En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás. Este sitio no desea molestar a nadie, pero, el autor, está libre de cortapisas al exponer su opinión.

lunes, 10 de abril de 2023

"La libertad, Sancho, es unos de los preciados dones que a los hombres dieron los cielos"

La libertad (basada en la Crítica de la Razón Literaria) es lo que los demás nos dejan hacer. Es en definitiva una lucha por disponer de un poder desde el que podamos controlar a los demás, como los demás luchan por alcanzar ese poder. En esa lucha se dirimen los límites de la libertad.

Con frecuencia oímos la evidencia de que nuestra libertad se acaba donde empieza la de los demás, pero esto no nos aclara donde está el punto límite, ni de nuestra libertad, ni la de los demás. Así, decir esa frase es como no decir nada (es como decir que no se puede fumar donde esté prohibido, pero no nos dicen donde está prohibido… nos perderíamos entre el donde está permitido, y donde está prohibido)

La CRL plantea una declinación de la idea de libertad, en tres variables

  • Lo que puedo hacer o libertad genitiva. Libertad para hacer cosas, porque tengo los medios y la posibilidad de hacerlo (podría, porque tengo movilidad y brazos liarme a bofetadas con el que me encuentre)

  • Para que lo hago o libertad dativa. ¿Para qué quiero usar la libertad? ¿Qué consigo haciendo esas cosas? (en el caso que hemos planteado, sería porque queremos que nos metan en la cárcel o un manicomio, o, como ahora está de moda, para salir en la prensa por la proeza)

  • Qué gano y qué pierdo o libertad ablativa. Qué consecuencias tiene hacer uso de esa la libertad, al chocar con el derecho que tienen los demás. La libertad no se agota con la conciencia, no cabe en el protestantismo, no es una demostración psicológica, sino que casi siempre exige hechos, se ejerce para conseguir algo, unos derechos, un trabajo, unas ganancias legítimas, que si son ilegítimas puedo dar con los huesos en la cárcel, con una ablación de la libertad. La libertad ablativa es lo que queda de la libertad genitiva, después de haber conseguido algo (libertad dativa). Es como el impuesto que nos exige la libertad, que siempre tiene su coste, que será: un esfuerzo, un impuesto, o una contraprestación.

No hay libertad que se sustraiga a estas tres variables. Así tendremos que considerarla para poder ejercerla con propiedad. Un estado puede declarar una guerra porque se siento con más poder que el vecino, pero ha de considerar el poder del vecino por pequeño que sea, como así las alianzas que puede establecer, para conocer los daños que puede recibir. Si se es demasiado idealista, se pueden ignorar las consecuencia de la libertad ablativa.

Aplicaremos lo dicho al Quijote:

Cuando don Quijote libera a los galeotes, éstos pasan de no tener libertad a tener una amplia libertad genitiva, para hacer cosas: pueden volver a delinquir como hacían antes. Don Quijote los libera en nombre de Dios y de la Naturaleza, “no es bueno hacer esclavos a quien Dios y la Naturaleza hizo libres”. Pero lo cierto es que son delincuentes, y en eso ni Dios, ni la Naturaleza, tienen nada que ver. Sí tiene que ver la justicia del estado, que es quien ejerce la libertad ablativa (las consecuencias) con aquellos que rompen las normas que el estado ha impuesto. Don Quijote puede pensar que el estado oprime al ciudadano, pero legalmente, es quien puede hacerlo, obligándonos a cumplir las leyes y a pagar impuestos.

La idea de libertad y justicia podemos verla desde criterios:

  • Individuales. La libertad individual es siempre autológica; solo interviene un individuo. Del mismo modo todos tenemos una concepción autológica de la justicia (si yo fuera presidente haría tal o tales cosas...)

  • De grupo. El grupo tiene un concepto dialógico de la libertad: ya no es el “yo”, sino el “nosotros” quien establece esa libertad. Es la libertad que tienen los miembros de un partido político, de una orden religiosa, de una secta, de un gremio. Responde a los criterios de preservación del grupo, en el que sus miembros no pueden hacer lo que cada uno quiera, sino que es el grupo el que regula las normas. Igualmente en cuanto a la justicia, en el grupo, existe un concepto dialógico (cuando nuestro partido gobierne pondremos en marcha tal experiencia...)

  • De estado, que en una democracia está compuesto por numerosos grupos con diferentes intereses y criterios para el estado. Así es el ordenamiento jurídico del estado quien armoniza la ley pensando en todos. Aquí, sobre la justicia, tenemos un concepto estatal, que no es otra cosa que el código civil, penal, mercantil fiscal...

En el Quijote nos encontramos con un personaje, que tiene su propia idea de libertad y su propia idea de justicia. Eso, según él, porque según el narrador es un loco; según el lector, habría que ver qué lector para saber que es. En la ficción de la novela, don Quijote, es un caballero andante que tiene su idea de justicia, de libertad, de guerra, de paz, etc., que nos expresa tanto con palabras como con hechos, aunque en muchas ocasiones nada tienen que ver sus palabras con sus hechos. Cuando abandona el palacio de los duques y están alejados de esa corte en la que les han obligado a comportarse como marionetas conforme a las normas que los duque establecen, dice don Quijote esa famosa frase tantas veces citada y tan pocas explicada, sobre la libertad:

La libertad, Sancho, es unos de los preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!. (2-58)

La primera enmienda a este texto sería decir: que los cielos relampaguean o nos dan agua de vez en cuando, cada vez menos, pero no dan ninguna libertad. Sabemos que es una metáfora y que no debemos tomarnos literalmente la literatura, pero es que este sentido metafísico que le está dando, don Quijote, a la libertad, lo desmiente Cervantes a cada momento, siempre dando un concepto antropológico a la libertad, que, para él, está claro que solamente es cosa de los hombres.

