En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás. Este sitio no desea molestar a nadie, pero, el autor, está libre de cortapisas al exponer su opinión.

domingo, 23 de marzo de 2025

El cautiverio: años que marcaron la obra


El 26 de septiembre de 1575, la galera cristiana Sol navegaba frente a la costa norte catalana, cuando en el horizonte asomaron varias velas: eran naves berberiscas en busca de presas. En la Sol viajaban los hermanos Cervantes, Miguel y Rodrigo. Ambos habían peleado en la batalla de Lepanto. La fortuna, o, más bien, la mala fortuna, quiso que Miguel llevara consigo cartas de recomendación de don Juan de Austria dirigidas al duque de Sessa, don Gonzalo Fernández de Córdoba, nieto del Gran Capitán. Esa circunstancia indujo a los piratas a creer que su portador era hombre de elevada posición social, lo que les permitiría pedir una gran suma por él.

Tras ser conducidos a Argel, su dueño pidió quinientos ducados, una cifra tan elevada que hizo que su cautiverio se prolongara durante cinco largos años. Un tiempo que dejó una profunda huella en el alma de Cervantes, como quedó reflejado en su literatura. El Argel del siglo XVI era una ciudad cosmopolita, que rondaba los cien mil habitantes. De hecho, era mucho mayor que el Madrid de la época. En Argel se daban la mano la mayor de las opulencias y las más hondas miserias. El lujo desbordaba las mansiones de los potentados, dueños de esclavos (los cautivos eran una cuarta parte de la población) y poseedores de grandes harenes.

Junto a esas mansiones estaban las prisiones, los llamados baños, donde todo era suciedad, cochambre y miseria. La comida era escasa, y se trabajaba hasta el agotamiento bajo el temor del látigo del capataz. Argel disponía de un enorme puerto y unas fuertes murallas dotadas de una poderosa artillería. Los fieles musulmanes rezaban en docenas de mezquitas que se llenaban cada viernes, y desde los alminares, los almuédanos llamaban a la oración cinco veces al día.

La principal actividad económica era el comercio, en el que participaban los cristianos, pese a que estaba prohibido mercadear con musulmanes. En su puerto podían verse barcos españoles, franceses, ingleses o italianos. Allí se compraba y vendía casi de todo, principalmente, personas. La agricultura tenía también un papel muy relevante, mientras que la cabaña ganadera proporcionaba carne, leche y mantequilla, y en el puerto se cargaban barcos con cueros y gran cantidad de seda.

En Topografía e historia general de Argel se afirma que aquello debía de ser el jardín del paraíso. La obra presenta la mejor descripción de la ciudad y de la vida que latía en ella, y es la única que nos permite acercarnos al Argel que conoció Cervantes, cuyas andanzas se reconstruyen en sus páginas. Se la debemos a la pluma de António de Sousa, un clérigo portugués que fue apresado en 1577 y llevado a Argel, donde permaneció hasta 1581, por lo que coincidió con el alcalaíno durante varios años.

La influencia de ese período en la vida de Cervantes se tradujo en la continuada presencia de cautivos en varias de sus obras. Aparecen, por ejemplo, en El trato de Argel, que recoge numerosas notas autobiográficas y en la que el mismo escritor figura con el nombre de Saavedra. Debió de componerla en 1582, si bien no fue publicada hasta doscientos años después, en 1784

Dicha obra le sirvió de base para una pieza de teatro, Los baños de Argel, que no llegó a estrenarse en vida de Cervantes. Escrita hacia 1600, en ella critica una pieza de Lope de Vega estrenada el año anterior, con el título de Los cautivos de Argel. Algo que pone de manifiesto cómo ese tema revoloteaba en el ambiente de la sociedad. Cervantes volvió a tratarlo en La gran sultana, ambientada en la Constantinopla de 1600, así como en El gallardo español. Ninguna de las dos se estrenó, por lo que fueron incluidas en Ocho entremeses y ocho comedias nuevos, nunca representados.

Particular interés tiene la historia del cautivo, en la primera parte del Quijote. El elemento autobiográfico brota en esa narración cuando, tras su rescate, el personaje afirma: “De todos los sucesos sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida”.

Sin duda, las obras de Cervantes son una magnífica fuente de información sobre la vida de esos desdichados. En ellas, recoge situaciones que él vivió en las prisiones argelinas y que formaron parte de su drama personal. Se refiere, por ejemplo, a los tormentos sufridos por otros cautivos que trataron de fugarse con él, como fue el caso de dos de ellos, torturados hasta morir por haberle ayudado a intentar escapar.

La dureza de esa vida parece ser que le llevó a mandar una carta, por un cautivo que había sido rescatado, a don Mateo Vázquez de Leca, influyente secretario de Felipe II. En ella le pedía que hiciera todo lo que estuviera en su mano para evitar el cautiverio de tantos cristianos.

Se ha debatido mucho acerca de cómo influyeron en Cervantes aquellos años. Para Juan Goytisolo, la estancia en Argel le abrió nuevas perspectivas para comprender que la existencia de religiones, culturas y formas de entender la vida podía desarrollarse de manera diferente a como lo hacían los cristianos viejos. Sin embargo, otros autores, como Luis Astrana Marín o Ángel González Palencia, sostuvieron que Cervantes siempre guardó mala opinión de los moros y que el cautiverio hizo que se aferrase a las formas de vida y a los planteamientos ideológicos propios de los cristianos viejos

En un pasaje del Quijote, el autor afirma que los cristianos cumplen mejor su palabra que los moros, y en el capítulo tres de la segunda parte de dicha obra, cuando el hidalgo habla al bachiller Sansón Carrasco sobre cuestiones relativas a su historia, le dice que “desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna porque todos son embelesadores, falsarios y quimeristas”.

Esa misma opinión sobre los musulmanes la recoge en la jornada segunda de El trato de Argel, cuando asegura: “Porque esta gente, do bondad no mora / no dio jamás palabra que cumpliera / como falsa, sin ley, sin fe y traidora”.

A su vez, en el episodio del morisco Ricote, en la segunda parte del Quijote, pone en boca de aquel las razones que llevaron al rey a tomar la disposición que supuso la salida de sus dominios de unos trescientos mil moriscos: “no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa”.

En aquellos años, estaba muy extendida la creencia de que los moriscos, lo mismo que colaboraban con los berberiscos en sus ataques a las poblaciones costeras, dándoles información, podrían actuar como quinta columna en caso de que los otomanos lanzasen un ataque contra España. Aquella idea se había asentado durante la rebelión morisca de Las Alpujarras, entre 1568 y 1571, y cobró fuerza en las décadas siguientes.

Es posible, como señala Goytisolo, que el autor del Quijote tomara conciencia en Argel de la existencia de otras culturas, pero no acabamos de entender que, tal como afirma el citado autor, pusiera en cuestión los planteamientos en que se sustentaba la monarquía católica de los Austrias. Unos planteamientos basados en la defensa de la unidad religiosa ante el temor de un ataque otomano apoyado por berberiscos e incluso moriscos.

