En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

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domingo, 9 de octubre de 2022

“Aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas”

Reparo ahora sobre la tesis principal de El Quijote como juego, según la cual Alonso Quijano finge ser, de forma absolutamente consciente, don Quijote, con todas las afirmaciones, algunas fácilmente rebatibles, que esto implica.

Torrente Ballester celebra de Cervantes su demostración de una libertad sin límites, en cuanto artista que manipula, ordena y da expresión verbal a unos determinados materiales libremente elegidos a contrapelo de las convenciones vigentes, e incluso de algunas de las suyas propias, pues en su obra expone múltiples perspectivas de toda idea que sugiere.

Otro aspecto interesante ahora de este libro es la formulación de lo que Torrente Ballester denomina “el principio de realidad suficiente”, basado en la creencia de que autor y lector participan en un “juego convenido, base de la ficción misma, en que uno y otro fingen creer que se trata de una realidad”. En efecto, si recordamos las palabras finales de El coloquio de los perros, la famosa defensa de la novela ideal que realiza el canónigo en el Quijote (I-49) o la autodefinición del propio Cervantes como “raro inventor” en El viaje del Parnaso, parece claro que se nos está hablando no de identificar la ficción con la realidad, sino de incorporar a la literatura diversos elementos imaginativos que el lector percibe después de haber aceptado el pacto del que nos habla Torrente Ballester: todos sabemos, por seguir con el ejemplo mencionado, que no es posible que dos perros hablen, pero podemos disfrutar de su quimérica charla si el autor -en palabras de Cervantes - acierta en el artificio y la invención.

Tenemos, pues, tres premisas básicas, que no es difícil reconocer en Cervantes y que ha hecho suyas en su obra Torrente Ballester:

  • La libertad creadora,

  • La omnipotencia de la invención, y

  • La aplicación de una y otra a un juego que sólo tiene una norma: que el autor imagine y que el lector disfrute.

Como ejemplo de todo esto, a continuación os dejo un texto sublime de Torrente Ballester, en El Quijote como juego, que corresponde al capítulo 4º: La conciencia del caballero. Apartado titulado:


Aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas.”

A don Quijote acaban de sacarlo de Sierra Morena gracias a la colaboración de Dorotea. Para convencerlo, ha habido que inventar una novela, es decir, «entrar en el terreno de don Quijote, aceptar su ficción», y proponerle otra que pasa inmediatamente a formar parte de la suya por cuanto se le requiere como personaje con papel en ella. En el camino, después de una cuestión con Sancho Panza, don Quijote le dice: «Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y dime ahora (...) ¿dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?...» Después del viaje de Sancho Panza, don Quijote solicita un relato fiel, detallado, aun a sabiendas de que tal relato es imposible, porque en esto consiste el juego: para cualquiera, no para él, que hace a Sancho preguntas formuladas de tal modo que, para complacer al caballero y, sobre todo, para mantenerse dentro de la ficción, no tiene Sancho más que responder: Sí, sí..., ya que la respuesta va incluida en la pregunta. «Llegaste, y ¿qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo pata este su cautivo caballero.» ¿Qué caro le costaba a Sancho decir que sí, que así la había hallado? Sin embargo, su respuesta es no sólo negativa, sino decepcionante para don Quijote, por cuanto le destruye la «imagen principesca que le propone», y cuando don Quijote acepta y recoge la versión realista (aunque falsa) que Sancho opone a la suya poética, y la poetiza a su vez («trigo candeal»), Sancho la degrada nuevamente («trigo rubión»), y no cesa en su degradación sistemática de cuanto don Quijote inventa hasta que a éste no le queda ya nada que poetizar. ¡Es para darle de bofetadas a Sancho! ¡Aún si dijese verdad! Pero no le queda ni tan siquiera esta justificación, porque todo lo que opone a la hipótesis poética de don Quijote es, como se acaba de indicar, «pura mentira»; no solamente pretende salir del paso, sino, además, reírse de su amo, destruir sus fantasías, quizá ponerse así por encima de él. ¿Se da cuenta don Quijote de este juego de Sancho? El diálogo sigue de esta manera: «... si no te dio joya de oro, sin duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero buenas son mangas después de Pascua. Yo la veré y se satisfará todo. ¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y viniste por los aires, pues como más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas. Por lo cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque por fuerza le hay y le ha de haber (...), digo que este tal te debió de ayudar a caminar sin que tú lo sintieses...»

Conviene volver a la situación. Después del regreso del mensajero, don Quijote y Sancho llevan ya un tiempo juntos: la escena del encuentro y lo que va de camino. Si a don Quijote le sorprende «de verdad» la rapidez del regreso de Sancho Panza, es lo primero que debiera preguntarle, y «no lo hace». Deja la pregunta para el momento preciso en que Sancho le ha echado a perder un importante momento de su ficción. Pero, ¿cómo está esto narrado? Se ha dicho en otro lugar que el narrador se vale a veces de trucos por omisión, y que miente. He aquí el primer truco por omisión, que se sitúa precisamente entre las palabras de don Quijote: «...habiendo de aquí allá más de treinta leguas» y «por lo cual me doy a entender...». Lo omitido es una acotación en que se describa el susto de Sancho Panza ante la pregunta de su amo, o se informe, al menos, de que la pregunta le asustó, porque ninguna de sus mentiras (salvo el recurso a los encantadores) podría servirle de explicación satisfactoria. Está cogido en su propio juego, y la cara que puso tuvo que ser de asombro y de terror. El narrador se lo calla, pero es legítimo imaginarlo como adición al texto, ya que es evidente que Sancho se haya asustado, y tenerlo en cuenta para el entendimiento de la escena. Y ahora, una hipótesis que se considera igualmente legítima: Si don Quijote se detiene en la palabra «leguas», ¿qué puede hacer Sancho que no sea arrojarse a los pies de don Quijote y confesar su mentira? Pero semejante confesión ¿no puede traer como consecuencia, de una cosa en otra, que la ficción se desbarate? A don Quijote no le importa que Sancho le mienta, a condición de que la mentira pueda caber en su ficción, y si por el carácter excesivamente realista, «verídico», de la de Sancho, hubiera ciertas dificultades de encaje, don Quijote tiene siempre el remedio a mano, el remedio indiscutible del encantador, con lo cual logra dos cosas simultáneas: tranquilizar a Sancho, «que se ve descubierto», y, al hacer de su viaje una especie de prodigio, insertarlo con todo derecho en la ficción y ganarle el peón a Sancho. Se puede pensar que don Quijote, en un primer movimiento de ánimo, quiera castigarle por su crueldad descubriendo su mentira; pero, si esto piensa, se arrepiente en seguida por temor a las consecuencias: una mentira destruida puede destruir el inverosímil, maravilloso edificio de don Quijote, pero frágil, como hecho de palabras, y le da la salida. Con lo cual todo vuelve al orden. Pero «esa pregunta», por el lugar en que está colocada (por el momento de la acción en que se sitúa), demuestra con toda claridad que don Quijote está al corriente de la verdad, que es consciente de todas las falsedades urdidas por Sancho. Y no puede ser de otra manera, pues cuando lo envía con la misión (la carta ha quedado en su bolsillo) sabe que Sancho no puede llevarla a cabo. Hay que interpretar el episodio como un momento, entre otros, del juego que se traen el amo y el escudero.”

Al juego entre don Quijote y Sancho dedica todo un capítulo Luís Rosales en su libro, Cervantes y la libertad.

Otras entradas de este blog que complementan la idea de juego, en las que se respeta y valora la visión de Gonzalo Torrente Ballester y de Luís Rosales sobre el Quijote, autores paradigma de la crítica cervantina:

https://lacocinaquenosgusta.blogspot.com/search/label/Juego


Bibliografía:

- Avalle-Arce, Juan (2002) Nuevos deslindes cervantinos. (BVC)

- Cerezo Galán, Pedro (2016) El Quijote y la aventura de la libertad. Biblioteca Nueva. Cilenda. Madrid

- Cervantes, Miguel. Don Quijote de la Mancha. Planeta. Versión comentada por Martín de Riquer. 1980. Madrid.

