En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

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domingo, 16 de noviembre de 2025

Un paseo por los olivos

 

Recuerdo una brisa triste por los olivos.”

Último de verso de “Alma ausente” del Llanto por Ignacio Sánchez Miejías

 

Recordar es la única manera de detener el tiempo.”

Jaroslav Seifert

 

Recuerdo un día de noviembre de hace unos años que decidí dar un paseo por los olivos. Andaba, abstraído, sin reparar en las cosas y no me tropecé con nadie; pasé de largo por la tapia del cementerio, esa tapia que un día anterior a mi memoria, levantara mi tatarabuelo ayudado de mi bisabuelo. Bajé hasta los olivos de Prieto, donde había, junto al barranco, chumberas con el fruto ya pasado y recordé un jovial atracón, otro día de juventud y de feria, con el primo Blas y mi amigo Paco.

Volví por el mismo camino, sólo quería andar de prisa sin pensar en nada. A la vuelta vi la puerta abierta, esa puerta que otro día lejano, forjara mi bisabuelo con la ayuda de mi abuelo. Entré al paseo de los cipreses y me aparté de los caminos; salté caballones sin surco y bordeé lápidas con identidades ambiguas. De los que recordaba, muchos, saludé a todos cuantos pude, saludos cortos, un poco más largos con la familia, me demoré con mis padres y a mi hermana no supe qué decirle, sólo me paré y un nudo súbito me apretó el pecho... ¡cálmate y respira hondo! -me dije-. Respiré con profundidad, pero no me calmé.

Seguí mi paseo de reconocimiento; una fuerza inusitada tiraba ese día de mí. Entonces vi una lápida corrida –todo el hueco o la fosa a la vista-, preparada para recibir a un nuevo residente; sólo se importuna a los muertos para llevarles otro que fue bien cercano en vida, encuentro que, de haber sucedido en vida, sin duda sería del todo gozoso, pero que en estas circunstancias supuse que, allí, reinaría la indiferencia. No quise saber quién se mudaba. Seguí andando entre fosas y lápidas, saltando caballones y cruzando caminos en cruz. Miré las inscripciones del alrededor y leí una una nota de papel pegada a una lápida con cinta adhesiva marrón que me llamó la atención, decía: “aquí sigue descansando Paquito Mendoza”. Una ironía, una broma sin duda -lo deduje por el “sigue”-. Recordaba ese nombre, recordaba a ese hombre y recordaba que ya en vida descansó mucho, un hombre pequeño, agradable, un hombre que se levantaba cuando mi padre llevaba siete u ocho horas trabajando, un hombre soltero que preparaba a jóvenes para el bachillerato, un maestro sin escuela; un hombre que se paseaba con una chaqueta con manchas negras de grasa y un sombrero negro lleno de candiles que, igualmente, brillaba de la grasa y de tanto uso. Recordaba su casa, recordaba su escuela, recordaba la reja que protegía la ventana que daba a ella. Recuerdo las muchas veces que me así a la misma para mirar hacia dentro. Recordaba… Muchas cosas recordaba, pero apenas si recordaba su cara. Las lápidas, los nombres nos dan muchos datos de los que se marcharon, pero las imágenes de los que fueron vivos en otra época poco a poco se nos van desvaneciendo, y engañados por la memoria ya solo recordamos apariencias, composturas, pero sus caras se van desdibujando en la neblina del recuerdo amañado.

Seguí y llegué a la tumba de mi abuelo que fue el primero de los que se fueron que tengo claro el recuerdo. Nos dejó cuando yo sólo había vivido once años, siento un escalofrío al pensarlo: tengo su foto en uno de los álbumes de mi móvil y, por ella recuerdo claramente su cara. La recuerdo en ese momento que se hizo la foto, incluso recuerdo la de su amigo Marcos que está junto a él en otra imagen del mismo tiempo y en el mismo huerto de nuestra casa. El huerto, cuando mi abuelo era el dueño, estaba distinto a como está ahora que soy dueño de una novena parte; pero ellos, los de la foto, son los mismos que había allí aquel día, no cambian, acaso están un poco amarillos por la pátina del tiempo. No cambian ellos, mi abuelo y Marcos, que ese día, sentados al sol del invierno y con su vaso de vino sobre la mesa, detuvieron su tiempo para mí.
En la otra imagen de mi archivo estamos con el abuelo los seis primeros nietos, niños entonces -niñas sería más preciso, pues son cinco frente a uno-, una de ellas, un bebé. Todos los niños ya somos otros, que ellos, mis abuelos, no reconocerían. Marcos tenía varios hijos, que se fueron también, a los que conocí pero ya no les pongo cara. Una de las niñas de la foto, mi hermana, la que está a mi lado, también se fue. En mi despacho la tengo igualmente detenida en otro tiempo: ya solo quiero recordarla, joven y alegre, como las fotos de ella que tengo a mano... Las demás niñas sé que son ellas, como también sé que ya son otras; yo mismo, estoy seguro, soy otro.

