En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás. Este sitio no desea molestar a nadie, pero, el autor, está libre de cortapisas al exponer su opinión.

sábado, 13 de junio de 2020

Enrique Morón



Semplanzas

Poesía, amistad, deseo de vivir… Y todo esto -como dice José María Ortega García-, “enrique-cido con una aleación de generosidad y sencillez”.

Un amigo suyo, Juan José Ceba lo define así: “Enrique es un árbol bien poblado, sombra fresca, sombra amable, sombra de vida que invita a la esperanza, pese a tantas lluvias inevitables de tristeza en sus ramas. Árbol de todos los pájaros en un verde océano de espigas y canciones”. El árbol que acoge a todos, da igual el trino, da igual el color de sus plumas; y el verde océano de espigas por el que ondula su juventud cuando mira el tiempo, porque Enrique cuando vive es joven y generoso; cuando trova el tiempo es su enemigo, y parece cargar el bronce de los días como si soportara el peso de la campana.

Otro amigo, Fernando de Villena, le llamó: “Soberano artífice de la palabra”. Definición concisa y certera, pero, hemos de reconocer, que menos comprometida que la anterior. Y esto mismo, de otra manera, mucho más directa me lo dice otro amigo, Gil Craviotto, siempre que hablamos de Enrique: “es el mejor poeta vivo que tiene Andalucía”. Y eso que la generación del sesenta es nutrida en frutos.

Enrique es definido como un poeta rural. Esto es una evidencia que ni nosotros podemos discutir, sin embargo, aunque su mirada sume el sentimiento, la nostalgia, el apego a la cotidianeidad rural; aunque su sensibilidad se desborde con las cosas sencillas, Enrique es menos de campo que la mayoría de nosotros. Es rural con la palabra, con el verso, pero un observador no teórico, su estoicismo no le lleva a tanto; se podría decir que es rural filológicamente, no metafísicamente. Es rural literariamente, pues también tiene algo de manierista, a veces es refinado y artificioso, diestro en lo vivido, en el sentimiento, pero también con capacidad para construir artificiosamente una experiencia fingida. Y es que "todo poeta es un fingidor."

La gran diferencia está en que él, como observador comprometido, quiere entender toda la realidad que le rodea, quiere ser parte de la Naturaleza, siempre cercana, en la que ha crecido, en donde no sólo están las personas; está además el ruiseñor, los maizales recién regados, los trigos alrededor de la era, el mármol del cementerio, la campana de la iglesia, con los que define a la juventud, el amor, la frescura de la juventud, la madurez, la vanidad, el paso del tiempo… Y todo esto le ayuda para entender a las personas a las que mira siempre con melancolía, siempre con cariño, sintiéndolas una parte de sí mismo.

Corazón

Como el venero que al cruzar la sierra

quiere brotar para regar el valle,

subiendo de los árboles al talle

como sublime ofrenda de la tierra.

Como la nieve que al cuajar se aferra

a su blancura pulcra con detalle

solidario y precoz, más que al fin halle

las apacibles lágrimas que encierra.

Como el río sutil que por juncales

desciende hacia la mar de mis amores

purificando piedras y riberas:

mi corazón oculto en manantiales,

se me va de las sombras a las flores

por un caudal de viejas torrenteras.



Su poesía es unas veces simbólica, siempre lírica y estética, bucólica, intimista, barroca, no exenta de crítica. En ella coge una postura de solidaridad con el pueblo, él no renuncia –y podría haberlo hecho- a ser parte de su tierra, comprometiéndose en cada momento con sus gentes. Posee con frecuencia el instinto de lo cotidiano, de lo popular, con una intuición agudísima de los sentimientos.

Enrique, nunca ha tenido la necesidad de la política, que si la ha vivido ha sido desde un plano superior, como un espectador interesado mira a la escena en una obra de teatro, como Lorca miró en su día a los negros de Harlem. En sus textos podemos hacer identificaciones políticas y sociales, pero más que una idea es un artificio del autor que se mueve en un manierismo vital, andando en las noches de verano por las desiertas calles de su pueblo, rompiendo la armonía de la villa sumergido en meditaciones de vate romántico, que abstraído y perdido en su arte se desliza entre la naturaleza y el espíritu. En sus poemas apreciamos una idea clara de belleza, con formas muy cuidadas, usando con frecuencia el metro clásico, y un lenguaje delicado.

