Desde
su llegada a
Baeza
va a asociar Machado las campanas a
la ciudad. Igualmente no
podemos
olvidar otro elemento que aparecerá en sus textos
indisolublemente unido a la imagen de esta “Salamanca andaluza”,
como era conocida Baeza en virtud del hermanamiento de su antigua y
ya desaparecida Universidad con la veterana institución docente de
la ciudad castellana, al igual que por la sobria calidad renacentista
de sus calles y plazas. Se trata, claro está, de los olivos,
omnipresentes en el paisaje de este campo andaluz y contemplados ya
desde su ventanilla en el tren en el que realizara el viaje desde
Madrid, utilizando ese medio de transporte moderno a que el poeta era
tan aficionado y que, como signo del progreso de los tiempos, aparece
con frecuencia en la obra de multitud de escritores y pintores de la
época:
Ya en campos de Jaén,
amanece. Corre el tren
por
sus brillantes rieles,
devorando
matorrales […],
olivares,
caseríos
(CXXVII,
pp. 550-551).
Pero
el olivo cobrará una importancia igualmente desolada en función del
irremisible estado de duelo en que se encuentra el poeta. De este
modo, frente al álamo castellano, que identifica con la presencia de
su añorada Leonor, en cuya compañía paseaba por las riberas del
Duero, el olivo jienense le mostrará su inconsolable soledad. Así
se evidencia en el poema “Caminos”, que parece constituir una de
las primeras muestras por parte de Machado de la captación del
paisaje que ahora lo rodea:
De
la ciudad moruna
tras
las murallas viejas,
yo
contemplo la tarde silenciosa,
a
solas con mi sombra y con mi pena.
[…]
Caminos
de los campos…
¡Ay,
ya no puedo caminar con ella!
(CXVIII,
p. 545)
Y
de manera elocuente y atormentada, se reiterará ese desmoralizado
sentimiento de soledad y tristeza que embarga al poeta en los versos
finales de su poema CXXI:
Por
estos campos de la tierra mía,
bordados
de olivares polvorientos,
voy
caminando solo,
triste,
cansado, pensativo y viejo
(CXXI,
p. 546).
Dicho
sentimiento será lo que propicie, como ya ha quedado expuesto, que
Antonio Machado observe inevitablemente la realidad baezana a través
de una suerte de tamiz negativo. Realidad que, no obstante, y según
se puede fácilmente constatar, atravesaba verdaderamente una etapa
de franco declive, después de siglos pasados de esplendor. Así, sus
apenas dos mil setecientos cincuenta y un vecinos, equivalentes a
diez mil ochocientas cincuenta y un almas cuando la visitara el
erudito navarro, no eran ya suficientes para sostener el
funcionamiento de una antiguamente prestigiosa Universidad Literaria,
con un notable edificio que es de lo mejor que Baeza conserva
y que había sido fundada por Juan de Ávila en 1538 sobre un
colegio primitivo. No obstante, su gloriosos días habían ya
prescrito, por lo que sería suprimida en el año 1824, destinándose
justamente sus nobles estancias al Instituto General y Técnico en el
que enseñará Machado.
De
ahí, de esa situación crepuscular en que se encuentra sumergida la
ciudad que acaba de iniciar el siglo XX, procede su evocación con
expresiones considerablemente desafectas en los versos machadianos
como “mi rincón moruno” (CXLV), las ya citadas “ciudad moruna”
y “murallas viejas” (CXVIII) o la muy conocida incluida en su
magnífico “Poema de un día. Meditaciones rurales”:
Heme
aquí ya, […]
en
un pueblo húmedo y frío,
destartalado
y sombrío,
entre
andaluz y manchego”
(CXXVIII,
p. 552).
Sin
embargo, a pesar de su inicial desapego, e incluso rechazo, hacia una
localidad sumida en lo que pareciera un nostálgico letargo –desapego
que incluso condicionó durante bastante tiempo el acercamiento de
los estudiosos a esta etapa de la trayectoria del sevillano-, lo
cierto es que Baeza constituye “un lugar inexcusable en la
geografía machadiana”, y los años allí transcurridos
representan, en opinión de Enrique Baltanás, “un periodo decisivo
en la evolución de la poesía, de la biografía y del pensamiento
del poeta”. Buena prueba de ello se encuentra en el volumen Antonio
Machado y Baeza a través de la crítica, donde el catedrático de la
Universidad de Granada Antonio Chicharro reúne los abundantes textos
que sobre esta etapa se han ido escribiendo a lo largo de los años.