Sigo mi paseo pensando que mi cabeza está llena de nombres, nombres que en parte atesoré, en mi adolescencia, en la tarea de cartero, nombres cuya cara he olvidado o son sólo una deformada mancha flotando en mi memoria.

Al llegar al pueblo sigo recordando a personas como Ángeles, que vivía frente a los hermanos “Martos”; a Basilio, que según me contó mi padre en una de esas raras tardes que le daba por fabular, cuando él era niño, ponía a los zagales alrededor de la era en “pompa para pillar pájaros con el culo" (Ahora veo esto como un relato del realismo mágico que siempre ha existido en mi pueblo); bajando la cuesta, recuerdo a Rosalía Valdearenas, que, desde la ventana de su cámara, siempre que me veía, me preguntaba a voces si le llevaba la carta de Raúl, carta que, como Penélope a Ulises, esperó, creo, hasta el final de sus días. Al llegar al barranco la tarde está cayendo y no hay nadie en la calle, recuerdo entonces a Juan “el Capelo”, que por indicación y consejo de Antonio Mendoza fue uno de los primeros autónomos del pueblo y que tenía su lugar de trabajo en medio de la calle, al lado de la fuente. Dicen que un día echó números y no le salían las cuentas y con todo el respeto que el personaje imponía fue a ver a Antonio Mendoza y le dijo: “don Antonio, escriba usted de su puño y letra que la empresa de Juan “el Capelo” se ha ido a pique”. Dicen que, a partir de ese día, la empresa siguió funcionando, pero con el rendimiento en negro, aunque, entonces no había mucho que blanquear.

Igualmente tengo nombres de sitios y establecimientos que parecían eternos porque estaban allí desde que llegamos o desde que nacimos: la Gloria de Baena y sus bollos de chocolate, el cine de los Dumont y la pipas de Mercedes, la tienda del Calvario y, en la recacha de su puerta, su academia de filosofía; las zapaterías de de los Churregos -en este ramo todos eran de Narila-; el licor de cacao de Rosendín que alegraba las tardes de invierno, la fragua de Pepe...

La fragua de Pepe, cuántos ratos allí perdidos, o tal vez ganados, están en mi memoria y que me son tan agradables… Ahora me acuerdo de Caballero, así le llamábamos, era su apellido, era un hombre sin nombre, ni mote, le conocíamos por su apellido; lo recuerdo en invierno, inmutable en un rincón de la fragua con su abrigo marrón de espigas, frotándose las manos junto al fogón, y una gotera diminuta golpeando su calva…, la gota se deslizaba incesante entre la oreja y el ojo mientras pensaba y, de tarde en tarde, soltaba una frase sapiencial (era un hombre muy leído), para que los jóvenes tomásemos nota... Pero a nosotros nos daba igual, o tal vez solo creíamos que nos daba igual, porque ahora estoy seguro que la fragua de Pepe también fue parte de nuestra escuela. Mirábamos a Caballero, siempre tan ceremonioso y conforme con la vida -un verdadero estoico-, nos mirábamos y nos reíamos con disimulo: qué me importaba a mi entonces la parenética, ni a los jóvenes que conmigo crecían junto al fogón de Pepe. Sin embargo ahora sé que todas las vivencias dejan algo, tienen su peso y Caballero, con su ejemplo, nos enseñó algo de serenidad y de bondad, como el saber pasar con nota por aquellos difíciles tiempos.