- Ignacio Ferreras, Juan (1982) La estructura paródica del Quijote. (Taurus)

- Márquez Villanueva, Francisco (1975) Personajes y temas en el Quijote. (BVC)

- Riquer, Martín de (2003) Caballeros andantes españoles (Austral)

- Rico, Francisco (2003) El texto del Quijote, Barcelona: Destino 2006.

- Riquer, Martín de (1967) Caballeros andantes españoles (Austral)

- Rodriguez, Juan Carlos (2003) El escritor que compró su propio libro. Comares. Granada

- Rodriguez-Luís, Julio (1966) Dulcinea a través de los dos Quijotes. (BVC)

- Rodríguez Marín, Francisco. Antología crítica sobre el Quijote en el siglo XX. (BVC)

- Rosales, Luís. Cervantes y la libertad. (BVC)

- Torrente Ballester. El Quijote como juego. Guadarrama. Madrid. 1993





martes, 23 de agosto de 2022

La verdad poética


Luis Rosales y Gonzalo Torrente Ballester propusieron sobre el Quijote las teorías que más han llamado mi atención de todas cuantas hasta la fecha he leído. Si para el primero el fundamento de la obra es la libertad, para el segundo es el juego. Reparo y pienso que en el fondo ambos van por el mismo lado: la libertad consiste en en hacer o decir cosas, en expresar ideas y tener el suficiente poder para que esas ideas calen en la sociedad. De la misma manera me digo que una de las formas para expresarse o moverse con libertad sin duda es el juego (jugando podemos hacer cosas que en la vida cotidiana nos son vedadas)

La literatura es un caso de esquizofrenia permanente -la locura puede ser otra de las formas de libertad: a un loco se le permiten cosas que se le niegan o prohíben al cuerdo-. Pero es que en la literatura, la locura tiene poco que ver con la medicina, es una locura de diseño, en resumen un juego, en el que lo supuestamente real queda comprometido por una verdad poética diferente que, extraída de los presupuestos comunes y compartidos, completa la comprensión del mundo. Hay críticos muy grandes, pero a mí, -no lo puedo remediar-, todo me lleva a Rosales y a Torrente, verificados ambos por otro de los grandes, el profesor granadino Juan Carlos Rodríguez. Ni mucho menos desprecio las teorías de Ortega, Closse, de Unamuno, de ninguno…

Olvidado está ya aquello que daba por sentado que el propósito que guiaba a Cervantes al escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha era acabar con las novelas de caballerías. Partamos de que la literatura siempre ha tenido como objetivo precisamente el de alimentar lo imposible, para de ese modo acaso lograr lo posible.

Los que efectúan el escrutinio de la biblioteca de don Quijote –el barbero y el párroco, graduado por Sigüenza (no debemos obviar la ironía burlesca del divino manco), metidos a críticos literarios– conocen las obras maestras del género, a las que salvan de la quema –no obstante se queman inocentes, como declara el narrador: los libros no son los culpables, al menos los buenos–. Cervantes, en todo caso, parece condenar los malos libros, ya que después de siglo y medio de letra impresa, el caudal de publicaciones empieza a desbordar y ahogar –como dice el propio protagonista en el capítulo 3 de la segunda parte, algunos componen y arrojan libros como si fuesen buñuelos–.

Ahora bien, si el propósito no es el de censurar y condenar la ficción caballeresca, a pesar de que toda la obra parece basarse en los desvaríos de alguien que ha perdido la razón por embeberse de ella, ¿cuál es? Aunque quizás no importe demasiado dónde estriba la finalidad de una obra de pura literatura. La vida no puede entenderse sin la ficción, no solo como recreación sino como fundamento de su progreso. Como afirma Rosales, lo real no consiste en lo que la mayoría acepta como tal, y quizás no exista sino en la acumulación de todo, incluidos sueños, deseos, desvaríos e inverosimilitudes. Nuestro héroe acaso sea el único cuerdo en un mundo alocado.

Comencemos por el título, ya significativo y extraño por el cambio entre la primera y la segunda parte, entre un hidalgo y un caballero. Sin embargo el título lo caracteriza de ingenioso que ya el Diccionario define como hábil, sutil y que tiene ingenio, término que se define como “Facultad para discurrir o inventar “. Así que nuestro hidalgo es hábil, mañoso, sutil, de gran inventiva, artificioso. ¿Pero en todo momento? Aparentemente, y así lo señalan varios personajes a lo largo de la obra, tan sólo pierde el buen juicio y la capacidad de razonar en lo tocante a la caballería; mientras que en el resto de las situaciones es cabal, cuerdo, sensato y…como ha de ser el común de los mortales. ¿Pero la anormalidad, la excentricidad ha de ser reprendida y repudiada? ¿Lo cree así Cervantes? La clave puede ser el juego, la locura de diseño del héroe, un héroe que irónicamente ni siquiera es noble y frisa los cincuenta.

La misión que se impone el nuevo hombre, el hombre vuelto a nacer, el superhombre, es, entre otros menesteres, la de deshacer tuertos –no entuertos como tantas veces se tergiversa–. Es decir, no sólo resarcir de agravios, injurias y sinrazones, o enderezar lo torcido, sino también dar vista a los que sólo ven la mitad de la realidad, puesto que carecen de un ojo; a los que ven de manera simple, no doble; a los casi ciegos: toma sobre sí la tarea misericordiosa del Hijo del Hombre, procurando dar vista a los que no ven sino lo que la razón les presenta. Don Quijote –que sabe quién es– mediante el juego alumbra el camino por el que encontrar que no todo es lo que parece.

Don Quijote plasma el anhelo romántico de hacer de la vida una obra de arte. Él decide extraer del vulgar y adocenado Alonso Quijano el ser que viva estéticamente y que justifique la existencia. Él opta por existir –con ese significado tan caro a Unamuno–, por salir de su casa y de sus casillas, en las que no puede respirar, ya que el oxígeno viene de la imaginación que le impulsa a realizarse, a hacerse real, más allá de las cortapisas que la estrechez de lo esperable exige. Por ejemplo, Dulcinea es ensalzada por su imaginación, y lo importante es que todo es como él lo imagina y desea. De ahí que la locura del héroe compense la precariedad de la vida racional, gris y sin libertad.

Y cuando sale en sentido físico de su perdida aldea lo hace por la puerta falsa –que puede que signifique algo más que la puerta trasera que da al campo–, o de noche –como en su segundo viaje–, a oscuras y en celada, sin ser notado. Y ello nos muestra que lo falso y lo nocturno es uno de los alimentos de la imaginación con la que contrarrestar la indigencia de lo inmediato, de lo temporal, de lo mortal. Y claro, para que esta existencia sea real, ha de haber alguien que participe, alguien a quien iniciar en los misterios de la nueva fe, alguien a quien mostrar la belleza de lo escondido. De ahí que la aparición del eterno compañero, de su alter ego, de otro como complemento, de otro con quien jugar, de otro ante el que de exhibirse.

Es por ello que Cervantes incide en que las dos primeras salidas del héroe dan al campo de Montiel, donde se hallan los molinos, o gigantes. En la primera, en que don Quijote camina solo, los molinos-gigantes no aparecen; o mejor, están ahí, pero tan sólo son molinos, enormes construcciones que hoy nos parecen reliquias curiosas y turísticas, pero que en la época del caballero tenían que afear el paisaje. Es decir, no hay nadie ante quien demostrar el valor de enfrentarse a los monstruos de la vulgaridad, de la industria, de la técnica que nos inutiliza, como lo entendió Unamuno.

Sin embargo, el segundo viaje, ya con Sancho como testigo de las proezas, vuelve a hacerlo saliendo por Montiel, y entonces descubren lo que el narrador y Sancho afirman ser molinos. Don Quijote es el primero que, como los románticos, comprende la alienación que provoca el avance de la máquina y nos previene, luchando contra ello. Esta aventura, acaso la más celebrada y conocida de todas, repetida como epítome de la locura del héroe, podría haberse situado en la primera salida, y sin embargo es dilatada a la segunda salida, con Sancho como compañero espectador de su juego.