Cervantes, que había combatido en Lepanto y llamado a aquella batalla “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, no olvidaría nunca cómo eran castigados quienes intentaban escapar del infierno de los baños argelinos y fracasaban en su intento. Las penas más livianas se despachaban con las orejas o la nariz cortadas, pero también podían llegar al terrible suplicio del empalamiento, que se aplicaba a quien había organizado el plan de huida.

Llama la atención el hecho de que Cervantes no sufriera ninguno de esos castigos, a pesar de haber intentado fugarse en cuatro ocasiones, y más aún organizando él mismo esos planes. En su segundo intento, pretendió escapar con una quincena de cautivos, que, en efecto, dejaron atrás el baño y abandonaron Argel para ocultarse en una cueva, bautizada como la cueva de Cervantes, a algo más de una legua de la ciudad. Ocultos allí aguardaron la llegada de la galera que había de recogerlos, fletada por su hermano Rodrigo, quien había logrado ser redimido en 1577 con el dinero reunido por la familia. Pero las cosas salieron mal. La galera fue descubierta y tuvo que huir para no ser apresada, y los fugados, delatados por un renegado, fueron localizados y detenidos de nuevo. Cervantes asumió toda la responsabilidad, pero no fue empalado, ni tampoco le cortaron la nariz o las orejas. Lo más probable es que lo librase de la muerte el hecho de que su dueño estaba convencido de que era una persona por la que podían obtener un elevado rescate, a tenor de las cartas de don Juan de Austria que encontraron en su poder. Su dueño, que entonces era el bey de Argel, lo mantuvo encerrado durante cinco meses.

Después de esa tentativa hubo dos más, que acabaron con la paciencia de su amo, aunque Cervantes siguió sin sufrir el empalamiento, ni corte alguno de apéndice. El bey optó por enviarlo a Constantinopla –en aquellas fechas, Argel era un dominio otomano– para que allí dispusieran de él. Fue en vísperas de embarcar en la nave que lo trasladaría a la capital del Imperio otomano cuando el mercedario fray Juan Gil llegó con la cantidad que exigían por su rescate y compró su libertad.



viernes, 28 de febrero de 2025

Raíces

El río (Imagen de Manolo López)

En un largo pueblo con un tajo enorme sobre el río nació un niño del que hoy te quiero hablar. De sus primeros años no muchas cosas recuerdo, seguramente porque no le ocurrió nada notable, sólo veo entre la niebla a un niño que se pasea incansablemente pedaleando en su triciclo desde el portal a la cocina, mientras su madre se afana en los muchos quehaceres y trajina entre guisos. Aunque ese niño ignora si en rigor lo ha vivido o más bien lo ha soñado, recuerda perfectamente el día que se cayó al caz. Se insinuaba ya el verano y el calor había llegado a la placeta del Prado, escenario de todos los juegos infantiles; los tres enormes plataneros que metían su tronco en la tierra a la vera del agua tenían ya sus hojas de un verde intenso, y sus pelotillas de pelusa eran duras como las nueces y también de un verde vivo. Los niños mayores se balanceaban cogidos de sus ramas saltando de un lado al otro del caz. El niño saltaba sobre la enorme losa que hacía de puente entre las dos orillas, y en uno de los saltos acabó en el fondo de una poza en la que el agua remolineaba movida por la corriente. Le salvó la mano inocente de Antonio “el tostaera”, un joven que gozaba de una libertad paralela, que babeaba permanentemente sobre un pañuelo arrugado que siempre llevaba en su mano. Aquel día, Antonio, fue el cándido ángel de la guarda, que no solo sacó al niño empapado, sobrecogido y gimoteando, sino que consoló su llanto hasta que apareció su madre, y lo más curioso, a partir de ese día, en la placeta del Prado, siempre le acompañaría corporalmente su libre espíritu. En los primeros años la placeta estaba en los límites de la geografía de ese niño, aunque el pueblo era mucho más grande, aunque ahora no está tan seguro de eso, y ese niño poco a poco se fue aventurando por las calles desconocidas de ese pueblo y por parajes agrestes fuera de él, llenos de ruidos amenazadores y sombras sospechosas.

El pueblo, que para el que llega de fuera, parece perdido entre vericuetos de montaña junto a la cuenca del río, era un pueblo vivo, lo es aún, pero parece que va perdiendo fuelle. Me gustaría describírtelo para que, como yo, al cerrar los ojos, vieras como era: imagínate un pueblo de cuestas y llanos, con su río y sus barrancos, imagínate un pueblo muy largo y muy delgado que se asoma a un valle que no es tal valle sino una cuenca tan ruidosa y fría en invierno, como seca y calurosa, en verano; una cuenca adornada de huertos y prados verdes allí donde llega el regadío. Imaginate un viejo pueblo de casas de piedra con terraos de launa, situado en ese falso valle, atravesado por tres barrancos que van a morir al río; habitado por personas abiertas, extrovertidas, que sólo hablaban del tiempo, del vino, y de las cosas que venían de fuera, tapando con una gruesa jarapa el más pequeño problema doméstico para que el vecino no gozase con el mal ajeno. Creo que esa algarabía externa y ese recogimiento interior, casi místico, se metieron en el alma de ese niño nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias circunstancias, fue el clima contradictorio, con altibajos, húmedo en invierno y seco en verano, a veces pausado, a veces retraído, las más extremoso, de una geografía alejada del mundo que se sabe mundo, pero centro del mundo de ese niño, el que determinó, en gran parte, la formación de su carácter.

Imagínate, delante de ti, ese pueblo largo pero pequeño con sus casas parecidas, con sus ventanas al sur sin cristales, agrupadas a lo largo, en la cercanía de la orilla izquierda del río, sobre los prados de limos y piedras de pizarra. El río pasa por su atardecer y en verano a la puesta del sol las pozas en las que aún queda agua se doran con sus reflejos; queda en realidad un riachuelo perezoso o seco recubierto de largas losas de pizarra y enormes piedra prehistóricas. Desde él, salen tres o cuatro veredas que se meten en el pueblo y se hace calles, antes empedradas con piedras de un gris azulado en las que se advertían las huellas de los mulos y de las cabras. Calles, que recuerda ese niño de su infancia con rastro de barro, de boñigas y cagarrutas. Y entre ellas los barrancos que lo atraviesan por debajo de otras calles, o que son las mismas calles que del río suben. En la puerta de cada casa, una piedra gorda con una hendidura arriba, que permitía sentarse en ella para charlar con los vecinos, y a la vez servía para majar el esparto y ponerle un puñado de sal a las cabras. En los remansos cristalinos del barranco centelleantes flotaban las hojas de los berros. ¡Escucha un momento detrás de las puertas de los corrales!, ¿oyes el cacareo de las gallinas?, se pelean ruidosas picoteando las sobras arrojadas desde arriba. ¿Ves las calles llenas de niños jugando?, uno de esos niños es él, el mismo que se cayó al caz; aún viste calzones cortos a pesar de ser invierno, mira su camisa llena de manchas, sus orejas rojas por el aire frío y su cara llena de churretes de jugar con el barro, y no te pierdas el estadal rojo de San Blas colgado al cuello -como el que tu abuelo te trajo este año-. El estadal le protegía de todo lo malo que en aquellos días podía haber; ahora te protegerá también a ti. Observa los perros, indiferentes a todo ruido y movimiento, tumbados al sol sin preocuparse que el boli les caiga en el lomo o algunos de los niños en su carrera le pise el rabo. Son perros amistosos acostumbrados a un sol agradable y al ajetreo de esa vida inocente. Si te fijas, por el movimiento de los postigos, intuyes detrás de las puertas entreabiertas miradas curiosas que los observan: son las gentes del pueblo que, entre tarea y tarea, les vigilan y les cuidan.