Se ha hablado mucho de la soledad en la obra de Enrique, su propio hijo lo ha hecho en su interesante libro El Grupo Ánade de poesía (Antonio César Morón. 2006). Lo hace refiriéndose a su obra y nos habla de esa “soledad específica y fatal de algunos seres humanos”, con una mirada compasiva y amable de ciertas personas con las que se cruza sin decir nada o saludándose con un gesto. Pero el hijo no conoce, pues fue anterior a él, que su padre también sufrió esa soledad; sí conoce ese refugio que el poeta busca porque necesita, y que ha sido una de las claves de su obra y de su vida, esa soledad que todo ser humano precisa, Enrique quizás en mayor medida, tal vez un poco por costumbre, sabiendo que además le viene muy bien para su creación literaria. De ahí su intimismo, donde destaca la Naturaleza, La Alpujarra, su pueblo, la campana de la iglesia que marca las horas midiendo el tiempo en sus largos paseos, o doblando a muerto en sus tardíos despertares de la calle Real, como advirtiendo de lo efímero del hombre, y que le lleva a otro de los temas recurrentes de su poesía: el paso del tiempo.

Enrique es un gran poeta, pero también es dramaturgo; a lo largo de su obra, duda de la trascendencia de la vida, pero se dice, en “La mecedora”, qué absurdo es el mundo si no hay “un más allá...”, que me recuerda lo que Unamuno le dijo a su amigo chileno: "si creo en Dios, es porque quiero que Dios exista”, que parece poseer la facultad de creer en lo que se espera, la esperanza, el anhelo de pervivir: una fe más pasional que escolástica. Que duda cabe, si al menos estuviéramos seguros de eso, todo sería más fácil. O más complicado, pues las certezas pocas veces han traído algo bueno. En otro momento de la mecedora (16-20) podemos ver como se aúna la Naturaleza y esa soledad como refugio de la que hablamos. Dice el autor:

Podría decir, “a la fuerza ahorcan”, ya que tengo dos lugares donde nunca me regañan; vamos, donde estorbo menos: sentado quietecito en mi mesa, o bajo mi parra formando parte de la Naturaleza. Pero como resulta que a todo se acostumbra el ser humano, he conseguido disfrutar con el ostracismo impuesto para no pisar el suelo recién fregado, es más correcto afirmar que “sarna con gusto no pica”.

En sus primeros libros quizás fueron los simbolistas franceses los que más le influyeron, después los clásicos y la poesía del veintisiete, especialmente Machado en forma e ideas, y Lorca en la expresividad y simbolismo. En cuanto al verso, como buen aficionado al cante jondo, Enrique ha tocado todos los palos. Generalmente son sus vivencias, realidades o ensoñaciones, las que nos presenta poéticamente personalizadas, con rasgos íntimos inequívocos, llenos de ternura, y una estética depurada.

Enrique se ha relacionado con varias generaciones, y con moderación ha sido de todo: burgués como sus amigos de aventuras y proyectos, progre como sus compañeros de juergas, krausista porque se llevaba y le iba bien en aquellos años, posmoderno sin alharacas en definitiva.

Cádiar siempre presente, pueblo de pasiones, a veces dolorosas, siempre lentas en el recuerdo. Cádiar, lugar de descanso, de soledad, de paseos nocturnos al son de la campana, con la mirada perdida en la negra quietud de sus montes, las manos en los bolsillos, y las mejillas sonrosadas por el aire fresco de la sierra… Y el tiempo, que se acelera al medirlo, ese transito de la noche en sus paseos, del crepúsculo al alba, como una inversión de la vida, que camina de un amanecer remoto, lento, al presente más veloz, y de ese agua pura del paso del tiempo, que baja rápida por la acequia, para serenarse en la balsa, generando vida con su riego.

El pueblo, que fue primero un castigo de soledad, y también, un lugar donde descansar de sus alucinaciones urbanas, de solitaria espera en la juventud, donde los vecinos vivían asomados a las ventanas o paseando por los terrados, esperando que el tiempo pasara. Pueblo hoy de reposo familiar, de soledad como refugio, y de furtivas salidas con los amigos en las que se infringen o relajan las costumbres de la ciudad, donde se olvida la incomodidad del mundo urbano.

Esto que quiero representar, pienso que puede ayudar al leer a Enrique, que es un poeta que no se aísla. Observa, pero también participa de la vida, y se relaciona con la misma naturalidad con la que rima sus poemas. Por eso creo que esta mirada que dejo ir ahora hacía Enrique, hacia su obra, sin tecnicismos académicos, es una mirada a un poeta que otros han definido como rural -yo me he atrevido a matizarlo un poco-, de un amigo que, porque ha leído a Enrique y ha disfrutado de su socarrona conversación, gusta de fabular y decir que se ha criado entre maizales y almendros, que lleva mastranzos en sus venas y albahacas en los sentidos.

Sé que esta mirada es muy subjetiva: no he pretendido otra cosa.



Esta semblanza que se publicó en la revista de “A. C. de la Casa de Cádiar”, se inspiró en un homenaje realizado a Enrique en el año 1998, titulado, “Miras al tiempo sucederse en frutos”, consecuencia de la presentación en Cádiar de su poemario “Cementerio de Narila”, que fue prologado por nuestro entrañable amigo Paco García Valdearenas.

Para incorporarlo a este blog la semblanza ha sido retocada en los días del confinamiento, con toda la subjetividad que cabe. ¡Qué no se me tenga en cuenta tamaña osadía! La única pretensión es que estos poemas formen parte de esta nube personal, de este desván de cosas inútiles.