En su primera salida, miraría los molinos con el ceño fruncido de ecologista contrariado y el alma apenada ante la atrocidad. Sin embargo, con Sancho al lado, puede desafiarlos, puede jugar con ellos, sin importarle que no le comprenda. Por otra parte, el primer día de su primera salida, en el caluroso mes de julio, el narrador dice que no le ocurrió nada digno de contarse, y que el caballero se desesperaba porque necesitaba probarse. Si realmente fuese un pobre trastornado, alguien falto de seso, habría encontrado cualquier ocasión para ver enemigos, y más con un calor atroz en el julio manchego: pero no hay nadie, y por consiguiente no tiene sentido aparentar; no puede divertirse sino es en compañía. Nuestro héroe es un niño que juega, un poeta que inventa y modifica la realidad, un actor que interpreta con gran realismo y riesgo las escenas difíciles.

Fe es creer lo que no vimos, lo que no somos capaces de ver. El mismo héroe se refiere a la gracia como el estado en que se jura y se cree aquello que no se ha visto (a propósito de la belleza de Dulcinea), de lo cual sus interlocutores, los mercaderes que van a Murcia, se quedan asombrados. Quienes aceptan la fe y esos mismos principios aplicados a cuestiones religiosas –sin entender que el héroe también representa a la religión en su sentido más puro–, se asombran de eso mismo en otros contextos: obvio en quienes viven apegados al comercio y a las ganancias materiales, dando la espalda a la vida de la imaginación. Es curioso, en definitiva, cómo todos los que se burlan de don Quijote y no dan crédito a nada de lo que él dice sobre sus caballerías ni de lo que recogen los libros de semejantes historias, creen a pies juntillas lo que cuentan otros libros inspirados y para ellos absolutamente veraces.

Otra situación, entre multitud de ellas, que refleja la actitud crítica de Cervantes a propósito de las fidelidades a los contenidos de determinados escritos, repudiando esos mismos contenidos en otros, es el diálogo entre un ventero, el cura y el barbero (I,32). El ventero, iletrado frente a los otros dos –poco más leídos–, teme por los libros que posee, entre los que se mezclan novelas de caballerías con relatos edificantes. La sanción del cura es que los de caballerías son mentirosos y disparatados, mientras que los otros son historia verdadera –como la Biblia donde también aparecen gigantes como Golias–. Y, por otra parte, este mismo ventero, como hará después don Quijote, argumentan que si tales obras mendaces y exageradas como tildan a los libros de caballerías, son dañinas, ¿cómo es posible que tengan el permiso y la licencia reales, e incluso eclesiásticas? Argumentación sensata que revela, la sutil ironía cervantina.

En el capítulo XLIX, el canónigo insta a nuestro héroe a leer la vida de los auténticos caballeros, así como el libro de los Jueces, de la Sacra Escritura, porque ahí se encontrará la verdad. Don Quijote, tras cerciorarse de que le conmina a abandonar la lectura de las novelas, sustituyéndolas por otras, comienza un discurso en el que critica –por supuesto veladamente, ya que la sombra de la Inquisición es demasiado larga– quién y cómo se arroga el fundamento de la verdad de lo escrito, ante hechos igualmente inverosímiles. Historias tan fantasiosas e inverosímiles como las que aparecen en la Biblia no se cuestionan, debido a la supuesta autoría. El caballero defiende eruditamente la existencia de todo tipo de héroes, mezclando ficticios e históricos –aunque ambos igualmente reales, al haber sido pasados por el tamiz de la imaginación recreativa–, equiparándolos: es decir, los beneficios recibidos de sus historias coinciden, por lo que no ha de rechazarse la ficción como mentira, sino como otra forma de aprehender lo que necesita el hombre para crecer. Y es que la ficción no es ni verdad ni mentira, es imaginación, a su vez parte de nuestra realidad, de nuestra verdad poética.

En el noveno capítulo de la primera parte, el narrador hasta el momento –al que podemos llamar cristiano– señala que carece ya de noticias de la historia del caballero. Después encuentra un manuscrito escrito en árabe que contiene el resto de la historia –artificio más o menos usado por las novelas de caballerías–, pero que como él desconoce dicha lengua ha de mandar traducir a un morisco, del que nada se sabe, ni siquiera si traduce correctamente. Es decir, que Cervantes nos pone sobre su aviso, ya que el resto de la obra consiste en la traducción por parte de un incierto individuo de un libro escrito en árabe y comentado por un cristiano que suele pecar de racista y de ingenio limitado. Es como si nos dijera «cuidado, lector, con lo que aquí tienes: las cosas no son lo que parecen; no es ni bacía ni yelmo, sino un baciyelmo que depende de quién lo mira y desde qué perspectiva. El perspectivismo también está en Cervantes.

El héroe, al conocer que se han escrito sus hazañas, reflexiona sobre quién habrá sido el autor que las ha dado a la estampa: si es un sabio amigo, lo habrá tratado bien; si es un enemigo, lo habrá vituperado. De hecho –y esa es una de las innumerables genialidades de Cervantes– dos han sido los que han escrito las historias de sendos caballeros, con diferente tratamiento, de modo que el autor de la obra apócrifa lo desmiente y desautoriza a favor del advenedizo don Quijote de 1614. Al universo ficticio se incorpora la realidad editorial, lo que provoca transfusión de ambos mundos: la ficción se superpone a la realidad, y ésta queda ficcionalizada. De ahí, que la figura del héroe preexista a sus historiadores y continúe existiendo tras ellos, ya que la creación de la imaginación –y el caballero empeña su vida en recrear el mundo con el molde de su imaginación–, la ficción, es la parte más poderosa, compleja, consistente y verdadera de la realidad.

La segunda parte nos aporta infinidad de ocasiones en que dudar de esa locura del caballero tan aceptada por todos los personajes, ya que don Quijote, cansado de inventarse las ocasiones de demostrar su superioridad, a costa de parecer poco cuerdo, se aprovecha de la fama adquirida, para jugar, para recrearse en las invenciones que los demás le ofrecen.

Tras la aventura de los leones –aventura que la equipara a otra no menos famosa ni ficticia, celebrada en la historia como ejemplo de valor, protagonizada por un Cid literario–, el Caballero del Verde Gabán piensa que don Quijote es en el hablar concertado, elegante y bien dicho, pero en el actuar es disparatado, temerario y tonto. Sin embargo, la acción, cualquier acción, es la raíz de todos los males, por lo que las de nuestro héroe no son más disparatadas que las de los demás: actuar es desbaratar el orden de las cosas; hablar es buscar una construcción de la realidad que satisfaga y compense el dolor de vivir. Y don Quijote demuestra con su verdad poética, con su actitud, esa necesidad estética del mundo.

De igual modo, don Diego de Miranda se pregunta por el tipo de locura que hace que el derretimiento de los requesones le parezcan a don Quijote el reblandecimiento de los sesos causado por los encantadores, sin reparar en que el genio reside en transformar lo ridículo, vulgar e impúdico en algo sublime, extraño y anormal, adecuado a la necesidad de extraer lo maravilloso de lo cotidiano.

Y, finalmente, se admira de la espantosa temeridad de provocar una pelea innecesaria con los leones –como si hubiera alguna pelea necesaria, y no fueran todas en el fondo evitables, dice Ortega (yo no me atrevo a afirmarlo)–. Don Quijote que capta y penetra el pensamiento del acompañante procede a aleccionarle, en uno de tantos ejemplos de lucidez, sobre los términos de la grandeza de la temeridad que puede alcanzar la valentía, frente a la cobardía que jamás será grande. La temeridad, acometer acciones peligrosas, como todas, sin una necesidad, representaría el grado más artístico del actuar, ya que refleja la acción desinteresada en estado puro, por esa falta de objetivos concretos y prácticos. Nuestro caballero es temerario, arriesgándose a que lo tomen por un pobre loco o necio. La cobardía consiste en no sacrificar la opinión o la impresión que los demás tienen de uno.