Imagínate el verano y verás esos mismos niños bañándose en las balsas del río. Las balsas estaban hechas por ellos mismos; las de los mayores hasta podían cubrirte. Mira más arriba y veras las paratas y junto al mismo lecho del rio están los bancales llenos de tomates y huertos de habichuelas, también hay berenjenas y frambuesas dando color... Mira más arriba, en las primeras paratas, allí está el padre de ese niño, sólo se le ve el sombrero, pero debajo está él, está agachado, azada en mano, limpiando la cabezá para el riego de las papas y el maíz; les toca el agua los viernes a primera hora; a esa hora oscura en la que al sol le falta rato para saltar por el Cerro Santo. Mira ese joven, que en la noche aún, sube por el barranco silbando, en una mano lleva el farol y en la otra el mancaje de punta; silba o canta para ahuyentar el miedo, pues a esa hora los ruidos de los brazales se despiertan con furia; el joven va medio dormido, pensando que el viernes por la tarde está bien, que trabajará un rato en estas mismas paratas, pero luego acabará en el campo de futbol con los amigos; y que más tarde será mejor aún, en la carretera se verá con los amigos y las amigas, y en medio de una algarabía llena de juegos inocentes e insinuantes miradas seguidas de sofocos, como todos los días, pasearán hasta la fuente de Las Cruces. Sin embargo el viernes de madrugada no es de su agrado, hay que levantarse muy temprano, recorrer la acequia desde el molino de Narila, para que no se pierda ni una gota de agua, acompañar el chorro armado de paciencia, y esperar a que llegue a la pará ahuyentando con silbidos los miedos. Todos los viernes del verano son iguales por la mañana. ¿Puedes ver ahora el pueblo? En ese pueblo que ahora tu te imaginas tuvo ese niño la suerte de nacer.

Su casa, como te he dicho, es una casa grande a mitad de una estrecha calle que se empina hacia el centro del pueblo, y en su bajada se acerca a una fuente, al fondo de la ya conocida placeta que está separada del río por los prados. En esa casa hay unas cámaras muy altas llenas de recuerdos de un pasado y de trastos inútiles que los abuelos había apartado del presente de sus vidas. Ya lo conoces, pero imagina un huerto, el de antes, con un gran caqui y un manzano en medio, y volcado sobre la tapia el lilo que la abuela mimaba -no la tuya, la de ese niño -, y un paseo de parras llenas de uvas que a finales del verano colgaban sobre las cabezas, apoyadas en una red de alambres que se cruzaban en retícula de cuadrados perfectos. En esa casa que ahora tu evocas vivió ese niño los primeros años de su vida. En esas cámaras, que ahora invoco para ti, comenzó a rodar su mundo, pensando en las musarañas, mirando La Contraviesa y soñando las primeras quimeras.

Casi puede decirse que comenzó a vivir, a los cinco años, cuando su primer maestro le aceptó en su escuela, un año antes de lo marcado. Don Francisco le asignó un tutor que debía cuidar de él y protegerle de las travesuras de los mayores, y ahora cree que Ramón lo hizo a conciencia, ni un hermano lo hubiera hecho mejor.

Este maestro vitalísta aunque algo mayor gustaba de sacar al sol su vigor. En los días de primavera precoz que suele traer febrero, llevaba a sus alumnos a pasar las horas de clase al empalme de Yátor o al cerro de la Tinaja. Salían tras él con gran regocijo, atravesaban la plaza del Ayuntamiento, para ganar la carretera; iban desde la desnudez fría de su escuela, desde la oquedad de un antro oscuro, a bañarse en un aire azul de un ámbito vaporoso sin límite, envueltos en un silencio estridente de niños y pájaros, donde reina el egoísmo certero de las lagartijas que no se dejaban sorprender por la inocente saña de los niños. Estaban las lagartijas despatarradas sobre las piedras de los balates, sobre el voluptuoso lecho de líquenes viejos que vejetan entre las piedras y los sentían llegar y se arrojaban de golpe en sus madrigueras. Allí iban ellos a hurgar en los intersticios de las piedras. Alguno se quedaba con su apéndice caudal y entonces -como habían oído- pensaban que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados eran maldiciones y pesares que caerían sobre ellos. El hechizo de estos paseos era un sosiego gozoso, una paz perdida, paz sin melancolía ni barruntos, pues la superstición solo dura un segundo a esa edad. Paz toda en sazón y fluente que les devolvía el alma a la quietud donde se dejan las tareas y las normas cotidianas quedan abolidas. El sol era claro y la primavera cargada del efluvio del mastranzo y los primeros hinojos comenzaban a oler... De pronto sonaba una campana a lo lejos y el maestro formaba la fila. Del otro lado del barranco se escuchaba el tintineo de una azada al chocar en la tierra. De vuelta del paseo, cuando se acercaban, veían en la torre a la cigüeña que había vuelto de su errático viaje, que se alzaba de alas ensanchando sus giros, mostrando en el pico un puñado de broza para rehacer el nido y en la garra un palitroque retorcido.

Al año siguiente, en el año que el niño cumplió los seis, estrenaron escuelas y de un sótano oscuro y húmedo pasaron a una soleada aula; de un maestro que enseñaba con paciencia y cariño a otro impaciente, competitivo y defensor de la pedagogía de “la letra con sangre entra”. Y lo cierto fue que el maestro del bigote puso su empeño, y la letra entró sin que la sangre llegara al río.

Relevante en la biografía de ese niño del que te hablo fue el año que cumplió los nueve años, cuando el cura del pueblo, benefactor de su educación, su tutor, y policía espiritual, con la complacencia de su padre y de su abuelo, le internó en el Seminario de Gracia. Recuerda como si ahora lo estuviera viendo, el día en que don Angel les enseñó la galería de mártires de la Guerra Civil, y los entregó a don Pepe Blanes, quien haría a partir de ese día, con mando en sala, de policía espiritual. Se iniciaba ya el otoño. Los álamos del patio, movidos por una ráfaga de viento, los recibieron con una lluvia de confeti dorada. El suelo estaba lleno de hojas amarillas que el viento, a ratos, levantaba haciéndolas girar en confusos remolinos.

