En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

miércoles, 15 de julio de 2026

El Quijote como medio de superación

 


No hay libro de autoayuda que le iguale y lleva 411 años en plena actualidad.

 

Le Clézio. “Si don Quijote permanece vivo entre nosotros, que hemos nacido en una época tan lejana, es porque nos seguimos pareciendo a él, en todos nuestros excesos, nuestras locuras y nuestra ridiculez.

 

La novela es un antídoto contra esos idealismos desmedidos que conducen a las personas sin remisión al fracaso; niega con rotundidad los absolutos, advirtiéndonos que cualquier causa, por justa que sea, se vuelve peligrosa tan pronto como la defiende un fanático; nos revela que somos las personas quienes tenemos que solucionar nuestros propios problemas, sin dejarlas en manos de otros, obrando con dignidad, esfuerzo y sin miedo a equivocarnos. Para todo ello es básico conocernos y tener en cuenta nuestra circunstancia.

 

Estas ideas generales podemos extraerlas de una lectura reposada, mas también encontraremos conceptos mucho más concretos y no menos importantes, como:

Nunca sentirse víctima

Esta idea de la victimización se sostiene en que el individuo es sobre todo producto de fuerzas externas, sin capacidad de disponer. Frente a este clima, don Quijote fracasa en casi todas sus empresas, pero nunca se instala en la queja. No se define por lo que sufre, sino por cómo responde.

La dignidad de saberse libre

Desde sus primeras aventuras, el hidalgo insiste en afirmar: “Yo sé quién soy.” Esa frase, aparentemente simple, encierra el núcleo de la dignidad humana. Don Quijote no se deja determinar por las burlas ni por las derrotas. Su identidad no depende de los juicios ajenos, sino de su fidelidad a un ideal.

En el capítulo LVIII del libro de 1615, dirigiéndose a Sancho, declara: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”.

La libertad no es solo un derecho, sino también un riesgo: quien actúa con libertad debe estar dispuesto a equivocarse. Cervantes nos recuerda que la dignidad consiste en asumir responsabilidad incluso en medio del fracaso, mientras que la victimización convierte al sujeto en prisionero de su herida.

En este sentido, Borges vio en el Quijote una afirmación de la libertad interior. En una conferencia de 1955 declaró: “Cada hombre es dos hombres, y el verdadero es el que se atreve a soñar. Don Quijote es ese hombre.” Para Borges, la locura del hidalgo no era una enfermedad, sino un modo de mantener la dignidad frente a la mediocridad del mundo.

Acción frente a la pasividad

El Quijote no permanece en la contemplación ni en la queja. Actúa. Cuando libera a los galeotes, lo hace porque cree que ningún hombre merece la esclavitud. Su decisión es imprudente y termina mal, pero revela una enseñanza: más vale errar actuando con sentido de justicia que paralizarse esperando compasión.

En esta línea, el filósofo Américo Castro vio en Cervantes “un esfuerzo por mostrar que la vida se hace y rehace constantemente en el riesgo de la acción”. La queja, en cambio, petrifica. El Quijote, aunque derrotado, es dinámico; el victimismo, aunque cómodo, es estéril.

Borges coincidía con esta visión de la acción como esencia del caballero: “La derrota tiene una dignidad que la victoria ignora.” Esa frase, repetida en entrevistas, sintetiza el valor que otorgaba a don Quijote como héroe que actúa aun sabiendo que perderá.

El poder pedagógico de la risa

La risa ocupa un lugar central en la obra. Nos reímos de don Quijote, pero esa risa nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. No hay burla cruel en Cervantes, sino ironía liberadora. Al ridiculizar los excesos del caballero, el autor enseña al lector a relativizar sus propias pretensiones y heridas.

Unamuno lo expresó con fuerza en Vida de Don Quijote y Sancho: El caballero nos enseña que la derrota solo es verdadera si nos resignamos a ella.” La risa, entonces, no hunde al protagonista: lo eleva. Su fracaso repetido se convierte en una lección de resiliencia. Quien sabe reírse de sí mismo desactiva el veneno del resentimiento y se adapta a la circustancia.