En esta parte, hasta el narrador, o el comentarista, o el traductor morisco – puesto que no sabemos de quién es la vacilación–, duda sobre algo tan aparentemente tan preciso como la vivienda de don Diego: castillo o casa. Es decir, sea casa o castillo, la imaginación del protagonista lo transformará en lo que mejor convenga a su juego, por lo que los demás tan sólo han de adaptarse a la dimensión ficticia de la realidad de don Quijote.

El lector puede plantearse la razonable ambigüedad de la locura de don Quijote, en perspicaz y ladino aviso que el héroe lanza a Sancho sobre lo que vio en el cielo montado sobre Clavileño: Sancho también penetra las apariencias, pero don Quijote duda sobre la imaginación de los demás, por lo que cuestiona lo que constantemente pretende que los otros crean de él. Admirable e inteligente aviso, puesto que le pone como condición para creerle que él, Sancho, le crea sobre las maravillas que contempló en la cueva de Montesinos, advirtiéndole –quizás con un escondido guiño– que no hay más que hablar. Ya están ambos bajo el embrujo del juego de los espejos, de la vida de la imaginación: ambos se compenetran y saben qué pretenden ante los demás.

Y Sancho inmediatamente les pide a los duques un imposible: para qué gobernar sobre un grano de mostaza a unas avellanas –la realidad de aquí es tan ínfima, tan nadería que la locura más absoluta es la de sufrir por poseerla –, si puede hacerlo en el cielo. Sancho aspira a lo infinito, a lo imposible –una vez que lo ha visto y sentido con la imaginación–, despreciando lo finito: Sancho ya se ha romantizado plenamente, se ha idealizado, se ha quijotizado.

Los burlados demuestran su templanza y superioridad moral, ya que son los burladores los que comenten las faltas y han de ser sancionados. Sancho gobierna con mejor tino que monarcas y emperadores, él un simple aldeano contagiado de la locura de un pobre hidalgo; y el maestresala se inclina ante su sabiduría e ingenio, de modo que quienes han maquinado el juego de la ínsula para reírse, han de quedar avergonzados. Si, aunque los demás creyeran estar mofándose de ellos –que como dice Cide Hamete, los burladores eran muy tontos al poner tanto ahínco en burlarse–. Qué mayor locura que creer burlarse de alguien, cuando éste ha cubierto sus esperanzas, ha acariciado sus deseos: la aspiración más pura y plenamente cuerda es la que se hace real, la que se satisface. Nuestros protagonistas son lo que decidieron ser; ellos son los héroes de la historia; ellos han triunfado sobre los mediocres y falsarios que emplean su imaginación tan sólo para burlarse del presuntamente débil.

Y es altamente sospechoso que sea después de ochenta y dos capítulos (II,31) dando por sentado que Alonso Quijano ha enloquecido y cree firmemente que es un caballero andante, cuando el narrador dice que, al ser recibido y agasajado a la llegada al castillo de los duques, fue el primer día en que creyó ser caballero andante verdadero, y no fantásticamente. Hasta ahora, por consiguiente, ha sido consciente –por lo tanto, con una fingida locura en el mejor de los casos, una locura que le divierte, aunque los demás lo maltraten– de que lo anterior era un juego imaginario, poético. Ahora, cuando los demás ponen todo su empeño en decorar el mundo a la medida de su imaginación, ha logrado ser auténtico caballero –de ahí el título de la segunda parte–, puesto que ha transformado a quienes andan a su alrededor: no necesitaba exprimir su inventiva para sentirse así, todos colaboran en que así sea.

Y llegamos al punto que don Quijote es derrotado por el caballero de la Blanca Luna en digno combate. Éste había fracasado en una lid anterior bajo el nombre del de los Espejos, y desde entonces el bachiller se sentía humillado, nueva muestra de que quienes quieren salvar a don Quijote, participan de una más rara locura. Pues bien, camino de su aldea, el caballero dice que darán vado a sus imaginaciones y se harán pastores. Escoge los nombres adecuados a la nueva empresa y reparte las actividades de cada uno. ¿Una nueva locura? ¿Un nuevo juego? Nadie admite la idea de que la lectura de las novelas que están entonces de moda, las pastoriles, causen un nuevo trastorno en Alonso Quijano. Lo que ocurre es que el héroe, que ha decidido hacer de su vida un proyecto de su imaginación, que se ha empeñado en transformar la realidad simple en una compleja obra de arte, que ha revestido el mundo de literatura extrayendo el fenómeno estético escondido, acepta las reglas del juego. El intruso caballero de la Blanca Luna le obliga a dejar las armas durante un tiempo. Un loco verdadero probablemente hubiera hecho caso omiso de tal acuerdo. Pero él lo acata y siente –no olvidemos que tiene una edad avanzada para la época y que hasta que se atrevió a ser caballero su vida debió de ser bastante aburrida– que necesita de su fantasía, optando por lo pastoril, forma altamente poética y en la que también plasmar sus ansias de libertad y de expresar el amor que su corazón alberga: la imaginación gobierna y conduce la vida de los héroes.

La tragedia se desencadena al final. En su lecho, tras haber descansado de la dura vida a la que ha sometido a su espíritu, parece reconocer sus errores y el estado enajenado en que la desordenada lectura lo había puesto. Hace testamento y abjura de su condición. Aquí se trasparenta el gran fracaso del héroe, el fracaso del hombre que no se hace compatible con la realidad. Don Quijote transgredió las normas, las fronteras de lo real, y se le dio un ardite de las opiniones de los demás. Vivió, existió, breve pero intensamente, modelando el mundo, cambiándolo, para siempre. Pero la muerte mata no sólo el cuerpo, sino las ilusiones. No podía soportar la idea, puesto que no fue comprendido ni habría encontrado modo de convencer a los demás –tan sólo Sancho fue iniciado, mediante el ejemplo–, la idea decimos de ser recordado como un pobre hombre bueno, que no hizo mal a nadie pero que perdió el seso y vivió como un tonto. La muerte fue su debilidad. La muerte le provocó el único ataque de cobardía, a él que plasmó en el mundo el valor, con el ejemplo de su vida. Sin embargo, en esa libertad poética comienza su inmortalidad.



Referencias:

Rodríguez, Juan Carlos. El hombre que compró su propio libro. Barcelona, Debate, 2003

Rosales, Luís: Cervantes y la libertad. Madrid, SP 1960.

Torrente Ballester. El Quijote como juego. Barcelona. Destinolibro, 1988

Unamuno, Miguel. Vida de don Quijote y Sancho. Madrid Cátedra, 2005.

martes, 27 de abril de 2021

La locura como juego y como crítica

Existe un problema en la literatura que es el tomarse en serio la ficción. De igual manera, con frecuencia, se ha tomado en serio la locura de don Quijote, que es una locura ficticia, una locura de diseño, literaria, y toda locura literaria siempre es extraordinaria. A la locura de don Quijote, ni a ninguna otra locura literaria podemos buscarle una solución en la medicina, por lo que, literariamente, diremos que la locura es hacer un uso patológico de la razón, que los locos razonan a una escala diferente de los cuerdos. Don Quijote puede haber perdido la cordura, pero no la razón, que además podemos comprobar en la novela que, con frecuencia, razona de forma brillante.

Situemos la locura de don Quijote en el espacio ontológico. Gustavo Bueno distingue tres ámbitos de este espacio: el mundo físico, el mundo psicológico, y el mundo lógico o conceptual. Pondremos un ejemplo con el agua de estos tres ámbitos: el agua del mundo físico, es la discurre por los ríos, los mares, las fuentes, etc; en el mundo psicológico el agua es la que nos sacia la sed, la que nos da placer al bañarnos, o la que nos da terror por la inmensidad del mar; y en el mundo lógico o conceptual el a gua es H2O. Así la locura de don Quijote es física, cuando en molinos ve gigantes; es psicológica, cuando se cree otra persona como Valdovinos o el Marqués de Mantua, aflorando el padecimiento del desdoblamiento de personalidad; y es lógica o conceptual, toda la fuente de recursos que permite diseñar la paranoia de don Quijote, que se articula en las normas del código de la caballería, en el código del amor cortés, o en la milicia tardo medieval.