Seguidamente viene a decirnos que la libertad es lo más valioso que tienen los hombres, palabras que encierran un concepto de libertad que a Calvino y a Lutero, con toda seguridad, les parecería demasiado ambicioso. Sigue valorando el concepto de libertad diciendo que por ella se puede aventurar la vida. Aquí parece que Cervantes, que ha estado cautivo durante veinte años, está soplándole a don Quijote en su oreja lo que ha de decir, pues el cautiverio, que el autor ha sufrido, es el mayor mal que les puede venir a los hombres. Con frecuencia perder una guerra equivale a perder la vida o bien la libertad.

Y se dirige a Sancho para explicarle el porqué de su valoración a la abundancia del banquete de los duques, respecto a su idea de libertad. Idea completamente contradictoria con el discurso de la Edad de Oro, en el que nos decía por activa y por pasiva eso de “dichosa edad…, porque en aquellos tiempos no existían las palabras tuyo y mío, y todo era de todos…”, ahora nos dice que “no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos”. Antes parece abolir la propiedad privada y ahora nos dice que solo goza con lo que es suyo (¿qué pensaría Saramago cuando leyó esto?, quedaría perplejo a ver que la libertad se fundamenta en la propiedad privada).

Y sigue: ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo! Si leemos literalmente, cosa que como hemos dicho no debemos hacer, cabría decir: ¡cuidado con las deudas con el cielo! El “dios te lo pague” está muy bien, sobre todo porque nunca se paga, pero “al diablo se lo debas”, por ejemplo, parece otra cosa…

En definitiva, esta es una concepción de libertad totalmente metafísica, que más que una definición de libertad es una declaración de libertad, que viene a decir: por fin nos hemos librado de estos duques que no nos dejaban hacer lo que nos daba la gana. Lo que a don Quijote le da la gana de hacer, porque es un inadaptado a su tiempo, con una visión medieval del mundo y un concepto autológico de la libertad y de la justicia; alguien que no es capaz de digerir las normas de su tiempo, ya sea por problemas patológicos, anímicos, o lúdicos. Es un ser anómico, que nos habla de la libertad sin las causas que la determinan, pero reconoce que en el castillo de los duques no tenía libertad genitiva (para hacer cosas), para hacer lo que le diera la gana, porque, los duques, con sus normas de juego le imponen una enorme traba con la libertad ablativa, con hechos que él no controla porque no tiene poder. Pensemos que en el estado de la Naturaleza, el que mayor libertad tiene es el mayor depredador, que además no conoce la piedad para con su presa: el racionalismo animal es despiadado en su instinto de supervivencia.

La libertad no se concede gratuitamente, es algo por lo que hay que luchar. La idea de libertad es diferente en cada casa, y los seres humanos por ella nos hemos matado muchas veces unos a otros: nada tienen que ver la idea de libertad nazi, con la idea de libertad de una democracia; la idea de libertad del marxismo nada tiene que ver con ninguna de las dos anteriores. Cada individuo, grupo, cada régimen, tiene su idea de libertad y lucha por ella desde sus posturas económicas, religiosas, financieras, políticas…, o pacifistas, pues la paz también es una manera de ver la justicia y la libertad. Decía Unamuno: “El ser humano busca la guerra en tiempos de paz, y busca la paz en tiempos de guerra”.

Don Quijote, tampoco defiende los Derechos Humanos (no había de eso en aquellos años, cómo va a defender algo que no existe; aunque puede haber lectores que así lo vean, como pueden verle defendiendo la energía nuclear o los derechos de género). Sólo defiende los derechos de su propio juego o de su propia patología, pero, para nada, defiende los derechos de la Santa Hermandad, que custodian a los galeotes, tampoco defiende los derechos de la iglesia cuando apalea a los curas y les roban los alimentos que llevan en las albardas.

Además de los duques durante su estancia en el castillo, como ya hemos apuntado, hay otra entidad a lo largo de la novela que coarta en mucho la libertad de don Quijote: el estado. Si acudimos al discurso de las armas y las letras, que se ha interpretado a lo largo de los años desde puntos tan diversos como, el pacifismo, el comunismo, el romanticismo, y otras que no son ninguna de estas, todos para ver qué es más valioso si las armas o las letras. No son las letras en sí, se está refiriendo a los que estudian leyes, a los letrados, que son los que redactan la articulación jurídica del estado, al cual se sujetan las armas. Así, en este discurso se plantea una dialéctica en la que don Quijote nos dice que las armas son más importantes porque son las que sustenta a las letras (leyes, que es lo que debe entenderse cuando dice letras). Para que la ley se cumpla es necesaria un policía que actúe dentro del estado y un ejército que lo haga en las fronteras del mismo, de puertas hacia afuera, frente a otros estados.

Pero es que el discurso de don Quijote, contrariamente a lo que piensan muchos críticos, puede decirse que va mucho más allá de esta tesis: Don Quijote no está defendiendo las armas del estado, está defendiendo sus propias armas; don Quijote no está haciendo una apología del estado, porque para don Quijote, que tiene una mentalidad medieval (folletinesca, idealista), donde el estado no existe; don Quijote no hace apología de las armas en general, defiende la lanza y la espada que son las que él usa, frente a las leyes medievales, igualmente. Así esta dialéctica no se debería situar en la modernidad; la han situado en la modernidad determinados lectores, incluso cabría pensar que Cervantes pudo hacerlo, pero nunca don Quijote. Don Quijote, es, en realidad, enemigo del estado, y ¿cómo un estado va a permitir que un individuo vaya por los caminos aplicando su justicia?; ¿y para qué defiende la primacía de las armas? Porque son parte de su juego, de su feudo, de su locura, de su psicopatía, pero no para defender los DDHH como han apuntado algunos. Las armas se construyen para matar. Dice don Quijote en una secuencia del discurso:

Fin, por cierto, generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida…

Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

La última frase de primer párrafo la suscribimos todos, pues la paz es la principal cualidad para que pueda desarrollarse la vida en las mejores condiciones posibles.