 Aquello le pareció al niño que fue el principio de una encerrona. Esa fue su impresión al día siguiente, cuando lo levantaron de noche y el niño creyó que era viernes, día de riego. Pero no lo era y la madrugada iba por otro lado – por lo del "pan y el sudor de la frente", supuso-. Se dijo que era una encerrona cuando se acercó a la verja que daba a la plaza de Gracia para ver el mundo desde el otro lado y un amigo, ya veterano en el lugar, le advirtió de su osadía. Era provocación y pecado desviar hacia fuera la mirada. Aquella pretendía ser una vida de recogimiento en la que sólo cabía mirar hacia dentro para ahuyentar las tentaciones y malos pensamientos. Por esa prohibición es por lo que deseaba tanto mirar la plaza, y la dibujaba a escondidas en las horas de estudio: era una plaza rectangular, casi cuadrada, con unos bancos de madera junto a un puesto de helados y a su alrededor crecían unos árboles gigantescos que cobijaban bajo sí una fuente de agua cristalina, llena de rumores adolescentes y ecos extraños que el niño intuía rebosantes de lujuria. Del otro lado de la plaza, cerraba sus confines el muro bermejo de un carmen añejo e imponente del que sobresalía la copa inclinada hacía la sierra de un alargado ciprés, donde un extraño relieve hablaba de hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, cuya historia perduraba amarrada a aquellos ladrillos milenarios. En la otra esquina, mirando hacía la derecha, en medio de una ciudad de tonos grises, un edificio moderno con grandes carteles de vivos colores, anunciaban ardorosas pasiones que contagiaban y transmitían al paseante que se paraba y, con la boca abierta, como la tenía ese niño detrás de la reja, soñaban aventuras en tecnicolor y cinemascope.

Junto a la verja, la real y la de papel que el niño había dibujado, le volvieron sus pasiones, en la verja tuvo sus primeros sueños, tras al verja multiplicó y construyó nuevas quimeras; sobre la verja, más de una vez, le retorcieron la oreja, o le mandaron hacer penitencia ante la Inmaculada que enaltecía la puerta del dormitorio de primero. De rodillas durante horas y en duermevela seguía con sus fantasías y a ratos observaba la cara de la Virgen que no dejaba de mirarle con una enorme ternura.

sábado, 22 de febrero de 2025

La Baeza de Machado

 

Desde su llegada a Baeza va a asociar Machado las campanas a la ciudad. Igualmente no podemos olvidar otro elemento que aparecerá en sus textos indisolublemente unido a la imagen de esta “Salamanca andaluza”, como era conocida Baeza en virtud del hermanamiento de su antigua y ya desaparecida Universidad con la veterana institución docente de la ciudad castellana, al igual que por la sobria calidad renacentista de sus calles y plazas. Se trata, claro está, de los olivos, omnipresentes en el paisaje de este campo andaluz y contemplados ya desde su ventanilla en el tren en el que realizara el viaje desde Madrid, utilizando ese medio de transporte moderno a que el poeta era tan aficionado y que, como signo del progreso de los tiempos, aparece con frecuencia en la obra de multitud de escritores y pintores de la época:

Ya en campos de Jaén,

amanece. Corre el tren

por sus brillantes rieles,

devorando matorrales […],

olivares, caseríos

(CXXVII, pp. 550-551).


Pero el olivo cobrará una importancia igualmente desolada en función del irremisible estado de duelo en que se encuentra el poeta. De este modo, frente al álamo castellano, que identifica con la presencia de su añorada Leonor, en cuya compañía paseaba por las riberas del Duero, el olivo jienense le mostrará su inconsolable soledad. Así se evidencia en el poema “Caminos”, que parece constituir una de las primeras muestras por parte de Machado de la captación del paisaje que ahora lo rodea:

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

[…]

Caminos de los campos…

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

(CXVIII, p. 545)


Y de manera elocuente y atormentada, se reiterará ese desmoralizado sentimiento de soledad y tristeza que embarga al poeta en los versos finales de su poema CXXI:

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo

(CXXI, p. 546).


Dicho sentimiento será lo que propicie, como ya ha quedado expuesto, que Antonio Machado observe inevitablemente la realidad baezana a través de una suerte de tamiz negativo. Realidad que, no obstante, y según se puede fácilmente constatar, atravesaba verdaderamente una etapa de franco declive, después de siglos pasados de esplendor. Así, sus apenas dos mil setecientos cincuenta y un vecinos, equivalentes a diez mil ochocientas cincuenta y un almas cuando la visitara el erudito navarro, no eran ya suficientes para sostener el funcionamiento de una antiguamente prestigiosa Universidad Literaria, con un notable edificio que es de lo mejor que Baeza conserva y que había sido fundada por Juan de Ávila en 1538 sobre un colegio primitivo. No obstante, su gloriosos días habían ya prescrito, por lo que sería suprimida en el año 1824, destinándose justamente sus nobles estancias al Instituto General y Técnico en el que enseñará Machado.

De ahí, de esa situación crepuscular en que se encuentra sumergida la ciudad que acaba de iniciar el siglo XX, procede su evocación con expresiones considerablemente desafectas en los versos machadianos como “mi rincón moruno” (CXLV), las ya citadas “ciudad moruna” y “murallas viejas” (CXVIII) o la muy conocida incluida en su magnífico “Poema de un día. Meditaciones rurales”:

Heme aquí ya, […]

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío,

entre andaluz y manchego”

(CXXVIII, p. 552).


Sin embargo, a pesar de su inicial desapego, e incluso rechazo, hacia una localidad sumida en lo que pareciera un nostálgico letargo –desapego que incluso condicionó durante bastante tiempo el acercamiento de los estudiosos a esta etapa de la trayectoria del sevillano-, lo cierto es que Baeza constituye “un lugar inexcusable en la geografía machadiana”, y los años allí transcurridos representan, en opinión de Enrique Baltanás, “un periodo decisivo en la evolución de la poesía, de la biografía y del pensamiento del poeta”. Buena prueba de ello se encuentra en el volumen Antonio Machado y Baeza a través de la crítica, donde el catedrático de la Universidad de Granada Antonio Chicharro reúne los abundantes textos que sobre esta etapa se han ido escribiendo a lo largo de los años.

El lugar en el que vivirá el poeta triste entre noviembre de 1912 y noviembre de 1919 será, además de ese sitio en decadencia que se asemeja a las ciudades muertas que poco tiempo atrás había puesto de moda el modernismo, una suerte de tapiz donde se entrecruzan, de una manera u otra los diversos hilos de toda una serie de presencias literarias, a las que el espíritu cultivado y sensible de Machado no pudo haberse mostrado en modo alguno indiferente.

Así, de primera importancia será la influencia de la literatura ascética y mística del siglo XVI, con la importante actividad que desarrollan en la ciudad autores como el ya mencionado Juan de Ávila, religioso y escritor de origen converso, a quien se ha atribuido con frecuencia el famoso soneto “A Cristo crucificado” (“No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido…”), y cuyo papel resultaría fundamental –ya ha quedado dicho- en la puesta en marcha de la Universidad Literaria de Baeza. Pero tampoco se puede olvidar a Juan de la Cruz, quien fundaría en la localidad en junio de 1579 el Colegio de San Basilio, del que fue su primer Rector durante tres años, hasta su traslado a Granada. Se puede señalar, así mismo, que allí escribió, entre otras obras, las últimas estrofas de su Cántico espiritual, y que Baeza iba a ser el lugar de Andalucía donde moraría por más largo tiempo, falleciendo además en la vecina Úbeda en 1591.