Con todo lo dicho podemos acotar la locura de don Quijote en que:

  • Razona de forma patológica, y, como todo loco, lo hace a su manera, es un loco autológico que razona conforme al código caballeresco, salvando princesas y deshaciendo entuertos, que ni son princesas ni arregla nada.

  • Es autológico porque su locura emana de sí mismo, y ese “sí mismo” es Alonso Quijano, que es un personaje construido por Cervantes, quien, a su vez, construye a don Quijote (estas creaciones intermedias entre autor y personaje es muy característica del Barroco). Entre estos personajes intermedios está Alonso Quijano, el narrador, el morisco aljamiado, el autor morisco que se queja del traductor porque le cambia sus relatos, algo imposible porque Cide Hamete no ha podido leer la traducción que se hace muchos años después de su muerte (Cervantes hace estas cosas, que luego Borges, más de trescientos años después, pone de moda para burlarse de sus lectores).

  • Conforme avanza la novela, la autología del Quijote, se va convirtiendo en una dialogía, pues al avanzar el relato van interviniendo más personajes en la locura de don Quijote.

Torrente Ballester, en El Quijote como juego, con mucha claridad apunta que la locura de don Quijote es una falsa locura, que no está loco, sino que es un cuerdo que interpreta el papel de loco. De este modo, con este juego, amplia las posibilidades de su libertad, para poder hacer cosas que desde la cordura no podría hacer. Esta es una tesis que nos convence a muchos, pero también los hay a los que les parece disparatada. Es cuestión de opiniones, y hoy es tan frecuente eso de “yo opino lo contrario”, ¡cómo si la opinión sirviese de algo! La opinión es libre y no cuesta nada… Pero aquí lo importante no es opinar, es interpretar qué razones hay para hablar de locura, como un juego de Alonso Quijano, a través de la figura de don Quijote, o para hablar de locura como una patología del personaje. El quijote va a dar lugar a interpretaciones muy diferentes si nos tomamos la locura en serio, como una enfermedad, o si pensamos que es un juego.

Muchos cervantistas se niegan que a aceptar que la locura es fingida, porque limitaría la mayorías de los estudios que han hecho, en gran parte fundamentados en la locura del personaje. Otros dicen que no hay nada más ridículo que tomarse en serio la locura de un personaje literario, y más en el caso de Cervantes, que parece que colecciona locos mediante los cuales dice muchas cosas... Además de don Quijote y Cardenio, están el Licenciado Vidriera, los perros del coloquio, el Licenciado Peralta, el Alférez Campuzano, todos los personajes zumbados del Persiles, muchos psicópatas en las Novelas Ejemplares, como el Celoso extremeño, que ejerce la pederastia en en centro Sevilla, y aparece como si fuera un personaje impoluto (las cosas de Cervantes, que siempre nos la cuela).

¿Por qué la locura? Si don Quijote actuara como un cuerdo Cervantes habría acabado en la hoguera, porque no se puede ir por los caminos de España apaleando curas, haciendo rosarios con los trapos sucios de la ropa interior, haciendo ceremonias impúdicas en Sierra Morena, liberando a galeotes condenados en justicia. Dice Bueno que estas cosas que hace don Quijote solo se pueden hacer de tres formas que son tres exenciones de responsabilidad:

  • Mediante el fuero que permite hacer cosas que a los demás le están prohibidas.

  • Mediante el juego, como es el caso de las fiestas en las que se suspende la vida normal, pero que no pueden durar nada mas que unos días.

  • Mediante la locura, que permite al loco hacer cosas que el cuerdo no puede. Por eso no es descabellado afirmar que la locura de don Quijote es un diseño de Cervantes para decir cosas que desde la cordura no podría.

En este sentido asumimos la tesis de Torrente Ballester, y marcamos diferencias con la de Erasmo, que en 1515, publica su Elogio de la locura, que mal traducido sería el Elogio de la estupidez, que está en confrontación con El Príncipe de Maquiavelo, publicado en 1513. En el libro de Erasmo se quiere ver una justificación para vivir como un loco, tesis que heredan los románticos, que ven en la locura una especie de racionalismo superior, o de genialidad, considerando que los locos razonan de una forma más inteligente que los cuerdos, siendo para ellos, la locura de don Quijote, en consonancia a la filosofía romántica, una forma superior de ver las cosas. Esto enlaza con la teoría de Platón sobre los poetas, según la cual, son gente visionaria y peligrosa, cuestión, cuanto menos, discutible.

Veamos a don Quijote como un loco. Cuando, el el capítulo 44 de la primera parte, don Quijote llega a la venta de Palomeque, allí hay otros huéspedes que se extrañan de su indumentaria pseudomedieval y de su forma de hablar, y el ventero advierte a los huéspedes que no le hagan caso, que “está fuera de juicio”. Esto claramente es un salvoconducto para actuar.

En otro momento es la Santa Hermandad, la guardia civil de entonces, que no era cuerpo para contar chistes, va tras don Quijote con una orden de busca y captura, por haber liberado a los galeotes. Dice el cap. 45 de la primera parte:

...entre algunos mandamientos que traía para prender a algunos delincuentes, traía uno contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había mandado prender, por la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razón, había temido.”

Parece que no vale la locura, pero el cura, que es el poder teológico-político de la época, convence a los cuadrilleros de que don Quijote está loco y no merece la pena apresarlo. Esto en el Quijote de Avellaneda, que descubre el juego de Cervantes, no ocurre, la locura no es una exención de nada, y don Quijote acaba encarcelado en la casa del Nuncio de Toledo, que era un célebre manicomio, en unas condiciones hoy día inimaginables.

Cuando en la venta le leen a don Quijote la orden de detención, don Quijote responde a los agentes de la autoridad, y les dice:

-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna por vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la caballería andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis en no reverenciar la sombra, cuanto más la asistencia, de cualquier caballero andante! Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad; ; decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró que son exentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su espada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero andante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería?”

No se pueden decir más cosas en tan poco tiempo, y a continuación se dice exento de cumplir la ley, se siente aforado por ser caballero andante, y lo es por el estatuto de su locura… Unos críticos dicen que es humor y se ríen ante este tipo de de cosas, otros, más modernos o posmodernos, dicen que tiene la razón, por su moral trascendente... Pero eso no es la razón. La razón exige ser compartida, si uno razona “a su manera” no hay razón posible, puesto que ha de servir para todos. La razón no es autológica, no la puede tener ni un individuo, ni un grupo, ha de ser de todos, normativa.

Veamos la locura como un uso lúdico de la razón. A don Quijote jugando para divertirse, es lo que, según Torrente Ballester, caracteriza el comportamiento de nuestro héroe, que lo que quiere es satisfacer sus emociones, y que nunca hace nada que le disguste. Se puede objetar que, la mayor parte de las veces, don Quijote, acaba apaleado y maltrecho; esto es verdad, pero de la misma manera que tanta gente actúa, ejerciendo la violencia o arriesgándose en el juego de un deporte peligroso, a sabiendas de los riesgos que corren. Dice Torrente: “este uso lúdico de la razón es un juego, pero nada claro, ya que si lo fuera, si la trampa estuviera al descubierto no tendría gracia, y la novela se caería de las manos, porque uno de sus ingredientes prospectivos más vitales es la comezón que se pone en saber si el personaje está loco o no”. Claro la ambigüedad es permanente, tenemos sobradas razones por las que podemos pensar que está loco, pero también las tenemos para suponer, por la astucia con que se mueve, que de loco tiene poco. Concluye Torrente: “si se relee el texto la comezón se repite, y las conclusiones adquiridas se tornan dudas, las dos posturas alcanzan fuerza en la inteligencia del lector, al margen y con independencia de su actitud sentimental inevitable ante el personaje”. Siempre hay una auténtica duda.