Ahora, cuando nos dice que la guerra es el verdadero fin de la paz, hemos de tener en cuenta dos tesis que hay en ese momento operatorias:

  1. La que plantea Aristóteles en su Política (1374-15A): la idea aristotélica literalmente dice que el fin de la guerra es la paz, porque considera a la guerra como un concepto político (la guerra es una prolongación de la política).

  2. La que plantea Erasmo, que, como Mambrú, nunca fue a la guerra, hablaba desde su atalaya de la guerra. Erasmo sostenía que la guerra no es el fin de la paz, pues su paz no era política, sino evangélica, a la que hay que llegar por la armonía, por el diálogo, por la concordia, al margen de las armas.

Hay gente que se pone de acuerdo hablando, y eso es fabuloso, pero hay seres humanos que no lo hacen -y no me refiero solo a Putin-, y todo indica que seguirá habiéndolos, sobre todo entre los gobernantes. Don Quijote, en este discurso, está optando por la tesis aristotélica. Y Cervantes, por la totalidad de su obra y por su vida, podemos intuirlo. Pero nunca dar por cierto nada respecto de su pensamiento.

Todas las paces que tenemos los hombres han sido precedidas por una guerra. Como decía Gustavo Bueno, “La paz es el período que hay entre dos guerras”.

La tesis de don Quijote es que la paz se garantiza con las armas, tesis que, dicha por él, podemos ponerle algún “pero”: una persona por sí misma no tiene capacidad para perturbar la paz de todos los demás, no puede entrar en guerra por sí, porque la guerra solo la pueden declarar los estados, es su instrumento para imponer su idea de paz, porque, si bien, estamos todos de acuerdo en la paz, no lo estamos en el tipo de paz que deseamos (la paz de los nazis, no es la misma que la de los marxistas, y ninguna de esta es la misma que la que desean los demócratas). Así, nos es obligado preguntarnos en qué paz queremos vivir, y cómo vamos a solucionar los conflictos que, como todo ser humano, arrastramos. Por eso es tan importante el conocimiento, la educación, el saber razonar, y saber medir los conflictos que puede traer eso que pretendemos.

Las ideas de don Quijote sobre la paz y la justicia son ideas mitológicas, por aristotélicas que sean, en cuanto que son ficticias (él no tiene ningún ejército), y autológicas porque persigue una paz egoísta (la justicia soy yo).

 

Basado en la Crítica de Razón Literaria de JGMaestro.


domingo, 2 de abril de 2023

Las manos dulces de la abuela


Revivo ahora un día de principios de abril, de esos en que llegaba la lluvia y, al poco, florecían las lilas; días en los que un viento tibio se deslizaba sobre el huerto: entonces las macetas y los arriates, como las mujeres, preparaban sus vestidos para las fiestas del verano. Días en lo que, asomado a la ventana que mira Albayar, a lo lejos, detrás de las alamedas, se oía monótono, pero rotundo, el caudal del río.

Como si en este momento fuese, veo el vapor del crepúsculo pasando entre los chopos aún sin hojas, sólo brotes de un verde vivo, difuminando sus contornos dentro de una tinta violeta, más pálida y transparente que una gasa sutil parada sobre sus desnudas ramas. En la ribera pastan las cabras encaramadas en los primeros brotes de las sargas; siento el silencio inmenso y la campana de la iglesia que de pronto tañe, dejando ir por los aires un sosegado lamento. El valle, entre la difusa niebla y aquel tañido disperso, repetido sin ninguna cadencia, extravía mi pensamiento hacía los viejos recuerdos de adolescencia en lugares más apacibles. Rememoro mis sueños al son de esa misma campana en la cámara de esta casa, y vivo de nuevo mis abstracciones de entonces; recuerdo las confusas caras de mis vecinos y amigos. Son momentos en los que a veces, cuando la memoria juega conmigo, me pierdo sin remedio. Sobre todo advierto a mi abuela que regresa del campo con una cesta de mimbre en la mano… La abuela.


Mi abuela tenía las manos dulces; le sobraba azúcar del corazón. Todo era dulce en Mama Rogelia: el gobierno de la casa, el celo con sus macetas, el cuidado de la familia, mis visitas a las higueras en su compañía, el amor por sus nietos. Aquí tenía que decir “nietas”, porque nietos solo tuvo uno y, como ella decía, con su natural e incondicional amor: “güero”. Yo no sabía qué significaba esa palabra, y aunque me la decía cada vez que yo hacia una trastada, “uno, y güero”. Sabía que no era nada malo.

Cada vez que amasaba, aprovechaba el horno para regalarnos a los nietos alguna gracia pastelera –magdalenas, torta de lata, zolletas, etc, -; pero era sobre todo en Navidad, Semana Santa, y en San Marcos cuando hacía gala de sus grandes dotes de dulcera. Ya lo sabíamos: en Navidad eran los mantecados, los soplillos y la tortaenlata; en la pasión, las torrijas; en San Marcos, más de lo mismo, y el hornazo. No había dulces como los suyos, que también los habíamos hecho las nietas -en esto, me incluyo, consciente de la afrenta que le hago a la academia-, estorbándole en sus quehaceres, y apremiándole para comerlos nada más salir del horno. Mi madre hacía boladillos de patata, que también nos gustaban y no precisaban tanto esmero, pero no era lo mismo que los dulces que nosotros hacíamos con la abuela.

Siempre ocurría igual: a pesar de los avisos de que fuésemos moderados, que los dulces debían durar hasta Reyes, para Año Nuevo ya no quedaba nada. Yo, siempre que podía, procuraba birlarle a mi abuela algún mantecado o cualquier otro dulce para regalárselo a mi amigo Antonio "el de Fabián", o cambiarlo por un paquete de “mistos”. Mi abuela se daba cuenta, pero ¡cómo sabía disimular! Una vez me preguntó que le había parecido a mi amigo el dulce, y yo, fui tan ingenuo, que reproduje sus palabras exactas:

-¡Coño! ¡Qué cosa más rica!

