En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

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lunes, 22 de junio de 2026

Clavileño, un episodio teatral

 

- Sancho, pues vos queréis que os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no digo más.
 
 
La creación de espacios imaginarios es una de las características de la ficción. El teatro de la época había generado un público entrenado en el arte de imaginar lugares a través de las palabras. Los corrales de comedias apenas contaban con aparato escénico “sin otra perspectiva o tablado, con un simple parapeto, saliendo los recitantes representan la comedia” (Egido 1989:33).2

En el episodio de Clavileño, al recrear el vuelo fingido, vamos a viajar verbalmente hasta un lugar muy lejano. Dentro del espacio narrativo, y por tanto imaginario, que es el palacio de los duques, se crea otro espacio fingido, un espacio aéreo y exterior. El espacio del vuelo se pone en pie a través de la palabra. “¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta! ¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!” (2, 41; 889).. Montados en el caballo de madera, los dos protagonistas llegan a creer que están volando a lomos de las palabras que oyen en boca de los que los rodean.

El decorado y los disfraces de este montaje se reducen básicamente al artilugio escénico que es el propio Clavileño. En el mismo texto está ya la referencia mitológica del caballo de madera: “Yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas” (2, 41; 888). Como será habitual en la literatura barroca, pensemos por ejemplo en el fábula de Píramo y Tisbe de Góngora, los mitos aparecen contrahechos, puestos a ras de suelo, aunque Cervantes no lo haga desde el escepticismo o la burla absoluta, sino como una invitación a la imaginación y al juego, como una excusa para la diversión a través del arte dramático.

- Sin moverse del sitio, don Quijote y Sancho creen estar volando. Don Quijote, dirigiéndose a su escudero, despliega su fantasía para describir una visión que sólo existe en su mente: ‘Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos’ .

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.

- No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos, que el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros; y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto, para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla por más que se remonte; y aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jardín, créeme que debemos de haber hecho gran camino.(2, 41; 890).

Y mientras ellos piensan que han cambiado de espacio, en el jardín se efectúa un cambio de decorado: “En este tiempo ya se habían desaparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos por el suelo” (2, 41; 891).

Tras el aterrizaje de Clavileño, acompañado del sonido de unos cohetes, los dos protagonistas creen haber vuelto al jardín tras el vuelo, piensan que el espacio de tiempo de la aventura separa las dos localizaciones, a pesar de situarse ambas en el jardín del palacio. Sin embargo, lo que ocurre en realidad es que el espacio del jardín se ha visto transformado por un cambio de decorado y por un cambio de actitud en los actores que operan en la escena. En realidad, como ocurre en las comedias que no respetan la unidad de tiempo, se ha producido un salto en la historia que se pone en escena a través de recursos verbales y de objetos de tramoya.

Del gigante Malambruno solo tenemos la lanza clavada en medio del jardín de la que pende el pergamino con sus palabras. La escena de su aparición es una elipsis, como ocurría con las batallas y las escenas fantásticas que no era posible representar sobre las tablas. La visión del gigante queda evocada a través de sonidos y objetos, pero no se pone ante nuestros ojos. En la novela, un género que a diferencia del teatro no está condicionado por los recursos escénicos, Cervantes hubiera podido presentarnos al gigante del mismo modo que Rabelais nos presenta a Gargantúa. Sin embargo, opta por la verosimilitud del teatro, por el juego posible y la farsa. Es en esta mezcla de lo posible con lo imaginario, donde aparece un humor típicamente cervantino.

Él mismo parece reírse de ese intento de hacer real lo fantástico cuando con precisión de geógrafo nos indica las distancias que separan el jardín de los duques del espacio imaginario al que se dirigen don Quijote y Sancho: “Desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y doscientas y veinte y siete” (2, 40; 879). Se habla de lo imaginario en términos de realidad, de esta manera se engaña a los dos protagonistas, a la vez que se realiza un guiño cómico al lector, enterado de la condición de farsa que tiene todo el montaje.