Cardenio es otro loco del Quijote, es como un colega que se dispone a jugar junto a don Quijote, pero quiere jugar con sus propias reglas. Es un pirado al que otro hombre le quita la novia, y como no se siente capaz de enfrentarse a él, se hace el loco y se tira al monte, donde se alimenta de la leche que le dan unos cabreros y de las bellotas que encuentra. En un momento dado se encuentra con don Quijote, Sancho y un cabrero, a los que les dice que les contará su historia siempre que le escuchen sin hablar (les exige paciencia para escuchar y además en silencio). Don Quijote que está acostumbrado a hablar él, a contar sus historias, en un momento dado -que parece estar ya hasta el gorro-, lo interrumpe por una simpleza, porque Cardenio nombra a la reina Madásima, diciendo que tuvo una ligereza, y el Caballero no permite que eso se le atribuya a ninguna mujer, eso es faltarle al respeto de la reina. Y Cardenio que se ve interrumpido, pilla un rebote de “muy señor mío”, y los apalea a todos. Dice el narrador:

Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado; y el Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio con él a sus pies, y luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y, después que los tuvo a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue, con gentil sosiego, a emboscarse en la montaña.”

Parece como una imagen de dibujos animados: ver a el “Roto” con su traje hecho ciscos, saltando sobre la tripa de Sancho, les da de palos a los tres y se va tan fresco a meterse en la espesura del bosque. Mas tarde, Cardenio terminaría de contar su historia, pero don Quijote ya no está presente. Cardenio forma parte de otra novela cortesana que Cervantes intercala en el Quijote, que protagoniza junto con Luscinda, Dorotea y don Fernando, que es el prototipo de Don Juan, y el que le arrebata la novia, causa de su fingida locura, porque, uno, por más que se empeñe no pierde la cabeza de la noche a la mañana, y de hecho todo se arregla al final y Cardenio vuelve a ser el de antes, recobrando la cordura.

Es similar a lo que le ocurre al Licenciado Vidriera, uno de los personajes más penosos que ha diseñado Cervantes, que sin embargo goza de la simpatía de muchos lectores que lo ven como un loco sublime, capaz de razonar de forma superior a los cuerdos, cuando el pobre hombre es un personaje ridículo; un tipo que repite los chistes de moda en la época, que hoy día serían calificados de machistas o racistas. Es incapaz de adaptarse a cualquier tipo de vida normalizada, viviendo siempre dentro de un gremio, el de los estudiantes, los militares, los locos, y cuando quiere incorporarse a la profesión de abogado fracasa, y a de volver con los soldados. Dice que es de vidrio porque tuvo una cita en Salamanca con una cortesana, una dama de todo rumbo y manejo, que “le da a comer un membrillo” (entiéndase lo que se quiera), y le sienta tal mal que la cortesana sale huyendo, y él se pone tan enfermo que se cree de vidrio (algún analista dice que se reconoce homosexual, y se siente de vidrio por indolencia, no por fragilidad). El caso es que articula toda su locura para que nadie lo toque, porque no quiere sentir ninguna emoción de nuevo.

El licenciado es igual que Cardenio, se siente incapaz de relacionarse como adulto. Cardenio tendría que defender a su chica… Tengamos en cuenta que, la época de Cervantes, era un sociedad patriarcal, caracterizada por la existencia en la sociedad de un pacto tácito entre los hombres, en virtud de cual, los hombres tenían que respetar a la hija de un padre, y a la mujer de un hombre. Don Juan, en este caso don Fernando, es un hombre que quebranta el pacto del patriarcado, violentando la situación con Luscinda. Este patriarcado es el que mueva a Pedro Crespo en El alcalde de Zalamea. En definitiva que Cardenio tendría que defender a muerte a Luscinda, pero no es capaz porque ve en don Fernando un rival muy superior.


miércoles, 15 de abril de 2020

El juego de don Quijote


Apunta Torrente Ballester que don Quijote es consciente de su juego, que no es un loco, sino que se finge loco, porque quiere vivir, quiere divertirse. Para esto da algunos ejemplo (Torrente no es como Borges que hace comentarios y no los explica):

Cuando don Quijote prueba sus armas, las rompe en pedazos, las repara de nuevo, y ya no las prueba más. Es como si pensara, “para lo que yo las quiero bien me valen como están”. Cap. 1:

Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza, y sin querer hacer una nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.


En el episodío de los rebaños de ovejas, cuando embiste a los rebaños, lo hace teniendo en cuenta su altura, no lleva la lanza en horizontal como acometería a un jinete, sino en oblicuo consciente de la altura de las ovejas. En el cap. 18, Cuando Sancho le dice que no son gigantes ni caballeros, don Quijote le responde:

-¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
No oigo otra cosa –respondió Sancho– sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
El miedo que tienes –dijo don Quijote– te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. 
 
Torrente considera que don Quijote lo que le está diciendo a Sancho es algo así como, “mira si tú no quieres jugar a esto, quítate de en medio, no estorbes y déjame jugar a mí que yo quiero divertirme”. Lo que pasa es que eso de pasárselo bien es relativo porque los pastores lo apedrean con sus ondas y le rompen la dentadura. Tras esto es cuando viene lo del bálsamo de Fierabrás que cura todos los males, pero que al parecer solo le hace efecto a los caballeros, porque Sancho cuando lo toma vomita sobre don Quijote, y este al recibir el regalo de Sancho, acaba vomitando también en un escena verdaderamente repugnante.
En la escena que se desarrolla en Sierra Morena con la donación de los pollinos. Sancho le dice a don Quijote que le firme un papel, pero don Quijote le dice que con la rúbrica será suficiente, que su sobrina conoce bien su firma. Claro, si firma con “Don quijote de la Mancha”, su sobrina lo vería como parte de su locura y no lo tendría en cuenta, pero si firma como Alonso Quijano”, estaría desmontando su juego. Aquí el narrador parece advertirnos, mostrando el racionalismo del héroe, el grado de cordura con el que opera don Quijote (lo mismo que cuando don Quijote muere, que lo hace conforme a una razón política, haciendo testamento, y conforme a una razón teológica, con la confesión). La firma de los pollinos se realiza a 22 de agosto del año en curso...
En el mismo sentido podríamos hablar de las ventas que son castillos para don Quijote. El se hospeda en ellas y no paga porque los Caballeros andantes no pagan (como si fueran políticos aforados). El ventero le dice que le pague, pero don Quijote no se viene a razones:
Luego, ¿venta es ésta? –replicó don Quijote.
Y muy honrada –respondió el ventero.
Engañado he vivido hasta aquí –respondió don Quijote–, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra.
Poco tengo yo que ver en eso –respondió el ventero–; págueseme lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.  
Vos sois un sandio y mal hostalero –respondió don Quijote. 
 
Don Quijote da media vuelta y se marcha sin pagar. Será loco, pero sabe llevar su contabilidad. Pero aforarse en el código para no pagar es un delito, nadie puede ir al Mercadona y llevarse aquello que se le antoje aunque lo haga en nombre de los pobres. Eso es un delito.

Hay otro momento en la venta (cap. 44) en el que unos clientes además de irse sin pagar apalean al ventero y la hija de este acude a don Quijote para que socorra a su padre, quien, con la escusa de que está enfrascado en otra empresa con la Princesa Micomicona, le contesta con toda la prudencia de un cuerdo:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.

Don Quijote estará zumbado, pero vacila al personal todo lo que quiere. Sabe manejar bien la situación cuando le interesa.