El
lugar en el que vivirá el poeta triste entre noviembre de 1912 y
noviembre de 1919 será, además de ese sitio en decadencia que se
asemeja a las ciudades muertas que poco tiempo atrás había puesto
de moda el modernismo, una suerte de tapiz donde se entrecruzan, de
una manera u otra los diversos hilos de toda una serie de presencias
literarias, a las que el espíritu cultivado y sensible de Machado no
pudo haberse mostrado en modo alguno indiferente.
Así,
de primera importancia será la influencia de la literatura ascética
y mística del siglo XVI, con la importante actividad que desarrollan
en la ciudad autores como el ya mencionado Juan de Ávila, religioso
y escritor de origen converso, a quien se ha atribuido con frecuencia
el famoso soneto “A Cristo crucificado” (“No me mueve, mi Dios,
para quererte/ el cielo que me tienes prometido…”), y cuyo papel
resultaría fundamental –ya ha quedado dicho- en la puesta en
marcha de la Universidad Literaria de Baeza. Pero tampoco se puede
olvidar a Juan de la Cruz, quien fundaría en la localidad en junio
de 1579 el Colegio de San Basilio, del que fue su primer Rector
durante tres años, hasta su traslado a Granada. Se puede señalar,
así mismo, que allí escribió, entre otras obras, las últimas
estrofas de su Cántico espiritual, y que Baeza iba a ser el lugar de
Andalucía donde moraría por más largo tiempo, falleciendo además
en la vecina Úbeda en 1591.
De
época más cercana ya a la del propio Machado, resulta inevitable
mencionar los nombres de dos autores del XIX. En primer lugar, la
poeta y narradora Patrocinio de Biedma, nacida en la vecina Begíjar,
y que residió durante varios años en Baeza al contraer matrimonio
con el hijo del Marqués de San Miguel de la Vega, oriundo de esta
localidad, en la que se le dedicó una calle debido al prestigio
alcanzado en el mundo de las letras. Y en segundo lugar, al poeta
José Jurado de la Parra, nacido en Baeza y conocido entre otras
facetas por haber sido el asistente personal de José Zorrilla
durante los extensos actos de la coronación poética de éste que
tuvo lugar en la ciudad de la Alhambra en 1889. Desde hacía muchos
años, ninguno de los dos vivía ya en Baeza cuando hasta allí llegó
Antonio Machado, pero sus nombres se tenían bien presentes.
Sin
embargo, una presencia literaria mucho más significativa en todos
los sentidos vendrá dada por el primer encuentro que Antonio Machado
tendrá en junio de 1916 con quien entonces no es sino un jovencito
entusiasmado por la música, el folklore popular y la literatura. Su
nombre, Federico García Lorca, quien junto con un grupo de alumnos,
compañeros de la Universidad granadina, realiza un viaje de estudios
promovido por el innovador catedrático de Teoría de la Literatura y
de las Artes, Martín Domínguez Berrueta, promotor pionero de unos
viajes pedagógicos muy en línea con las doctrinas de la Institución
Libre de Enseñanza. Tras arribar a la ciudad en la noche del 8 de
junio, el grupo se dedica al día siguiente a visitar los admirables
monumentos, siendo recibidos más tarde
por el director y los profesores del Instituto. Al día siguiente,
después de una visita fugaz a Úbeda, tiene lugar una fecunda
reunión en el propio Instituto, donde Antonio Machado les recitará
un poema de Rubén Darío. Al caer la noche se celebra en el Casino
de Artesanos una velada artística donde Lorca interpretaría al
piano diversos temas populares. El grupo repetirá su excursión un
año después, hacia finales de abril o comienzos de mayo de 1917. La
relación entre Berrueta y Machado se ha vuelto ya más estrecha, al
haber incluso colaborado este último con diez composiciones de
“Proverbios y cantares” en el nº 2-3 de la revista Lucidarium
(enero de 1917), que dirigía en la Facultad de Filosofía y Letras
el mismo catedrático, al que precisamente van dedicados los poemas.