Fueron los primeros dibujantes los que captaron más claramente su dimensión teatral. En el jardín del palacio podemos formar tres escenas, separadas por el hecho de que Sancho y don Quijote lleven o no los ojos vendados.

En un primer momento se encuentra la llegada del caballo de madera que los dos protagonistas ven. Es de noche, pero todavía no tienen los ojos tapados. La entrada en escena del caballo es altamente teatral: “Entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera” (2, 41; 884). Los disfraces que evocan vegetales encajan a la perfección con el ambiente del jardín, un espacio de naturaleza artificial, controlada e intervenida. Pero en esta aventura no será la vista el sentido dominante, pues Sancho y don Quijote volarán con los ojos vendados. El teatro se centrará ahora en el oído y en el tacto, estimulados a través de la palabra y de las antorchas con que calientan a los dos protagonistas.

Cerrad los ojos e imaginad el momento en que se produce el vuelo fingido: los protagonistas montados en el caballo con los ojos tapados por una venda; alrededor de ellos una serie de tramoyistas que se dedican a estimular su imaginación con efectos especiales de calor, movimiento del caballo y sonido. Los protagonistas vuelan sin moverse del sitio, imaginan situaciones inducidos por la tramoya…, el viaje finaliza con un aterrizaje un tanto brusco. Como escena final del lance se produce la explosión de Clavileño en la que Sancho y don Quijote acaban rodando por el suelo y recuperan la vista al desprenderse de las vendas de sus ojos y se reencuentran con los duques a los que narran su aventura. Una escena muy teatral, que puede mover a risa. Todo se nos presenta en el espacio real del jardín.

Queda para la mente del espectador la recreación del espacio aéreo de ficción que los dos personajes creen estar visitando. No viajamos con ellos, sino que a ras de suelo contemplamos con risa contenida su aventura aérea.

En el siglo XIX, la recepción de la obra ha cambiado. Doré ilustra la aventura para ver cómo los aspectos teatrales han sido borrados en favor del componente imaginario. No interesa la verosimilitud del lance, saber qué han hecho los duques para engañar a los protagonistas, sino que lo que llama la atención del dibujante es el momento imaginario del vuelo.


Nota: 2 La cita está tomada de la carta dirigida al duque de Toscaza por el escenógrafo italiano Baccio del Bianco.

lunes, 8 de diciembre de 2025

La Numancia

Reparto de la obra dirigida por Alonso de Santos

 

La Numancia de Cervantes es una obra de ficción inspirada en la tradición popular sobre el hecho histórico del suicidio colectivo de una ciudad celtibérica, cercada por las legiones romanas de Escipión Emiliano en el año 133 aC. Numancia prefirió inmolarse antes que aceptar una rendición infamante.

Probablemente Cervantes se inspiró en el conocido romance de Timoneda, en el que aparece claramente la escena final de Viriato.

Es una tragedia en la que aparecen dos líderes enfrentados. Por el bando romano el general Escipión, a quien el senado romano ha encomendado la conquista; por otro lado los líderes numantinos encabezados por Teógenes que organizan la defensa frente a un imperio treinta veces superior.

Numancia es derrotada, pero no hay botín alguno para el vencedor, la ciudad queda destruida totalmente por sus propios habitantes, no quedan nada más que cenizas. Esto, a pesar de la victoria, supone para Escipión un fracaso ante el senado.

Cervantes quiere decirnos con esto que el ser humano desarrolla su libertad a partir del enfrentamiento con la realidad y lidera un proyecto en relación a esa realidad. Escipión fracasa porque no consigue lo que se propone; Teógenes y los numantinos, establecen un proyecto real, adverso para sus vidas, pero que les lleva al éxito, basado en la fama póstuma de alguien que prefirió el suicidio antes que la pérdida de la libertad frente al imperialismo romano.