El taco me costó un buen pellizco de la tía Elena, que siempre observaba sigilosa. Para colmo, pocos días después, tuvimos una visita de esas que mi madre llamaba “estiradas”. Yo estaba jugando en el huerto, próximo al paseo donde concluían los saludos, y mi madre me llamó:

-Ven, que la "señora" quiere verte.

Después de darme un beso y decir, sin convicción, que estaba altísimo y muy guapo, me preguntó:

-¿Cómo no estás jugando con tus amigos?

-Es que Antonio se ha tenido que ir corriendo.

-¿Y eso?

-Su madre, que le ha llamado para que que lleve la cabra a que el macho la cubra.

Vi que mi madre se santiguaba con una mueca dudosa de sonrisa contenida. Y yo, escéptico pensé, ¡Santo Dios! ¿Habré metido la pata? Mi madre, que sabía mirar fijamente, en ocasiones, también sabía apartar la mirada, como desentendiéndose de las obsesiones inoportunas de cualquier estirado, me lanzó una nueva y certera mirada, que desvió hacia el lugar preciso, y, vocalizando despacio, me mandó junto a mi hermana pequeña que jugaba con su pelota en la terraza: - ¡ Ve con tu her-ma-na a la te-rra-za!

Lo peor es que todo lo que decía y preguntaba era verdad. Entonces “cuando éramos felices” los mayores, pocas veces hablaban; las más, callaban y se encogían de hombros, a la vez que soltaban un disimulado “¡pish!”, o te decían sin más, que de eso no se hablaba en casa. Pero yo si hablaba, yo si decía siempre lo que quería decir; lo sé por los muchos coscorrones que me llevé.

Carlos, otro amigo, un líder nato, un niño con voz de hombre, cuya casa era como una extensión de la nuestra, más bruto y espontáneo que Antonio, pero que sabía hablar con la “ese” y escupir con el dedo gordo como los señoricos, se pasaba el día profiriendo tacos y palabrotas: si la burra, que se llamaba Bernabé, se liaba al almendro al que estaba atada, la llamaba "putaburra"; si se hacía daño con algo o se pinchaba, exclamaba, "¡hostias!"; si se quemaba la planta del pie al frenar la bicicleta con la zapatilla gastada, se cagaba en “Sanlúcar de Barrameda”, un taco que a mi me sonaba raro, pero que, según me dijo un día, era un “santo” de Cádiz, una ciudad que se llamaba así, casi como nuestro pueblo, pero que era mucho menos importante; y cuando Carlos veía u oía algo que le llamaba la atención, que le impresionaba por lo que fuera, sacaba su expresión favorita: "¡coñooo!", con una “o” final, tan larga y prolongada, que se le quedaba varios segundos en los labios. A mí me daba pena que dijera tantos tacos, porque estaba seguro que se iba a condenar, y se lo dije cuando, los dos, nos fuimos al seminario. Él, que siempre se mostró seguro de sí mismo, se reía y, para demostrarme que no había el menor peligro, se ponía a decir su taco favorito y estaba así media hora sin parar. Yo me quedaba pensando en el día en que, serio y mayestático, su ángel de la guarda, con espada flamígera y túnica hasta los pies, se sacase del bolsillo el terrible cuadernillo de las anotaciones y comenzara a sumar y luego a multiplicar. Por misericordioso que fuese el Señor, incluso aunque le hiciese un mocho, por eso de que era huérfano y no le gustaba el catecismo, ni las clases, ni los curas, ni rezar..., unos cuantos cientos de años en el purgatorio no se los iba a quitar nadie.


Ahora, cuando vuelvo al paraíso de mi infancia, de lo que permanece, ya nada es lo mismo que en mi memoria, yo mismo, me miro en el espejo y no me reconozco, todo está trastocado por los “encantadores”, por la locura de mi imaginación, pero, si me dejo de “caballerías” recobro la cordura, y entonces pienso en mi abuela, que sigue siendo mi abuela; en eso, la memoria no me engaña.

Mi abuela tenía centenares de macetas en el huerto que cuidaba con mimo, y un lilo en la mitad de la tapia, asomado a la calle, que era su debilidad; daba ramilletes de flores diminutas, de color rosa vivo, y ella hablaba con él de sus cosas, de su infancia en su pueblo al lado de otro “cinamomo”, como ella le llamaba...

Mi abuela siguió haciendo dulces y siendo dulce hasta el fin de los días que recuerdo. Los nietos crecimos demasiado, incluso llegamos a casarnos y abandonar el pueblo. En uno de los regresos, el lilo había desaparecido, y al poco, murió la abuela… La tía Rogelia suplantó a su madre en la cocina y en el cuidado de las macetas, pero ya el horno no fue el mismo, empezamos a comprar las cosas en la panadería. Todo parecía marchar… Pero, nada que ver con los años felices en los que estaba la abuela.

 

Texto inédito de: Del cinamomo al laurel. 04

miércoles, 29 de marzo de 2023

Una visión "buenista" de Sancho.

 


La semana pasada en el teatro de la Universidad fui espectador del Retablo jovial de Casona. ¿Quien me iba a decir a mí cuando, de joven, interpreté a Mauricio, personaje de Los árboles mueren de pie, que Casona iba por donde iba, y que, como ahora, tan de moda estaban entonces esas ideas posmodernas?

En el Quijote, a pesar de que el narrador se empeñe en lo contrario, los hechos, lo que realmente está sucediendo en la novela, nos confirman que Sancho no tiene nada de tonto, que actúa con ingenio, inteligencia, y buena fe.

Alejandro Casona, en su Retablo jovial, parafrasea, a través de un hipertexto, el hipotexto de Cervantes, donde reinterpreta teatralmente los episodios de la ínsula Barataria, juega con el idealismo armonista, ingenuo, de la ideología krausista, y se burla, desde la clave de la gente humilde, de la gente poderosa. Es un teatro bien intencionado de ideología socialista del siglo pasado. Un ejemplo en Casona, un dialogo entre el cronista y el mayordomo del duque.