Para saber más de Enrique Morón:

miércoles, 10 de junio de 2020

Palacio de cristal versus palacio ducal

Ante la tumba de Durandarte

Los dos únicos palacios que aparecen en la segunda parte del Quijote guardan entre sí grandes correspondencias. El primero de ellos forma parte de las visiones que don Quijote tiene en las profundidades de la cueva de Montesinos y se describe como “un real y suntuoso palacio o alcázar” (II, 23); el segundo, igualmente problemático, es “la casa de placer o castillo” donde los duques someten al caballero y a Sancho a todo tipo de escarnios (II, 31-57 y 68-71). Tanto el palacio subterráneo y fantástico como el terrestre y tangible son espacios en los que ocurren cosas ajenas a la realidad, donde las historias parecen inventadas y donde los personajes repiten gestos paralelos de una comicidad grotesca. El número de coincidencias es más que sorprendente.

Para empezar, don Quijote, entre las “diferentes y estrañas figuras” que contempla en la cueva, ve a la “dueña Quintañona, escanciando el mosto a Lanzarote, cuando de Bretaña vino”; por su parte, Sancho también recuerda el mismo romance de Lanzarote para pedirle a doña Rodríguez que se haga cargo de su rucio (II, 23 y 31).

Si la primera visión de la Dulcinea encantada se produce en la cueva y allí se anuncia la posibilidad de un desencantamiento, la profecía de liberación se formula en el palacio de los duques. El responsable del hechizo, según el relato subterráneo de don Quijote, había sido Merlin, “aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo” (II, 23). Es también Merlin, vestido con las mismas y llamativas ropas de Montesinos, el encargado de anunciar la receta para desencantar a la dama, no sin antes recordar sus orígenes míticos:

“Yo soy Merlin, aquel que las historias

dicen que tuve por mi padre al diablo” (II, 35).

Montesinos cuestiona la belleza de Dulcinea ante la presencia de Belerma y don Quijote le responde con un agresivo:

“Cepos quedos... que ya sabe que toda comparación es odiosa”.

La duquesa vuelve sobre la misma cuestión y el caballero torna a mostrarse esquivo:

“(...) éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (II, 23 y 32).

En la cueva, don Quijote recibe una petición de Dulcinea, que se corresponde a las que, como dueñas menesterosas, hacen la condesa Trifaldi y doña Rodríguez en palacio (II, 23, 38 y 48). Por su parte, las dudas que manifiesta Durandarte sobre las capacidades caballerescas de don Quijote y las que él mismo tiene sobre la veracidad de sus visiones tienen una expresa continuidad en el fallido viaje a Candaya sobre Clavileño, que termina en la declaración escrita de Malambruno, y en el malogrado combate con Tosilos (II, 23-24, 41 y 56). Y lo cierto es que solo al entrar en el palacio ducal se reconoce el hidalgo como “caballero andante verdadero, y no fantástico” (II, 31).

Gruta y castillo también coinciden en ser lugares propicios para la metamorfosis y en los que casi nada resulta ser lo que en principio parece. Doña Ruidera, sus hijas y el escudero Guadiana se han convertido en agua; Durandarte y Belerma, cayendo en el mismo abismo al que Sancho había empujado a Dulcinea, han perdido las virtudes ideales que les atribuía el romancero. Las mutaciones no son menos en palacio: la dueña Dolorida y sus acompañantes se barban y desbarban (II, 39 y 41), la infanta Antonomasia, embarazada de un don Clavijo que abusó de su fálico nombre, retorna luego a su primitivo estado (II, 38 y 41), la Trifaldi se convierte en mayordomo (II, 45), un caballo de madera vuela (II, 41), Sancho pasa de villano a gobernador (II, 45), la muy guapa Altisidora se enamora de un viejo loco (II, 44), y el pretendido yerno de doña Rodríguez se transforma en el lacayo Tosilos (II, 56).