- Jornada primera:

Numancia está sitiada por los romanos, embebidos en la lascivia tras varios años de guerra. Cipión (Escipión) llega al campamento con la intención de corregir la flojedad de sus tropas y no acepta negociar la paz con los embajadores numantinos. Levanta un foso para forzar la rendición de la plaza por hambre. Aparece entonces una alegoría de España que predice la ruina de Numancia y llama en su ayuda al río Duero. Este no da ninguna esperanza, pero predice que en el futuro Atila, los godos y el duque de Alba vengarán a los numantinos y que Felipe II será el soberano de toda la Península.

- Jornada segunda:

Los gobernadores de Numancia se reúnen en consejo y deciden morir luchando. Se dan a conocer los amores del joven soldado Morandro con Lira. Durante un sacrificio a Júpiter, el hechicero Marquino resucita el cuerpo de un soldado muerto en batalla para saber el designio de dioses. El cadáver profetiza el fin inevitable de Numancia y Marquino de suicida para no ser testigo de tal desventura...

- Jomada tercera:

Cipión rechaza terminar la guerra con un combate singular. Las mujeres impiden que los hombres hagan una salida y las abandonen a su suerte. Desesperados, los numantinos comen la carne de los prisioneros romanos antes de encender una hoguera en la que harán arder todas sus riquezas y a ellos mismos. Morandro sale al campamento romano en busca de comida para Lira. Mientras que los numantinos queman sus pertenencias, una madre trata de consolar a su hijo hambriento.

- Jomada cuarta:

Morandro vuelve malherido y muere en brazos de su amada Lira. Los numantinos se arrojan a la hoguera o se matan entre ellos. La Guerra, la Enfermedad y el Hambre dan la victoria a los romanos. El joven Viriato, único superviviente, permanece escondido en una torre con las llaves de la ciudad. Pese a los ruegos de Cipión, Viriato se arroja de la torre para privarle de una victoria honorable. Aparece entonces la Fama y promete que el mundo entero conocerá la gesta de los numantinos y la bravura de los españoles, sus sucesores.

Los esfuerzos infructuosos de los defensores para conjurar su destrucción se acerca a la esencia de la tragedia clásica cuando los numantinos, desbaratando los planes de los romanos, deciden asumir su destino y eligen la vía del sacrificio. Las alegorías del Duero y de la Fama dan a este acto desesperado un sentido histórico.

Cómo ve la tragedia la crítica moderna

Aprecian influencias de Virgilio en la aparición inicial de Cipión arengando a sus tropas, de Séneca y Heliodoro en la invocación a los infiernos de los asediados en busca de presagios o de Ercilla en la agonía de los numantinos.

Por otra parte, la introducción de figuras alegóricas, propio de las comedias humanísticas, cumple una función parecida al coro de las tragedias griegas. Las alegorías (el diálogo de España y el Duero, las intervenciones de la Guerra, la Enfermedad y el Hambre, el discurso final de la Fama) extraen y precisan poco a poco el sentido y el alcance del acontecimiento.

Para algunos críticos -y esto es mucho suponer, digo yo-, los numantinos representan para Cervantes a los moriscos rebeldes de las Alpujarras, y Cipión a don Juan de Austria. Otros van más allá y quieren ver representado en los romanos todo lo que existía de represivo, totalitario e imperialista en la sociedad de Cervantes. Tal vez el sitio de la ciudades flamencas por el duque de alba ¿Era consciente Cervantes de esta paradoja?

También hay quien cree que Cervantes no dividió los contendientes en buenos y malos porque, de hecho, podía identificarse a la vez con los dos contendientes; lo que le habría interesado sería mostrar la colisión de dos mundos. Ciertamente, hay una gran ambigüedad en la valoración de Roma: por un lado, son los enemigos invasores; por el otro, son el paradigma del concepto de imperio que España aspira a encamar. Ciertamente Cipión aparece no como un déspota despiadado sino como la gran figura militar que finalmente reconoce la grandeza de la gesta numantina.

Los numantinos, resignados, se muestran dispuestos a ser súbditos leales y a vivir en paz, pero no a perder su dignidad. Por eso prefieren morir que llevar una vida de insufrible agonía. Su guerra, en consecuencia, es presentada como una "guerra justa". Cipión también considera justa la guerra de Numancia y se indigna de que el pequeño pueblo hispano resista al poder de Roma. Quiere adueñarse de Numancia sin derramar una gota de sangre romana y sin hacer concesiones políticas.