En el episodio de los galeotes se enfrenta a los guardias, la Guardia Civil de entonces, y les exige que suelten a los presos, que nadie tiene derecho a quitar la libertad de nadie. Maneja una idea de libertad posmoderna, rusoniana, “el hombre es libre por naturaleza”; una idea ridícula y más en aquellos tiempos, cuando la realidad nadie es libre por naturaleza, y la libertad hay que ganarla con esfuerzo. Cuando los libera, Sancho le advierte que lo que ha hecho es un delito y le dice que lo mejor que puede hacer es ocultarse de la Inquisición en Sierra Morena, y don Quijote que es muy inteligente y no está loco, le dice:

-...porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes…
Que tanto teme Sancho, y que él que no está loco, también la teme. Hay una racionalidad que don Quijote nunca pierde de vista y que siempre responde a sus objetivos.
Y el episodio más claro de la cordura de don Quijote es cuando en el corazón de Sierra Morena dice a Sancho que le lleve la carta a Dulcinea, y la identifica con Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo, y le dice que la conoce bien, que es una mujer de pelo en pecho, que se sube a la torre de la iglesia y la oyen en los pueblo vecinos, que tiene la mejor mano que hay en toda la Mancha para salar puercos, que no es nada melindrosa y tiene mucho de cortesana -hoy día no se podría decir eso de una mujer-, y añade que de todo se burla y de todo hace mueca y donaire -quiere decir que le va el rollete-. Don Quijote no desmiente esto, hace como que no va con él y le responde a Sancho:
Esa es, y es la que merece ser señora de todo el universo.

Sancho dice a Don Quijote, que el pensaba que su dama sería alguna princesa. Y, en lo que parece ser, un esfuerzo de rebajarse su nivel de entendimiento, don Quijote razona como el más cuerdo, y le dice:
-“por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra”.

Dulcinea es perfecta como él la imagina y para lo que él la quiere. Con esto no tenemos otra opción que asumir que su locura es de diseño, que está totalmente estudiada. Luego don Quijote sigue hablándole a Sancho con un discurso manierista y barroco para explicar las locuras que acabará haciendo en su penitencia hasta que vuelva con la respuesta de su amada. Las locuras que hará nada tienen que ver con la que hacía Amadis de Gaula, que arrancaba árboles de cuajo, bastará con unas cuantas piruetas o volteretas para que Sancho lo vea antes de partir con la carta.

Episodio del rosario. Cuando está en el castillo de los duques, imitando de nuevo a Amadis, aparece don Quijote con un rosario. Ocurre la mañana siguiente en la que Altisidora, le declara su amor. Sancho se muestra escéptico de esto y le dice que no entiende como una joven bien parecida se puede enamorar de un viejo y feo, y don Quijote le dice, tu Sancho no lo puedes entender, pero yo soy un seductor. Esa mañana aparece vestido, rosario en mano, como un donjuan. Pero don Quijote no tenía rosario y lo fabrica haciendo bolas de su ropa interior (esto a la censura le pareció mal y sustituyen las bolas por bellotas). El caso es que los locos no mienten, disparatan, pero don Quijote miente más que habla y lo hace de forma articulada; es un gran fingidor.

Don Quijote fracasa en todas sus empresas. Pese a que el Quijote siempre ha enamorado a los idealistas, es a ellos a quien paradójicamente critica, a todos los idealismos. Don Quijote siempre fracasa. Cervantes parece advertirnos que los idealismos no conducen a nada, que es una perdida de tiempo, incluso que pueden llegar a ser peligrosos -eso la historia lo ha demostrado con creces- ¿Pero, y si don Quijote no está loco, sino que está jugando para divertirse, para vivir?
Don Quijote parece no poder vivir emancipado de su propia vanidad de la que es victima, pero se emancipa del elogio ajeno, con lo inteligente que es esto. Al reconocer ante Sancho que su mujer ideal es Aldonza Lorenzo, la existencia real de Dulcinea parece no tomarse en serio su propia locura.

En el episodio del cap. 5, en su encuentro con los mercaderes toledanos tras el tropiezo de Rocinante, las patadas que el mozo de mulas le dio en las costillas, y el apaleamiento con los restos de astillas de su propia lanza, le dejan maltrecho sin poder levantarse hasta que tuvo la suerte que pasó un labrador, su vecino Pedro Alonso al que confunde con el Marqués de Mantua, su tío (pues él se cree Baldominos) … Don Quijote no atiende sus preguntas y sigue recitando el romance, disparates de pura locura creyéndose los más disparatados personajes de la caballería y confundiendo a su vecino igualmente con otros. A lo que éste le dice:
-Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí! que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Baldominos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijada.
Palabras de loco como una cabra, o de cuerdo que sigue un juego le contesta:
-Yo sé quien soy, -respondió don Quijote-, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías.
¿No te das cuenta que esto es un juego?, parece decirle al su vecino. Poco después, ya recuperándose en su cama, le visita el cura y don Quijote le llama Arzobispo Turpín y le cuenta que don Roldán lo ha apaleado con el tronco de una encina. Sigue disparatando, se identifica con Reinaldos de Montalbán, pero a pesar de todos sus encantamientos, pide que lo primero, le traigan de comer, como diciendo tengo hambre y lo primero es lo primero, después seguiremos con el juego.
Episodio de la muerte de don Quijote. Cervantes no quiere ridiculizar la muerte de don Quijote pero tiene que matarlo para que Avellaneda no saque la 4ª parte, que no sabe y teme por donde podría salir. Así Cervantes restaura la racionalidad de don Quijote, que de nuevo se convierte en Alonso Quijano, de la misma manera que el licenciado Vidriera recupera la razón a través de un fraile que le hace volver a la sensatez. En este caso don Quijote, Alonso Quijano, volviendo a la razón política, decide hacer testamento, y conforme a la razón teológica se confiesa y encomienda su alma a Dios, Una muerte totalmente racional y contemplando las facetas de la razón de su tiempo; es como vivir en la inocencia, pero no en la ignorancia.

No muere en ridículo aunque antes haya protagonizado muchas situaciones ridículas. La locura de don Quijote tiene sus explicaciones más visibles en la génesis y en la clausura, en el nacimiento y en la muerte, en el momento inicial y en el final, aunque cuando este nace ya Alonso Quijano tenga más de 50 años. Aquí es donde más claramente encontramos las clave de su locura, don Quijote se fanatiza leyendo libros de caballería (cuantas personas se fanatizan con otras cosas, hasta leyendo tuit en las redes sociales. Esto ocurre porque consideran que en estas figuras están objetivadas las claves de su vida). Así el hecho de que alguien enloquezca leyendo libros de caballería no es tan ajeno como pudiera parecer, ya que el leer de forma aséptica no todo el mundo lo consigue. No es lo mismo leer un libro de aventuras, que tras leerlo creerse el héroe de esas aventuras. Dice el cap. 1:

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros,”

Como hay muchos que enloquecen leyendo a los filósofos; y es que la literatura, y más la filosofía, requieren un formación previa. Para entender la literatura hay que conocer el amor y saber lo que es la muerte, para que la experiencia no se quede en el texto. La literatura la entiende mejor la gente vivida, la que acumulan experiencias que luego salen en esos libros con puntos de vista diversos. Sigue el cap 1:

... así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.”

Reemplaza la idea de ficción por la idea de verdad, esto le ocurre a mucha gente, sobre todo a muchos filósofos que son incapaces de comprender el concepto de ficción. La ficción no es mentira pero tampoco es verdad, es ficción, es algo que no es operatorio. Don Quijote se toma en serio la ficción, y alguien que se toma en serio la ficción solo puede ser un loco (diseñado por Cervantes, su autor). En la época de Cervantes se confundía la ficción con la mentira, se consideraba que el poeta mentía y que el historiador decía la verdad, pero esto hoy sabemos que no es así. La literatura muestra un concepto de ficción que no es soluble en el concepto de verdad ni en el de mentira.

Lo mismo cuando trata las ideas libertad o la justicia. Ideas que ya son anacrónicas en el Renacimiento, pues son ideas medievales, de una época anterior. El Renacimiento es época de estados consolidados, no de héroes que hacen justicia individualmente o bajo una prestación feudal.

