en parte atesoré, en mi adolescencia, en la tarea de cartero, nombres cuya cara he olvidado o son sólo una deformada mancha flotando en mi memoria.

Al llegar al pueblo sigo recordando a personas como Ángeles, que vivía frente a los hermanos “Martos”; a Basilio, que según me contó mi padre en una de esas raras tardes que le daba por fabular, cuando él era niño, ponía a los zagales alrededor de la era en “pompa para pillar pájaros con el culo" (Ahora veo esto como un relato del realismo mágico que siempre ha existido en mi pueblo); bajando la cuesta, recuerdo a Rosalía Valdearenas, que, desde la ventana de su cámara, siempre que me veía, me preguntaba a voces si le llevaba la carta de Raúl, carta que, como Penélope a Ulises, esperó, creo, hasta el final de sus días. Al llegar al barranco la tarde está cayendo y no hay nadie en la calle, recuerdo entonces a Juan “el Capelo”, que por indicación y consejo de Antonio Mendoza fue uno de los primeros autónomos del pueblo y que tenía su lugar de trabajo en medio de la calle, al lado de la fuente. Dicen que un día echó números y no le salían las cuentas y con todo el respeto que el personaje imponía fue a ver a Antonio Mendoza y le dijo: “don Antonio, escriba usted de su puño y letra que la empresa de Juan “el Capelo” se ha ido a pique”. Dicen que, a partir de ese día, la empresa siguió funcionando, pero con el rendimiento en negro, aunque, entonces no había mucho que blanquear.

Igualmente tengo nombres de sitios y establecimientos que parecían eternos porque estaban allí desde que llegamos o desde que nacimos: la Gloria de Baena y sus bollos de chocolate, el cine de los Dumont y la pipas de Mercedes, la tienda del Calvario y, en la recacha de su puerta, su academia de filosofía; las zapaterías de de los Churregos -en este ramo todos eran de Narila-; el licor de cacao de Rosendín que alegraba las tardes de invierno, la fragua de Pepe...

La fragua de Pepe, cuántos ratos allí perdidos, o tal vez ganados, están en mi memoria y que me son tan agradables… Ahora me acuerdo de Caballero, así le llamábamos, era su apellido, era un hombre sin nombre, ni mote, le conocíamos por su apellido; lo recuerdo en invierno, inmutable en un rincón de la fragua con su abrigo marrón de espigas, frotándose las manos junto al fogón, y una gotera diminuta golpeando su calva…, la gota se deslizaba incesante entre la oreja y el ojo mientras pensaba y, de tarde en tarde, soltaba una frase sapiencial (era un hombre muy leído), para que los jóvenes tomásemos nota... Pero a nosotros nos daba igual, o tal vez solo creíamos que nos daba igual, porque ahora estoy seguro que la fragua de Pepe también fue parte de nuestra escuela. Mirábamos a Caballero, siempre tan ceremonioso y conforme con la vida -un verdadero estoico-, nos mirábamos y nos reíamos con disimulo: qué me importaba a mi entonces la parenética, ni a los jóvenes que conmigo crecían junto al fogón de Pepe. Sin embargo ahora sé que todas las vivencias dejan algo, tienen su peso y Caballero, con su ejemplo, nos enseñó algo de serenidad y de bondad, como el saber pasar con nota por aquellos difíciles tiempos.

Como digo, recuerdo nombres de personas que estaban allí en mi infancia, con las que hablé muchas veces y que resuenan para siempre en mi memoria sin que logre ya ver bien sus facciones: Don Paco el cura, que tanto le gustaba rodearse de niños y que fue el primer locutor de radio que yo conocí y un cura que no regañaba nunca, en unos años que todos los mayores lo hacían; no veía falta ni pecado en nada de lo que hacíamos: "los niños son inocentes" -decía- ante cualquier trastada nuestra. Recuerdo con mucho apego a mi tío Policarpo, que arrimados a la lumbre me daba cacahuetes que él mismo cultivaba cuando en el pueblo apenas si se conocían; al tío Cristóbal con su colilla de Ideal en la boca y la columna de ceniza a punto de caer sobre su camisa nueva y ya agujereada de anteriores cigarros. También recuerdo a Paco Pérez, que andaba prendado de la Guardia Civil, del camión de Rosendín y de Sarita Montiel, y que solo obedecía los encargos que traía la “Alsina” para el cine de los Dumont y de Juan “el de Turón” cuando estaba de puertas; a Cristóbal el “Cascaracebolla”, que veía poco, pero era capaz de echarse una casa acuestas y de comerse una cesta de chumbos de una sentada o beberse un botijo de agua a caliche de un solo trago, y que contaba cuentos que luego salieron en la televisión y copió García Márquez para sus novelas; recuerdo con cariño a Nicolás Rueda, vecino y amigo de la familia que a mis doce años ya me trataba como a una persona mayor, que cuando dejaba su caballo blanco para la cabalgata de Reyes, decía que me lo dejaba a mí; a Frasquito y a Paula, su mujer, que a diario me acogían en su casa como si fuera uno más de sus nietos… Podría nombrar a todo el pueblo, porque, entonces, yo tenía abiertas todas las puertas del pueblo. Pero eso fue hace ya muchos años.

Recuerdo, recuerdo... ¿Para qué sirven los recuerdos? Dicen que son como avisos del corazón, pero eso a mi no me dice nada sobre su utilidad; y el corazón sólo es un músculo, y a veces una metáfora ¿Pero, y si no tuviésemos recuerdos? No creo que nadie se haga esta pregunta. Nadie se pregunta por la falta de una cualidad inherente al ser, así que dejo la metafísica para otro momento, si es que no estaba filosofando ya antes

Del cinamomo al laurel, 101