Cipión simboliza la ciencia de la guerra y su objetivo es alcanzar la gloria. Encarna las virtudes militares (astucia, estrategia, oratoria ante la tropa, ansia de fama) pero no las virtudes humanas. Por ejemplo, cuando Cipión combate el abandono de sus soldados prohibiéndoles lujos y meretrices, lo que le preocupa es la eficacia, no la moralidad de la soldadesca.

En cierta medida, se trata de un enfrentamiento entre el espíritu caballeresco de los numantinos (patente en su propuesta de combate singular para terminar con la guerra) y los fríos cálculos del estadista Cipión. Las virtudes morales de los numantinos se plasman en el amor de Morandro por Lira, lo que le fortalece. En cambio, la lujuria de los soldados romanos con las rameras los debilitan. Además, el suicidio del sacerdote Marquino tiene el propósito de hacer sentir de un modo directo y personal el drama colectivo de los sitiados. El suicidio de los numantinos provoca admiración y espanto en el espectador.

En La Numnacia cervantina soplan aires patrióticos. Numancia se presenta como un desafío obstinado a la grandeza de Roma. A la luz de las profecías del Duero y de la Fama, su resistencia y sacrificio se convierten en preludio de la gloriosa historia de España: tras la ocupación romana vendrán las invasiones bárbaras, los visigodos, el saqueo de Roma del 1527, la campaña italiana del Duque de Alba de 1556 y, en 1580, la anexión de Portugal. El presente es presentado como una herencia del pasado. Las virtudes numantinas se perpetúan en las generaciones siguientes de españoles. La España del siglo XVI se muestra digna heredera de numantinos y godos.

La filosofía cervantina

Cervantes es el primer autor de la historia que en la tragedia sustituye la metafísica por la historias, a los dioses por los seres humanos, a los que hace protagonistas de los hechos que ocurren. Esa es la esencia de La Numancia. En la tragedia siempre los protagonistas eran de las clase altas, porque se estimaba que solo la nobleza y la realeza podían expresar con dignidad el dolor y el sufrimiento, que en la clases bajas eso era chabacanería, que solo podían ser protagonistas de la comedia. Cervantes rompe este principio que era una ley sagrada de la composición literaria; en La Numancia, que algunos con ironía han llamado la primera tragedia socialista (mucho antes que se inventara el socialismo), no hay nobles, es la primera tragedia que invierte las leyes del decoro, con el protagonismo de las gentes sencillas. Pero esto no solo ocurre en La Numancia; el protagonista del Quijote es un noble venido a menos, la más baja escala de la nobleza, un personaje al que ridiculiza constantemente, y sin embargo Sancho, que viene del pueblo está mitificado de principio a fin; se invierten los valores en los que se regulaba el arte y el modo de interpretarla.

Finalizo con las ideas de esperanza y libertad tan comunes en toda la obra de Cervantes

Se dice que Cervantes es autor de una sola gran obra y el resto son mediocres o buenas sin más. Para nada comparto esa idea, simplemente la grandeza del Quijote es tal que eclipsa a cualquier otra y pienso, como simple lector, que el resto de su obra es extraordinaria.

Es magnífico el desarrollo del protagonista colectivo, como mantiene su esperanza, siempre sobrepasada por el destino, y la posibilidad humana de actuar en libertad, incluso cuando parece imposible. La obra culmina con la decisión numantina de no entregar nada ni a nadie al enemigo suicidándose colectivamente, lo que les dignifica y honra sobre los romanos, a pesar de la muerte y la derrota.

Hoy en día está considerada la mejor tragedia del Siglo de Oro español. Cervantes, igual que con el Quijote innovó la novela, con La Numancia se anticipa al teatro moderno y contemporáneo. 