- Cronista: Es posible que nuestros señores los duques hayan elegido para gobernador a este zoquete de alforja, labrador y con barba de dos semanas.

- Mayordomo: Los duques nos lo envían, en efecto, pero habéis de saber que todo esto no es nada mas que una burla. Este gobernador que aquí llega no es otro que el gran Sancho Panza, rústico simple y sin sal en la mollera.

Son términos, tomados de Cervantes, situados en un contexto muy diferente. No estamos en el siglo de oro y no tenemos que defender a la gente humilde de la preceptiva clásica, sino satisfacer a un público krausista, empático con el socialismo. Estamos en La Barraca, en la II República, es decir, en unos señoritos que seducen a la izquierda y trabajan para el pueblo pero sin formar parte de él. Es el cinismo social. Es Casona.

Ya sabemos que el narrador del Quijote, como he dicho, miente más que habla: Sancho es muy inteligente y de él dice que no tiene sal en la mollera. La inteligencia de Sancho evita la burla, el escarnio, y por tanto el carnaval. La inteligencia de Sancho está muy por encima de la inteligencia de sus burladores. Hay una dialéctica entre lo que ocurre, lo que hace Sancho, que es muy digno y admirable, y lo que cuenta el narrador, tildando una y otra vez de torpe a Sancho. Sancho está en el Quijote, no para ser motivo de burla, ni de carnaval, sino para dar un paso en contra de la preceptiva clásica, que reduce a los de su condición a personajes despersonalizados y de pura comedia, a los que se identificaba por la condición o por el vicio que se le representaban como arquetipo social (el avaro, el celoso, el ruin, el hipócrita, el tartufo…). Sin embargo Sancho Panza, tiene su propio nombre. No por casualidad el Avellaneda, que se dio cuenta de todo esto, trata de verter sobre Sancho un montón de vicios, o feas costumbres, como la de esconderse albóndigas, u otra comida en su propio cuerpo, pero Sancho es irreductible a personaje cómico. La risa disminuye conforme avanza el Quijote, y se extingue del todo en Barataria, donde, como en un melodrama, Sancho se va porque descubre la burla, la degeneración de las élites. Sancho podría hacerse el tonto y vivir a cuerpo de gobernador, pero no lo acepta; no se deja corromper. Cervantes nos quiere decir con este episodio que no se puede vivir en la ficción.

Casona trata de buscar la complicidad del público y establece un dialogo, entre rebuznos, de Sancho con un mayordomo altivo de los duques:

- Mayordomo: mayordomo soy de este palacio con licencia vuestra -se oye el rebuzno de fondo -

- Sancho: pues a vos mando, sr. mayordomo, cuidad de ese rucio que me ha traído como si fuese mi propio hermano.

- Mayordomo: ¿Qué rucio decís? -fingiendo no verlo.

- Sancho: mi pollino, que por no avergonzarle le llamo rucio por el color de su pelaje.

- Mayordomo (altivo): ¿y pareceos que yo soy hombre para cuidar pollinos?

Avanzando en el diálogo dice Sancho:

- Devuélvanme mi pollino, mi único amigo fiel, del que no pienso volver a separarme más…

Nótese el animalísmo de la escena en el teatro de Casona. Dice. “mi burro que es mi propio hermano”. En una sociedad no animalista sería ridículo hacer esta comparación, pero es muy lógico en la que si lo es; la risa determina el grado de racionalismo de una sociedad. Y el mayordomo marcando esa distancia que lo convierte en un personaje ridículo. Solo la modernidad, y mucho más la posmodernidad, a los nobles, a los poderosos, se les ha convertido progresivamente en personajes de comedia, en objeto público de risa. Cervantes, una vez más, fue el primero, lo hace con don Quijote, que era un hidalgo venido a menos, lo hace con toda la corte ducal.

Casona, en su obra de teatro, “narra” como Sancho abandona su gobierno; en el Quijote, que es una novela, se “dramatiza”, este abandono. Es curioso este quiasmo.

Leemos a Casona en su obra de teatro El retablo jovial donde narra este abandono:

Después de una pausa con una tranquila tristeza dice Sancho:

- Digo señores que si así es el oficio de gobernador, no es el hijo de mi madre el que nació para esto…

Comienza a despojarse de las insignias.

- Si he de mandar ejércitos, y velar por las armas y sentenciar pleitos a todas horas, para que la una parte se vaya contenta y la otra me saque el pellejo, y vivir con el temor de que me maten enemigos a los que nunca ofendí, y no comer ni beber sino como manda ese médico verdugo… Si todo eso es gobernar, quédense aquí mis llaves y mis galas. A mi trabajo y a mi tierra me vuelvo, que más quiero vivir entre mantas que morir entre holandas. Devuélvanme mi pollino, mi único amigo fiel, del que no pienso volver a separarme más...”

De nuevo el animalismo, esa misantropía, que es el resultado del fracaso de las relaciones personales. Un ser humano no está hecho, por mucho que nos empeñemos y por muchp que regulemos, para convivir de tú a tú con los animales.

Sigue Sancho:

- … Y si algo merezco por lo que hice, solo pido a vuestras mercedes que me den medio pan y medio queso, que yo comeré de camino, a la sombra de una encina, mejor que comí en palacio entre manteles y brocados.

Dirigiéndose al público dice Sancho. Un joven actor, con tablas, parecía que me señalaba a mí, que me encogí retrepándome en la butaca:

- Y a vosotros ciudadanos de la ínsula, adiós. Si no os hice mucho bien, tampoco quise haceros mal. Fui gobernador y salgo con las manos limpias; desnudo nací, desnudo me hayo; ni pierdo ni gano. Adiós.

Y como siempre que aflora una idea de este tipo, que tiene mucho que ver con el narcisismo de la modestia me viene el gran Machado a la cabeza. Eso de exhibir el “que yo me voy como vine”, es muy de don Antonio, pero también es muy krausista.