De época más cercana ya a la del propio Machado, resulta inevitable mencionar los nombres de dos autores del XIX. En primer lugar, la poeta y narradora Patrocinio de Biedma, nacida en la vecina Begíjar, y que residió durante varios años en Baeza al contraer matrimonio con el hijo del Marqués de San Miguel de la Vega, oriundo de esta localidad, en la que se le dedicó una calle debido al prestigio alcanzado en el mundo de las letras. Y en segundo lugar, al poeta José Jurado de la Parra, nacido en Baeza y conocido entre otras facetas por haber sido el asistente personal de José Zorrilla durante los extensos actos de la coronación poética de éste que tuvo lugar en la ciudad de la Alhambra en 1889. Desde hacía muchos años, ninguno de los dos vivía ya en Baeza cuando hasta allí llegó Antonio Machado, pero sus nombres se tenían bien presentes.

Sin embargo, una presencia literaria mucho más significativa en todos los sentidos vendrá dada por el primer encuentro que Antonio Machado tendrá en junio de 1916 con quien entonces no es sino un jovencito entusiasmado por la música, el folklore popular y la literatura. Su nombre, Federico García Lorca, quien junto con un grupo de alumnos, compañeros de la Universidad granadina, realiza un viaje de estudios promovido por el innovador catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes, Martín Domínguez Berrueta, promotor pionero de unos viajes pedagógicos muy en línea con las doctrinas de la Institución Libre de Enseñanza. Tras arribar a la ciudad en la noche del 8 de junio, el grupo se dedica al día siguiente a visitar los admirables monumentos, siendo recibidos más tarde por el director y los profesores del Instituto. Al día siguiente, después de una visita fugaz a Úbeda, tiene lugar una fecunda reunión en el propio Instituto, donde Antonio Machado les recitará un poema de Rubén Darío. Al caer la noche se celebra en el Casino de Artesanos una velada artística donde Lorca interpretaría al piano diversos temas populares. El grupo repetirá su excursión un año después, hacia finales de abril o comienzos de mayo de 1917. La relación entre Berrueta y Machado se ha vuelto ya más estrecha, al haber incluso colaborado este último con diez composiciones de “Proverbios y cantares” en el nº 2-3 de la revista Lucidarium (enero de 1917), que dirigía en la Facultad de Filosofía y Letras el mismo catedrático, al que precisamente van dedicados los poemas. En esa segunda visita, se repetirá el encuentro en el Casino, donde Lorca tocará al piano nuevamente canciones populares, así como la Danza de la vida breve, de Manuel de Falla. Por su parte, Antonio Machado lee algunos fragmentos de su extensa composición, “La tierra de Alvargonzález”, que bastantes años después retomaría un ya muy conocido Lorca, como iba a recordar emocionado el poeta hispalense en octubre de 1938:

–Por cierto, que allí conocí, hace ahora veintiún años, a García Lorca. Era entonces un chiquillo e iba de excursión artística, no en busca de temas poéticos, sino de motivos musicales populares, pues ya sabe usted que Lorca era excelente músico. ¡Pobre Lorca! Muchos años después, implantada la República, supe que había hecho un ligero arreglo de mi “Alvargonzález” para que lo representara el cuadro de la Barraca.

Federico García Lorca recogería las percepciones que Baeza había causado en su ánimo un año después, cuando publicó su primer libro, Impresiones y paisajes. Se trata de una obra todavía considerablemente influida por sus lecturas del modernismo. De hecho, la recreación de la localidad jienense responde en buena medida al tópico decadentista de la “ciudad muerta”. Así pues, donde Antonio Machado había visto sólo degeneración y declive, el joven Lorca descubrirá la inequívoca poesía de un tiempo que semeja haber quedado detenido en todas aquellas ciudades marcadas por un intenso y sensible pasado histórico y artístico, como Brujas, Venecia y, en España, Toledo, Córdoba, Granada o, claro está, Baeza. Pero curiosamente, coincidirá con el doliente poeta en resaltar el sonido característico de la ciudad: las campanas, si bien en los predispuestos oídos de Lorca parecen repicar de un modo muy distinto:

Todas las cosas están dormidas en un tenue sopor… Se diría que por las calles tristes y silenciosas pasan sombras antiguas que lloraran cuando la noche media… Por todas partes, ruinas color sangre, arcos convertidos en brazos que quisieran besarse, columnas truncadas cubiertas de amarillo y yedra, cabezas esfumadas entre la tierra húmeda, escudos que se borran entre verdinegruras, cruces mohosas que hablan de muerte… Luego, un meloso sonido de campanas que zumba en los oídos sin cesar…

Una última huella literaria que difícilmente pasaría desapercibida para alguien como Antonio Machado se revela evidente en la ciudad de Baeza. En efecto, se trata de un lugar que recuerda inequívocamente al que sería sin duda uno de sus poetas preferidos: Jorge Manrique. Y es que uno de los monumentos más señeros de la ciudad, el palacio de Jabalquinto, había pertenecido a la familia del autor de las célebres Coplas a la muerte de su padre. El edificio, de espectacular fachada isabelina, presenta estilo gótico con influencias mudéjares, y había sido construido por Juan Alonso de Benavides, emparentado con el rey Fernando el Católico, y cuyo primogénito, Manuel, se habría de casar con Luisa, la hija del poeta. De ahí que el palacio ostente, entre los diversos escudos familiares el de los Manrique. Y en propiedad de dicha familia se mantuvo hasta que en 1720 su uso fue cedido al Seminario de San Felipe Neri.

Por añadidura, también en tierras de Jaén, en concreto en la localidad de Segura de la Sierra (que dista poco más de cien kilómetros de Baeza), se cree con bastante probabilidad que habría nacido en 1440 el propio Jorge Manrique, siendo esta localidad el lugar de origen de su madre, doña Mencía de Figueroa, y donde aún permanece su casa noble. Además, está documentado que en la cercana Siles vivió durante mucho tiempo, en el pequeño castillo cuyos restos aún se conservan en la actualidad, don Rodrigo, padre del poeta, que ejercía entonces como Gran Maestre de la Orden de Santiago y que había de fallecer “en la su villa de Ocaña”, donde “vino la Muerte a llamar a su puerta” el 11 de noviembre de 1476. Será a partir de ahí, precisamente, cuando se crearía la obra literaria que tanto iba a influenciar al poeta Antonio Machado.

De hecho, en su inaugural libro Soledades (1903), Machado había incluido una significativa “Glosa”, que habla claramente de sus predilecciones literarias:

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir. ¡Gran cantar!

Entre los poetas míos

tiene Manrique un altar

(LVIII, p. 470).


La metáfora manriqueña del tiempo, de la vida como río caminando inapelable hacia el mar de la muerte será una rica fuente de la que beberá Antonio Machado durante toda su trayectoria, vital y literaria. Así, el motivo aparecerá nuevamente, bien que con variaciones, durante su etapa de Baeza:

¡Oh, tú que vas gota a gota,

fuente a fuente y río a río,

como este tiempo de hastío

corriendo a la mar remota

(CXXVIII, p. 554).