Palacio ducal

En ambos espacios, el tiempo mítico se mezcla con los anacronismos de la contemporaneidad más inmediata a los personajes, pues en la Candaya de la dueña Dolorida hay alguaciles y se bailan seguidillas, como en el siglo XVII, mientras que Montesinos lleva una beca estudiantil al modo del primo humanista, los encantados de la cueva entretienen sus largos ocios con la baraja y parecen conocer las espadas del moderno Ramón de Hoces (II, 23 y 38). Todo sirve para rebajar por medio de burlas, ironías y guiños el mundo heroico de la caballería. Con similar intención, los habitantes de la cueva y del palacio se revelan protagonistas de una vida tan material como inusitada en las historias idealizadas de las que provienen. La relación que don Quijote hace de sus visiones da noticia de las tachas físicas y las estrambóticas hazañas de estos personajes. De Durandarte sabemos que tiene una mano peluda y que su corazón pesaba nada menos que dos libras; Montesinos, que se lo había arrancado para llevárselo a Belerma, se sirve de sus propias lágrimas para limpiarse la sangre de las manos y, a la primera ocasión que tiene, lo pone en salazón para que llegue a París “si no fresco, a lo menos amojamado”. Belerma, como la transformada Dulcinea, ha perdido su buen aspecto y muestra unas “grandes ojeras” y una “color quebradiza”, cuyo origen no quiere detallar Montesinos. El viejo, sin embargo, no ve inconveniente alguno en revelar a don Quijote que “no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le tiene ni asoma por sus puertas” (II, 23). Desde entonces Belerma se convirtió en la primera heroína expresamente menopáusica de la historia de la literatura. El castillo aragonés no es para menos. Aquí será doña Rodríguez quien desvele algunas de esas vergüenzas privadas, aun a costa de un buen ensalmo de palos, que compartirá con su contertulio don Quijote. Gracias a su testimonio sabemos que Altisidora “tiene un cierto aliento cansado, que no hay que sufrir el estar junto a ella un momento” y que la duquesa engendra un putrefacto líquido, solo aliviado por dos incisiones que le ocultan las faldas:

“dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los médicos que está llena” (II, 48).

El chusco inventor de las quimeras, hechizos y peripecias de la cueva de Montesinos no es otro que el propio don Quijote durmiente. Sin embargo, en el palacio aragonés son los duques los autores de las máscaras y burlas que parecen reproducir las visiones del caballero. A ellos se deben los encantamientos postizos, aunque con apariencias de realidad. Como en muchos festejos nobles de la España del Siglo de Oro, las parodias caballerescas y el carnaval se daban la mano, y por eso acudió Cervantes a una materia que ya había tratado Alonso Fernández de Avellaneda, que hizo a su caballero víctima del humor de varios nobles. La diferencia con el apócrifo está en que, en casa de los duques cervantinos, la diversión y la broma siempre dejan un regusto amargo y la risa parece irremisiblemente unida al dolor. Acaso por eso, Cide Hamete se impregna de una acidez similar para criticar los estúpidos excesos en que se emplean estos aristócratas ociosos:

“[...] no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos” (II, 70).

Junto a los duques, dos personajes sobresalen en los predios aragoneses: doña Rodríguez y Altisidora. La dueña es, como explicó Edward Riley, un duplicado femenino de don Quijote (1990:160), que da lugar a uno de los momentos más gratos del libro con su visita nocturna. El casto caballero, además de las infantas enamoradas de sus libros, tenía presente en la memoria el antecedente personal de su desastrado encuentro con Maritornes y se muestra decidido a defender su integridad:

“envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo”

Pero cuando esperaba encontrarse con Altisidora:

“vio entrar a una reverendísima dueña con unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto que la cubrían y enmantaban desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos” (II, 48).

A pesar de esta iconografía buscadamente cómica y de su ridículo engolamiento dueñesco, doña Rodríguez es el único personaje completamente amable e inocente del palacio, que se descubre víctima, como don Quijote, de los tejemanejes del duque.

Altisidora pudiera ser un contrapunto lujurioso, picante y cortesano de Dulcinea y de la misma doña Rodríguez. Desde el principio del episodio da muestras de sus dotes de cómica o de sus capacidades inventivas, que le llevan a las mismas puertas del infierno para ver el libro de Avellaneda convertido en pelota de un juego diablesco. No obstante, lo que comienza en caña termina en lanza. La profunda fidelidad de don Quijote hacia su dama acaba por sacar a la moza de sus casillas. Es lo mismo que le había pasado antes a Sansón Carrasco, que, tras ser vencido como caballero del Bosque, descubre su lado soberbio y rencoroso, y decide vengarse. Ahora es esta desahogada doncella la que revienta tras los continuos menosprecios amorosos del vejete:

¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme (II, 70).

Después de tantos engaños, insultos y desazones, don Quijote abandona el palacio ducal y siente que se le renueven los espíritus. Su alegría al salir de ese territorio hostil queda expresa en un magnífico himno a la libertad (II, 58). 

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Por el contrario, del palacio encantado en la cueva de Montesinos había salido con un lamento:

“Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado” (II, 22).

martes, 9 de junio de 2020

La cueva de Montesinos y la Caverna de Platón


Lecturas comentadas: Diálogos de Platón
Aurora Egido

 

La metáfora de la caverna es recurrente en la historia de la filosofía, se asocia el error a sombras y a esclavitud; la luz a verdad y a libertad, como en la caverna platónica.

