En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

lunes, 20 de julio de 2020

El agua de Sierra Nevada


                     ¿Vino tinto, rosado, blanco o espumoso?

                        Sí, sí. Por ese orden está bien.

 
 
Por lo menos he asistido ya a tres catas de vinos. Una ha sido en Cuatro Vientos, recientemente, con la Casa de la Alpujarra; otra en Cádiar, mi pueblo, y también la impartió Paco Molina; y la tercera, que en realidad fue la primera, hace ya muchos años en Aranda de Duero, cuando era Consejero sin voz ni voto, sólo presencia, de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Burgos. Puede que haya alguna más, pero así como “cata formal” no la recuerdo.

Siempre te enseñan, Paco lo hace muy bien, que, para limpiar el paladar, para que no se quede impregnada la boca de esos aromas del vino que acabas de probar, para que no se confundan los sentidos al tomar la siguiente copa, ya de otro vino, con diferente tono y con otros aromas, para que se pueda apreciar correctamente toda la información que de nuevo te inunda el paladar, entre una y otra, hay que tomar un sorbo de agua.

Beber agua, por tanto, limpia. Es un punto y aparte: implica que uno degustó el vino anterior, que, con mesura y traguitos cortos, lo miró, lo balanceó para ver su lagrimeo, movió el buche en la boca para que la lengua se empapara y que todas las papilas gustativas se activaran, lo resbaló despacito por la garganta, y antes, tras agitarlo, lo olió, cerrando un poco los ojos para buscar una mayor concentración, y aspiró los efluvios de sus partículas.

Pero, como todas las buenas experiencias de placer, eso es un instante efímero, quedando sumido en la memoria como patrón de nuevas experiencias, que parecen hechas a hurtadillas y que deben terminar a poco de comenzar, como esta acaba con el trago de agua, que simboliza purificación, limpieza, pero también disposición para nuevas prácticas de olor, color y sabor que nos han de venir, para que con la siguiente experiencia, de nuevo, se sorprendan nuestras expectativas y acumulemos más referencias.

A lo largo de mi vida, he probado distintos vinos. Lo que quiero decir en realidad es que he participado en diversas batallas. Para dejarlo claro: que he estado o vivido en diferentes lugares, en variadas circunstancias, y por períodos de tiempo más o menos largos. Las razones de mis regresos han sido igualmente dispares y en condiciones diferentes cada vez. Recuerdo y añoro a todos esos vinos que probé y creo que no sabría escoger entre ellos, que en cada uno cerrando o abriendo los ojos y mirando al trasluz podría destacar algo: matices, colores, olores, sabores, flavores, momentos y compañías.

Ahora que estoy anclado en la parte norte de esta sierra nevada y, a veces, me pesa esta asombrosa y desenfrenada monotonía que soporto, siento que el agua es buena pero además tengo alterado el estómago, lleno de reflujos y ansiedad, y se me antoja pensar que este trago de ahora es ya demasiado largo. Antes, necesitaba mi vaso de agua entre copa y copa de vino; si no lo bebía, si abría una segunda botella, perdía reflejos, me parecía no estar listo para lo que sin duda acabaría por llegar, notaba que mis sentidos no se prestaban de la misma forma para captar (o catar) lo que estaba presto a probar.

Es esencial quedarse un tiempo y desintoxicarse para tener la mente clara, pero, hoy, esta terapia dura ya demasiado y me ha dejado tan lúcido que podría volverme loco en cualquier momento. Necesito moverme, no quiero más agua que ya siento croar las ranas en mi estómago.

Quisiera saber donde tomaré mi próxima copa de vino, quizás la tome por aquí cerca, quizás deje de tomar vinos y, para mi salud y a mi pesar, me quede con el vaso de agua que todo lo limpia. Todo puede ser. Por ahora, aquí estoy varado, confinado, en esta tierra fría del sur y calurosa como la que más, pero deseando levantar el ancla y empinar el codo, siempre con moderación, y así, de nuevo, ansiar el volver a refrescarme con el agua de esta sierra que hoy, a pesar de la fecha, está tan poco nevada.

Echo de menos esa nieve, y como Aurora en su poema “Lo numinoso” de Un número finito de veranos, rezo por ella:

Esa nieve acunada en frías nieblas

sobre las sierras altas de Granada

promete tal potencia de vida en su blancura

que apenas puedo hacer

otra cosa que orar. Rezar, sí, yo, pagana.

Los paganos decimos oraciones

cuando la vida urge arrolladora.

Rezamos al presente los paganos.

...


 
 
Texto inédito de: Del cinamomo al laurel. 29

domingo, 19 de julio de 2020

Juan Marsé

Hoy, afuera, parece un día de finales de verano; el viento agita los árboles que se inclinan y se saludan con el codo, y trae con fuerza cuatro gotas enormes de de lluvia, tan gordas que hacen daño al golpear en la cabeza, tan dispersas que ni siquiera mojan el suelo, solo lo salpica haciendo lunares grises de feria en desbandada. Ruge amenazador el cielo que parece quebrarse sobre nosotros y ahuyenta pájaros y animales en busca de refugios más seguros.

Este final prematuro del verano me ha recordado a Juan Marsé, que ayer nos dejó. Quizás los cohetes del cielo hoy vayan por él.