Estos versos pertenecen a su ya citado “Poema de un día. Meditaciones rurales”, que constituye sin duda una de sus obras maestras, de lo mejor que salió de su pluma en tierras de Baeza. Se trata de un largo poema de más de doscientos versos, que se muestra especialmente significativo puesto que da cuenta de las profundas reflexiones de Antonio Machado en un momento de cambio de rumbo estético y filosófico. Fechado en 1913, el poeta lo compuso al parecer en su versión casi definitiva entre diciembre de 1912 y enero de 1913, dándolo a conocer inicialmente en la revista madrileña La Lectura un año más tarde.

Las evocaciones de Manrique se dejan entrever en diferentes momentos a lo largo de los versos de la composición:

Algo importa

que en la vida mala y corta

que llevamos

libres o siervos seamos;

mas, si vamos

a la mar,

lo mismo nos ha de dar

(CXXVIII, p. 556).


De hecho, se podría afirmar que el gran protagonista de la misma no es otro que el tiempo, tema central, como es bien sabido, en la obra de Machado, y que en “Poema de un día” aparece determinado por la tristeza y el hastío que dominan sus horas provincianas, cuya desolación trata de mitigar mediante la lectura de los libros que siempre lo acompañan. El tiempo aparece simbolizado en el sonido monótono y rítmico del reloj, que marca, implacable, un tiempo muerto, y que parece carecer de sentido en las sempiternamente repetidas jornadas rurales:

Tic-tic, tic-tic… Ya te he oído.

Tic-tic, tic-tic… Siempre igual,

monótono y aburrido.

Tic-tic, tic-tic, el latido

de un corazón de metal.

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo? No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reló,

con esa monotonía,

que mide un tiempo vacío.

(CXXVIII, p. 552)


En realidad, Machado, abrumado por el dolor de la pérdida de su amada Leonor y sometido a la rutinaria existencia de una vida estancada, muy lejos de la animada agitación cultural de la capital madrileña que frecuentaba años atrás, se siente inmerso en el profundo contraste, o desajuste, entre ese tiempo cronológico e inclemente que mide el reloj y señala el tránsito que lo acerca irremisiblemente a la muerte, y el tiempo psicológico, interior, que muy por el contrario mide las íntimas pulsaciones del alma: “Pero ¿tu hora es la mía? / ¿Tu tiempo, reloj, el mío?” (CXXVIII).

Al año siguiente Machado recibirá, igualmente en febrero, la noticia inesperada del triste final de Rubén Darío, fallecido con cuarenta y nueve años recién cumplidos, pero afectado de una mortal cirrosis debido a sus conocidos excesos con el alcohol. Su buena relación con el vehemente adalid del modernismo queda sobradamente demostrada con los poemas que se habían dedicado mutuamente años atrás. Ahora, Machado le ofrecerá como homenaje un poema escrito en versos alejandrinos, que hace gala de vocabulario y retórica propios del movimiento modernista, y que se publicará en la revista España:

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,

¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?

Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,

corazón asombrado de la música astral, […].

Pongamos, españoles, en un severo mármol,

su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:

nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,

nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan

(CXLVIII, p. 598).


Por último, no se pueden olvidar, evidentemente, las composiciones que Machado consagrará a lo largo de estos siete años a la evocación dolorida de su querido amor perdido. Entre estos poemas que componen el ciclo de Leonor, probablemente se podría afirmar que la más conmovedora de todas resulta la que, con forma epistolar y escrita en silvas, dirige a su “buen amigo” y colaborador en Soria, José María Palacio. La adecuada comprensión de la delicada manera en que se alude a la ausencia de la amada primaveral precisa del conocimiento de un dato concreto referente a la geografía de Soria, y es que su camposanto recibe el nombre del Espino:

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

[…]

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra…

(CXXVI, pp. 549-550)


Si bien escrito el 29 de abril de 1913, el poeta no dará a conocer este poema tan lírico intimismo hasta tres años más tarde, ya en la primavera de 1916. Por entonces, su estado de ánimo irá poco a poco superando su decaimiento emocional y congraciándose de algún modo con la nueva tierra que lo acoge. El estado de duelo en que llegó a Baeza, y el consiguiente quebranto afectivo que lo incapacitaba para percibir muchos aspectos de la realidad circundante ha ido paulatinamente mitigándose, hasta el punto de que llegará a escribir en su momento poemas ciertamente evocadores. Su cambio de actitud se apreciará claramente en unos versos en los que sintomáticamente se refiere ahora al “olivo hospitalario”:

Hoy, a tu sombra quiero

ver estos campos de mi Andalucía,

como a la vera ayer del Alto Duero

la hermosa tierra de encinar veía

(CLIII, II, p. 603).

El paisaje, al que tanta atención prestarían los institucionistas, cobra ahora nueva vida en sus textos:

Desde mi ventana,

¡campo de Baeza,

a la luna clara!

¡Montes de Cazorla,

Aznaitín y Mágina!

[…]

Campo, campo, campo.

Entre los olivos,

los cortijos blancos

(CLIV, I y II, p. 607)


Todo ello concluirá en los meses de otoño de 1919, cuando el poeta, que había solicitado traslado el día 7 de septiembre, anhelando siempre su acercamiento a Madrid, reciba la notificación mediante Real Orden de 30 de octubre de que le ha sido asignada una plaza en Segovia, donde tomará posesión como catedrático del Instituto General y Técnico el 26 de noviembre. Atrás quedan ya los días de meditaciones rurales y de tertulias provincianas en la rebotica de la farmacia de Adolfo Almazán, compañero suyo en el cuadro docente del Instituto. Pero lo cierto es que ahora la localidad jienense comenzará a ocupar un lugar positivo en el fértil espacio de sus evocaciones:

¡Campo de Baeza,

soñaré contigo

cuando no te vea!

(CLIV, IV , p. 608)





Referencias:

- Baltanás, Enrique. Baeza de Machado, de Fanny Rubio, El Libro Andaluz (Málaga), nº 55, junio de 2008, p 36.

- Cerezo, Pedro. El mal del siglo. El conflicto entre Ilustración y Romanticismo en la crisis finisecular del siglo XIX, Madrid / Granada, Biblioteca Nueva / Universidad de Granada, 2003, p. 610.

Chicharro Chamorro, Antonio. Antonio Machado y Baeza a través de la crítica. Granada UGR, 1983.

- Doménech, Jordi. Antonio Machado el creador de Juan de Mairena, siente y evoca la pasión española.Escritos dispersos BVC (1893-1936), ed. cit., p. 230.

- Machado, Antonio. Poesías completas. Austral. 1974



miércoles, 1 de enero de 2025

Reflejos del Quijote en Juegos de la edad tardía

                 


 “La mayoría de las personas son una copia de otras.”

