En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás. Este sitio no desea molestar a nadie, pero, el autor, está libre de cortapisas al exponer su opinión.

martes, 8 de septiembre de 2026

El marcador secreto de don Quijote

 


A lo largo de todas las demás novelas que leamos, el Quijote,
en cierto modo, seguirá estando con nosotros
(Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote)

Un profesor ruso enamorado de las mariposas, del ajedrez y de Cervantes se sentó a contar, uno por uno, los 40 combates del Caballero de la Triste Figura. El resultado, digno de una final de infarto, lleva setenta años esperando a que alguien le encuentre refutación.

Todo el mundo cree conocer a don Quijote. El hidalgo que confunde molinos con gigantes, que sale siempre apaleado, que es la viva imagen del fracaso. Es la idea que arrastramos desde el colegio: un perdedor entrañable. Pues bien, esa idea es, estadísticamente, falsa para un ruso que leía en ingles.

En 1951, en un aula de la Universidad de Harvard, un profesor con acento eslavo y fama de excéntrico —el mismísimo Vladimir Nabokov, el que posteriormente sería el autor de Lolita— hizo algo que a ningún cervantista se le había ocurrido antes: contar. Cogió las dos partes del Quijote, marcó cada aventura como quien anota un partido de tenis, y llegó a una cifra que aún hoy sorprende. Encontró un empate perfecto. Fue el marcador que nadie esperaba: 40 encuentros. 20 victorias. 20 derrotas. Ni una más, ni una menos.

Un caballero al 50%. Ni la ruina absoluta que canta la leyenda popular, ni el héroe invencible que él mismo soñaba ser.

El truco que empleó Nabokov: no todo golpe se mide con la lanza. Aquí está la genialidad —y la trampa deliciosa— del recuento. Nabokov no se limita a contar palizas físicas. De esas 20 victorias, 12 son morales: momentos en los que don Quijote no vence con la espada, sino con la palabra, con la autoridad de su locura lúcida, con su sola presencia.

¿Ejemplos? Cuando impone respeto con su discurso ante Marcela. Cuando su elocuencia en la mesa logra que una mesa entera de doce comensales le escuche embelesada hablando de armas y letras. Cuando, encerrado en una jaula como una fiera, aun así, consigue que su dignidad se imponga al ridículo.

Físicamente, solo hay ocho triunfos limpios —el vizcaíno ensangrentado, los frailes puestos en fuga, el gigante Tosilos rendido—. El resto de la leyenda «vencedora» se la debe don Quijote a su lengua y su mente, no a su brazo.

Aquí tienes el combate completo, capítulo a capítulo, tal y como lo contabilizó Nabokov:


Cap.

Aventura

Resultado

1

I, 3

La vela de la armas

Victoria

2

I, 4

El pastor Andrés y el rico Haldudo

Victoria moral

3

I, 4

Encuetro con los mercaderes toledanos

Derrota

4

I, 7

Primera batalla soñanda (don roldán)

Derrota

5

I, 7

Sancho se une a nuestro héroe

Victoria moral

6

I, 8

Molinos de viento

Derrota

7

I, 8 - 9

El vizcaíno

Victoria

8

I, 14

Marcela

Victoria moral

9

1, 15

Arrieros yangüeses

Derrota

10

I, 16-17

El arriero celoso. Maritormes

Derrota

11

I, 17

Los cuadrilleros de la Santa Hermandad

Derrota

12

I, 18

Los rebaños de ovejas

Derrota

13

I, 19

Procesión de los encamisados

Victoria

14

I, 20

Los batanes

Derrota

15

I, 21

El yelmo de Mambrino

Victoria

16

I, 22

Liberación de los galeotes

Victoria (con secuela amarga)

17

I, 24

Cardenio, el caballero astroso

Derrota

18

I, 35 - 37

Los cueros de vino (segunda aventura soñada)