En esa segunda visita, se repetirá el encuentro en el Casino, donde
Lorca tocará al piano nuevamente canciones populares, así como la
Danza de la vida breve, de Manuel de Falla. Por su parte, Antonio
Machado lee algunos fragmentos de su extensa composición, “La
tierra de Alvargonzález”, que bastantes años después retomaría
un ya muy conocido Lorca, como iba a recordar emocionado el poeta
hispalense en octubre de 1938:
–Por
cierto, que allí conocí, hace ahora veintiún años, a García
Lorca. Era entonces un chiquillo e iba de excursión artística, no
en busca de temas poéticos, sino de motivos musicales populares,
pues ya sabe usted que Lorca era excelente músico. ¡Pobre Lorca!
Muchos años después, implantada la República, supe que había
hecho un ligero arreglo de mi “Alvargonzález” para que lo
representara el cuadro de la Barraca.
Federico
García Lorca recogería las percepciones que Baeza había causado en
su ánimo un año después, cuando publicó su primer libro,
Impresiones y paisajes. Se trata de una obra todavía
considerablemente influida por sus lecturas del modernismo. De hecho,
la recreación de la localidad jienense responde en buena medida al
tópico decadentista de la “ciudad muerta”. Así pues, donde
Antonio Machado había visto sólo degeneración y declive, el joven
Lorca descubrirá la inequívoca poesía de un tiempo que semeja
haber quedado detenido en todas aquellas ciudades marcadas por un
intenso y sensible pasado histórico y artístico, como Brujas,
Venecia y, en España, Toledo, Córdoba, Granada o, claro está,
Baeza. Pero curiosamente, coincidirá con el doliente poeta en
resaltar el sonido característico de la ciudad: las campanas, si
bien en los predispuestos oídos de Lorca parecen repicar de un modo
muy distinto:
Todas
las cosas están dormidas en un tenue sopor… Se diría que por las
calles tristes y silenciosas pasan sombras antiguas que lloraran
cuando la noche media… Por todas partes, ruinas color sangre, arcos
convertidos en brazos que quisieran besarse, columnas truncadas
cubiertas de amarillo y yedra, cabezas esfumadas entre la tierra
húmeda, escudos que se borran entre verdinegruras, cruces mohosas
que hablan de muerte… Luego, un meloso sonido de campanas que zumba
en los oídos sin cesar…
Una
última huella literaria que difícilmente pasaría desapercibida
para alguien como Antonio Machado se revela evidente en la ciudad de
Baeza. En efecto, se trata de un lugar que recuerda inequívocamente
al que sería sin duda uno de sus poetas preferidos: Jorge Manrique.
Y es que uno de los monumentos más señeros de la ciudad, el palacio
de Jabalquinto, había pertenecido a la familia del autor de las
célebres Coplas a la muerte de su padre. El edificio, de
espectacular fachada isabelina, presenta estilo gótico con
influencias mudéjares, y había sido construido por Juan Alonso de
Benavides, emparentado con el rey Fernando el Católico, y cuyo
primogénito, Manuel, se habría de casar con Luisa, la hija del
poeta. De ahí que el palacio ostente, entre los diversos escudos
familiares el de los Manrique. Y en propiedad de dicha familia se
mantuvo hasta que en 1720 su uso fue cedido al Seminario de San
Felipe Neri.
Por
añadidura, también en tierras de Jaén, en concreto en la localidad
de Segura de la Sierra (que dista poco más de cien kilómetros de
Baeza), se cree con bastante probabilidad que habría nacido en 1440
el propio Jorge Manrique, siendo esta localidad el lugar de origen de
su madre, doña Mencía de Figueroa, y donde aún permanece su casa
noble. Además, está documentado que en la cercana Siles vivió
durante mucho tiempo, en el pequeño castillo cuyos restos aún se
conservan en la actualidad, don Rodrigo, padre del poeta, que ejercía
entonces como Gran Maestre de la Orden de Santiago y que había de
fallecer “en la su villa de Ocaña”, donde “vino la Muerte a
llamar a su puerta” el 11 de noviembre de 1476. Será a partir de
ahí, precisamente, cuando se crearía la obra literaria que tanto
iba a influenciar al poeta Antonio Machado.