Así relató maravillosamente el final del verano en la tercera parte del libro “Ultimas tardes con Teresa”, que leí en mi juventud y releí no hace mucho, en un capítulo titulado “El lento deterioro del mito trajo sus delicias”, que dedicó a Baudelaire:

...cogidos por la cintura, se alejaron lentamente calle abajo, en medio de una selva multicolor de serpentinas que colgaban del techo, de papelitos y de guirnaldas estremecidos por la brisa, mientras pisaban la muelle alfombra de confeti... Al llegar a la Florida, la primera bofetada de viento otoñal les hace cerrar los ojos y las blancas alas de confeti surgen de sus pies y se despliegan en torno a ellos, envolviéndoles por completo, extraviándolos."

Arturo Pérez Reverte

Hombres Buenos


Cambiar el mundo con libros. De la negra España parten a la ciudad de las luces y el progreso dos miembros de la Real Academia Española, el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate. Recibieron de sus compañeros el encargo de viajar a París para conseguir de forma clandestina los 28 volúmenes de la Encyclopédie de D'Alembert y Diderot, que estaba prohibida en España.

Dos “hombres buenos” que creen que, mediante la cultura, es posible el dialogo y la concordia entre hombres de ideas opuestas. Esos hombres son la España que pudo ser, pero que no fue. Y propio de la España que fue, “hombres malos” surgidos del mismo seno Academia, que a pesar de sus ideas contrarias, conspiran y se ponen de acuerdo para impedir el progreso por temor a perder sus privilegios. Hombres malos como el abate Brincas, inspirado en el personaje real, “el abate Marchena”, un fanático honrado que es respetable en la sociedad de París por ser un canalla, un paralelismo con “Alatriste”, que entronca tan bien con la Revolución Francesa, en definitiva un reflejo del mismo Robespierre.

Los dos académicos se enfrentan a una peligrosa sucesión de intrigas, a un viaje de incertidumbres y sobresaltos que los llevaría, por caminos infestados de bandoleros e incómodas ventas y posadas, desde el Madrid ilustrado de Carlos III al París de los cafés, las tertulias filosóficas, de vida libertina con putas que al menor contacto te hacen “coronel de caballería”, como a las agitaciones políticas en vísperas de la Revolución francesa.

Basada en hechos y personajes reales, documentada con rigor, conmovedora, narra la aventura de quienes, orientados por las luces de la Razón, quisieron cambiar el mundo con libros.

Antes que este libro me he leído tres EN de Galdos y, es curioso, aunque el estilo es muy diferente he tenido momentos que me he confundido, creyendo que seguía con Galdós. La referencia al "coronel de caballería" que hace Pérez Reverte cuando habla de la vida libertina de París, es un guiñó a Galdós, que con más delicadeza, en uno de los EN, habla que cuando los coroneles de caballería se bajaban del caballo, no hacían nada más que colocarse los testículos; los "güevos" diría Arturo.

Dice nuestro amigo y paisano de Turón Francisco Gil Craviotto, ha escrito sobre "Hombres buenos": "Hombres buenos” toca muchos géneros –novela histórica, galante, negra y de aventuras-, y es extraordinariamente amena. Es evidente que se trata de una gran novela. Sin embargo le he encontrado dos o tres cositas que no me explico cómo se le han podido escapar a un autor tan experimentado. Una de ellas (página 574) es el diálogo que mantienen los dos académicos que han enviado a París al sicario. Hablan de dineros y el más descarado le dice al otro: “Ni media peseta”. Frase imposible en el siglo XVIII: la peseta nace en el XIX, exactamente el 19 de octubre de 1868. Páginas antes hay otro anacronismo parecido: nuestro autor nos informa que los dos académicos pasan delante de la Ópera. Ocurre que la Ópera de París, también conocida por Ópera Garnier, se construyó en tiempos de Napoleón III y se inauguró en la III República (1875). El precedente de la Opera fue la Academia Real de Música, fundada por Luís XIV, que durante el siglo XVIII cambió trece veces de sede. Sacar a relucir la Ópera cuando aún falta un siglo para su inauguración me parece prematuro.”



Sidi. Un relato de frontera

No tenía patria ni rey, sólo un puñado de hombres fieles.
No tenían hambre de gloria, sólo hambre.
Así nace un mito.
Así se cuenta una leyenda.

«El arte del mando era tratar con la naturaleza humana, y él había dedicado su vida a aprenderlo. Colgó la espada del arzón, palmeó el cuello cálido del animal y echó un vistazo alrededor: sonidos metálicos, resollar de monturas, conversaciones en voz baja. Aquellos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, sudor y humo de leña.»

«Rudos en las formas, extraordinariamente complejos en instintos e intuiciones, eran guerreros y nunca habían pretendido ser otra cosa. Resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte, obedecían de modo natural sin que la imaginación les jugara malas pasadas. Rostros curtidos de viento, frío y sol, arrugas en torno a los ojos incluso entre los más jóvenes, manos encallecidas de empuñar armas y pelear. Jinetes que se persignaban antes de entrar en combate y vendían su vida o muerte por ganarse el pan. Profesionales de la frontera, sabían luchar con crueldad y morir con sencillez.»

«No eran malos hombres, concluyó. Ni tampoco ajenos a la compasión. Sólo gente dura en un mundo duro.»