 

- Canavaggio, Jean (1977): Cervantes dramaturgo. CVC

- Cotarelo, Armando (1915): El teatro de Cervantes, Madrid, CVC

- García Marín, Manuel (1980): Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca.

- Zimic, Stanislav (1992): El teatro de Cervantes, Madrid, Castalia.

 

 

Ideas con las que ha trabajado el dramaturgo José Luís Alonso de Santos, director de la obra que vamos a ver, según sus propias palabras:

Alonso de Santos

Esta tragedia es la defensa de lo colectivo; habla del 'nosotros', del 'estar juntos'... Es un pueblo unido defendiéndose de la tragedia, viviéndola; no es un pueblo roto, como es la España actual, sino una Numancia entonces -o una España en la época de Cervantes-, que estaba unida en su suerte y en su desgracia».

Numancia es un grito en defensa de los humildes, de aquellos que viven sin libertad y aplastados por una tiranía; las víctimas inocentes. Da igual que fuera la época del cerco numantino por los romanos, la época de Cervantes o nuestra época. En este montaje trato de gritar con los inocentes escénicamente, artísticamente, pero quiero que mi grito se una a ellos”

Mi versión trata de ser, en primer lugar, una defensa del más grande escritor español de todos los tiempos; y del orgullo de España y del idioma español, tan cervantino. A los valores de la lengua se unen a los valores de la dignidad, de la justicia, de la defensa de la libertad, de la lucha por la igualdad... Tantos y tantos valores que defendió Cervantes, que defendieron los numantinos y que defendemos nosotros ahora en el escenario”.

Numancia, trata de contar algo escénicamente con tres elementos claves: emoción, historia y poesía. Hay que destacar en ella la dimensión trágica de los humildes; ésta es la primera gran tragedia española, y una de las primeras y más importantes del mundo que habla de lo colectivo; normalmente, en las tragedias se cuenta la historia de alguien que, generalmente por influencia de los dioses, sufre una condición trágica. Aquí estamos hablando de decisiones humanas; hay una frase muy importante en la obra: 'Cada cual se fabrica su destino'. Aparece aquí la dimensión de la responsabilidad del hombre, no de los dioses. Cervantes escribe una tragedia dando la espalda al teocentrismo; son los hombres quienes deciden, quienes fraguan su destino».

Hay un último aspecto que quiere destacar el dramaturgo: “La obra es una defensa de la mujer, que apoyo plenamente; hay que darse cuenta de en qué época lo hace Cervantes. En Numancia la decisión más importante la toman las mujeres, ellas son las que deciden lo que, finalmente, llevará a Numancia a la historia”.

 

 

Las entradas ya preparadas


jueves, 29 de octubre de 2020

El teatro en el Quijote


Diversos autores se han ocupado en diferentes momentos históricos de estudiar alguno de los aspectos teatrales contenidos en el Quijote. Dentro y fuera del Quijote se ha interpretado el teatro cervantino como un discurso cuyas calidades o características han de verificarse en su contraste y comparación con el teatro y la poética de sus contemporáneos. Esta es una perspectiva crítica profundamente limitada -casi exclusivamente a los primeros años del siglo XVII— y también muy conservadora, al situarse de forma monográfica en el punto de vista del siglo de oro. Bruce Wardropper escribió que “Cervantes fue en su época tan experimentador como Brecht, Ionesco o Arrabal en la nuestra. El que estos hayan sido acogidos con más comprensión se debe a que la tradición literaria pesa menos sobre nuestro periodo de transición que sobre el de Cervantes”.

Edward Riley, abre un estudio de la obra cervantina con las siguientes palabras: “sé que pueden acusarme del anacronismo elemental de atribuir a un escritor del siglo XVII las preocupaciones del siglo XX. Sólo puedo contestar que la presencia de esta dimensión en la obra [de Cervantes] me parece tan manifiesta que no admite duda”. La tesis sobre el teatro cervantino de Jesús G. Maestro debe mucho a las líneas metodológicas abiertas por estos autores. En ellos se apoya para justificar que en el marco literario del Quijote, el teatro de Cervantes contiene elementos esenciales que buena parte de la dramaturgia contemporánea -desde Georg Büchner a Samuel Beckett, pasando por Lorca, Valle-Inclán y Bertolt Brecht- ha llevado hasta los extremos experimentales, literarios y espectaculares que conocemos.