Veamos el relato: don Quijote le pide al licenciado que le diese una guía para ir a la cueva de Montesinos, ya tenía gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por aquellos contornos. Observemos la inversión del esquema platónico: en la Cueva de Montesinos la luz y la verdad están en el interior, no en exterior de la cueva, en la región del Sol. En el camino don Quijote pregunta al pintoresco primo, al zoquete que le acompaña (“loco de la erudición” como le llama Martín de Riquer) su oficio, el cual responde que su profesión es humanista componer libros (empiezo a pensar que no le gustaban muchos los humanistas a Cervantes, siempre que habla de ellos no salen bien parados); de nuevo, Cervantes, hace otro canto a la lectura, de gran provecho para la república. Tercia en la conversación Sancho, a través de la cual, se muestra el arte de la dialéctica platónica, preguntas y respuestas, que han de ser nuestras, como le advierte don Quijote a Sancho, quien replica:

“que para preguntar necedades y responder disparates, no necesita ayuda de vecinos”.

“Me has dicho, Sancho, de lo que sabes –dijo don Quijote-, que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”.

Platón en el “Menón, o de la virtud” (81b), dice que en la búsqueda de la verdad, que el filósofo debe ser valiente y constante en la investigación de las cosas; como don Quijote, que siempre está dispuesto a realizar hazañas, dice:

“que tal empresa –bajar a la cueva- como apuesta, Sancho amigo, para mí estaba guardada”. Entonces dijo el guía: “Suplico a vuestra merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones”.

Don Quijote se pone en manos de Dios con esperanza, como en el Mito de la Caverna de Platón, cuando dice que “Sólo Dios sabe si está conforme con la realidad”. El hombre propone y Dios dispone.

Sin embargo, don Quijote, parece un hombre insensato e imprudente, que se da de bruces contra el suelo de la cueva, que puede ser un símbolo de las equivocaciones. Los trastazos que nos damos con la realidad, nuestros errores jalonan el camino de la verdad, algo que nos atañe a todos, por eso hemos de escuchar la voz sesuda, sensata y prudente del otro, como la de Sancho, que ironiza llamando a don Quijote, valentón del mundo, y apostillando:

“¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz desta vida por enterrarte en esta oscuridad que buscas!” (II, Cap. XXII).

La verdad nos hará libres. Después subieron de la cueva al caballero, que como si de un profundo sueño despertara, decía:

“Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan con la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!”

Es un viaje al interior de la persona que se descubre a sí misma que valora la vida como sueño o sombra efímera; como el Sócrates de la Caverna de Platón, que sale al Sol de la Verdad, contemplando la Idea del Bien, y vuelve deslumbrado a liberar a sus compañeros, prisioneros de su ignorancia en el mundo de las sombras. Es el carácter cambiante de la realidad humana. En el cap. XXIII, cuenta don Quijote lo que ha visto:

“Fui recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora”.

En esta vida hay que aprender a valerse por sí mismo, lo primero que hace don Quijote es pensar antes de actuar, un gesto de prudencia, un canto a la soledad, condición de la libertad, experiencia típicamente humana, hay momentos en que cada uno tiene que quedarse a solas consigo mismo, y tomar graves decisiones con el riesgo que siempre hay que asumir.

Entre el vivir y el soñar, dice Machado, hay una tercera cosa el despertar. Y el conocimiento más difícil que cabe imaginar para el hombre, nos dirá Cervantes, en los consejos que adornan el alma, que propone don Quijote a Sancho para gobernar su ínsula, es el conocimiento de sí mismo, principio ético de Sócrates. El diálogo es el camino de la verdad.

Don Quijote se encuentra en la cueva con un venerable anciano, quien le describe las soledades de los que están allí, los cuales encantados de verle, confían en que de noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva –como la platónica- hazaña guardada para él, persona de invencible corazón, ánimo y voluntad, para enseñarle las maravillas que contiene. Don Quijote cuenta, que cuando le dijo quien era, Montesinos en persona, le preguntó:

“fue verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna”.

En la caverna platónica, a Sócrates, decir la verdad le cuesta la vida, a don Quijote, el dar noticia de las maravillas de la cueva de Montesinos, le cuesta su credibilidad como persona cuerda y prudente. Cuando le comparan a su Dulcinea, con Belerma, no se lía a palos con Montesinos, como le dice Sancho, sino que dice:

“porque estamos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados. Remata Sancho la conversación: “todas las cosas que le han sucedido son por encantamiento”, (los encantados no comen). “Aquí encaja bien el refrán- dijo Sancho- de “dime con quién andas: decirte he quién eres”.

Don Quijote borda la imaginación del relato, cuando le dice a Sancho que Montesinos les mostró a tres labradoras,

“...y apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían junto a ella, que hallamos a la salida del Toboso…”

Cuando Sancho oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio o morirse de risa; que como él sabía la verdad del fingido encanto de Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio y loco de todo punto, (como le pasa a Sócrates en el Mito de la Caverna) y, así, le dijo:

- En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor Montesinos, que tú nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.