Casona desprecia al rico, mientras que Cervantes degrada al noble. Casona juega con la antipatía del pobre frente al rico, con esa dialéctica tan socialista, mientras Cervantes presenta la degradación ociosa de la nobleza. No es baladí la diferencia.

El pasaje cervantino en la capítulo 53, 2ª, es totalmente dramático, porque suprime cualquier intermediario entre el personaje Sancho y el lector de la novela. En él Sancho apela a la libertad, algo que en Casona no está presente, ni se le espera. Dice así:

Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense: déjenme ir, que me voy a bizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.

… No son estas burlas para dos veces.

Esta última afirmación revela que Sancho era plenamente consciente de la burla. Sancho no es tonto, no es un personaje de comedia. Habla de libertad genitiva, de hacer las cosas que su cuerpo le permita hacer. En ese momento, irse de allí… Sancho habla por Cervantes que quiere despojarse de lo que representa la preceptiva clásica; alejarse de los que le impiden vivir su libertad, que no es protestante, que no es de pensamiento, sino de acción, de poder hacer lo que quiere hacer en un momento dado, sin dañar a terceros: comer cuando quiere y dormir donde quiere. Cervantes, a través de Sancho, plantea que la libertad es lo que los demás nos dejan hacer.


…


Definiciones subjetivas de palabras usadas en este texto:

Animalista: Que defiende el derechos de los animales hasta considerarlos semejantes a los seres humanos.

Hipertexto: texto que se nutre de otro anterior o hipotexto.

Hipotexto: texto que se puede identificar como la fuente principal de significado de un segundo texto, el hipertexto.

Idealismo: Pensamiento de que las cosas son buenas de por sí y los problemas se solucionan por arte de magia y por consiguiente condenado al fracaso.

Krausismo: corriente filosófica con un visión “particular” de Dios, la tolerancia, y la libertad.

Posmodernidad: considera que todas las culturas son iguales. Si alguien habla de una cultura como superior a otra queda maldito para los posmodernos, porque está despreciando a otras culturas. Pero la realidad es que no todas las culturas son iguales: eso lo podría comprobar cualquier posmoderno europeo yéndose a vivir, no a pasar unos días, a vivir a cualquier tribú del amazonas…, o simplemente a Cuba o Venezuela, o ¿por qué no?, simplemente a un país islámico cercano. Además los posmodernos se creen en posesión exclusiva de la moral. Un pensamiento limitado, que solo quiere llevar a la gente a un sistema público de opinión, algo totalmente irracional.

Preceptiva: normativa tácita por la que se ha de discurrir. Suele ser ortodoxa y apegada al poder, olvidando que los genios, los nobeles, suelen ser heterodoxos. Como lo fue el Quijote.

Progre, diría a bote pronto, que es la prolongación, más de forma que de fondo, de un krausismo decadente, que intenta parecer independiente pero en realidad solo quiere ser empático con el buenismo, el animalismo, el feminismo, y tantos “ismos” más. En definitiva, gentes que seducen a la izquierda y dicen trabajar en beneficio del pueblo, pero que doblan poco el espinazo y para nada forman parte de ese pueblo. Es el cinismo social, ese que enarbola banderas de muchos colores, y defienden causas dudosas, pero que les vienen muy bien para distraerse un poco, engañarse un mucho, y reafirmarse en dogmas caducos y fracasados.

¡Ah! Y como han estudiado un poco, saben que la libertad es lo que los demás nos dejan hacer. Saben que los de enfrente les dejarán hacer y decir mentiras y otras sinrazones... sin embargo cuando los otros expresan su opinión, que no coincide con la suya, les tachas de fascistas y otras cosas peores, ya sean jueces, políticos, o un vecino que le expresa su verdad tomando una caña.

Misantropía: se usa aquí en la sospecha de todo animalismo encierra algo de ella.

viernes, 17 de marzo de 2023

martes, 14 de febrero de 2023

"Esto es amor, quien lo probó lo sabe"

 
 
 
              Las pasiones son los vientos que hinchan la nave; a veces la hunden; pero sin ellas no sería posible navegar.

Algo así dijo Voltaire en Zadid y el destino

 




 

En el amor no basta con la imaginación, que si bien juega un papel de cierta importancia, solo con ella, quedaría una pobre reducción del asunto. Quiero decir que el amor exige una realidad. De ahí, y apoyado en mis notas o apuntes, comentaré dos poemas magníficos que sobre el amor ha dado nuestra literatura.

Añadiré, por si a algún lector se le escapa, que el amor por sí solo no nos hace mejores personas, para eso, ironizando un poco, están los dogmas, las ideologías, los partidos políticos, nuestro equipo de futbol o los amigos de la parcela. Ampliaré el introito diciendo algo que todos intuimos: para saber qué es el amor no basta con acudir al diccionario, pues los académicos nos lo definen con unos términos semánticos normativos, que nos dejan igual que estábamos, y tampoco nos sirven los versos de los poetas, que solo expresan fingidas emociones del autor, que aportan ideas dispares sobre el amor según el ocasional vate al que acudimos. Adicionaré que todos creemos buscar la sabiduría en los libros, pero, curiosamente, cuando los tenemos en la mano y los leemos, nos damos cuenta, que en realidad, la literatura, la poesía, más que enseñarnos, nos exige conocimientos para digerirla adecuadamente.

Los poemas a los que recurro para hablar de amor con toda mi subjetividad son muy conocidos, dos poemas clásicos, de distinto enfoque: uno, irregular, de mi siempre admirado Antonio Machado; y otro, magistral de -autor refutado en otros temas por el que suscribe-, Lope Vega.

Comenzamos por Machado: el poema pertenece al libro Nuevas canciones, que no es de su mejor época creativa, como lo es la etapa modernista de Soledades, galería y otros poemas, o Campos de Castilla en su madurez. Dice así:

Huye del triste amor, amor pacato,
sin peligro, sin venda ni aventura,
que espera del amor prenda segura,
porque en amor locura es lo sensato.