«En él se funden de un modo fascinante la aventura, la historia y la leyenda. Hay muchos Cid en la tradición española, y éste es el mío.»
Disfruto de la novela histórica y Pérez-Reverte es experto en crear obras que conjugan a la perfección historia con ficción y aventuras. Con esta historia retrocedemos en el tiempo, hasta el medievo, para recorrer el camino de Sidi Campitur, nombre con el que El Cid fue bautizado entre sus enemigos. Es la historia del Cid Campeador, un hombre para el que la fidelidad lo fue todo.
En "Sidi. Un relato de frontera" Reverte nos narra un fragmento de la vida del Cid campeador, ese legendario guerrero valiente y audaz que fue desterrado hasta en dos ocasiones.

«Lo seguían por el prestigio de su nombre, y éste se hallaba en relación con las perspectivas de botín. Desterrado de Castilla, leal a su rey pese a todo, imposibilitado para luchar contra éste o sus aliados mahometanos o cristianos, no le quedaba sino guerrear en tierra de moros».

Este texto humaniza y nos acerca al personaje. Lo consigue realizando un retrato muy adecuado de un hombre que fue muy querido por sus semejantes y no por miedo, sino por el respeto que se ganó a base de batallas libradas junto a ellos hombro con hombro. Es testarudo y valiente pero además tiene grandes dotes de liderazgo y es fiel a sus principios por encima de todo. Un personaje muy del tipo de Pérez-Reverte.
«Lo cierto es que sabes hablar a los reyes, Sidi»

El comienzo quizá sea algo pausado pero a medida que se aproxima la batalla final se vuelve mucho más ágil. Como lector acabas siendo parte de las tropas lideradas por Sidi. Las batallas están perfectamente descritas, pero cargadas de ritmo, sin resultar en ningún momento tediosas. Y los diálogos encandilan, convirtiéndote en testigo invisible de cada escena.

Una lectura muy recomendable para todos los amantes de la novela histórica. Pero no solo es histórica, tiene ingredientes de novela bélica y por supuesto hay espacio para el amor. Novela completa donde las haya. El único problema es: te quedas con ganas de más.
 
 
 


Otro episodio que tacho de la “Enciclopedia Alvarez”

El historiador David Porrinas ha escrito una biografía espectacular: 'El Cid: historia y mito de un señor de la guerra', un descomunal trabajo, resultado de veinte años de investigaciones obsesivas.

 

Artículo de "El País". 

Juan Soto Ivars. 09/12/2019

Admito que la fascinación era comprensible entonces y que lo sigue siendo. La prueba es el western 'Sidi' de Arturo Pérez-Reverte, que ha elegido un tramo temprano de la cabalgada del Cid para recrear, con conocimiento histórico e imaginación de novelista, la atmósfera fronteriza de los reinos de taifa. En las páginas de Pérez-Reverte, manadas salvajes de tipos duros cabalgan por un escenario violento al servicio de bandoleros con espada. Las lealtades se miden más por el valor en la batalla que por la religión, lo cual es, ya de por sí, una buena aproximación a la realidad del Cid.

El Cid: ¿Héroe nacional o traidor y mercenario?

Me papeé el libro de Pérez-Reverte en una sentada y, como supongo que pretendía su autor, la lectura despertó en mí un súbito apetito histórico. Leyendo 'Sidi' me di cuenta de que las lagunas que tenía sobre la verdadera historia del Cid eran enormes y de que este periodo de Al-Andalus lo tenía agarrado al cerebro con alfileres. Pensé que mis carencias no pasaban necesariamente por ser un producto de la Logse, puesto que la generación de mis padres, obligados a memorizar el Cantar, terminó viendo al Cid casi como un agente al servicio del Nacionalcatolicismo, cuando el personaje fue de todo menos patriota o buen cristiano.


¿Guerra Santa de 800 años?

Es hora de desmontar mentiras como las de la infame Enciclopedia Álvarez, que en su entrada sobre Rodrigo Díaz dice textualmente: “Hace mucho tiempo entraron en España unas gentes que no eran cristianas. Se llamaban árabes y se apoderaron de casi todo nuestro suelo. Los cristianos españoles lucharon durante ochocientos años con ellos y por fin los echaron de nuestra Patria. Entre los guerreros cristianos sobresalió uno que se llamaba el Cid. Este famoso guerrero venció a los árabes en muchísimas batallas y les quitó la ciudad de Valencia. El Cid es considerado modelo de caballeros porque era muy bueno y todo lo hacía bien”.

Por favor... Hoy en día, cuando la mera idea de que hubiera una Reconquista con ochocientos años de Guerra Santa no resiste ni los análisis históricos más miopes, lo que necesitaba Rodrigo Díaz de Vivar era una nueva biografía, y la casualidad ha querido que se publique en diciembre de 2019 una que es espectacular. La ha escrito el historiador David Porrinas, de la Universidad de Extremadura y la editorial Desperta Ferro la ha publicado. Es 'El Cid: historia y mito de un señor de la guerra', un descomunal trabajo, resultado de veinte años de investigaciones de Porrinas obsesivas sobre el Cid.