La luz de las sombras en la cueva de Montesinos, se llama Dulcinea, la contemplación de su amor soñado, ilumina la persona de don Quijote, hasta tal punto, que más adelante la denominará con una de las más bellas expresiones de toda la novela, Dulcinea será “el único refugio de mis esperanzas”, tal vez su valor más esencial por lo que simboliza respecto del amor y la libertad de toda persona humana. El amor es la fuente de la esperanza y ésta de la libertad. Dulcinea existe, don Quijote la conoció, sin duda, en sueños, pero los sueños como decía Calderón, sueños son.

La luz y la verdad están en el interior, pero también moran en la cueva los afectos supremos. ParaCervantes, el amor ideal y la amistad suprema son realidades enterradas. No viven a la luz del día. No existen: son eso, ideales, que se proyectan sobre el fondo de la Cueva de Montesinos. En la vida cotidiana no hay tales. Únicamente sucedáneos. Cervantes no tuvo amigos que lo ayudaran tras su vuelta de la cautividad en Argel. Y el amor, parece ser que no lo pudo conocer, salvo por sublimación de sus delirios.


Aurora Egido, Lecturas comentadas
Platón, diálogos


lunes, 8 de junio de 2020

La cueva de Montesinos

 
La Cueva de Montesino desde el interior. Imagen del "errático"

 
Allá, en el fondo de la Cueva yace Durandarte, el más amador Caballero Andante de la Historia. Muerto, en Roncesvalles, pidió a Montesinos le arrancase el corazón, y se lo llevase a su amada Belerma en París. 

Durandarte, en francés Duranval, era la espada que el de la Barba Florida regalara a Roldán, su sobrino, el héroe muerto en Roncesvalles. Y fue la espada sobre la que murió para que ni moros, ni vascones se la apropiaran. Luego, el mismo Romancero que dio a todos vida en España, hizo de la espada Caballero, y siguió significando fidelidad, la que permanece, la que dura. Y le hizo morir con Roldán, sobre las duras rocas navarras de Pirineo occidental. Belerma significa “La más bella de las mujeres”. De manera que, en el magín cervantino es la mujer más hermosa para el Caballero más fiel. El ideal de amor es: fidelidad y hermosura. Montesinos, que es fiel a la amistad con su amigo Durandarte, y lleva su corazón a la hermosa parisina.

Para Cervantes, el amor ideal y la amistad suprema son realidades enterradas. No viven a la luz del día. No existen: son eso, ideales, que se proyectan sobre el fondo de la Cueva de Montesinos. En la vida cotidiana no hay tales. Únicamente sucedáneos. Cervantes no tuvo amigos que lo ayudaran tras su vuelta de la cautividad en Argel. Y el amor, no lo pudo conocer, salvo por sublimación de sus delirios.

Montesinos y Durandarte representan la amistad; Belerma y Durandarte, el amor. Ambos afectos, los afectos supremos, están en el palacio de cristal, encantado, a cuyos predios se accede por esta cueva manchega, a la que Don Quijote bajó atado por una cuerda. La moraleja es que esos grandes afectos, amor y amistad, moran encantados en el subsuelo, están ocultos a la luz: una inversión de la caverna de Platón.

Don Quijote desciende al fondo de la cueva, quedándose profundamente dormido por espacio de una hora, lo que al personaje le parecieron tres días, lapso en el cual tuvo el mágico sueño en el que se encuentra con el propio Montesinos.

El sentido de esta aventura, reside en el esfuerzo desesperado que realiza don Quijote para engañarse sin saberlo; esto es, para hacer congruentes, irrebatibles y verdaderas las mentiras de Sancho. Don Quijote, para ser don Quijote, precisa a Dulcinea. Don Quijote, para creer en Dulcinea, necesita engañarse a sí mismo. Don Quijote para poder engañarse sin mentir tiene que humanizarse. Tiene que hacerlo humanamente, no como el héroe de fe inquebrantable que hasta ahora había sido. Sabe que no son ciertas las palabras de Sancho, y tiene que soñarlas para acabar creyendo en ellas.

Veamos un poco más cerca en qué consiste este diálogo de la fe, en el cual don Quijote trata de convencerse a sí mismo de que ha sido verdad y no ilusión su encuentro con Dulcinea allá en la cueva de Montesinos. Recordemos el texto:
    DON QUIJOTE:
    ''Pero ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo entre otras maravillas que mostró Montesinos (las cuales, despacio y a sus tiempos, te las iré contando en el discurso de este viaje, por no ser todas de este lugar) me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras, y apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hallamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía; respondióme que no, pero que él imaginaba que debían ser algunas señoras principales encantadas que pocos días había que en aquellos prados habían aparecido" (2,23).
    Ya está todo resuelto para don Quijote. Pero a Sancho, que había inventado este encantamiento, no le parece cuerda, ni prudente, la razón de su señor. Sancho con gran voz dijo:
    "Oh, santo Dios, ¿es posible que tal haya en el mundo y que tengan en él tanta fuerza los encantadores y encantamientos que hayan trocado el buen juicio de mi señor en una tan disparatada locura?" (2,23)

Pero Sancho también ha comprendido la importancia de su nuevo papel. Se ha convertido en empresario de la imaginación de don Quijote, y para hacerse valer vuelve de cuando en cuando a las andadas. Recordemos la famosa aventura del mono adivino en la que Sancho dice:

"Con todo eso querría que vuestra merced dijese a Maese Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuesa merced le pasó en la cueva de Montesinos, que yo para mí tengo, con perdón de vuesa merced, que todo fué embeleso y mentira, o a lo menos cosas soñadas" (2,25).