Oscar Wilde

 
En el reposo de los días sin fiesta de estas fiestas de Navidad que aún nos envuelven, he terminado Juegos de la edad tardía de Luís Landero, un libro que hace tiempo estaba en cola, un libro que todo aficionado al Quijote no puede pasar por alto. Luís Landero es un autor que sobradamente merece ya el "Cervantes". Como tantos otros autores que me han tocado la fibra, desde que leí El huerto de Emerson -o tal vez pudo ser Lluvia fina o El balcón en invierno-, realizo mis lecturas tomando florilegios por el jugo que encuentro en sus líneas. Ahora que reparo, me complace saber que aún me quedan unas cuantas obras de Landero por leer de forma activa.

Esta intertextualidad(*) en las dos novelas se manifiesta mediante la cita o la alusión. Revisando mis notas (florilegios me gusta más), aunque puede haber más, he contado en las anotaciones diez citas y cinco claras alusiones en relación con el Quijote. Me costará muy poco referirlas.


CITAS:

1. En el capítulo 4, página 59 Félix Olías muere, repitiendo las pautas que rodean el fallecimiento de Alonso Quijano punto por punto:

“A la medianoche, el tío se confesó de haber aceptado favores del demonio, y parecía haber recuperado la clarividencia. […] En el batiburrillo último le llamó a Dios Alvar Núñez, hizo una solemne renuncia del afán y murió pronunciando su propio nombre, Félix Olías”.

También Alonso Quijano se confiesa antes de morir:

“Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle” (Q. II, 74; 1134)

Recupera la clarividencia:

“Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno”. (Q. II, 74; 1133)

Hace una solemne renuncia de su afán:

“Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino”(Q. II, 74; 1134)

Y muere pronunciando su propio nombre:

“... soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”. (Q, II, 74; 1133)


2. En el capítulo 11, página 168 Gregorio le dice a Angelina que él hubiera deseado tener un hijo, para que cuando se muriese se hablase de él:

“Lo peor de morirse es no dejar nada detrás, ni siquiera un hijo”.

Cuando Angelina le responde que los hijos también se mueren, Gregorio pone el ejemplo de que los nombres no mueren:

“Ahí tienes a Platón o a Cervantes”.

Faroni para él puede ser la garantía de inmortalidad, el sello exclusivo de clasicismo que otorga a estos dos grandes sabios.


3. En el capítulo 12, página 183 Gregorio se siente angustiado porque no le salen las cuentas de los versos, como a su padre no le salían las de la vida, y comprende que tardará años en terminar su poema épico dedicado a Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

“Fue a por la enciclopedia” (183) y constató que, de los ingenios preclaros que conoce, solo Cervantes comenzó a destacar cuando bordeaba la edad de jubilación: “tenía casi sesenta años cuando empezó el Quijote”.


4. En el capítulo 13, página 201, Gil se muestra reticente a casarse con su novia porque su nombre, Socorrito, le parece ridículo. Gregorio le anima a cambiárselo por “Aurora, o Alicia, o Vicky”, y como Gil expone sus dudas argumentando que Socorrito no aceptaría la alteración onomástica, aquel le responde:

“Pues se lo impones. Don Quijote, por ejemplo, le cambió el nombre a su amada y le puso Dulcinea”.

Gil aduce reticente que de nada valdría, porque él es un desastre y ninguno de los dos iba a alterar su esencia inculta y baja por el simple cambio de un nombre. Sin embargo, nos consta que desde que él ha consentido en llamarse Dacio Gil Monroy su vida ha cambiado: ya se atreve a poner en sus tarjetas que es químico y pensador, para regocijo de su maestro, Faroni.


5. En el capítulo 14 página 207, cuando Gregorio y Gil dialogan sobre la belleza física y la belleza espiritual, Gregorio sostiene la idea de que la del espíritu siempre sale vencedora, y se apoya en el siguiente juicio:

“Hombre, date cuenta que ha habido escritores mancos y cojos, conquistadores enanos y filósofos jorobados, y sin embargo sus espíritus eran grandes y sin defectos”.

En la página 208, para sostener esa idea y animar al pusilánime Gil, Gregorio señala que los grandes hombres también tenían defectos físicos:

“Platón, por ejemplo, era muy feo de cara, y ya ves qué gran filósofo fue. Y Cervantes no tenía dientes, y así muchos”.


6. En el capítulo 14, página 214 dialoga Gregorio con Angelina, a quien está intentando convencer de que en poesía todo es posible sin incurrir en mentira: la metáfora, la impostura y el pseudónimo. Para ello acude a buscar la ayuda de un libro: “Trajo el Quijote y le enseñó los prólogos”. A continuación le dice a su mujer:

“¿Te das cuenta? Todo esto también es inventado. Lo que pasa es que tú no entiendes de estas cosas. El arte todo es mentira, como en el cine. ¿O es que las novelas de la radio que tú oyes son verdad?”.


7. En el capítulo 14, páginas 291-292, Gregorio se imagina cómo azotaría a Gil, que tantos problemas le está trayendo con su fe inquebrantable en Faroni:

“No estabas contento con las pirámides, ¿eh?, pues ¡toma pirámides!; ¿no querías café?, pues ¡toma café!; las noticias que recibías del mundo se te antojaban pocas, ¿no?, pues ¡aquí tienes más!, y ¡éste por Marilín!, ¡éste por Hemingway!, ¡éste por el poema épico!, ¡éste por el dinero que he gastado en tu causa!, ¡éstos por todas las desgracias que me has hecho pasar!”, y cuando se dio cuenta estaba en medio de la habitación, asestando golpes inmisericordes en el aire”.

La escena nos recuerda inequívocamente la de don Quijote acuchillando a los cueros de vino:

“Y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante”. (I, 35; 392)

Y, como no, a los azotes que recibirá el buen Sancho para el desencantamiento de Dulcinea.


8. En el capítulo 21, página 308, ya en la tercera parte de la novela, Gregorio intenta convencer a Gil de la necesidad de un cambio radical en su vida:

“Tienes unos ahorros, ¿no? Pues entonces coge el primer avión sin preguntar a dónde va. Acepta tu destino. O vete a París de bohemio. De verdad, no merece la pena serle fiel a un río o a una casa”.

Para afirmarse en su verdad y reconvenir a Gil por su escaso talante aventurero, le replica:

“Don Quijote tenía cincuenta años cuando se fue de casa”.

A esto repone Gil que don Quijote estaba loco y era un valiente y él, ni lo uno ni lo otro.


9. En la página 348 don Isaías intenta explicarle a Gregorio lo que es un acto de fe:

“¿Tú has leído el Quijote? ¿Solo a medias? Pues bien, allí podrás leer cómo Sancho le preguntó a su amo si el caballo Clavileño no encubriría en el fondo una burla. Y don Quijote dijo más o menos que ésa era una cuestión que solo incumbía a los burladores, porque a ellos dos nadie podría quitarles la gloria del intento. Ese es un acto de fe”.

Dice el Don Quijote:

“Tapaos, Sancho, y subid, Sancho; que quien de tan lueñes tierras envía por nosotros no será para engañarnos por la poca gloria que le puede redundar de engañar a quien del se fía; y puesto que todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido la hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna”, (II, 41; 887).