Como digo, recuerdo nombres de personas que estaban allí en mi infancia, con las que hablé muchas veces y que resuenan para siempre en mi memoria sin que logre ya ver bien sus facciones: Don Paco el cura, que tanto le gustaba rodearse de niños y que fue el primer locutor de radio que yo conocí y un cura que no regañaba nunca, en unos años que todos los mayores lo hacían; no veía falta ni pecado en nada de lo que hacíamos: "los niños son inocentes" -decía- ante cualquier trastada nuestra. Recuerdo con mucho apego a mi tío Policarpo, que arrimados a la lumbre me daba cacahuetes que él mismo cultivaba cuando en el pueblo apenas si se conocían; al tío Cristóbal con su colilla de Ideal en la boca y la columna de ceniza a punto de caer sobre su camisa nueva y ya agujereada de anteriores cigarros. También recuerdo a Paco Pérez, que andaba prendado de la Guardia Civil, del camión de Rosendín y de Sarita Montiel, y que solo obedecía los encargos que traía la “Alsina” para el cine de los Dumont y de Juan “el de Turón” cuando estaba de puertas; a Cristóbal el “Cascaracebolla”, que veía poco, pero era capaz de echarse una casa acuestas y de comerse una cesta de chumbos de una sentada o beberse un botijo de agua a caliche de un solo trago, y que contaba cuentos que luego salieron en la televisión y copió García Márquez para sus novelas; recuerdo con cariño a Nicolás Rueda, vecino y amigo de la familia que a mis doce años ya me trataba como a una persona mayor, que cuando dejaba su caballo blanco para la cabalgata de Reyes, decía que me lo dejaba a mí; a Frasquito y a Paula, su mujer, que a diario me acogían en su casa como si fuera uno más de sus nietos… Podría nombrar a todo el pueblo, porque, entonces, yo tenía abiertas todas las puertas del pueblo. Pero eso fue hace ya muchos años.

Recuerdo, recuerdo... ¿Para qué sirven los recuerdos? Dicen que son como avisos del corazón, pero eso a mi no me dice nada sobre su utilidad; y el corazón sólo es un músculo, y a veces una metáfora ¿Pero, y si no tuviésemos recuerdos? No creo que nadie se haga esta pregunta. Nadie se pregunta por la falta de una cualidad inherente al ser, así que dejo la metafísica para otro momento, si es que no estaba filosofando ya antes

Del cinamomo al laurel, 101

miércoles, 17 de abril de 2024

Un paseo por las nubes

 

 

"Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese
o que el tiempo ya se fuese,

o viniese el tiempo ya."

Lorenzo  Miranda  o  Cide  Hamete  o  Cervantes  (Q. II, 18; 713)

 

 

Pasado ya San Agustín, el agua de riego siempre es escasa y, tras recorrer la acequia para tapar bien la toperas y pérdidas de parás anteriores había que administrarla guiándola con mimo entre las habichuelas, con unos surcos leves de la azada para que avanzara igual en todas direcciones. Había que cambiarla de merga antes de que el agua llegara al final, pero procurando que la corta diese para todos los golpes de las hortalizas. Entre tanto, ajenas a mis tribulaciones, las cabras pastaban en esos días atadas a una estaca, en los rastrojos del maíz ya cosechado.

Mi padre me miraba de poco en poco, y si me veía parado, como pensando en Babia, o “armando losetas” -como él decía, y que yo no supe qué quería decir hasta mucho tiempo después-, me buscaba una tarea que siempre era de cumplimiento inmediato. Él, que se abstraía tanto en sus desvelos, que, bajo el nogal de la Grajas, se refugiaba tan a menudo en las novelas de Graham Greene o de Italo Calvino, no soportaba en mí, que tantos motivos tenía por entonces, la contemplación. Me veía titubear y rápidamente me mandaba que me moviese, que -por ejemplo- fuera a llenar la botella de agua a la fuente de Yero, algo más abajo de los prados. Y así lo hacía, así lo hice en aquella ocasión, como siempre: veloz. Aquella tarde era una tarde de esas inquietas, de esas que podrían parecer apacibles a las cuatro, y a las cinco la naturaleza se agitaba tornándose incómoda, bulliciosa, como lo era mi padre, como lo era yo –“yo”, en el pensamiento, más que en los hechos que era más dudoso-. Era una tarde de principios de otoño o finales de verano, de esas que el viento cálido te sorprende de pronto (como aquel viento sátiro que sorprendió a la gitanilla) y te envuelve por completo con ese polvo seco que penetra por todo el cuerpo, que te hace cerrar los ojos para protegerte... Al agacharme en la poza para llenar la botella, vi venir río arriba, entre las piedras y las pozas, un remolino rastrero, que se elevaba bailando con hojas y palos que cogía del cauce seco del río. El remolino llegó a mí impetuoso, amenazador, y me elevó como una hoja descolorida más. De pronto, me vi sobre las nubes encima del Tajo del Portel, dominando todo el falso valle del Guadalfeo, que entonces contaba con ejércitos de álamos en perfecta formación con sus copas iluminadas por los rayos del sol bailando debajo de mi atalaya de algodón.