Desde el prólogo, el autor nos deja claro que su libro no está escrito con el deseo de sentar cátedra, sino con el de aclarar las cosas. Su libro es una mezcla de curiosidad, obsesión y humildad, y a lo largo de sus cuatrocientas páginas, documentadas con infinitas notas al pie y redactadas con la claridad y concisión de un informe, el autor se dedica a contraponer versiones, rastrear fuentes y buscar las incoherencias para liberar al retrato biográfico de Rodrigo Díaz de siglos y siglos de propaganda.

A través de la lente de Porrinas vemos al Cid Campeador descompuesto como un haz de luz blanca que atraviesa un diamante. De la misma forma que “Cid” viene de “sidi” (señor en árabe) y “Campeador” de “campidoctus” (en latinete, sabio de la batalla campal), la figura se nos va presentando como un híbrido entre el héroe, el oportunista, el bruto y el político. Conocemos a un hombre que hacía tratos con cristianos lo mismo que con moros, y con una inteligencia táctica muy hispánica terminó alcanzando una dignidad que quedaba mucho más allá de los derechos que le dio la cuna.

Pero quizás lo más fascinante de este libro sea un aspecto tangencial a la figura central, y es que el Cid, lo mismo que su señor Alfonso, su adversario catalán Berenguer y sus fieros enemigos almorávides, hicieron fortuna gracias a la disolución de un país. Todos ellos supieron cabalgar con oportunismo por las tierras de un Al-Andalus descompuesto en reinos de taifas, es decir, en regiones egoístas y enfrentadas, donde visires de tres al cuarto se enfrentaban entre sí después del colapso del Califato Omeya. Será que estoy neurótico, pero ahí hay un aviso y una lección.



Julia Navarro


La sangre de los inocentes, Díme quién soy, y Dispara, que yo ya estoy muerto, tres novelas históricas de Julia Navarro, autora de otras novelas de éxito de la narrativa actúal. En las tres se propone la conmovedora reivindicación de que por encima de las patrias están las personas. Novelas repletas de personajes, donde sus vidas se entrelazan con momentos clave de la historia.
El sur de Francia, Granada, Varsovia, San Petersburgo, Jerusalén, París..., son algunos de los escenarios de estas novelas que esconden misterios, aventuras y emociones a flor de piel.
Solo una advertencia superflua, las novelas, aunque históricas, son ficción... Y la ficción no es verdad, pero tampoco es mentira. La ficción es la base principal de todo texto literario. Aquí la hay, y muy bien estructurada.




El país de la gran mentira


Jesús Hernández
Ex Ministro de la República Española
Ex miembro del Ejecutivo de la Komintern

Framento del capitulo III, Sin comentario alguno, tal como el ministro comunista lo escribió:


"Cuando la guerra comenzó a agravarse en el norte de España, la U. R. S. S. nos hizo la oferta de estar dispuesta a recibir a unos cuantos millares de hijos de combatientes para salvarles de los horrores de los bombardeos y para educarles convenientemente. Yo era entonces ministro de Educación Pública y organicé la salida de varias expediciones de niños de ambos sexos, haciéndoles acompañar de profesores españoles para facilitar la educación en el propio idioma.
Estaba convencido de que era una verdadera suerte la de aquellos niños tanto al alejarles de los riesgos de la guerra civil como de poder ser educados en el país del Socialismo.
Los primeros informes y cartas que nos llegaron tanto de los niños como de los profesores que les acompañaban eran altamente satisfactorias. Todos hablaban de la magnífica acogida que les dispensaron las autoridades y del cariño que les demostraban los ciudadanos de Leningrado y de Moscú, lugar este último donde estuvieron concentrados en una gran mansión de la calle de Piragovskaia hasta que fueron organizadas las distintas colonias donde deberían establecerse. Los niños gozaron de un excelente trato mientras en España hubo guerra. Al terminarse la lucha con nuestra derrota, las consecuencias comenzaron a reflejarse en las atenciones y cuidados de nuestras criaturas. Ya no eran niños con la perspectiva de regresar en cualquier momento a su patria y maravillar a sus padres con el relato de la exquisita hospitalidad de la U. R. S. S. Ahora eran cinco mil refugiados más que de invitados pasaban a constituir una carga permanente para el Estado soviético. Y comenzaron los reajustes en los presupuestos y la introducción de medidas disciplinarias y de reglamentos educativos que trastornaron la vida y la enseñanza de nuestros niños y del personal docente español. Nuestros profesores pasaron a un plano secundario. La dirección de las Colonias se encomendó a burócratas rusos, la mayoría de los cuales no tenía ni siquiera nociones de pedagogía. El idioma español pasó a segundo plano.
Los niños deberían estudiar fundamentalmente en un idioma que no les era conocido y con textos escolares propios para el infante ruso pero no para el niño español. Protestaron los niños y los maestros españoles y protestamos nosotros cerca del Comisariado de Educación, sin obtener éxito alguno.
Los burócratas rusos sometieron a nuestros alumnos a un régimen escolar en el que se alternaba el estudio con la tala de leña en los bosques en el invierno para el abastecimiento de la cocina y de la calefacción, y se obligaba a los pequeñuelos a levantarse en los gélidos amaneceres del invierno ruso para cumplir, antes del desayuno, con la «norma» de leña. En el verano les obligaban, desde que apuntaba el día, a realizar toda clase de faenas agrícolas y sembrar y recolectar para la atención de su propio consumo.
Los pequeñuelos se resistían y como no podían eludir la realización de aquellas faenas impropias de su edad y de su condición de colegiales, se vengaban en sus propios estudios, especialmente del ruso, dando índices bajísimos de asimilación y capacitación.
Una excesiva fatiga y una deficiente alimentación limaron la salud de los niños. En 1941-1942, una inspección médica que obligamos al Comisariado de Educación a realizar en todos los planteles de niños españoles, dio la proporción aterradora de más de un 50 por 100 de tuberculosos y de otro 30 por 100 de pretuberculosos. El porcentaje de mortalidad aumentaba de día en día, registrando en el primer año de guerra en la U. R. S. S., un 15 por 100, es decir, unos 750 fallecimientos. Algunos, los casos más graves, pudimos conseguir el trasladarles a sanatorios. Pero la mayoría siguieron un calvario de penalidades y sufrimientos inauditos arrastrándose a través de toda la inmensidad territorial soviética huyendo de los alemanes. No había un plan de evacuación. Cada director tiraba para donde se le antojaba y unas veces a pie y otras en furgones de tren, emprendían las repetidas huidas, sin organización ni aprovisionamiento, dándose casos de que pasaran días enteros sin probar bocado bajo el clima implacable del invierno ruso. En las cercanías de Krasnoarmeinsk, en Stalingrado, 16 niños que se quedaron rezagados por el cansancio de las tremendas jornadas a pie, con los alemanes en los talones, fueron atrapados por éstos. Los niños fueron conducidos a Alemania donde fue a hacerse cargo de ellos una comisión de falangistas españoles. Entre los pequeños prisioneros se encontraba la hija de Virgilio Llanos, dirigente socialista y comisario durante nuestra guerra. Asqueados de la vida soviética, resentidos por los tratos recibidos, estos niños fueron hábilmente utilizados por la propaganda hitleriana y por la Falange española.
Las colonias españolas fueron a parar a los lugares más distantes e inhóspitos de la Unión Soviética. Unas llegaron a Samarkanda y Kakan en la Rusia Asiática y otras hasta las estribaciones de los Urales, en Siberia Central.
Muchos de nuestros niños eran ya adolescentes de ambos sexos. Habían pasado seis o siete años desde que salieron de España. Los más pequeños sufrían llorando las terribles calamidades de aquellas marchas y contramarchas, de las huidas empavorecidas durante semanas y meses, muertos de hambre, comidos de miserias y ateridos de frío. Los mayorcitos con quince o dieciséis años rompieron todas las amarras de la cuartelera disciplina y comenzaron a vivir por su propia cuenta. En Taskhent llegaron a organizarse en bandas de salteadores que robaban a mano armada y realizaban toda clase de tropelías entre los habitantes de la región. Preferían la muerte o el presidio a continuar pereciendo de hambre en los colectivos escolares. En Samarkanda y en Tibliss (Georgia) las jovencitas aprendieron que podían mitigar el hambre prostituyéndose, entregándose a los oficiales del Ejército o a los altos burócratas del Partido o de la Administración que eran los únicos que podían pagar sus caricias con un pedazo de pan. No pocas de ellas quedaron embarazadas.
Algunos de nuestros pilletes se dedicaron a robar en los trenes. Fueron a parar a las cárceles. En Kakan asaltaron una panadería. Aprehendido uno de ellos resultó ser el hijo de Carrasco, coronel del Ejército republicano y a la sazón coronel del Ejército Rojo en la Escuela Frunce de Moscú. El niño murió tuberculoso en la cárcel.
Gracias a la enérgica actuación de refugiados españoles adultos que, en la mayoría de los lugares, se hicieron cargo del cuidado de los niños y de los adolescentes, se pudo aminorar la tragedia de nuestros pequeñuelos y corregir en gran modo el bandidaje y la prostitución entre los jóvenes.
El anhelo de salir de la Unión Soviética se apoderó tan inconteniblemente de los jóvenes españoles que llegaban a extremos de desesperación como en el conocido caso de Florentino Meana Carrillo que, al perder las esperanzas de poder abandonar la U. R. S. S., escribió una carta en la que explicaba su decisión de arrancarse la vida antes de continuar encerrado «en el inmenso campo de concentración y de hambre» que era la Unión Soviética. Ingirió un vaso de ácido sulfúrico. Al enterarse su hermano, otro jovencito, tomó un cuchillo, se trasladó al Hotel Lux donde creyó encontrar a Pasionaria, que era la que le había denegado la autorización a su hermano para regresar a España (Pasionaria era la única persona autorizada por las autoridades soviéticas para conceder o denegar los permisos de salida de la U. R. S. S. a los adultos y a los niños españoles) y al no encontrarla, descargó su furia contra el representante del Partido, cargo que desempeñaba en aquellos momentos, José Antonio Uribes, suplente del Buró Político, quien a duras penas pudo eludir la agresión del enfurecido muchacho, que fue a parar a la cárcel por intento de asesinato.
Cuando en 1943 salí yo de la Unión Soviética, el problema que más profundamente me había distanciado del resto de la dirección del Partido Comunista Español fue precisamente el de los niños y jóvenes, reclamados por sus padres o que habían expresado deseos de regresar a España junto a sus familiares, y que la obstinación criminal de Pasionaria y Antón, retenían en la U. R. S. S., «hasta educarlos como buenos bolcheviques», pues -decía Pasionaria-«no podemos devolverlos a sus padres convertidos en golfos y en prostitutas, ni permitir que salgan de aquí como furibundos antisoviéticos».
Por referencias verbales de algunos jóvenes llegados desde Rusia a México, gracias a la porfiada reclamación de los padres a través de las autoridades mexicanas, he podido saber que un grupo de los que allí quedaron fueron enviados a estudiar a ciertas universidades y la mayoría destinados a las fábricas. Los cálculos de mis informantes elevaban los fallecimientos a la aterradora cifra de un 40 por 100 del total de los enviados a la U. R. S. S. en los años 1936-1937. ¡Dos mil niños españoles no podrán ya regresar a España!"