Es posible identificar en la narración del Quijote al menos once episodios o grupos de episodios en los que cabe advertir una configuración o realización teatral, con frecuencia señalada por la crítica:

1) Dorotea en el papel de la princesa Micomicona (I, 29-30, 37 y 46)

2) La gresca entremesil por causa del yelmo de Mambrino y bacía de barbero (I, 44-45)

3) Don Quijote rodeado de gigantes, que le enjaulan encantado, camino a su aldea (I, 46-47)

4) El discurso del canónigo sobre las comedias: teatro objeto de crítica y debate (I, 48)

5) la aventura de Las Cortes de la Muerte (II, 11)

6) El encuentro con el caballero de los Espejos (II, 12-14)

7) Las danzas y bailes narrados de las bodas de Quiteria (II, 19-21)

8) El retablo de Maese Pedro (II, 25-26)

9) Diversos episodios con los duques (II, 34-35)

10) Sancho en Barataría (II, 49, 51 y 53) y

11) La escena de la cabeza encantada (II, 62)

Los recursos teatrales que están implicados en estos episodios consiguen en el relato del Quijote un objetivo común, que es a la vez un logro y un experimento, y que remite de forma permanente a la esencia de esta novela: la experiencia de un ilusionismo que nunca pierde su relación crítica con la realidad. Sólo he visto algo comparable a este fenómeno en Shakespeare, concretamente en la escena metateatral de Enrique IV, en que Falstaff, rufián y consejero del príncipe Hal, parodia al rey de Inglaterra ante su propio hijo, sólo para desarrollar un discurso que termina sugiriendo al heredero del trono que se quede con Falstaff y renuncie al resto del mundo: “Quédate con él [Falstaff] y destierra a los demás”, (Enrique IV, parte I, acto II, escena 4). En la ebriedad de la ficción metateatral, Falstaff no pierde en ningún momento su relación con la realidad. Cervantes tampoco la pierde en ninguna parte del Quijote: somos los lectores, y por supuesto los personajes protagonistas, quienes vivimos a cada paso esa experiencia de ilusionismo a la que el teatro expresado, narrado o descrito en el Quijote contribuye de forma tan decisiva.

El teatro contenido en el Quijote representa una idealización momentánea de la realidad narrada. Diríamos que se trata de un distanciamiento de la narración, una enajenación o suspensión del discurso narrativo. Cervantes utiliza diferentes procedimientos para conseguir este efecto, cuyas consecuencias pretende controlar desde el verbo del narrador principal del relato. Estos procedimientos son esencialmente cinco, y remiten a una visión global y compleja de diferentes condiciones, recursos y procesos dramáticos, que autores muy posteriores, como Büchner, Valle, Lorca, Casona, Brecht, Dürrenmatt o Beckett, han presentado en varias de sus obras. Sólo la teoría literaria desarrollada en la Edad Contemporánea permite identificar e interpretar estos recursos al margen del escaso significado que podían tener en el siglo XVII para la preceptiva dramática del clasicismo renacentista, o de la mecanizada comedia lopesca. Cervantes utiliza en la prosa del Quijote los siguientes procedimientos para expresar la teatralización de la ilusión en la representación de la realidad:

1) La introducción del narrador en el teatro: así se manifiesta en los bailes y danzas que preceden a las frustradas bodas de Camacho (II, 20); el discurso del trujamán en el retablo de maese Pedro, tan nutrido de injerencias y acotaciones que desnudan por completo la representación teatral (II, 26).