Ese que el pecho esquiva al niño ciego
y blasfemó del fuego de la vida,
de una brasa pensada, y no encendida,
quiere ceniza que le guarde el fuego.

Y ceniza hallará, no de su llama,
cuando descubra el torpe desvarío
que pendía, sin flor, fruto en la rama.

Con negra llave el aposento frío
de su tiempo abrirá. ¡Desierta cama,
y turbio espejo y corazón vacío!

La idea central es de una condena del concepto de amor tímido, insustancial, pacato, frío, sin contenido, muy pensado, apolíneo, un amor que se identifica con el racionalismo. Frente a esta idea, el autor nos dice entre líneas que hay un concepto de amor enérgico, casi diríamos violento, desorbitado, lleno de pasión, que se suele identificar con la locura; una concepción dionisíaca frente a lo apolíneo (la pasión frente al sosiego). Si lo pensamos un poco, identificar este amor pacato con el racionalismo es algo un tanto arbitrario, ya que las pasiones no tienen porque ser irracionales: la locura misma no tiene porque ser irracional, la locura es una falta de cordura (ahora estoy pensando en don Quijote, que para mí, más que un loco, es un adolescente con ganas de divertirse). Un loco puede actuar racionalmente en su locura, y la seducción siempre exige algo de locura que, bien pensada, es racional. Del mismo modo ponerle pasión a los hechos, puede alejarnos en determinados casos de la razón, pero en otros -y esto no podemos dudarlo-, nos ayudan en la empresa emprendida. Para seducir bien hay que pensar, hay que conocer, y establecer una estrategia: como mínimo exige presencia, exige arreglarse, enviar flores, saber aproximarse, hay que preparar un guion…, todo eso no es otra cosa que racionalizar, y lo contrario sería hacer el idiota, descuido que en este asunto se comete con mucha frecuencia.

Esta asociación que hace Machado entre amor pacato y amor racional, refuerza aquel verso en el que decía “todo amor es fantasía”, pues la fantasía conoce poco la realidad, más bien es idealismo pacato. Pero no olvidemos que hablamos desde un punto de vista literario, en el que todos damos por sentado que el amor “pacato” puede ser racional, pero, tan pacatos son esos amores que nada tienen que contar: no son literarios. En este punto se podría añadir que, curiosamente, parece reflexionar sobre su futuro y particular amor con Guiomar, sobre amor "pacato" que viviría con la musa de Puerta de Hierro, a pesar de su propia advertencia literaria.

El poema se presenta en una dialéctica en la que se nos dice que huyamos del amor triste, sin sustancia, sin peligro, sin venda, que el verdadero amor es ciego, y lleno de aventura. El amor es ciego, impredecible -quiere decir-, porque el enamoramiento, que es el primer paso del amor, ve perfectamente, de hecho por la vista entran las primeras flechas del niño ciego, y como dice la canción: “nunca se ha visto a un tuno dar un beso a la pared”. El amor espera la prenda segura, pues no hay amor desinteresado, siempre busca algo, y casi siempre busca lo mismo; además, el amor, aunque sea lo único en esta vida que no se puede comprar ni vender, no se lleva mal con el dinero, pues su racionalismo le dice, que una buena cartera mal no hace, y, por el contrario, puede venir muy bien. En el cuarto verso nos dice que en amor locura es lo sensato, tomándolo literalmente podríamos decir; “depende”, pero el poeta quiere apuntar que es necesario un poco de chispa, de descarga eléctrica, de que el bello se nos erice ante una mirada, que el pavo se suba ante una sorpresa. Después todo el soneto nos engancha con esa música que provoca la licencia poética de la repetición de sonidos, que los académicos llaman aliteración.

En el segundo cuarteto, nos habla del "niño ciego”, que es el dios Cupido, del que nos dice que no se debe huir -el corazón antes que la cabeza-; y que sería una blasfemia hacerlo. “La brasa pensada y no encendida” un amor falso, interesado; y que el verdadero amor quiere ascuas encendidas, como diría Quevedo: “polvo enamorado”.

El soneto se despide con un tono modernista, proyectando la “negra llave”, con una sucesión de quiasmos de gradación descendente, anunciando que el amor que vendrá, debe evitar: “Desierta cama, y turbio espejo y corazón vacío”.

Podríamos concluir que la pasión no resta valor a la razón, que en el amor, se puede ser pasional y racional a la vez. La locura no es solo un uso patológico de la razón, es también, en muchos casos, el nombre que la ignorancia da a aquellas formas desconocidas de razonamiento.

Antonio Machado es quizás -para mi lo es-, el más grande poeta que jamás dieron los tiempos. Pero, descendiendo a detalles biográficos del autor, no parece ser la persona indicada para hablar de amor desde la experiencia -entiéndaseme-, para hablar literariamente de amor, es el más indicado, pues sufrió pérdida y desengaño..., y todo poeta manierista (refinado y artificioso) no ha ser diestro en lo vivido, en el sentimiento, sino en la capacidad para construir artificiosamente una experiencia, que podrá ser verdadera o fingida. También podemos decir que no hay necesidad de poner en juego los materiales de la propia vida, el propio sentimiento, igual que un pintor manierista no tiene necesidad de fijarse en las caras de personas reales para retratar a sus héroes y sus santos, vírgenes y ninfas. Desde esa perspectiva, la vida común y las personas reales son demasiado vulgares para ser usadas como material de partida y objeto de atención.

También está eso de la ironía..., sin olvidar la perspectiva con que se enfocan estas líneas: Machado contrae matrimonio en 1909 con Leonor, una chiquilla, una niña de 16 años. Cosas de poetas -diría-; porque me recuerda a Dante, que se enamoró perdidamente de Beatriz cuando ésta tenía nueve años y era una chiquilla rutilante, pintada y encantadora, enjoyada, con un vestido carmesí... pero eso ocurría en 1274, en Florencia, durante una fiesta privada en el alegre mes de mayo. Y también me recuerda a Petrarca que se enamoró locamente de Laura, ésta era una rubia nínfula de doce años que corría con el viento, el polen y el polvo, una esquiva flor de la hermosa planicie que se extiende al pie de las colinas de Vaucluse.

