En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

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miércoles, 29 de abril de 2020

Las cámaras de mi casa


Tienen las cámaras de mi casa una inquietante capacidad conmemorativa; son como un pozo de recuerdos en los que me desplomo y que me hace descender, aún sin desearlo, a otros días allí vividos, a un tiempo remoto, a aquellos años mágicos de la infancia, allí celebré yo la creación del mundo; allí escribí el prólogo de mi autobiografía, allí comenzó para mí ese tiempo sin tiempo de todos los principios, allí busqué mi primeras quimeras. Allí fue el origen de mis sentimientos, una época que recuerdo por el color del aire, por el olor de las natillas con canela y de los roscos de anís de mi abuela, por el sabor del arroz con leche y la torta en lata comida a escondidas. Yendo hacia atrás en la memoria, y aún más hacia atrás, siempre, termino siendo un par de ojos, una mirada sobre un mundo lento, sólido, seguro, tranquilo, el único mundo posible de aquellos días.

A veces quiero convencerme de que ha habido una continuidad, y que aquel niño tan lejano que se entretenía sin hacer nada, soñando o leyendo al Capitán Trueno también era yo, temiendo que la vida rompa el hilo que me une a mi pasado, porque a medida que pasan los años, devastando, como el caballo de Atila, lo vivido, mi ayer se va haciendo más remoto, más ajeno a lo que soy hoy, y acabo siendo un extraño al que le parece no haber vivido los recuerdos que su memoria almacena y tal vez deforma. Me veo como otra persona distinta.

Como las paredes de la cámara, veo gris mi pasado, gris por las sombras que el tiempo va adhiriendo a mis recuerdos, pintado con una oscura pátina y sumergidos en un crepúsculo perpetuo. Pero en medio de ese mar de sombras flotan islas de luz, instantes iluminados en mi memoria, quién sabe por qué caprichosa o enigmática razón. Escenas de esos años que recreo aún hoy de forma inconsciente. Y lo más curioso es que suelo ver peripecias secundarias, escenas menudas.

Guardo una clara imagen de la cámara en penumbra, la puerta cerrada y la estancia llena de sueño; siento caer sobre mis pestañas una lluvia de polvo que baja, en agosto, como una nevada invisible. Afuera, un pesado sol de siesta y de verano apretándose contra el tejado. Por los agujeros de la puerta se cuelan unos hilos de luz que cortan el aire caliente de la habitación, que es oscuro, pegajoso y quieto como el agua estancada de las balsas de riego; hilos o láminas que bajan a mi mesa de estudio en diagonal, llenas de motitas estrelladas de polvo que danzan en el espacio delante de mis ojos, y uno de ellos ilumina parte de la portada de un libro de Julio Verne que leía a escondidas, cuando debía leer los triunviratos romanos y terminar las ecuaciones. Me acerco a coger el libro y descubro un prodigio: mi mano recortada e iluminada por ese intruso hilo de sol, roja y luminosa, casi transparente, en la que se distingue el hueso en su interior. Repetí la escena muchas veces, aún la repito cuando por la persiana de mi despacho se cuela un haz del sol en una tarde clara.

Nunca como entonces el tiempo fue tan quieto, los días tan largos, ni el sol tan dorado, ni la realidad tan viva y precisa, como en esos juegos de la memoria del principio de la vida, cuando el mundo se abría bajo mis ojos como un gran regalo envuelto en papeles de alegres colores, doblados con mimo, cogidos con celofán, y atado por una guitilla de seda rematada con su lazo rojo.
 
 Texto inédito de: Del cinamomo al laurel, 48