La derrota como escuela

En el universo de Cervantes, el fracaso es parte inevitable de la condición humana. Pero lo decisivo no es la caída, sino la manera de levantarse. Don Quijote encarna esta pedagogía: su vida es una cadena de tropiezos, y sin embargo cada tropiezo abre un nuevo camino.

Cuando afirma que “el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”, señala que la madurez nace del contacto con la realidad, incluso con sus golpes. A diferencia de la mentalidad victimista, que transforma el dolor en identidad, Cervantes muestra que el dolor puede transformarse en sabiduría.

Ideal y realidad

La pareja que forman don Quijote y Sancho Panza es quizá la enseñanza más clara de la novela. El caballero representa el ideal, la aspiración a lo noble y lo justo; Sancho, el realismo del sentido común. No son enemigos, sino complementos. El ideal sin realidad se convierte en locura; la realidad sin ideal se reduce a rutina.

Cuando Sancho gobierna la Ínsula Barataria, pone a prueba lo aprendido de su amo. Allí descubre que el poder requiere discernimiento y justicia, no solo astucia. Así, Cervantes enseña que los ideales inspiran, pero necesitan de la realidad para no volverse delirio.

Sobre esa tensión entre sueño y realidad, Borges escribió en Otras inquisiciones (1952): “En Don Quijote hay dos hombres: el que lee novelas y el que las vive; Cervantes los reconcilió en un solo ser.” Para Borges, esta fusión explica por qué la novela es más que sátira: es el drama de todo ser humano entre lo que imagina y lo que enfrenta.

Añade Borges en Magias parciales del Quijote (incluido en Otras inquisiciones, 1952);

Cervantes ha narrado la historia de un hombre que lee hasta perder el juicio y que cree ser los héroes de sus libros. Tal vez no haya aventura más significativa que la de este lector que se sabe parte de lo leído y que acaba siendo escrito por lo que lee.

El Quijote nos muestra que toda lectura verdadera nos transforma; al soñarse caballero, Alonso Quijano se convierte en don Quijote, y ese tránsito lo hace más real que su propia cordura.”

Justicia sin resentimiento

El caballero conoce la injusticia en carne propia: es engañado, apaleado, estafado. Pero no convierte esa injusticia en resentimiento. Busca justicia, no venganza. El resentimiento convierte la herida en identidad; la justicia la convierte en ocasión de restaurar un orden más alto.

La frase cervantina lo resume: “La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua” (II, 10: 643). El hombre puede ser herido, pero si permanece fiel a la verdad, su dignidad no se quiebra. La víctima resentida se esclaviza a su dolor; el caballero justo lo trasciende.

El gobierno de uno mismo

Más allá de las aventuras externas, el gran proyecto del Quijote es interior: aprender a gobernarse a sí mismo. Ortega y Gasset lo interpretó así en Meditaciones del Quijote: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” El hombre no puede escapar de su circunstancia, pero sí puede decidir cómo responder a ella.

El victimismo reduce al sujeto a producto de lo externo. Cervantes propone lo contrario: salvar la circunstancia mediante la acción libre y responsable. Gobernarse a sí mismo es el mayor triunfo del caballero.

Lecciones para guardar

Identidad interior: no dejar que otros definan quién eres.

Acción justa: hacer lo correcto, aunque no garantice éxito.

Humor y humildad: reírse de los propios fracasos para no vivir encadenado a ellos.

Fracaso fértil: transformar la derrota en aprendizaje.

Equilibrio: mantener el ideal quijotesco sin perder el realismo de Sancho.

Justicia superior: buscar el bien, no la venganza.

Gobierno interior: asumir responsabilidad en vez de delegarla a las circunstancias.

Don Quijote es mucho más que una sátira de los libros de caballería. Es una reflexión sobre lo humano frente al dolor y la injusticia. Cervantes muestra que, aunque la vida esté llena de molinos disfrazados de gigantes, el hombre puede vivir con libertad, humor y fidelidad a sus principios.

En tiempos donde el victimismo se convierte en identidad, Cervantes nos recuerda que la dignidad se ejerce en la acción, que la justicia vale más que el resentimiento y que incluso la derrota puede ser semilla de esperanza.