martes, 14 de julio de 2020

La Señora Cornelia. Qué es la libertad y para qué sirve.


Federico II de Prusia dijo: “Mis vasallos y yo hemos llegado a un acuerdo: ellos dicen lo que quieren y yo hago lo que me da la gana”. Es esta una idea de libertad profundamente protestante, erasmista, para quienes la libertad está apoyada en la conciencia, una libertad de pensamiento, de sentimiento. Así alguien puede sentirse libre trabajando en un campo de concentración, porque el trabajo libera al ser humano; una libertad insoluble en el catolicismo, donde la libertad ha de objetivarse en un sistema normativo. Conceptos, como se ve, muy difertentes.

Aquí partimos de la idea de que la libertad no es cuestión solo de palabras, sino ante todo de hechos. La libertad no es una cuestión filológica, sino ontológica. Los problemas relacionados con la libertad no se resuelve hablando, se resuelven sobre la base de unos hechos objetivados en el ordenamiento jurídico: unas normas que dicen qué se puede hacer, qué no se puede hacer, y por qué.

En La Señora Cornelia, novela de ambiente cortesano en la Italia del Renacimiento, la protagonista, sin estar casada da a luz a un niño. La señora Cornelia Bentibolli no solo es madre soltera, es además madre furtiva: ha dado a luz y solo lo sabe sus asistenta, y en un momento dado, su supuesto prometido que es el Duque de Ferrara. Esta señora de la alta sociedad de Bolonia es huérfana y se ha criado junto a su hermano Lorenzo que está dispuesto a proteger su honor por medio de la sangre. Es un tema muy común en la literatura española del siglo de oro, que suele resolver estos asuntos con boda, con el convento, o con la muerte (como ocurre en el Alcalde de Zalamea, de Calderón). No se contempla otra alternativa.

Pero Cervantes no resuelve los problemas matando, busca otras alternativas para el ejercicio de la libertad (recuérdese a la pastora Marcela). La vida de la señora Cornelia se cruza con dos nobles españoles que estudian en la ciudad. Uno de ellos Juan de Gamboa, es apelado en plena calle y le dejan en su brazos un niño recién nacido, desapareciendo de inmediato la persona que se lo entrega. Don Juan lo lleva a la casa donde viven con su amigo don Antonio, quien se ha tropezado con Cornelia y la ha llevado también a la casa. Los caballeros españoles, vizcaínos por más señas, van a buscar una solución en la que la sangre no llegue al río, nada fácil en una sociedad donde los enfrentamientos en duelo es lo común para resolver conflictos.

La novela plantea la búsqueda de una solución racional a un conflicto que puede acabar en drama, pero, cervantinamente, nunca en tragedia. No se descarta la violencia pero sería el último recurso. Cervantes no es Calderón que dice que “no hay más fortuna que Dios”; Cervantes dice que cada cual se fabrica su destino, sustituyendo la idea de Dios por la razón antroplógica, donde lo primero es intentar resolver los conflictos pacíficamente, pero sin descartar la violencia como último recurso.

Don Juan y don Antonio tratan de buscar una solución pacífica. Con la información de la que cuentan, contrastan la posibilidad de ejercer la libertad, frente al determinismo que representa el código del honor, que le exige al hermano el ajuste de cuentas. Los españoles quieren resolver el problema con la razón, encontrado además para ello una relación afectiva entre el duque y Cornelia.

Dice Gustavo Bueno en “El sentido de la vida”: La libertad cuando se ejerce nunca es sin causa. La libertad ha de estar razonada o motivada por una causa que la fundamente; nadie actúa en libertad si no hay causa y un fin. Cuando Lenin pregunta, ¿libertad, para qué?, está sustantivando la libertad en aquello que podemos hacer.

La Señora Cornelia puede considerarse el origen de la novela perspectivista, movimiento que se le asocia a Ramón Pérez de Ayala en 1914, pero que en realidad Cervantes fue el precursor. Los hechos están planteados desde la perspectiva de los cinco personajes principales de la novela, una versión narrativa por cada uno:
  • Don Juan de Gamboa que recibe al niño en medio de la noche y su primera preocupación es alimentar y proteger al niño para después resolver el conflicto.
  • Don Antonio que encuentra al la madre en mal estado y la socorre.
  • Lorenzo que lo que le preocupa el el honor de su hermana.
  • Cornelia que presenta sus problemas con una total falta de libertad ante los hechos y un temor por la conclusión.
  • Y el duque de Ferrara, con una actitud dubitativa.