De
hecho, en su inaugural libro Soledades (1903), Machado había
incluido una significativa “Glosa”, que habla claramente de sus
predilecciones literarias:
Nuestras
vidas son los ríos
que
van a dar a la mar,
que
es el morir. ¡Gran cantar!
Entre
los poetas míos
tiene
Manrique un altar
(LVIII,
p. 470).
La
metáfora manriqueña del tiempo, de la vida como río caminando
inapelable hacia el mar de la muerte será una rica fuente de la que
beberá Antonio Machado durante toda su trayectoria, vital y
literaria. Así, el motivo aparecerá nuevamente, bien que con
variaciones, durante su etapa de Baeza:
¡Oh,
tú que vas gota a gota,
fuente
a fuente y río a río,
como
este tiempo de hastío
corriendo
a la mar remota
(CXXVIII,
p. 554).
Estos
versos pertenecen a su ya citado “Poema de un día. Meditaciones
rurales”, que constituye sin duda una de sus obras maestras, de lo
mejor que salió de su pluma en tierras de Baeza. Se trata de un
largo poema de más de doscientos versos, que se muestra
especialmente significativo puesto que da cuenta de las profundas
reflexiones de Antonio Machado en un momento de cambio de rumbo
estético y filosófico. Fechado en 1913, el poeta lo compuso al
parecer en su versión casi definitiva entre diciembre de 1912 y
enero de 1913, dándolo a conocer inicialmente en la revista
madrileña La Lectura un año más tarde.
Las
evocaciones de Manrique se dejan entrever en diferentes momentos a lo
largo de los versos de la composición:
Algo
importa
que
en la vida mala y corta
que
llevamos
libres
o siervos seamos;
mas,
si vamos
a
la mar,
lo
mismo nos ha de dar
(CXXVIII,
p. 556).
De
hecho, se podría afirmar que el gran protagonista de la misma no es
otro que el tiempo, tema central, como es bien sabido, en la obra de
Machado, y que en “Poema de un día” aparece determinado por la
tristeza y el hastío que dominan sus horas provincianas, cuya
desolación trata de mitigar mediante la lectura de los libros que
siempre lo acompañan. El tiempo aparece simbolizado en el sonido
monótono y rítmico del reloj, que marca, implacable, un tiempo
muerto, y que parece carecer de sentido en las sempiternamente
repetidas jornadas rurales:
Tic-tic,
tic-tic… Ya te he oído.
Tic-tic,
tic-tic… Siempre igual,
monótono
y aburrido.
Tic-tic,
tic-tic, el latido
de
un corazón de metal.
En
estos pueblos, ¿se escucha
el
latir del tiempo? No.
En
estos pueblos se lucha
sin
tregua con el reló,
con
esa monotonía,
que
mide un tiempo vacío.
(CXXVIII,
p. 552)
En
realidad, Machado, abrumado por el dolor de la pérdida de su amada
Leonor y
sometido a la rutinaria existencia de una vida estancada, muy lejos
de la animada agitación cultural de la capital madrileña que
frecuentaba años atrás, se siente inmerso en el profundo contraste,
o desajuste, entre ese tiempo cronológico e inclemente que mide el
reloj y señala el tránsito que lo acerca irremisiblemente a la
muerte, y el tiempo psicológico, interior, que muy por el contrario
mide las íntimas pulsaciones del alma: “Pero ¿tu hora es la mía?
/ ¿Tu tiempo, reloj, el mío?” (CXXVIII).
Al
año siguiente Machado recibirá, igualmente en febrero, la noticia
inesperada del triste final de Rubén Darío, fallecido con cuarenta
y nueve años recién cumplidos, pero afectado de una mortal cirrosis
debido a sus conocidos excesos con el alcohol. Su buena relación con
el vehemente adalid del modernismo queda sobradamente demostrada con
los poemas que se habían dedicado mutuamente años atrás. Ahora,
Machado le ofrecerá como homenaje un poema escrito en versos
alejandrinos, que hace gala de vocabulario y retórica propios del
movimiento modernista, y que se publicará en la revista España:
Si
era toda en tu verso la armonía del mundo,
¿dónde
fuiste, Darío, la armonía a buscar?
Jardinero
de Hesperia, ruiseñor de los mares,
corazón
asombrado de la música astral, […].