 

Ideas sacadas de del libro infinito y algunas lecturas críticas recopiladas en mis "Florilegios".

lunes, 22 de junio de 2026

Clavileño, un episodio teatral

 

- Sancho, pues vos queréis que os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no digo más.
 
 
La creación de espacios imaginarios es una de las características de la ficción. El teatro de la época había generado un público entrenado en el arte de imaginar lugares a través de las palabras. Los corrales de comedias apenas contaban con aparato escénico “sin otra perspectiva o tablado, con un simple parapeto, saliendo los recitantes representan la comedia” (Egido 1989:33).2

En el episodio de Clavileño, al recrear el vuelo fingido, vamos a viajar verbalmente hasta un lugar muy lejano. Dentro del espacio narrativo, y por tanto imaginario, que es el palacio de los duques, se crea otro espacio fingido, un espacio aéreo y exterior. El espacio del vuelo se pone en pie a través de la palabra. “¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta! ¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!” (2, 41; 889).. Montados en el caballo de madera, los dos protagonistas llegan a creer que están volando a lomos de las palabras que oyen en boca de los que los rodean.

El decorado y los disfraces de este montaje se reducen básicamente al artilugio escénico que es el propio Clavileño. En el mismo texto está ya la referencia mitológica del caballo de madera: “Yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas” (2, 41; 888). Como será habitual en la literatura barroca, pensemos por ejemplo en el fábula de Píramo y Tisbe de Góngora, los mitos aparecen contrahechos, puestos a ras de suelo, aunque Cervantes no lo haga desde el escepticismo o la burla absoluta, sino como una invitación a la imaginación y al juego, como una excusa para la diversión a través del arte dramático.

- Sin moverse del sitio, don Quijote y Sancho creen estar volando. Don Quijote, dirigiéndose a su escudero, despliega su fantasía para describir una visión que sólo existe en su mente: ‘Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos’ .

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.

- No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos, que el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros; y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto, para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla por más que se remonte; y aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jardín, créeme que debemos de haber hecho gran camino.(2, 41; 890).

Y mientras ellos piensan que han cambiado de espacio, en el jardín se efectúa un cambio de decorado: “En este tiempo ya se habían desaparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos por el suelo” (2, 41; 891).

Tras el aterrizaje de Clavileño, acompañado del sonido de unos cohetes, los dos protagonistas creen haber vuelto al jardín tras el vuelo, piensan que el espacio de tiempo de la aventura separa las dos localizaciones, a pesar de situarse ambas en el jardín del palacio. Sin embargo, lo que ocurre en realidad es que el espacio del jardín se ha visto transformado por un cambio de decorado y por un cambio de actitud en los actores que operan en la escena. En realidad, como ocurre en las comedias que no respetan la unidad de tiempo, se ha producido un salto en la historia que se pone en escena a través de recursos verbales y de objetos de tramoya.

Del gigante Malambruno solo tenemos la lanza clavada en medio del jardín de la que pende el pergamino con sus palabras. La escena de su aparición es una elipsis, como ocurría con las batallas y las escenas fantásticas que no era posible representar sobre las tablas. La visión del gigante queda evocada a través de sonidos y objetos, pero no se pone ante nuestros ojos. En la novela, un género que a diferencia del teatro no está condicionado por los recursos escénicos, Cervantes hubiera podido presentarnos al gigante del mismo modo que Rabelais nos presenta a Gargantúa. Sin embargo, opta por la verosimilitud del teatro, por el juego posible y la farsa. Es en esta mezcla de lo posible con lo imaginario, donde aparece un humor típicamente cervantino.

Él mismo parece reírse de ese intento de hacer real lo fantástico cuando con precisión de geógrafo nos indica las distancias que separan el jardín de los duques del espacio imaginario al que se dirigen don Quijote y Sancho: “Desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y doscientas y veinte y siete” (2, 40; 879). Se habla de lo imaginario en términos de realidad, de esta manera se engaña a los dos protagonistas, a la vez que se realiza un guiño cómico al lector, enterado de la condición de farsa que tiene todo el montaje.