Victoria onírica

19

I, 37 - 38

Discurso de las armas y la letras

Victoria moral

20

I, 43

La garrucha de Maritormes y la hija del ventero

Derrota

21

I, 44

Ventero tramposo

Victoria moral

22

I, 45

Trifulca en la venta

Victoria moral

23

I, 46

Enjaulado en el carro de bueyes

Derrota

24

I, 52

Pelea con el cabrero Eugenio

Derrota

25

I, 52

La procesión de la Virgen

Derrota

26

II, 14 - 15

El Caballero de los Espejos o del Bosque

Victoria

27

II, 17

Los leones

Victoria moral

28

II, 21

Las bodas de Camacho

Victoria

29

II, 25 - 26

El retablo de Maese Pedro

Victoria

30

II, 27 - 28

Aldeanos rebuznadores

Derrota

31

II, 29

La barca encantada

Derrota

32

II, 34

La caza del jabalí

Victoria

33

II, 41

Clavileño, el viaje a Candaya

Victoria moral

34

II, 46

Los gatos encantados

Derrota

35

II, 48

Los pellizcos de Altisidora

Derrota

36

II, 54 - 56

El lacayo Tosilos

Victoria

37

II, 58

Los toros

Derrota

38

II, 60

Disputa con Sancho por los azotes para el desencanto

Derrota

39

II, 64 - 65

Caballero de la Blanca Luna

Derrota final

40

Si te fijas en el final, está escrito de antemano. La que hace el número cuarenta no es una derrota cualquiera: es la que cierra la cuenta. Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, vence a don Quijote en la playa de Barcelona y le obliga a colgar las armas para siempre. Es la derrota que da fin a la caballería andante del hidalgo. Y, sin embargo, el marcador global sigue empatado: 20-20. Cervantes —o el destino o Nabokov, que aquí hace también de árbitro— no deja que la última imagen sea la del fracaso puro. La deja en tablas.

Este recuento, que parece un ejercicio frívolo, importa mucho, porque desmonta, número en mano, uno de los tópicos más repetidos sobre el Quijote: que es la historia de un iluso que siempre pierde. No es así. Es la historia de un hombre que gana la mitad de sus batallas y, cuando es derrotado en lo físico, casi siempre gana el argumento.

Nabokov no encontró un antecedente a su trabajo —él fue el primero en sentarse a contar— y desde entonces nadie ha propuesto una cuenta distinta. Su 20-20 sigue siendo, setenta años después, la única aritmética oficial de las hazañas del ingenioso hidalgo.

A esta interesante lectura de Nabokov se le pueden hacer algunas precisiones:

1.- En la primera batalla soñada, Nabokov se centra en que don Quijote mantiene en sueños una batalla con don Roldán de la que sale malparado:

Ferido, no —dijo don Quijote—, pero, molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome de este lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamientos; y, por ahora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.(I, 7; 82)

Sin dejar de ser cierto que ocurre así en la novela, en ese mismo capítulo hay otra batalla perdida que no ha contabilizado el escritor ruso nacionalizado norteamericano y es la del sabio Frestón (o cura, o barbero, o sobrina o ama), quien aprovecha su estancia en la cama recuperándose de sus heridas para «escamotearle» —sin oposición alguna— el aposento de sus libros, ofreciéndole una severa derrota y dándole el trabajo casi hecho al encantador enemigo suyo:

No era diablo —replicó la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo, y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería; dijo, también, que se llamaba el sabio Muñatón.

Frestón diría —dijo don Quijote.

No sé —respondió el ama— si se llamaba Frestón o Fritón, sólo sé que acabó en ton su nombre.

Así es —dijo don Quijote—; que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado». (I, 7; 83)

2.- Por lo que se refiere al «caballero astroso», tal como lo denomina Nabokov pareciendo otorgarle un título rimbombante, Cervantes jamás lo define de ese modo, sino que lo llama «astroso caballero» en el sentido de desastrado, llamándolo posteriormente también El Roto y Cardenio:

Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al astroso caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:

Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado, y quisiera yo hallarme en términos que, con más que la voluntad, pudiera servir la que habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho; mas no quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.

(I, 24; 244)

3.- Lo que Nabokov llama garrucha (al encontrarlo similar a un tipo de tormento), resulta ser el cabestro o ronzal de Rucio de Sancho, con el que Maritornes tras atárselo a la muñeca a don Quijote quedó colgado del agujero o piquera de la venta:

Ahora lo veremos —dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y, bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su muñeca, dijo:

Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca arte venguéis el todo de vuestro enojo; mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

(I, 43; 480)

4.- En cuanto a la pelea con el cabrero Eugenio, podríamos dejar esta batalla en empate porque terminan ambos ensangrentados y molidos y al llegar los disciplinantes don Quijote le llama hermano y le pide tregua:

() pero el que más se alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más de por una hora, porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco a modo de diciplinantes. (I, 52; 551)

5.- Respecto a la caza del jabalí, episodio al que Nabokov otorga cierta importancia y sitúa a don Quijote “embrazando su escudo y con la lanza en la mano”, su participación es testimonial ya que ni siquiera interviene directamente en el abatimiento del animal que muere atravesado por los venablos lanzados por la duquesa y el duque:

Y apenas habían sentado el pie y puéstose en ala con otros muchos criados suyos, cuando acosado de los perros y seguido de los cazadores vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca, y, en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a recebirle don Quijote; lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos se adelantara la duquesa si el duque no se lo estorbara. (II, 34; 844)

Con el máximo respeto a Nabokov, podríamos sumar cuatro batallas más que el ruso no contempló, se le pasaron por alto, se hizo el sueco, o simplemente no las consideró batallas.