Mi padre, que se afanaba en recoger los últimos priscos de la temporada, me vio despegar alegremente sin darle mayor importancia -eso ya se lo había hecho yo otras veces-, y solo hizo un gesto de duda, como diciendo “este niño cuándo sentará la cabeza”. No es que oyera sus palabras, pero me las sabía de sobra, esas y aquellas otras de “hay que ganarse el pan con el sudor de la frente”; otra cosa es que yo hiciera mucho caso de ellas, pues entonces no estaba yo para pamplinas, o sólo estaba para ellas que todo es cuestión de cómo y desde dónde mire uno la cuestión.

Desde arriba vi a mi padre tapar la cesta de los frutos con unas hojas de maíz, acomodarse el sombrero, cambiar la loseta de la pará, atar con una tomiza de esparto la espuerta, echarse la peta al hombro, y tomar la derrota de la casa en busca de su exigua cena de todos aquellos días: sus habichuelas verdes con papas.

 

Una vez alcanzado máximo vértice de mis acrobáticas ínfulas, el viento me conducía ya suave por el bulevar de mis sueños sobre una cama de polvo o algodón y juventud desde la que miraba mis sueños. Todo, allí arriba, era paz y los susurros subían a mi cabeza ¡Que bien me sentía en mis vuelos! Y es que con los ojos cerrados puedes ver verdaderas maravillas en la quimera, tan claras pueden ser como la crudeza de la realidad. En mi vuelo vi a San Blas en lo alto del campanario que me saludaba agitando la roilla con la que sacaba brillo al campanillo, y a diminutos jóvenes que jugaban al frontón en la pared de la ermita; más abajo, avanzando en el vuelo, vi la empresa de Juan Capelo, en plena producción, ocupando toda la calle junto al barranco con sus sillas de anea. Escuché acordes de remerinos de las rondallas que comenzaban a formarse en el poyo del Calvario, y a grupos de jóvenes que, tras la jornada de la almendra, volvían sudorosos a casa en medios de alegres cantos.

En la plaza los músicos de la banda charlaban en corro. De súbito, entre el murmullo, se oyó una nota grave del trombón de Teodoro; contestó el clarinete de Pepe “el de la luz” ajustando el tono, y un trueno pareció retumbar a lo lejos en una tormenta seca. Entonces el director de la banda, el maestro Ignacio, se estiró la guerrera, sacó el gañote apuntando con la barbilla a los músicos, levantó las manos con la batuta en la derecha, y las mantuvo en lo alto, amenazantes y suspensas. Pepe Salmerón, que seguía siempre a la banda de cerca, con la misma paciencia hizo los mismos gestos que Ignacio, y señalaba con el dedo índice con tanta gracia como el maestro autoridad. De pronto inclinó manos y las hundió junto con el torso en una zambullida, emergiendo, no con el estruendo de un himno, sino con alegre vivacidad los primeros acordes de La boda de Luís Alonso. Entonces Pepe Salmerón, emocionado, dejó de seguir al maestro y alzó las manos por encima de su cabeza como si fuera a brindar un toro o advertir de un súbito peligro. El maestro dio la señal de marcha y la banda se perdió calle Real abajo. Detrás, como en sueños, como si un rumoroso surtidor se hubiese abierto en el centro mismo del estrépito, un cortejo de niños cerraba la marcha.

Recuerdos, como estos, -pienso ahora- acaban por borrarse y de aquellos que permanecen presiento que el capricho de la memoria los deforma a su antojo, pues cuando los refiero con otros protagonistas que me acompañan y me acompañaron las diferencias no son nada sutiles. Pero, para mí, los míos son ciertos; son ellos los que se engañan.