Fueron los primeros dibujantes los que captaron más claramente su dimensión teatral. En el jardín del palacio podemos formar tres escenas, separadas por el hecho de que Sancho y don Quijote lleven o no los ojos vendados.

En un primer momento se encuentra la llegada del caballo de madera que los dos protagonistas ven. Es de noche, pero todavía no tienen los ojos tapados. La entrada en escena del caballo es altamente teatral: “Entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera” (2, 41; 884). Los disfraces que evocan vegetales encajan a la perfección con el ambiente del jardín, un espacio de naturaleza artificial, controlada e intervenida. Pero en esta aventura no será la vista el sentido dominante, pues Sancho y don Quijote volarán con los ojos vendados. El teatro se centrará ahora en el oído y en el tacto, estimulados a través de la palabra y de las antorchas con que calientan a los dos protagonistas.

Cerrad los ojos e imaginad el momento en que se produce el vuelo fingido: los protagonistas montados en el caballo con los ojos tapados por una venda; alrededor de ellos una serie de tramoyistas que se dedican a estimular su imaginación con efectos especiales de calor, movimiento del caballo y sonido. Los protagonistas vuelan sin moverse del sitio, imaginan situaciones inducidos por la tramoya…, el viaje finaliza con un aterrizaje un tanto brusco. Como escena final del lance se produce la explosión de Clavileño en la que Sancho y don Quijote acaban rodando por el suelo y recuperan la vista al desprenderse de las vendas de sus ojos y se reencuentran con los duques a los que narran su aventura. Una escena muy teatral, que puede mover a risa. Todo se nos presenta en el espacio real del jardín.

Queda para la mente del espectador la recreación del espacio aéreo de ficción que los dos personajes creen estar visitando. No viajamos con ellos, sino que a ras de suelo contemplamos con risa contenida su aventura aérea.

En el siglo XIX, la recepción de la obra ha cambiado. Doré ilustra la aventura para ver cómo los aspectos teatrales han sido borrados en favor del componente imaginario. No interesa la verosimilitud del lance, saber qué han hecho los duques para engañar a los protagonistas, sino que lo que llama la atención del dibujante es el momento imaginario del vuelo.


Nota: 2 La cita está tomada de la carta dirigida al duque de Toscaza por el escenógrafo italiano Baccio del Bianco.

sábado, 18 de abril de 2026

El conejillo blanco de ojos rojos

 

Teo y su amigo Marco con el conejillo de los pelos blancos y los ojos rojos

 

Vivía en una huerta con su madre y sus hermanos que también eran blancos como él y todos con los ojos rojos. Les gustaban mucho la hierba fresca que Teo y su abuelo le echaban cuando iban a verlos.

También le gustaba mucho correr y saltar.

Una vez que Teo y su abuelo tardaron en ir a verlos, el conejillo pensó; me voy a ir a correr un rato por la huerta y así comer algo bueno que me suenan las tripas de hambre.

- Lo que más me gusta son las acelgas que Teo y Marco me dieron el otro día. Voy a ir a ver si las encuentro.

Saltó por encima de la puerta de su madriguera y comenzó a correr y a correr por toda la huerta. Vio un pequeño agujero en una tapia y se coló por él y entró en el huerto de al lado.

Éste debe ser un huerto muy rico porque está muy bien cercado —dijo el conejito.

Y una vez dentro, se sintió feliz de ver la hierba tal alta que allí había.

¡Aquí tengo yo para una buena comida! ¡Menudo atracón me voy a dar!

Se puso a comer y no se cansaba de comer en las lombardas moradas, en las habas tiernas, en las coles gordas y sobre todo en las acelgas con sus hojas oscuras y brillantes. Estuvo comiendo mucho rato y se tumbó al sol sobre un montón de paja. Cuando despertó era ya tarde y, el conejo de los ojo rojos y el pelo blanco, se dijo:

Tengo que irme a casa. Mi madre estará preocupada por mi tardanza.

Había comido tanto que las tres veces que intentó salir por el pequeño agujero no lo consiguió: ni en la primera, ni a la segunda, ni en la tercera vez.