Podemos preguntarnos también por la libertad que el narrador da a don Quijote. Las primeras palabras que don Quijote pronuncia ocurren ya muy avanzada la novela porque el narrador no le ha permitido hablar. Es éste quien comienza describiendo los hechos, “En un lugar de la Mancha” va presentando al héroe y diciendo como da nombre a las cosas (se puso el nombre de don Quijote de la Mancha, a su rocín rocinante); se pone a recitar de memoria pasajes de libros de caballería, pasajes de enfermo mental… Le sale un loco absoluto, al que no le da la palabra hasta el capítulo 6, y con citas de caballería. Todo esto nos permite afirmar que don Quijote es un cínico, que se justifica en esa actitud lúdica.

El episodio más cínico del Quijote es el del baciyelmo. Es la única vez que llueve en la novela, que caen unas gotas. Ve acercarse por los llanos de la Mancha a un barbero que va de un pueblo a otro, que por la lluvia decide cubrirse poniéndose la bacía en la cabeza, don Quijote en su locura lo confunde con un caballero cubierto con su yelmo, que con las gotas y el tímido sol reluce como el oro y dice que lleva puesto el Yelmo de Mambrino, que piensa arrebatarle en descomunal batalla. Arremete contra el barbero que huye y se hace con el yelmo, una escena ridícula carnavalesca. El punto álgido de esta aventura lo tiene poco después en la venta de Palomeque, en la que se reúnen, los cuadrilleros, Fernando, Luscinda, Dorotea, el cura, el barbero Maese Nicolás y aparece también el barbero al que arrebató la bacía, y por burlarse de don Quijote todos le siguen el juego y dicen a una que eso no es bacía sino yelmo, y se lía la gresca en la que también se discute si la albarda con la que Sancho se hace en la pelea es albarda o jaez. La ilusión óptica termina cuando intervienen los cuadrilleros y dicen que que todo esto es una tomadura de pelo. A partir de esta burla, la locura de don Quijote comienza a ser compartida por sus amigos que le siguen el juego. La locura del “yo” pasa al juego del “nosotros”

El juego del “nosotros” lo vemos también en el Retablo de las Maravillas, donde los pícaros Chirino y Campaña están haciendo creer a todo el mundo que ese retablo inexistente, imaginario, aparecen una serie de figuras igualmente imaginarias e irreales (animales del arca de Noé, las aguas del río Jordán), y quien no vea esas figuras es porque es descendiente de judíos o un converso, todo un juego colectivo en la línea del rey desnudo. Pero Cervantes no practica un juego lúdico, sino lo que hace es descubrir una serie de situaciones críticas muy propias de la sociedad de su tiempo, poniendo al descubierto la idea de libertad, la idea de poder, la indolencia de Felipe II por la liberación de los cautivos de Argel.

Así en la primera parte don Quijote controla las normas del juego, pero a medida que avanza la novela las va perdiendo, y las pierde definitivamente al salir de la venta que se lo llevan enjaulado hacia su aldea, creyendo él que va encantado. No deja de ser irónico que don Quijote pida que le dejen salir de la jaula para hacer “aguas menores” con la promesa de no fugarse, con la paradoja que cabe preguntarse que si va encantado por que se va a fugar; es un dialogo curioso. Como dice Machado en uno de sus últimos ensayos “cuando dos mentirosos se mienten, se mienten pero no se engañan”, revelando en el caso de la novela de Cervantes el fondo profundamente cínico, que no está muy lejos de la actitud del autor ante la vida. Como decimos a medida que avanza la novela el código del juego no lo controla tanto don Quijote, sino otros personajes, destacando en este control los duques que en la segunda parte son los que dirigen la orquesta.

Cuando don Quijote está solo, sin Sancho y le falta su apoyo para mantener su fe, ocurre un episodio significativo, la perdida de los puntos de una media, una cita con la realidad:

...él se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía como de la irreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo…

Los médicos de la época dirían que está melancólico; sin Sancho no hay juego y entonces don Quijote se deprime. Esa noche no le duró mucho la depresión porque Altisidora interpreta el papel de princesa menesterosa y enamorada, así al día siguiente se levantó más animado pensando que era el amor platónico de una chavala. Pero esa noche se acostó cerró de golpe la ventana plantando el cante de Altisidora, Cap 44-2:

Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere dar principio a su famoso gobierno.

Al día siguiente, lo de la media lo ha olvidado y amanece con un rosario envuelto en los pensamientos con los que se durmió y que le habían causado la doncella enamorada. Cap 46-2:

Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos, y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el tiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote, dejó las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistió su acamuzado vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole Altisidora y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza la iba a desabrochar el pecho.

Vamos que a sus cincuenta y tantos años aparece como un donjuán. Nunca antes habíamos visto así a don Quijote, pero es que eso de que una doncella se contonee ante uno es para volverse loco, o cuerdo, según se mire. Los demás le están esperando para continuar la burla. Una situación bastante ridícula, don Quijote un donjuán, o un Caballero Andante, no sabemos que es más cómico.

A medida que avanza la segunda parte la figura de don Quijote se va diluyendo: ve ventas no castillos; ve a tres labradoras, no a Dulcinea y sus damas, hasta percibe el olor a ajo; desconfía del mono adivino. La realidad se la construyen los demás, ya no tiene que imaginar nada, y esto limita su juego. Todos quieren jugar con don Quijote, pero no a la manera de este, sino a la manera que ellos imponen. De hecho al llegar al castillo de los duques el narrador nos advierte con una declaración que cuestiona la locura del héroe:

Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.

Y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero” más clara la advertencia a los lectores, que la locura es un juego, imposible.

En el episodio de Clavileño, le dice don Quijote a Sancho:

¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano, o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra? (mohatra = tramposo)

Viene a decirle que siga fingiendo, que sino echará a perder el juego.

Tras las bodas de Camacho el rico, que no son la bodas de Camacho sino las de Basilio el pobre con Quiteria, va don Quijote a visitar la Cueva de Montesinos, acompañado por el Primo, el primo licenciado, (con la polivalencia semántica de la palabra "primo"), que le sirve de guía. Este "primo" es un erudito que se hace preguntas intrascendentes del tipo, ¿quién fue el primer hombre que se rascó la cabeza?, y supone con un silogismo que fue Adan (si el primer hombre se rascó la cabeza, y el primer hombre fue Adán, entonce fue Adán el primer hombre que se rascó la cabeza). Su libro que iría sobre todas las cosas del mundo y alguna más, todo muy académico, el conocimiento inútil. Un loco le seguiría la corriente, pero don Quijote no se la sigue, le dice a las claras. Cap 22-2:

...hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.”

Estas palabras se las deberían decir a muchos que hacen una tesis doctorales. En el cap. 24 añade:

...pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.”

La pregunta de don Quijote es demasiado racional como para que la haga un loco. Efectivamente no hay ningún libro sobre el primer hombre que se rasco la cabeza. Es un tema muy original, no cabe duda, pero la crítica que hace Cervantes, mediante la ficción en palabras de don Quijote, no se critica a los libros de caballería, sino el concepto que Cervantes tiene de la Universidad, que la confirma en El Licenciado Vidriera, cuando alcanza el máximo grado de locura precisamente cuando se licencia, el grado académicamente más alto, mas cuando todos los doctores de universidad quedaban admirados por las sandeces de Vidriera, poniendo a todos en la cúspide de la necedad.

Cervantes convierte a don Quijote en un crítico severo de todos los irracionalismos, desde la locura se critica el racionalismo de la época. Así, y ahí está la paradoja, un personaje supuestamente loco razona para criticar los irracionalismos de su época. ¿Dónde está la locura del personaje?

En el episodio del mono adivino don Quijote, cap. 25-2, asigna a la ciencia el estatuto de verdad y la literatura la ficción. En este episodio, dice, “con mentiras e ignorancias se hecha a perder la verdad maravillosa de la ciencia”, que es lo que hace Maese Pedro con la actuación del mono adivino.