En la primera parte de la obra, tanto en el tono en que habla Sancho como la duda que manifiesta, habrían airado a don Quijote. Ahora contesta prudente y mesurado:

"Todo podría ser, pero yo haré lo que aconsejas, puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo" (2,25).

¿Es posible que don Quijote dude de lo que vio en la cueva de Montesinos? Vacilar no es dudar. La vacilación se refiere a la voluntad y la duda a la inteligencia. No es igual una cosa que otra. La voluntad puede rendirse al cansancio, puede rendirse sin ceder; la inteligencia, no. Vacila y esta vacilación se refiere nada menos que a su encuentro con Dulcinea. Quisiera comprobarlo, pero el mono adivino no le brinda ninguna certeza en su respuesta.

Cuando en la comedia organizada por los Duques viene Merlin, diabólico y profético en su carro, para anunciar al mundo el desencanto de Dulcinea, Cervantes describe de este modo el estado de ánimo de sus protagonistas:

"Renovóse la admiración en todos, especialmente en Don Quijote y Sancho; en Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuviese encantada Dulcinea; en Don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o no lo que le había pasado en la cueva de Montesinos".

Nos encontramos ante un don Quijote nuevo, que no se atreve a confiar en su ilusión, muy a pesar de que cuantos le hablan le confirman en ella. Nos encontramos ante un don Quijote que no se atreve a soñar. Es indudable que conserva su fe, pero viviéndola humanamente, esto es, haciéndola de nuevo hora tras hora y día tras día. En ocasiones, su recuerdo del encuentro con Dulcinea casi desaparece. Su fe sólo se apoya en la esperanza. Y es cierto que no duda, pero desfallece.

Tal sentido tienen las palabras de ilusión e insinuantes de mentira que dice a Sancho en el final de la aventura de Clavileño. Sancho ha tenido visiones muy parecidas a las suyas en la cueva de Montesinos. Las describe con emoción, quijotizadas y jubilosas ante la risa de los oyentes. Don Quijote no acaba de creer en lo que dice Sancho. Podría aceptar tales visiones si fuesen meramente ilusivas -esto es lo quijotesco-; pero, además, son verdaderos dislates. Su inteligencia no puede aceptarlas. Su voluntad, en cambio, quiere agarrarse a ellas, necesita creerlas...Y otra vez vuelve a repetirse la escena humanísima y alucinante del "engaño buscado" del que hablaba Rosales. Es preciso creer a toda costa. Es preciso crear nuestra verdad. Y llegándose don Quijote a Sancho, díjole al oído:

"Sancho, pues vos queréis que os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis lo que vi en la cueva de Montesinos, y no os digo más" (2,41).

Le propone un convenio. No miente don Quijote pero induce a la mentira, pues necesita ser engañado. Lo más vivo que hay en él se llama Dulcinea. Lo más vivo que hay en él es algo que no existe. Dulcinea representa lo necesario inexistente, lo que sólo tiene realidad en nuestro corazón, lo que nos hace ser lo que somos, y por ello queremos compartirlo con los demás, igual que se comparten el pan y el vino. Nadie podrá negarle a don Quijote este derecho.

Cuando en la casa de don Antonio Moreno se asoma al borde de su vida, para preguntarle a la "cabeza encantada" si fue cierto su encuentro con Dulcinea, en sus palabras aparece esa duda que tanto le lastima:

"Dime tú, el que respondes, ¿fué verdad o fué sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos?" (2,62).

Antes le bastaba mirar para creer. Su vida entonces era un milagro o era un sueño. Ahora ha llegado, poco a poco a su altura de hombre. La fe no aísla, comunica. Ya no puede creer desde la soledad. No ve tan claro como antes. Como Antonio Machado en su Proverbios y Cantares parece pensar:

“
En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.”