Ahora puedo afirmar que cuando estás en las nubes las cosas no cambian, ni siquiera las nubes mismas lo hacen, simplemente me llevan como a Aladino su alfombra. No cambian como lo hacen cuando, abajo, en la vigilia de esas tardes calurosas, a espaldas de mi padre, las miro tumbado en el frescor del prado, que al principio se asemejan a un león, luego a un anciano de larga y destartalada barba, y por último se transforman en esa misma chica de tus otros sueños, saltando a la comba, bailando sus firmes pechos bajo su rebeca de perlé tan suave al tacto como la ovejita de norit. Nada seguro, todo ilusión, puesto que en un abrir y cerrar de ojos, vuelven a cambiar de forma sin cesar, sin aviso, y la chica es ahora una anciana que camina lentamente, sin libertad, apoyada en su cayao. Aquí arriba todo son certezas, “yo quien soy” sé lo que veo, lo que siento, y lo que sueño. Cuando tengo los pies en el suelo todo es tan complicado, todo tan confuso…, todo lleno de nudos, de luces y rincones en sombra, de maravillosas ideas de las que me reconforto y de pensamientos de los que me avergüenzo, de formas y conceptos que cambian continuamente, y me pregunto por el porqué, y entonces me desespero porque no hallo respuesta. Porque las certezas se disipan, se desvanecen como los castillos de arena que hacía con mi abuelo en La Rábita cuando una ola se ponía bravucona.

En mi vuelo, miré hacia la sierra y vi los montes azules, y las sucesivas laderas que se apoyan, ondulantes, las unas sobre las otras, como lomos y lomos de animales cansados, y más arriba, casi tragados por los montes y los ríos, los pueblos pegados a la montaña, Bérchules y Alcútar colgados al precipicio, como un montón de yesones torturados a punto de rodar pendiente abajo… y vi entonces que tenía el campo el color ardiente de los rastrojos, un ocre inhóspito, sin sombra alguna, bajo el borroso e impalpable sopor de aquella manta de pelusilla polvorienta. Vi, desde arriba, oculto entre álamos, hundido entre los rebaños de ovejas bajados de la sierra, el discurso del Guadalfeo, y aún al otro lado, frente a los pueblos, los eriales incultos de la Eme bordados sin patrón alguno de escasos pinos; entre ellos se repetía otra vez aquel mismo color de los rastrojos, como si el cáustico sol del verano y el remolino de aire que surgió del cauce igualase, en un solo ocre sucio, todas las variaciones de aquella tierra.

Aquel día, de pronto comenzó el vuelo a declinar para finalizar en las aguas grises de cieno y limos con manchas verdosas de mocos de rana en la superficie de la balsa de Narila. Fue entonces cuando llegó el remojón, cuando me atrapó el desengaño: aquel día no llegué a Candaya, como en un momento soñé, como hubiera deseado, pero es que el viaje estaba dominado por el azar del viento alpujarreño y la ausencia de Clavileño. Solo eran nubes en mi cabeza movidas caprichosamente por el viento. Mas, como Sancho en su caballo de madera persiguiendo su soñado gobierno, con los ojos cerrados, vi mi pueblo desde las alturas y a mis paisanos como avellanas afanadas en su quehacer diario, las cabrillas de Baltasar pastando en las paratas, y en el campo de fútbol, mis amigos en calzoncillos corriendo detrás de la pelota (una incongruencia -pensé con la lucidez que me caracteriza allá arriba, en la nubes-, pues sería más lógico ir en pelota detrás los calzoncillos).

Todo aquello era la felicidad -entonces creía en la felicidad-. La felicidad, sí. Me refiero al mito de la felicidad colectiva, que tan arraigado está en nosotros; a la creencia de que en la Tierra existía aún el Paraíso que -bueno, no estoy seguro si eso lo vi así antes, o solo lo pienso ahora. Lo cierto es que el Paraíso es como Ítaca, siempre está lejos de donde estamos nosotros-. Por aquellos días, el cura, nos dijo que perdimos el paraíso con el primer hombre o la primera mujer, que tanto da, y hoy día es mejor no meterse en berenjenales de género; pero yo, digo ahora, que antes creía en una dicha horizontal (esto entiéndase bien, no lleva doblez alguna), una dicha completa, en la que ningún niño pasaba hambre, ni le faltaba techo. En el pueblo era así, teníamos poco, pero había para todos, o así lo veía yo. Ahora quisiera mirar la vida como entonces, creyendo en la felicidad. Pero, hoy, es complicado encontrar esa fe por mucho que rebusquemos; tenemos tanto de todo que solo perseguimos frustraciones, y parece que la miseria y la pobreza necesitan creer en la posibilidad de alcanzar esa dicha. De otro modo ¿cómo podríamos soportar este valle de lágrimas? Casi me pierdo en la metafísica. Sigamos por donde íbamos.