No son lances de espada ni de lanza, sino combates librados a fuerza de palabras, de dignidad y de razón, que también forman parte, y no de manera menor, de las aventuras de don Quijote:


Capítulo

Aventura

Resultado

I, 47 - 50

La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías

Victoria dialéctica

II, 16 - 18

La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo

Victoria dialéctica

II, 62

La aventura de la cabeza encantada

Victoria moral

II, 72

La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde

Victoria moral


La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías

De vuelta a la aldea, enjaulado como una fiera en un carro de bueyes tras la burla del cura y el barbero, don Quijote se cruza con un canónigo de Toledo que ataca sin piedad los libros de caballerías: los llama fábulas sin verosimilitud ni provecho, duras de estilo e increíbles en sus hazañas.

Don Quijote, que lo escucha atentamente, responde con una defensa en tres tiempos —histórica, poética y moral— tan lúcida que el propio canónigo, hombre culto y hasta entonces crítico feroz del género, queda admirado de que un preso razone mejor que muchos hombres libres. Es derrota física absoluta —sigue enjaulado— pero una victoria dialéctica absoluta: el cuerpo preso, la palabra libre.

La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo

Don Diego de Miranda, hidalgo sensato y de vida ordenada, confía a don Quijote su preocupación: su hijo Lorenzo pierde el tiempo en versos y él querría verlo dedicado a algo más provechoso. Don Quijote responde con una de sus páginas más celebradas, la definición de la poesía como doncella tierna que no debe venderse ni prostituirse, y aboga por dejar que el muchacho siga su vena poética, eso sí, pulida con las demás ciencias.

El efecto es inmediato: el Verde Gabán, modelo de cordura, “va perdiendo la opinión de que era mentecato”, le abre su casa y hasta su hijo poeta acaba admirado. Sin jaula, sin burla, sin encantamiento: es, quizá, la victoria más limpia de razón y de palabra de toda la Segunda Parte, donde queda para el recuerdo la gran frase:

Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que, cuando grandes, sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado, y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. (II, 16; 694)

La aventura de la cabeza encantada

En Barcelona, don Antonio Moreno somete a don Quijote a la burla de una supuesta cabeza de bronce adivinatoria —en realidad, es un sobrino suyo con un tubo de lata oculto bajo la mesa—. Cervantes, a diferencia de Avellaneda, no deja al lector en vilo: explica el truco con todo detalle. Don Quijote no es del todo crédulo —“estuvo por no creer a don Antonio”—, y sale de la burla reforzado en lo único que le importa: la cabeza le asegura que el desencanto de Dulcinea llegará.

No hay derrota caballeresca posible porque no hay combate: es una victoria moral menuda, un consuelo íntimo, pocos días antes de la derrota definitiva en la playa frente al Caballero de la Blanca Luna.

La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde

Ya de vuelta hacia su lugar derrotado por Sansón Carrasco, don Quijote se topa con don Álvaro Tarfe, personaje robado por Cervantes al apócrifo. Lejos de retarlo con la lanza, don Quijote le pide algo nuevo en toda la novela: que declare ante el alcalde del lugar que él es el verdadero don Quijote y no el impostor de la falsa obra. Tarfe firma, “de muy buena gana”, y don Quijote y Sancho quedan “muy alegres”.

Es una victoria de identidad, no de armas; una victoria cervantina, no quijotesca —necesita que otro la certifique—, pero es la única vez que el mundo oficial le da la razón. Una victoria crepuscular que le permite, poco después, morir siendo él mismo.

Termino indicando que me ha supuesto una gran satisfacción este texto de Nabocov. El modesto añadido no hace más que confirmar, desde otro ángulo, lo que el propio Nabokov ya intuyó: que las victorias más duraderas de don Quijote casi nunca las gana el brazo, sino la palabra y la dignidad.



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