En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

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martes, 10 de marzo de 2026

Bajo el rosal

"La pluma es la lengua del alma" (Quijote II; 16)

 

Relatos vividos en un cosmos de creatividad para disfrute de los lectores. Relatos que rezuman optimismo haciéndonos dueños de nuestras vidas, transportándonos a la profundidad y pulcritud de la memoria. Aparece también la melancolía, atenuada sin duda por el bullir del rosal (metáfora de la vida a la que tanto apego le pone el ser humano), como un susurro, entre espinas y rosas por el que el hombre, sin remedio, se desliza.

Encontramos una fina amalgama de relatos testimoniales y fantásticos, entre los que sobresalen: el del joven, idealista y vago, jugador de cartas, tan habitual en la España rural de la posguerra, al que la madre, consciente de la condición del hijo, protege hasta después de la muerte.

La visita del gobernador a un pueblo perdido de nuestra geografía. Una parodia de aquellos años grises de los cincuenta, con un paralelismo mucho menos glorioso, a una vivencia de mi propia infancia; visita de la que un maestro rural dejó una profunda crítica en la prensa, que leída hoy, me lleva a pensar que nadie en su día quiso o supo interpretarla.

Un atroz desenlace en “Dos hermanas”, con un reflejo de la vida, del paso del tiempo, lleno de abandono y melancolía.

Leyendo “Impresiones de un viaje”, me reafirmo en mi preferencia por los fiordos noruegos a pesar de la diferencia tan grande de culturas; el ajetreo del El Cairo y sus calles, distribuidas al azar y pintadas sin orden en vivos colores, me llevan a esas otras historias que Marco Polo relata, en Las ciudades invisibles, al Kublai Kan sobre sus desconocidos y enormes dominios, ciudades que, tanto allí como aquí, parecen describir el carácter de sus habitantes; relación que creo confirmada con la gitanilla intemporal del “Domus Aurea”, imagen de una cultura recreada por un excepcional fabulador; real aquí, como una inversión de Las ciudades.

Pero la parodia no cesa y así conocemos la del gallo cobarde versus el macho prudente, que como casi todas está enmarcada en el medio rural.

Como Blasito, todos hemos sufrido la inocencia de vivir en pecado en un tiempo en el no podíamos pecar. La culpa nos invadió en nuestra infancia como una herencia a la que nadie podía renunciar y que, al crecer, esa misma culpa nos apartó, por su errada estrategia, de aquellos que nos culparon. Y sumamos melancolía con la imagen de “El llavero”, un reconocimiento a la inevitable pérdida de facultades a la que todos estamos destinados a llegar.

Y no falta tampoco algo de parenética, en “Ruido de cristales”, Teodoro, nos hace ver que pocos damos importancia a un hecho bueno, que gestos como el de Rubén y Antonio, cuando chocaron sus manos, nos pasan desapercibidos o no son significativos, a pesar y sabiendo que los hechos buenos suman, que cuentan aunque se les ignoren.

Y de repente, sin avisar, un viaje en el tiempo. No es necesaria la “máquina” que retuerce la ecuación del espacio-tiempo, basta con un misterioso túnel y al final una fuerte luz, un resplandor que nos atrae y nos lleva al paraíso donde nada falta, a Jauja: una ilusión que irremediablemente nos precipita en el vacío, en la plenitud de esos sueños que son tan reales como la vigilia, porque, que duda cabe, los sueños forman parte de la vida.