¡Ay, madre mía! -gritó-. No puedo salir. Este agujero es demasiado pequeño. Me he pasado el día comiendo y ahora estoy demasiado gordo.

- ¡Ay, que no puedo salir! ¡Ay, madre mía, que alguien me ayude!

En esto se abrió la puerta del huerto y con el dueño llegaron tres perros que vieron al conejillo de los pelos blancos y los ojos rojos.

¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! -dijo uno—. Vamos a gastarle una broma al conejo de los ojos rojos y el pelo blanco. ¡Guau!, que en su idioma es como decir, ¡Vamos! -dijeron los otros dos.

Y los tres perros echaron a correr derechos al conejito.

¡Socorro! ¡Los perros de vecino y vienen a por mí! -dijo asustado—. ¡Con lo poco que a mí me gustan los perros!

Tengo que salir de aquí. ¡Ay, madre mía!

El conejito corrió y corrió alrededor del muro hasta que encontró un agujero un poco más grande.

Por aquí me escapo —se dijo—. Y se metió por el agujero.

- Ya estoy fuera del huerto y lejos de los colmillos de los perros. La tripa me pesa mucho, pero gracias a mi buena vista y a mis mejores patas me he puesto a salvo.

Efectivamente, los perros no pudieron salir. El agujero que era grande para el conejillo de los ojos rojos y el pelo blanco, era un agujero pequeño para los perros, que eran tres galgos de patas largas y hocico afilado.

Entró en su huerto, saltó de nuevo la puerta de su madriguera, pero ahora para dentro y su madre que, preocupada, lo estaba esperando lo cogió en sus brazos y se lo comía a besos, pero también lo reñía diciendo:

Eres un conejo un poco loco. Me vas a matar a sustos. ¿Qué has hecho por ahí todo el día?

Y el conejito, avergonzado, se rascó la barriga sin decir nada y la madre se dio cuenta que, del atracón que se había dado, le sonaba como un tambor y sus hermanos que también salieron a recibirlo se echaron a reír durante un buen rato.

 

El conejillo blanco de ojos rojos con su madre y hermanos

 

 ***

Nota del autor: Esta historia es real como la vida misma. El abuelo de Teo comparte parcela en la zona conocida como Cañaveral, muy cerca de otras huertas tan famosas como La del Carmen, la de San Vicente o la del Tamarit. Allí acude Teo con su abuelo de vez en cuando para alimentar a su conejito preferido, un conejo que por ahora no tiene nombre, pero que todo se andará con el tiempo. De la escapada de conejillo blanco sabemos por las crónicas de la huerta, aunque pudiera ser apócrifa ya que el gorrión que la relató es un poquito burlón.

Este relato se ha preparado para ser parte de la conmemoración del "Día de la letras" en el colegio Cristo de la Yedra y para rendir homenaje al Quijote y a su autor don Miguel de Cervantes.

Entre todos hablamos de las palabras bonitas, de dos amigos que un día decidieron salir por los caminos de la La Mancha para ayudar a la gente, y del conejillo blanco que vive con su familia en la Huerta del Cañaveral, al que Teo visita de vez en cuando, para darle de comer la hierba fresca de la vega. La moraleja (que como apuntó Teo, hay que obedecer a las madres para que no se preocupen) la pusimos entre todos y la clase quedó tan contenta que, al final, el abuelo recibió como regalo la flor más bonita de Granada y el abrazo al alimón de todos los alumnos.




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martes, 10 de marzo de 2026

Bajo el rosal

"La pluma es la lengua del alma" (Quijote II; 16)

 

Relatos vividos en un cosmos de creatividad para disfrute de los lectores. Relatos que rezuman optimismo haciéndonos dueños de nuestras vidas, transportándonos a la profundidad y pulcritud de la memoria. Aparece también la melancolía, atenuada sin duda por el bullir del rosal (metáfora de la vida a la que tanto apego le pone el ser humano), como un susurro, entre espinas y rosas por el que el hombre, sin remedio, se desliza.

Encontramos una fina amalgama de relatos testimoniales y fantásticos, entre los que sobresalen: el del joven, idealista y vago, jugador de cartas, tan habitual en la España rural de la posguerra, al que la madre, consciente de la condición del hijo, protege hasta después de la muerte.