2) El teatro como expresión dialéctica y de lucha real entre la realidad y la ficción: la aventura de las Cortes de la Muerte (II, 11); de nuevo el retablo de maese Pedro, destruido materialmente por don Quijote sólo para evitar una ficción (II, 26); el discurso de Merlín durante la estancia con los duques, que dispone las consecuencias reales del desencantamiento de Dulcinea, convirtiendo la ficción de Sancho en una verdad que ha de curarse con tres mil trescientos azotes (II, 35); el teatral acoso cuya belicosidad y crudeza inducen a Sancho a abandonar la irreal Barataría (II, 53) .

3) El teatro como objeto de crítica literaria: es el caso del diálogo sobre las comedias entre el canónigo toledano y el cura, que constituye una digresión metanarrativa sobre el teatro español de finales del siglo XVI y comienzos del XVII (I, 48).

4) Presentación de la acción narrativa como un espectáculo teatral desarrollado en diferentes facetas: con frecuencia encarnado en un personaje que representa lo que no es, como Dorotea haciendo de princesa Micomicona (I, 29-30, 37 y 46); el cura, el barbero, Fernando y Cardenio y los demás disfrazados de gigantes o cabezudos para enjaular a don Quijote y conducirlo a su aldea (I, 46-47); la espectacular presentación de la comida y del espacio campestre en que se iba a celebrar la boda de Camacho “el rico” (II, 19); el no menos espectacular ardid de Basilio para casarse real y efectivamente con Quiteña (II, 21); la dramática exposición de las declaraciones que hace el sobrino, “estudiante agudo”, de don Antonio Moreno, al dar voz a una cabeza que se nos presenta como encantada (II, 62).

5) Escenificación de la acción narrativa como un entremés contenido en el formato de un episodio novelesco: es lo que sucede en los capítulos en que tiene lugar la disputa por el yelmo de Mambrino y bacía de barbero (I, 44-45), o la secuencia en que Sancho, gobernador de la ínsula, muestra su gracia y justicia con el desfile de figuras que vienen a consultar sus pleitos (II, 45). La crítica ha explicado con frecuencia cómo los diversos episodios que acontecen en la venta de Palomeque son característicos de un montaje entremesil (Martín Moran, 1986; Ruta, 1992).


Sancho en Barataria

Yátor, 25 de junio de 2016

Uno de los aspectos más destacados desde la llegada de Sancho a la ínsula es el relativo a la justicia. El tema aparece tratado desde el punto de vista de la conciencia popular, ajena a todo artificio legalista o positivo, y se basa en dos condiciones esenciales: la inocencia del juez y la buena fe en la interpretación de la Ley. Las palabras iniciales del capítulo sitúan a los espectadores ante un Sancho Panza que habrá de comportarse, en la burla preparada por quienes tienen poder y ocio para ello, como juez:

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella (Quijote II, 45).

Sometido a las formas de lo grotesco, Sancho ejerce un admirable sentido de la justicia en un mundo completamente ficticio, pero de consecuencias supuestamente reales para los litigantes, y también para el propio Sancho, en cuanto al desenlace final de su experiencia como gobernante.

La entrada de Sancho en la ínsula, como casi todos los episodios acaecidos en este espacio, se caracteriza por una expresión grotesca que, autores como E. Urbina, han calificado de “grotesco ingenioso”. Sancho resuelve los pleitos que se le ofrecen de forma digna e ingeniosa, quebrando en el lector o espectador toda perspectiva de fracaso. Sin embargo, las condiciones formales en que se desarrolla toda la escena están determinadas por la experiencia de lo grotesco, más que de lo carnavalesco, como integración insoluble de risa y severidad. Esta visión metateatral, de un mundo aparentemente al revés, resulta comparable a la que protagoniza Falstaff ante el príncipe Hal en Enrique IV.

Sancho representa la idealización burlada de un sentido recto y bienintencionado de la justicia, cuya esencia se vincula a la inocencia del espíritu popular. Tal interpretación y ejercicio de la justicia es imposible en el mundo real, y sólo como apariencia, como representación, como ficción, puede resultar tolerable. Paralelamente, la justicia que Sancho ejerce es admirable, mas no exactamente por sus resultados, y quizá en absoluto por su procedimiento, sino por provenir de un hombre sin formación ni preparación para ejercerla. Los burladores esperan de Sancho un desenlace rufianesco, en el que cabe sin duda el cohecho y la bajeza habituales.