Hay más, tan significativos como los que se acaban de tratar; en vuestra mano está el poder descubrirlos. Que yo me voy “bajo el rosal”, donde me esperan nuevas aventuras con las que soñar.

jueves, 10 de abril de 2025

Tiempos difíciles

 

Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces (Quijote. II, 4; 606)


Tenía muchas ganas de leer el libro. Por un motivo u otro fueron pasando los días, hasta que por fin una mañana reciente que habíamos quedado con unos amigos me dije: lo primero es acercarnos a la Babel, que quiero hacerme con libro de Teodoro. Y así lo hicimos. Me lo metieron en una bolsa de plástico, y mi conciencia me dijo, con la jornada que se nos viene encima te lo vas a dejar olvidado en cualquier sitio ¿Por qué nunca se equivoca? Ese día, con los amigos, visitamos iglesias, paseamos por la ciudad y no nos dejamos atrás ningún establecimiento con encanto; estuvimos comiendo en una bodega de moda, café en un recinto pastelero de lujo, y un paseo largo por el río. Junto al monumento del Duque de Galatino, en las Titas, nos hicimos una foto… Fue entonces cuándo reparé, ¿llevas tú el libro?; no, no me digas que…, ya te dije que lo perderías, ¡ay, esa cabecica! Deshicimos lo andado, volvimos a lo lugares visitados, nos santiguamos de nuevo. No en todos, no a todos. Perdí el libro, estaba escrito. Cuatro días después, de nuevo fuimos a la capital, y el azar nos llevó a aparcar en en Hotel San Antón, oye aquí estuvimos tomándonos un aperol a media tarde en la terraza; ¡es verdad!, ¿como se nos pasó?, vamos a preguntar por el libro. En recepción muy amablemente llamaron al bar de la terraza, que dicen que allí tienen un libro que alguien se dejó el otro día en una mesa, se titula "Tiempos difíciles". ¡Ese es mi libro! - Un libro, una vez publicado pertenece al lector, por eso digo que “ese es mi libro”-.
Gracias a todo el personal del hotel San Antón. A vosotros, mis escasos pero inteligentes lectores, os digo que no dejéis de tomaros algo en su terraza; desde ella la Sierra se ve imponente.
 
Tiempos difíciles
Lo primero que toca es dar las gracias a Teodoro por hacernos pasar tan buenos ratos. Gracias, que quiero remarcar, por la forma de tratar el tema, con mucho criterio y poca ideología; alejado de absolutos, haciéndonos ver que el hombre siempre está mediatizado, en mayor o menor grado, por las circunstancias y el momento que le toca vivir; que un hombre casi nunca es capaz de conocer hasta dónde puede llegar, premisa que se pueden doblegar con educación, años, voluntad..., con el que la experiencia minimiza emociones y miedos, y relativiza intereses personales.
Un libro para mí muy valioso, por su autor, del que espero me lo dedique; por el narrador, extradiegético y omniscente; por lo que cuenta y cómo nos lo cuenta; y también por la anécdota del libro perdido y, días más tarde, hallado en un templo de demostrada profesionalidad y honradez.
Todas las guerras son terriblemente malas, pero las civiles son las peores, al enemigo se le conoce desde siempre, es tu hermano, tu vecino, con el que has convivido durante años. Tristemente, de lo que vives en esos momentos tan trágicos solo quedan rencillas: una afrenta, un abuso, una envidia, una mirada mal vista o mal entendida, una pensamiento supuesto del otro, un egoísmo. Y si no hay nada, se inventa, que la tribu obliga a ser despiadado; el grupo quiere hechos, hay que demostrar con firmeza hasta dónde llega el compromiso. El dogma, la ideología, que en la paz puede tener su sentido, en la guerra, se exprime hasta el sinsentido y engulle todo sentido crítico.
No es un retrato de un pueblo concreto, puede ser, es la microhistoria de muchos pueblos de España. En todos hubo “Velascos” llenos de resentimiento que actuaron movidos por el odio y la venganza, odio que solo se puede enfrentar, como es el caso de Pepe, con el amor y el interés… En todos hubo “Velascos” que pagaron con creces las consecuencias de su odio. En todos hubo inocentes a los que arrolló la tragedia.
Una novela en la que claramente se refleja que la libertad, siempre tan cara, siempre tan relativa, está íntimamente ligada al poder, tema que una vez debatí de pasada con el autor, y, recuerdo, que Teodoro, con toda razón, me contestó, que no deberíamos entender la libertad únicamente desde Aristóteles, lo que no resta valor a mi juicio.