sábado, 6 de junio de 2020

Gacela del amor imprevisto


Me ha preguntado un amigo, ¿por qué “La Casida de los ramos”, un poema de muerte para conmemorar el aniversario del nacimiento de Lorca? No sería mejor uno de amor, añade.
Diván de Tamarit comprende los poemas más personales del autor, parecen el definitivo encuentro del poeta consigo mismo, donde lo más íntimo de su pensamiento se identifica con su sufrimiento y la esencia de Granada, ciudad de las agonías, el lugar donde la vida se siente amenazada de muerte, un lugar de solitaria espera. Todo este poemario es una profundización en el tema amor-muerte. Aquí ya no proyecta sus sentimientos en personajes míticos o teatralizados; estos son sus poemas más personales y, si es difícil hablar de Federico sin hablar de la muerte, con Diván de Tamarit como referencia es imposible.
Gacela del amor imprevisto, abre el diván con un fuerte simbolismo cuya interpretación exigiría un mayor detenimiento. Comienza con fuerte erotismo, el vello púbico de la mujer que ansía una fecundación es representado por la magnolia cuyo perfume “nadie comprende”. No dice que no sea percibido, que no atraiga ese perfume, lo que señala es que no se comprende, que nadie capta la ardiente sed de maternidad que vive la mujer, que tiene amores fugaces e imprevistos de “cuatro noches”. Por eso la magnolia, la flor de su sexo es “oscura”, pese al blanco luminoso que caracteriza a esta flor. La mujer no confiesa sus ansias a nadie, como se sugiere con alusión al “colibrí de amor entre los dientes”.
De pronto surgen las mil ideas de muerte que anidan en su mente, quizás por eso su ansia de amar. Esos mil caballitos persas que se duermen en la plaza "con luna de su frente", representan la muerte ( no es la primera vez en su obra que Lorca conduce al jinete a la muerte a lomos de su caballo). Refuerza esta idea la presencia de la luna, símbolo de la muerte, en esa plaza de su frente.
A pesar del erotismo que insinúa su cintura caliente “enemiga de la nieve”, su mirada refleja esa mezcla de vida y muerte simbolizada por los jazmines (la fragilidad) y por el yeso (el blanco lunar cristalizado, muerto), y sugiere su ansia de aspecto mortecino, “pálido”. El poeta quiere darle un amor imperecedero, pero la palabra “siempre” se ve traicionada por el color “marfil”. No hay forma de ahuyentar a la muerte.
Al final nos dice que todo amor es siempre “furtivo”, tanto el que dura “cuatro noches”, como el que tiene pretensiones de eternidad. Los besos de amor solo encontrarán la vida que se escapa, (“la sangre de sus venas”) por la boca del ser que los da, y la boca cerrada para siempre, “ya sin luz”, de aquel que los recibe.


Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.

Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.

Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, por mi pecho, para darte
las letras de marfil que dicen siempre,

Siempre, jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de mis venas en tu boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.

Divan del Tamarit, 1934,

La Casida de los ramos



García Lorca, en la "Casida de los ramos", escrita en los días de la persecución, muy pocos antes de su muerte, expresa la sensación de quien se haya en estado de declive psicofísico que preludia el fatal desenlace.

En la huerta del Tamarit el poeta vive el final de un verano que comenzó brillante y que se torna muy negro, un verano al que, aún sin concluir, se le adentra el otoño. Las umbrías arboledas se encuentran expuestas al fuerte viento y a las lluvias torrenciales que traerán la llegada del otoño. Estos presagios se materializan en "unos perros de plomo" y después en un grupo muy numeroso de niños anónimos e impasibles, "niños de velado rostro". Una manzana que pende del manzano -símbolo de la vida enamorada- contiene en su carne prieta todo un futuro de sollozos. Un ruiseñor -ave del amor- reúne para perpetuarlos los suspiros del enamorado, pero un faisán -representación del desdén vanidoso- los va relegando al olvido, "los ahuyenta por el polvo". En todo el ambiente se respira un presagio de muerte. Incluso los valles, "con el agua en las rodillas", aguardan las inundaciones que producirán los aguaceros otoñales. Bastará un viento ligero para que "se caigan los ramos". No pensando en su fragilidad se han dormido "como si fueran árboles", esto es, como si fueran lo bastante fuertes como para no quebrarse a la menor embestida. El elefante -atinada concreción de lo gigantesco en cuanto antítesis de todo lo frágil y diminuto- es introducido para designar metafóricamente el avance arrollador de las sombras a la caída del sol. Ahora no es ya la indefensión de los ramos vegetales cuya caída está próxima lo que congrega y atrae las miradas de los seres hostiles (perros y niños) que andan al acecho. Esta debilidad que amenaza ruina es la del propio poeta. Imperceptiblemente se ha trasladado a su cuerpo y a su alma la amenaza que se cierne sobre la fragilidad del mundo que le rodea.
Y así fue, su presagio se cumplió. Días después… “Se apagaron sus suspiros”.

Por las arboledas del Tamarit
han venido los perros de plomo
a esperar que se caigan los ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.

El Tamarit tiene un manzano
con una manzana de sollozos.
un ruiseñor apaga los suspiros,
y un faisán los ahuyenta por el polvo.

Pero los ramos son alegres,
pero los ramos son como nosotros.
No piensan en la lluvia y se han dormido,
como si fueran árboles, de pronto.

Sentados con el agua en las rodillas
dos valles aguardaban al Otoño.
La penumbra con paso de elefante
empujaba las ramas y los troncos.

Por las arboledas del Tamarit
hay muchos niños de velado rostro
a esperar que se caigan mis ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.