Los orígenes de la comedia habían situado a las clases humildes, a los personajes de baja condición social, como protagonistas únicos de toda experiencia risible. Frente a ellos, la grandeza de la tragedia estaba reservada de forma exclusiva a los miembros de la aristocracia, la nobleza o la realeza. La preceptiva clásica del Renacimiento confirma plenamente esta tendencia. Cervantes, sin embargo, la rechaza irónicamente. En su tragedia Numancia convierte sin reservas a los humildes en protagonistas exclusivos y privilegiados de la experiencia trágica. Nada menos aristotélico. Nada menos clasicista.

Cervantes en el Quijote presenta a Sancho como protagonista de una serie de episodios que sólo resultan cómicos para los duques y sus siervos. El hombre humilde y de escasa o nula formación intelectual se convierte en protagonista de la comedia, pero sólo mediante el engaño y la manipulación degradante. Sólo así queda convertido en títere o muñeco el hombre que en su humildad es más digno que los dignos, más noble que los nobles, y con cuya inocencia y honradez se mofa y entretiene la honrada y ociosa gentuza de la clase alta.

El narrador del Quijote, sin embargo, no ayuda excesivamente al lector en una interpretación ecuánime de los actos y discursos de Sancho como juez. Si juzgamos lo que sucede, es decir, lo que Sancho hace, desde las palabras del narrador, hemos de atenernos a declaraciones como las que siguen, que sin duda estimulan en quien lee un punto de vista afín al de los sirvientes ducales y demás burladores:

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el gobernador {Quijote II, 45).

¿Por qué quiere mostrarnos el narrador la risa del público espectador ante algo que en sí mismo es más “admirable” que “hilarante”? ¿De qué se ríen concretamente los burladores, de Sancho o de los litigantes? Cervantes delega la presentación de los hechos en un narrador que todo lo mezcla y amalgama, como si fuera incluso un prestidigitador que nada nos aclara. Se observa una clara distancia entre la forma verbal con la que el narrador trata a Sancho, y el desenlace funcional de los hechos de cuya ejecución Sancho es responsable. En breves palabras: el narrador convierte a Sancho en el protagonista inesperado de hechos “admirables” por su justicia, honradez e ingenio, y al mismo tiempo declara verbalmente que tales hechos provocan la risa de quienes los han organizado con una intención burlesca que no parece verse cumplida en los términos precisos de sus expectativas previstas.

Mayor ambigüedad ofrece la siguiente reflexión del narrador, orientada ahora al pleito del bastón que contiene los diez escudos de oro por los que pleitean dos viejos:

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría por tonto o por discreto. (Quijote II, 45).

Esta vez el narrador permite a Sancho declararnos sus palabras a través de un discurso indirecto referido, una de las formas verbales más mediatizadas por un relator de historias. De nuevo nos hallamos ante un esquema como el anterior: el narrador presenta a Sancho como protagonista de un desenlace justo al que solo se llega a través del ingenio y la buena fe, y sin embargo tal acción se interpreta con un lenguaje que atribuye los méritos a Dios, la casualidad o simplemente lo extraordinario. Cervantes nos dice una cosa con los hechos de la fábula y otra muy distinta con las palabras a través de las cuales el narrador interpreta lo que él mismo cuenta. El ingenio de Sancho quedaría reducido a una especie de “gracia de estado”, que Dios infundiría a un tontorrón como sería este ingenuo “gobernador”.


Ref: Basado en la Crítica de la Razón Literaria del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno; Mooc uvigo.

- Martín Morán [1999]: José Manuel, “La coherencia textual del Quijote”. “La función del narrador múltiple en el Quijote de 1615”, Anales cervantinos, tomo XXX (1992), pp. 9-65.

- Urbina [1991]: Eduardo Urbina, El sin par Sancho Panza: parodia y creación, Barcelona, Anthropos, 1991.