Pongamos,
españoles, en un severo mármol,
su
nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
nadie
esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
nadie
esta flauta suene, si no es el mismo Pan
(CXLVIII,
p. 598).
Por
último, no se pueden olvidar, evidentemente, las composiciones que
Machado consagrará a lo largo de estos siete años a la evocación
dolorida de su querido amor perdido. Entre estos poemas que componen
el ciclo de Leonor, probablemente se podría afirmar que la más
conmovedora de todas resulta la que, con forma epistolar y escrita en
silvas, dirige a su “buen amigo” y colaborador en Soria, José
María Palacio. La adecuada comprensión de la delicada manera en que
se alude a la ausencia de la amada primaveral precisa del
conocimiento de un dato concreto referente a la geografía de Soria,
y es que su camposanto recibe el nombre del Espino:
Palacio,
buen amigo,
¿está
la primavera
vistiendo
ya las ramas de los chopos
del
río y los caminos? En la estepa
del
alto Duero, Primavera tarda,
¡pero
es tan bella y dulce cuando llega!...
[…]
Con
los primeros lirios
y
las primeras rosas de las huertas,
en
una tarde azul, sube al Espino,
al
alto Espino donde está su tierra…
(CXXVI,
pp. 549-550)
Si
bien escrito el 29 de abril de 1913, el poeta no dará a conocer este
poema tan lírico intimismo hasta tres años más tarde, ya en la
primavera de 1916. Por entonces, su estado de ánimo irá poco a poco
superando su decaimiento emocional y congraciándose de algún modo
con la nueva tierra que lo acoge. El estado de duelo en que llegó a
Baeza, y el consiguiente quebranto afectivo que lo incapacitaba para
percibir muchos aspectos de la realidad circundante ha ido
paulatinamente mitigándose, hasta el punto de que llegará a
escribir en su momento poemas ciertamente evocadores. Su cambio de
actitud se apreciará claramente en unos versos en los que
sintomáticamente se refiere ahora al “olivo hospitalario”:
Hoy,
a tu sombra quiero
ver
estos campos de mi Andalucía,
como
a la vera ayer del Alto Duero
la
hermosa tierra de encinar veía
(CLIII,
II, p. 603).
El
paisaje, al que tanta atención prestarían los institucionistas,
cobra ahora nueva vida en sus textos:
Desde
mi ventana,
¡campo
de Baeza,
a
la luna clara!
¡Montes
de Cazorla,
Aznaitín
y Mágina!
[…]
Campo,
campo, campo.
Entre
los olivos,
los
cortijos blancos
(CLIV,
I y II, p. 607)
Todo
ello concluirá en los meses de otoño de 1919, cuando el poeta, que
había solicitado traslado el día 7 de septiembre, anhelando siempre
su acercamiento a Madrid, reciba la notificación mediante Real Orden
de 30 de octubre de que le ha sido asignada una plaza en Segovia,
donde tomará posesión como catedrático del Instituto General y
Técnico el 26 de noviembre. Atrás quedan ya los días de
meditaciones rurales y de tertulias provincianas en la rebotica de la
farmacia de Adolfo Almazán, compañero suyo en el cuadro docente del
Instituto. Pero lo cierto es que ahora la localidad jienense
comenzará a ocupar un lugar positivo en el fértil espacio de sus
evocaciones:
¡Campo
de Baeza,
soñaré
contigo
cuando
no te vea!
(CLIV,
IV , p. 608)
Referencias:
-
Baltanás, Enrique. Baeza de Machado, de Fanny Rubio, El Libro
Andaluz (Málaga), nº 55, junio de 2008, p 36.
-
Cerezo, Pedro. El mal del siglo. El conflicto entre Ilustración y
Romanticismo en la crisis finisecular del siglo XIX, Madrid /
Granada, Biblioteca Nueva / Universidad de Granada, 2003, p. 610.
Chicharro
Chamorro, Antonio. Antonio Machado y Baeza a través de la
crítica. Granada UGR, 1983.
-
Doménech, Jordi. Antonio Machado el creador de Juan de
Mairena, siente y evoca la pasión española.Escritos dispersos
BVC (1893-1936), ed. cit., p. 230.
-
Machado, Antonio. Poesías completas. Austral. 1974