La visita del gobernador a un pueblo perdido de nuestra geografía. Una parodia de aquellos años grises de los cincuenta, con un paralelismo mucho menos glorioso, a una vivencia de mi propia infancia; visita de la que un maestro rural dejó una profunda crítica en la prensa, que leída hoy, me lleva a pensar que nadie en su día quiso o supo interpretarla.

Un atroz desenlace en “Dos hermanas”, con un reflejo de la vida, del paso del tiempo, lleno de abandono y melancolía.

Leyendo “Impresiones de un viaje”, me reafirmo en mi preferencia por los fiordos noruegos a pesar de la diferencia tan grande de culturas; el ajetreo del El Cairo y sus calles, distribuidas al azar y pintadas sin orden en vivos colores, me llevan a esas otras historias que Marco Polo relata, en Las ciudades invisibles, al Kublai Kan sobre sus desconocidos y enormes dominios, ciudades que, tanto allí como aquí, parecen describir el carácter de sus habitantes; relación que creo confirmada con la gitanilla intemporal del “Domus Aurea”, imagen de una cultura recreada por un excepcional fabulador; real aquí, como una inversión de Las ciudades.

Pero la parodia no cesa y así conocemos la del gallo cobarde versus el macho prudente, que como casi todas está enmarcada en el medio rural.

Como Blasito, todos hemos sufrido la inocencia de vivir en pecado en un tiempo en el no podíamos pecar. La culpa nos invadió en nuestra infancia como una herencia a la que nadie podía renunciar y que, al crecer, esa misma culpa nos apartó, por su errada estrategia, de aquellos que nos culparon. Y sumamos melancolía con la imagen de “El llavero”, un reconocimiento a la inevitable pérdida de facultades a la que todos estamos destinados a llegar.

Y no falta tampoco algo de parenética, en “Ruido de cristales”, Teodoro, nos hace ver que pocos damos importancia a un hecho bueno, que gestos como el de Rubén y Antonio, cuando chocaron sus manos, nos pasan desapercibidos o no son significativos, a pesar y sabiendo que los hechos buenos suman, que cuentan aunque se les ignoren.

Y de repente, sin avisar, un viaje en el tiempo. No es necesaria la “máquina” que retuerce la ecuación del espacio-tiempo, basta con un misterioso túnel y al final una fuerte luz, un resplandor que nos atrae y nos lleva al paraíso donde nada falta, a Jauja: una ilusión que irremediablemente nos precipita en el vacío, en la plenitud de esos sueños que son tan reales como la vigilia, porque, que duda cabe, los sueños forman parte de la vida.

Hay más, tan significativos como los que se acaban de tratar; en vuestra mano está el poder descubrirlos. Que yo me voy “bajo el rosal”, donde me esperan nuevas aventuras con las que soñar.

lunes, 19 de enero de 2026

Cuando Cervantes habla de sí mismo en la novela

 


En la lectura del Quijote se pueden identificar referencias puntuales que Cervantes hace de sí mismo. Dos de ellas son explícitas, donde su nombre aparece directamente en el mundo quijotesco; la tercera es más sutil: no lo menciona, pero su presencia se deja sentir para quien conoce su biografía.

La primera aparece en el  Capítulo VI (1605). Es en el escrutinio que el cura y el barbero hicieron de la biblioteca de Cervantes. El barbero, librando La Galatea de la quema, dice:

-La "Galatea" de Miguel de Cervantes, -dijo el barbero-. 

-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se vé, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

 -Que me place, -respondió el barbero-

La segunda se halla en el  Capítulo XL (1605). Ocurre en el episodio del Capitán cautivo al aludir, en su historia, a un soldado español llamado Saavedra:

Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

La tercera se encuentra en el  Capítulo XLVII (1605), cuando el ventero entrega al cura unos papeles hallados en una maleta en la que, además, están las novelas de El curioso impertinente y Rinconete y Cortadillo:


El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había hallado en un aforro de la maleta donde se halló la
Novela del curioso impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía: "Novela de Rinconete y Cortadillo", por donde entendió ser alguna novela y coligió que, pues la del "Curioso impertinente" había sido buena, que también lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

No se menciona nombre, pero es difícil no pensar en Cervantes. Aquel escritor que viajó de Esquivias a Sevilla en busca de un empleo público al servicio de la Real Hacienda, como comisario real de la Armada Invencible, también fue un hombre de caminos, papeles, maletas y escritos dispersos.  