En definitiva, le anima a lanzarse al afán, que queda justificado en el intento mismo de alcanzar lo sublime, de asumir el fracaso como un elemento necesario de la gloria de quien se quiere fiel a sí mismo y a sus nobles ideales. Esta misma idea la encontramos en la página 184:

“Aunque no escriba nada, pensó Gregorio, qué grandeza hay en estar aquí, persiguiendo un ideal”.

Y, más adelante, viendo que su deseo de terminar su poema épico sobre Cabeza de Vaca será inútil:

“Ha de bastar con el empeño”.


10. En la página siguiente, sigue don Isaías con su discurso, hasta llegar al argumento de que el destino que nos toca a cada uno debemos asumirlo con la máxima dignidad. De nuevo, el modelo de tal actitud es don Quijote, que se identifica con Jesucristo:

“Es muy difícil encontrar a alguien que, como Cristo con la cruz o don Quijote con sus armas, soporte la carga justa y esencial que le ha asignado su destino”.

El cotejo de las menciones explícitas de aspectos relacionados con el Quijote o con Cervantes parece demostrar, intencionada o no, la relación de Juegos de la Edad tardía con el Quijote. Probablemente la influencia estética y estructural, inconsciente al principio, va tomando conciencia a medida que la obra avanza afirmándose en homenaje y parodia.

 

ALUSIONES:

La alusión es una forma menos explícita y menos literal que la cita o el plagio. En ella nos encontramos un enunciado en el que vemos una relación con otro de otro texto. Valgan como ejemplo entre las muchas localizables las siguientes:

1. En las páginas 49 y siguientes el abuelo de Gregorio suelta un elevado discurso a los obreros que construyen la línea férrea. Aunque la parodia del Génesis es evidente y explícita (“Dios hizo las aguas y las culebras, por imitación de las estrellas nacieron los peces, el aire silbaba tanto que salieron pájaros, la tierra se llenó de fieras y lombrices y de entre la espesura surgió el hombre expulsado, con los ojos brillantes de voluntad y experiencia. Su voz sonaba con fatídica monotonía de profeta”), el tono y el destinatario lo acercan al discurso de la edad dorada con el que don Quijote deleita a los cabreros en el capítulo XI de la primera parte: como él, encuentra por fin un público dispuesto a convertirlo en orador. Más adelante Antón Requejo volverá a parodiar este discurso: “¡Ay, eran los tiempos idos […], cuando las lechuzas entraban en las casas y se bebían las capuchinas, cuando las culebras hipnotizaban a los pájaros y los gatos enfermos de amores iban a oler la flor del lilo, cuando la gente hablaba en verso y los caminantes se alumbraban con farolillos de sandía! Eran los tiempos de los zorros sabios, cuando todavía en los montes se daban las fábulas y los animales andaban de pleitos y asambleas. Los horóscopos, entonces, los hacían las mariposas, de su propio instinto”. Y continuará con el homenaje Gregorio, cuando suspire por un maravilloso mundo futuro de resonancias anarquistas que supondría la satisfacción del mismo Durruti: “Algún día no habrá que trabajar para comer. Todo lo harán las máquinas. No habrá ricos ni pobres, ni ladrones, ni policías, ni gobiernos ni nada”.

2- En la página 56, Gregorio se atreve a poner “nombres nuevos a los lugares de siempre: el Parque de los Once Pétalos, la Encrucijada del Escudo y la Avispa o el Árbol de la Primavera Triste, que era la acacia”. Los nombres parecen en la línea de las mejores y más disparatadas novelas de caballería.

3- En la página 291, el narrador reproduce los pensamientos de Gregorio así: “Había querido ayudar al pobre, hacer feliz a Gil, redimirlo incluso de sus miserias a riesgo de empeñar la vida propia en empresas tan generosas como descabelladas”. Los ecos cervantinos son obvios, tanto en el fondo (el deseo de salvar al desdichado arriesgando la vida en el esfuerzo), como en la forma (especialmente por el empleo de la palabra “empresa”).

4- Cuando en la página 157 Gregorio, el día de Nochevieja, con la euforia que a veces precede a la depresión, se dedica a rebautizar a sus vecinos (Diógenes Casiano, Octaviano Murillo Quesada, doña María Cristina Celeste…) nos encontramos por un lado con uno de los apellidos que a punto están de corresponderle a Alonso Quijano (Quesada), y por otro con uno de los hábitos quijotescos de calificar a las personas con nombres que parezcan adecuados y razonables para sus nuevas virtudes o sus nuevos estados.

5- En la página 227 nos cuenta que se va a ir de viaje a Quínola con su jefe, Crispín Pallavoy. Esta invención, con nombre ridículo incluido, nos recuerda las estrambóticas historias de caballería en las que se ve envuelto don Quijote, y los disparatados nombres con que tales libros bautizaban a sus personajes, como el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, o los encantadores Esquife o Arcalaús.

Juan Oleza, en “Teoría y practica del afán. (34-36) ha escrito: “Además de las numerosas referencias y alusiones al texto cervantino, pueden recogerse fácilmente multitud de personajes y situaciones procedentes del Quijote: el tío Félix enloquece de afán con la ayuda de sus novelas de quiosco y los tres libros que le transmite el diablo; Gregorio Olías escapa a la terrible crisis de su identidad, que amenaza con el suicidio, gracias a las ropas con que se disfraza de Augusto Faroni, como Don Quijote de caballero andante; Faroni se enamora de Marilín tan imaginariamente como Don Quijote de Dulcinea; el relato que Antón Requejo hace de su vida, intercalado en la novela a la manera cervantina, es una réplica del discurso de Don Quijote a los cabreros; Angelina y Gil desempeñan respecto a Faroni la misma función que Sancho Panza respecto a Don Quijote, Angelina más prosaica, Gil progresiva y crecientemente faronizado; las invenciones que Gregorio perpetra ante Angelina para ocultarle la realidad prosaica que ella se empeña en afirmar, son plenamente quijotescas, y evocan el reiterado recurso a la intervención de seres desconocidos, externos, dotados de poderes extraordinarios para hacer parecer lo que no es y para perturbar las acciones del protagonista; es cervantino el humor omnipresente en la novela y, por no alargar más esta nota, podría haber sido quijotesca la retirada final de Gregorio Olías y de Gil y Gil a una granja en una pequeña aldea como pastores y hortelanos, si Don Quijote y Sancho hubieran cumplido el deseo de hacerse pastores una vez retirados de la vida demasiado atribulada del caballero andante”.

 



(*) Intertextualidad es la relación de copresencia entre dos o más textos, que se manifiesta como la presencia efectiva de un texto en otro. Esta relación puede manifestarse de tres formas, la cita, el plagio y la alusión.


Referencias. Las citas y alusiones son de:

- Cervantes, Miguel. Don Quijote de la Mancha. Planeta. Ed. Martín de Riquer. 1980

- Landero, Luís. Juegos de la edad tardía. Catedra, letras hispánicas 2018.

 - Oleza, Juan.  “Teoría y practica del afán. Insula. 1993