Cinco personajes, cinco versiones: es pues la primera novela perspectivista de la literatura mundial. Una vez más Cervantes en la vanguardia de todas la vanguardias.

Los dos personajes españoles representa la razón: en este sentido la novela es muy hispánica, los que razonan son los españoles frente a los italianos que se han metido en una situación que no saben controlar, que de haber actuado habrían arruinado la vida de Cornelia. Si la obra no acaba en tragedia es por los españoles que resuelven el conflicto. Cervantes plantea que una solución racional, mejor que el uso del código del honor.

Ya hemos dicho que no hay libertad sin causa, no hay posibilidad de elección sin causa, cuando elegimos lo hacemos por una causa, con una intención y con una finalidad. ¿Por qué razones el duque no se casa con Cornelia? Alude una razón un tanto ridícula, no quiere contrariar a su madre que quiere que se case con una aristócrata. En la Italia del siglo de oro las madres mandaban mucho y el duque le tiene más miedo, temor o respeto a su madre que a su futuro cuñado que sabe que le busca espada en mano. El racionalismo de los caballeros españoles va a detener la tragedia que parece se les viene encima, elogiando el autor a la hispanidad desde la cual se alcanza un racionalismo que difícilmente puede alcanzarse desde fuera de esta. Al respecto le dice Cornelia a su bebe al que han separado de ella:

¡aquí me veo sin ti encerrada y en poder que, a no saber que es de gentileshombres españoles, el temor de perder mi honestidad me hubiera quitado la vida!”
Y más adelante le dice a los caballeros españoles.
...me prometo todo aquello que de la cortesía española puedo prometerme, y más de la vuestra, que la sabréis realzar por ser tan nobles como parecéis.”; “… llevando un español a mi lado, haré cuenta que llevo en mi guarda los ejércitos de Jerjes. Mucho os pido, pero a más obliga la deuda de responder a lo que la fama de vuestra nación pregona.”

La España real de la época, frente a lo que era la leyenda negra, surgida precisamente en Italia y que se potenciaría en las imprentas de Holanda, que invirtió gran parte de su producto interior en hacer propaganda contra España, como afirma Ivan Pérez en su libro sobre La leyenda negra.

Define Gustavo Bueno la libertad como la lucha por el poder para liderar a los demás. Haremos aquí una definición más modesta diciendo que libertad es aquello que los demás nos dejan hacer. Los filósofos saben muy bien lo que es la libertad, pero parece ser que los filólogos lo desconocen. Pensando en los filólogos hablaremos de libertad, y basamos esta idea en tres declinaciones:
  1. Libertad genitiva. Explica o precisa el significado de libertad.
    Es la libertad de hacer cosas. Designa el poder, atribución que una persona tiene para hacer algo sin tener en cuenta las consecuencias. En la sabana la libertad genitiva del león es muy superior a la que tiene la cebra; es el más fuerte el que ostenta mayor libertad (por eso me parece tan cursi, tan ridícula la frase esa que repiten algunos “quisiera ser civilizado como los animales).
  2. Libertad dativa. Designa el beneficio o perjuicio de ejercer la libertad. Pretende conseguir algo. Ahora podemos preguntarnos, respecto a esta libertad, ¿libertad para qué? Al usarla nos puede dar fama, ser considerado un héroe, pero también puede ser muy negativa para nuestros intereses. Se articula en un contexto en que ya la fuerza física no es todo; implica poseer la libertad genitiva “de hacer”, porque no se puede “conseguir algo” si no se tiene la voluntad y los recursos para hacer algo, pero tiene en cuenta al adversario (el león lo tiene fácil con la cebra, pero si el adversario es un cazador con un rifle…).
  3. Libertad ablativa. Designa las limitaciones que tenemos para ejercer la libertad.
    Supone un reconocimiento de la confrontación. La limitación de la libertad es algo que articula el estado en las sociedades modernas, donde la política es la organización del poder que articula la libertad. A cada ser humano, en relación al escalafón donde está situado, le corresponde unas posibilidades de ejercer el poder, de asumir el poder o de obedecer el poder que ejercen otros. En esa posición podemos tener la libertad física (dativa) para hacer cosas, pero ablativamente estar impedido para hacerlas. El estado con sus normas y procedimientos regula el ejercicio de la libertad (no es cuestión que yo tenga o no derecho a decidir, se tendrá derecho con respecto a la normativa del estado en que se viva. Si un estado deja de ejercer su facultad ablativa en cuanto a la libertad, pierde la organización del poder).
    También puede haber individuos que nos limiten la libertad (puede haber alguien con quien no queramos, por la causa que sea, encontrarnos, que limite nuestra libertad de movimiento; puede haber alguien que nos intimide, nos presione o nos acose -ocurre en Rinconete y Cortadillo, que un grupo de delincuentes intimida a los ciudadanos de Sevilla).

En la intención del que actúa no hay libertad sin causa, siempre tiene una motivación y una finalidad, una teleología. Lo contrario de la libertad no es la esclavitud, es la impotencia de no poder hacer nada; la libertad solo se ejerce si hay una determinación para actuar. En la novela, Lorenzo Mendigori, está determinado a actuar según el código del honor, por el contrario, es el racionalismo quien provoca la determinación de actuar por parte de los caballeros españoles. Cervantes muestra una vez más su pensamiento contemporáneo, alejado de las ideas de su tiempo: no se bate en duelo como haría Calderón si hubiera creado el personaje.