Me gusta pensar que Cervantes quiso dejar ahí un guiño íntimo a su propia travesía por España en 1587: un escritor errante, cargando manuscritos y esperanzas, escondido dentro de su propia novela.





miércoles, 14 de enero de 2026

¿Quién era Avellaneda según Cervantes?

La imagen es un dibujo de Ginés de Pasamonte o Ginesillo de Parapilla, como llama Cervantes a uno de los galeotes liberados (I, 22), quien después sería maese Pedro, en la aventura del mono adivino y el retablo de don Gaiferos y Melisendra. La crítica, mayoritariamente, piensa que este personaje está inspirado en Gerónimo de Pasmonte.
 

En anterior entrada de este blog “Dialéctica entre Quijotes” se destacaron algunas teorías con las que la crítica se posiciona sobre la autoría del Avellaneda: Antonio Márquez, habla de un grupo de personas, cercana a la Inquisición, dirigidas por Lope de Vega; Martín de Riquer que sugiere que detrás del apócrifo está Gerónimo de Pasamonte. En una de mis lecturas del libro infinito, me he detenido en uno de sus párrafos y me he preguntado por lo que Cervantes pensaba al respecto y sólo en Qujote de 1615 podemos leer pistas que a continuación enuncio.

Los prólogos son lo primero que se suele leer de una novela, pero todos sabemos que nos da norte de lo que nos vamos a encontrar y que es lo último que se escribe. Cervantes denunció en el prólogo del Ingenioso Caballero que Avellaneda había “fingido su patria”:

(…) y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. (Quijote, Prólogo, 575)

Indicó clara y repetidamente por cuatro veces en el cuerpo de su novela que era aragonés: en el capítulo 59, don Quijote hojea la obra de Avellaneda recién publicada y dice de ella que su “lenguaje es aragonés”:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos (II, 59: 1032);

En el mismo capítulo el narrador dice que don Jerónimo y don Juan “verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés”:

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés. (II, 59: 1035)

En el capítulo 61, al ser reconocido en Barcelona, don Quijote afirma lo siguiente: “yo apostaré que han leído nuestra historia y aun la del aragonés recién impresa” (II, 61: 1052).

En el capítulo 70 uno de los diablos de la visión de Altisidora se refiere a “la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas”

Dijo un diablo a otro: ''Mirad qué libro es ése''. Y el diablo le respondió: ''Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas''. ''Quitádmele de ahí -respondió el otro diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos''. ''¿Tan malo es?'', respondió el otro. ''Tan malo -replicó el primero-, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. (II, 70: 1112).

Estas cuatro manifestaciones constituyen una afirmación reiterada a lo largo del texto que no es contradicha por ningún otro aspecto del mismo y evidencian sin lugar a dudas la seguridad de Cervantes sobre el origen aragonés del autor del Avellaneda. Por ello, quienes propongan un candidato no aragonés a la autoría de la obra apócrifa podrán aducir que Cervantes estaba equivocado, pero no podrán ignorar el convencimiento cervantino de que Avellaneda era aragonés.

¿Y a qué aragonés se refiere Cervantes? Pues sin lugar a duda al ya mencionado Gerónimo de Pasamonte, un compañero de armas de Cervantes que estuvo con él en Lepanto y también fue cautivo en Argel, con quien fraguó una virulenta enemistad personal. Pasamonte, además, era un ultra contra-reformista, así como un profundo admirador de Lope, lo que en nada contradice las principales teorías sobre quien escribió el Avellaneda, que resumiendo podríamos concluir que salió del entorno de la Inquisicición, que fueron varios los autores, entre los que estaba Pasamonte y que seguramente fueron supervisados por Lope, a la sazón, familiar de la Santa Inquisición.