Tienen
las cámaras de mi casa una inquietante capacidad conmemorativa; son
como un pozo de recuerdos en los que me desplomo y que me hace
descender, aún sin desearlo, a otros días allí vividos, a un
tiempo remoto, a aquellos
años mágicos de la
infancia, allí celebré yo la creación del mundo; allí escribí el
prólogo de mi autobiografía, allí comenzó para mí ese tiempo sin
tiempo de todos los principios, allí busqué mi primeras quimeras.
Allí fue el origen de mis sentimientos, una época que recuerdo por
el color del aire, por el olor de las natillas con canela y de los
roscos de anís de mi abuela, por el sabor del arroz con leche y la
torta en lata comida a escondidas. Yendo hacia atrás en la memoria,
y aún más hacia atrás, siempre, termino siendo un par de ojos, una
mirada sobre un mundo lento, sólido, seguro, tranquilo, el único
mundo posible de aquellos días.
A
veces quiero convencerme de que ha habido una continuidad, y que
aquel niño tan lejano que se entretenía sin hacer nada, soñando o
leyendo al Capitán Trueno también era yo, temiendo que la vida
rompa el hilo que me une a mi pasado, porque a medida que pasan los
años, devastando, como el caballo de Atila, lo vivido, mi ayer se va
haciendo más remoto, más ajeno a lo que soy hoy, y acabo siendo un
extraño al que le parece no haber vivido los recuerdos que su
memoria almacena y tal vez deforma. Me veo como otra persona
distinta.
Como
las paredes de la cámara, veo gris mi pasado, gris por las sombras
que el tiempo va adhiriendo a mis recuerdos, pintado con una oscura
pátina y sumergidos en un crepúsculo perpetuo. Pero en medio de ese
mar de sombras flotan islas de luz, instantes iluminados en mi
memoria, quién sabe por qué caprichosa o enigmática razón.
Escenas de esos años que recreo aún hoy de forma inconsciente. Y lo
más curioso es que suelo ver peripecias secundarias, escenas
menudas.
Guardo
una clara imagen de la cámara en penumbra, la puerta cerrada y la estancia llena de sueño;
siento caer sobre mis pestañas una lluvia de polvo que baja, en agosto, como una nevada invisible. Afuera, un pesado sol de siesta y de verano apretándose contra el
tejado. Por los agujeros de la puerta se cuelan unos hilos de luz que
cortan el aire caliente de la habitación, que es oscuro, pegajoso y
quieto como el agua estancada de las
balsas
de riego; hilos o láminas que bajan a mi mesa de estudio en diagonal, llenas de motitas estrelladas de polvo que danzan en el espacio delante de mis ojos,
y uno de ellos ilumina parte de la portada de un libro de Julio Verne
que leía a escondidas, cuando debía leer los triunviratos romanos y
terminar las ecuaciones. Me acerco a coger el libro y descubro un prodigio:
mi mano recortada e iluminada por ese intruso hilo de sol, roja y luminosa,
casi transparente, en la que se distingue el hueso en su interior.
Repetí la escena muchas veces, aún la repito cuando por la persiana
de mi despacho se cuela un haz del sol en una tarde clara.
Nunca
como entonces el tiempo fue tan quieto, los días tan largos, ni el
sol tan dorado, ni la realidad tan viva y precisa, como en esos juegos de la memoria del principio de la vida, cuando el mundo se abría bajo mis ojos como
un gran regalo envuelto en papeles de alegres colores, doblados con mimo, cogidos con celofán, y
atado por una guitilla de seda rematada con su lazo rojo.
Texto inédito de: Del cinamomo al laurel, 48