Aquella tarde que sin miedo reté a Malambruno, llegué a casa mojado y embarrado, pero contento. Justo cuando subía las escaleras de mi casa mi padre las bajaba, acababa de dar cuenta de su ligera cena, un buen plato de sus habichuelas verdes con papas cocidas que ese día, además, llevaban su huevo duro. No dijo nada, me miró de soslayo, de reojo como Andújar cuando le pitó el penalti al Barcelona, después miró quejoso al techo, enarcando la cejas, se ajustó las gafas carraspeando derrotado, con la clara intención de que mi madre y yo supiésemos de su pena. Mi padre, sin decir nada, sentía la necesidad de que sus allegados, sus seres queridos, supiésemos cuando sentía pena. No soportaba que pudiéramos pensar o creerlo más o menos satisfecho si no lo estaba.

Mi madre, que lo sabía todo de nuestra vida, todo todos, todas las penas y alegrías de unos y otros, que nunca necesitaba preguntar nada porque, con solo mirarnos, nos leía el pensamiento, cumplió a la perfección con su tarea educativa y aleccionadora: me arreó justo el coscorrón que necesitaba, me retorció la oreja unos ciento ochenta grados, se puso el dedo índice delante de sus labios indicándome que no dijese nada, y me señaló las escaleras en dirección al cuarto de baño. Cuando bajaba, sin saber ella nada del vuelo, pude oírla decir, “no sé cómo cortarle los vuelos a este niño”; y a mi padre musitar un “¡si yo te contara!”, pero mi padre nunca contaba nada. Todo se lo guardaba para él.

Esos días de mi juventud, cuando me vuelvo para mirarlos, parecen huir de mí como una ráfaga de polvo y luz semejante a ese remolino que me elevó por encima de mí mismo. Siento que, para los que nos dejamos llevar, es difícil distinguir entre lo soñado y lo vivido, o no sabría decir qué parte es más real, pues ¿qué diferencia hay entre los sueños y la vigilia? Mas, con frecuencia, cuando me detengo, los susurros del pasado me atrapan sin esperarlo; no sé por dónde llegan, pero poco a poco acaban metiéndose en la cabeza. Suelen aprovechar los tramos de descuido que preceden al sueño o lo convocan, cuando ya hemos desembarazado de trastos y envases vacíos nuestra buhardilla; y te dices, en eso no quiero pensar, en eso tampoco, y es como ir pulsando botones y desenchufando clavijas. Pero ahí siguen. ¿qué dicen esas voces? Bordear la pregunta es ceder al peligro. ¿Quién habla? Tan pegado está a la piel que el mismo aliento entrecortado ahoga las palabras que pronuncia. Ecos que trastornan y excitan, que en vano se procuran ahuyentar.

Esas voces y esos paseos por las nubes de mi niñez siguen visitándome, cada vez más amables, de tal forma que siento que nunca he vuelto a pisar terreno tan firme como en aquellos días. O tal vez no, y tal vez sean impresiones de ahora, que me hacen pensar que todo se olvida o deforma con el tiempo. Las cosas cambian y los cambios se olvidan con el tiempo ¡Tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde!

De aquella época recuerdo sobre todo eso, nada concreto, el deseo de vivir, la esperanza en el futuro, la confianza en los que me rodeaban, la despreocupación, y mis paseos por las nubes. Y el tiempo, el tiempo tan lento, tan enorme, esas horas tan largas que parecían días, y esos minutos que duraban horas. ¡Cuánto daba de sí el tiempo en la niñez! Justo cuando no lo necesitas, o sí. Un desperdicio, o no. O tal vez es que el tiempo no sea nada, un concepto indeterminado, que en realidad el tiempo es solo las cosas que te ocurren, las cosas en las que reparas, y de niño todo lo que sucede a tu alrededor es nuevo y por tanto emocionante. Eso, ahora creo que lo he dicho, las emociones son las que determinan el tiempo, por eso corre tan deprisa cuando las emociones merman y nos pasan menos cosas de las que suceden a nuestro alrededor. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Y llega el momento en que todo se vuelve hacia el pasado, y uno solo anhela, suspira, por volver a los sobresaltos, a los descalabros, a los sueños imposibles, a los deseos inconfesables, a los coscorrones de la madre, a los paseos sin rumbo por las nubes.


  Del cinamomo al laurel”; 14