Podemos explicar la libertad según en los tres ejes del espacio antropológico de Gustavo Bueno:
Eje circular o político, en el que los seres humanos se relacionan imponiéndose mutuamente sus libertades.
Eje radial, como algo que corresponde a la naturaleza y donde no podemos intervenir (no podemos empujar a la tierra para que gire más de prisa, ni podemos hacer que los días sean de treinta horas).
Eje angular, desde el punto de vista de las creencias religiosas. En el caso del protestantismo que considera que hay un determinismo providencialista que el ser humano no puede cambiar, es Dios quien actúa y por él ocurre todo. El catolicismo sin embargo considera que el ser humano puede escoger entre el bien y el mal, y en función de su libertad de escoger será premiado o castigado. En el protestantismo la libertad está anulada por la predestinación divina, no importan sus obras.

Desde el punto de vista del materialismo filosófico, en el eje circular del espacio antropológico, consideramos como sujeto operatorio de la libertad al ser humano y conociendo la influencia o limitaciones que impone la naturaleza, así como la influencia de la idea de Dios en parte de los seres humanos, a quienes determina en su comportamiento.

En la literatura, con frecuencia nos encontramos con personajes que tienen una idea de la libertad diferente al de la época en la que operan. ¿Por qué tarda tanto Hamlet en matar a su tío Claudio?, ¿por qué ese permanente debate del “ser o no ser” en un hombre de acción? Ser lo que me obligan a ser y no quiero ser, o ser lo que quiero ser y no debo ser. Porque su conciencia está inmersa en un debate moral trascendente en virtud del cual se le exige conforme al código del honor vengar la muerte de su padre y su conciencia le advierte de una solución racional del conflicto, en virtud de la cual su tío sea juzgado conforme a derecho. Rechaza asumir una idea de libertad que no le gusta; todo el teatro de Shakespeare está lleno de estos personajes nihilistas. Ocurre con Ricardo III, que niega todos los criterios de libertad de su época y considera que tiene derecho a ocupar el trono de Inglaterra utilizando todo tipo de procedimientos, aunque sean ilegales. Ocurre con Edmundo en El Rey Lear que es un bastardo y dice que por serlo no tiene derecho a heredar legítimamente el trono de Inglaterra, que el primogénito si tiene, y se revela contra este hecho.

Ocurre también en la Celestina con personajes que niegan estas normas y desarrollan su vida al margen de la forma de libertad de su época. El personaje nihilista considera que el sujeto de la libertad es el “yo”. Esto está vigente hasta la llegada del Romanticismo. Todos los personajes de la Divina Comedia explican lo que les ha sucedido conforme a un orden moral trascendente, al cual no se enfrentan jamás porque no se reconocen competentes. Tiene que pasar la Revolución Francesa para que en la literatura aparezcan con frecuencia personajes que nieguen este orden moral y lo reemplacen por un orden moral antropológico, por un uso de la razón. Cervantes ya lo hacía.

En la actualidad el sujeto operatorio está perdiendo mucho de su libertad y no la gana Dios ni la naturaleza, sino el dios de nuestro tiempo, la Cultura. Se nos dice que para vivir hay que respetar las culturas (la lengua, las oligarquías…) Cabría volver a preguntarse ¿libertad para qué?, para meternos debajo de un burka, para practicar la ablación, para hablar una determinada lengua. Eso no es libertad, es anteponer la cultura a los hechos individuales.

¿Qué mensajes podemos ver en La Señora Cornelia? Cervantes no se pregunta, como Nietzhe, si Dios está vivo o muerto, nos dice que nuestros problemas tenemos que resolverlos los hombres. Y si la razón en la novela no se impone por la fuerza, nos dice que en la vida real sí (la educación tiene la fuerza de coacción de los exámenes y las notas; el trabajo tiene la coacción de la preparación. No niega que esta fuerza puede ser pactada: tú te matriculas, madrugas, estudias y asistes a clase y yo te apruebo). Así pues la libertad exige: Conocimiento, fuerza y voluntad.

Al final de la novela aparece un clérigo que es el que oficia la ceremonia del matrimonio. La presencia de un cura nunca es inocente en la obra de Cervantes (en todas las Novelas ejemplares, excepto en El celoso extremeño, aparece un cura). Es la interferencia del eje angular o religioso en el eje circular o humano, que complica la trama con el equipaje teológico. Dice Cervantes del cura:

...clérigo rico y curioso, solía el duque venirse desde Ferrara muchas veces, y desde allí salía a caza, porque gustaba mucho, así de la curiosidad del cura como de su donaire, que le tenía en cuanto decía y hacía.”

Parece que quiere decir que su casa, con tanto entretenimiento y recreo, es pura comedia. Otra vez la cervantina idea de que los curas están más para la vida social que para el ejercicio teológico.

Finaliza la comedia con la ofrenda de unas reliquias de oro por parte de Cornelia a los caballeros españoles que al parecer rechazan por demasiado valiosas (para que no parecieran paga). Cabría preguntarse: ¿por qué Cervantes mete una reliquia religiosa de por medio, para que sea rechazada?