Machado no conoció más amor que el de Leonor, y muchos años después, el de Pilar Valderrama, que no pasó de ser un amor cortés o pacato. Un amor sufrido mucho después de la escritura de este soneto, un amor que pudo tener toda la pasión que suponer se pueda por parte de don Antonio, pero ninguna, absolutamente ninguna, por parte de Guiomar, cuya pasión e interés iba unicamente por el lado literario.

Un escenario completamente distinto encontramos en Lope de Vega. Enseguida nos damos cuenta que, aquí, en Lope, de “amor pacato” no hay nada. La modestia de Machado cuando dijo eso, “...Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido…”, es manifiesta. Por el contrario, Lope, fue un crápula en el terreno amoroso, que las “mató callando” hasta donde fue posible. No fue solo Marta de Nevares, antes que ella fueron muchas más (Belisa, María, Elena, Antonia, Micaela...). La locura a Lope, como Platón sopló al oído de Aurora Luque, le viene de un dios: de Eros, como la poética parece llegarle de las propias musas.

Pero Lope define el amor con criterios racionales, sin mitologías, desconociendo la inspiración de Calíope o de Erató; su fuente está en la vida, más que en las bibliotecas, viene más de la calle que de la Hélade. Imposible escoger mejor las palabras:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Este soneto solo lo pudo escribir alguien que conoce bien el amor, que sabe que en el amor, en un momento dado, por placer o por dolor, fallan los ánimos, desmayarse; atreverse, por amor es uno capaz de muchas cosas que de otra manera no haría, pues el amor, aunque algunos lo duden, es más fuerte que el sexo. Sigue Lope: estar furioso, quién no se ha enfurecido muchas veces con este tema; quién no se ha puesto áspero o tierno (espachurrado, me gusta decir a mí) en el amor, quién no ha transigido en el amor, quién no ha sido esquivo, aunque, al marcharse, lo haya hecho mirando de reojo; quién no ha tenido un susto de muerte alguna vez, no hallar fuera del bien centro y reposo; quién no se ha sentido cobarde por esa ocasión perdida que no volverá. Quién no ha sido o ha hecho de todo en el amor…

Lope nunca habla de dicha, de felicidad, ni de fidelidad, por eso, porque fue un triunfador en vida que no tuvo necesidad de ciertos desprecios, de entablar ciertas batallas, dije antes que Lope es un crápula, un canalla  que, entre otros saberes, destaca su destreza en la rima y en el amor.

Continúa reiterando las mismas ideas: quien no ha sido valiente, o fugitivo, quién no ha saltado por una ventana alguna vez y ha salido corriendo sin mirar atrás. Quién no se ha sentido despreciado alguna vez “… Huir el rostro al claro desengaño”, que ninguna prevención puede detenerle, que a nada que lo intente le presta cuentas, siguiendo, erre que erre, hasta “beber veneno por licor suave”, esperando una mirada, una atención, dejando incluso de ser un seductor y convirtiéndose en un imbécil. Renunciar a todos los beneficios posibles “olvidar el provecho, amar el daño”; y caer incluso más bajo, admitiendo que “un cielo en el infierno cabe”, ¡qué importa que sea satanás el compañero si es por amor la empresa!

Y, de pronto, el escarmiento, “dar la vida y el alma a un desengaño”, se da todo hasta que te abren los ojos; y al final, por si no nos habíamos dado cuenta, nos dice de lo que nos está hablando: “esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Intuimos que él lo sabe. Y, con ese "quien lo probó lo sabe", sin duda nos está confesasando que ha vivido.

Una definición impecable, un tanto barroca, basada en la propia experiencia amorosa. Lope no necesita apelar a la locura para dar fuerza a la experiencia amorosa; no necesita acudir a la felicidad para hablar del amor. Está claro que Lope es un experto en vivir pasiones, en saltar ventanas. Lope no entendería el amor pacato de Machado, ni siquiera lo nombraría, para él, eso sería una cursilería, una pérdida de tiempo.

Esta comparación de dos poemas tan dispares nos remite a la idea que la buena poesía también es filosofía que expresa ideas en verso. Creo que el barroco es racionalmente superior al romanticismo, que con mucha frecuencia acude a cuestiones irracionales para definir el amor. Por eso me he olvidado de la diferencia que hace Cervantes de las flechas del "niño ciego", que unas son de plomo y otras son de oro (más eficaces), en la disputa que tienen Lenio y Tirsi (Galatea, Libro IV). En los poemas tratados se plantea el amor en términos humanos, físicos, eróticos. No se habla de mitologías, ni de amores platónicos; ni de amores místicos, como los de Teresa de Avila; ni se habla de un amor ecologista, de contemplar una montaña o una puesta de sol, como en el romanticismo; no se habla de un amor por la naturaleza que, desde el renacimiento, siempre ha estado presente en la literatura; no es un amor floral, o fáunico, aunque el modernismo haya utilizado esa imagen para intensificar los efectos amorosos, como en el caso de Lorca que todos los hombre llevan un clavel en los labios. Aquí, en estos poemas se habla de un amor físico, un amor humano; un amor racional lleno de pasiones. De AMOR: "quien lo probó lo sabe."


Añado un poema sobre el amor, lleno de belleza de Ángel González:


ME BASTA ASÍ
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

viernes, 10 de febrero de 2023

Del cinamomo al laurel



Declaraciones y advertencias

Quisiera declararte, también a quienes, inclinados a otorgarme el favor de leer lo que viene, que aquí pueden advertir una autobiografía, pero también encontrarán muchas incógnitas, y algunas necedades, ya que en la recreación de la vida tiene mucho peso aquello que no ha sucedido de veras pero que estuvo a punto de pasar, como lo tiene lo deseado, lo soñado o lo temido. En la mía sin duda alguna, por eso me gusta tanto El Quijote, por eso y para no limitarme, no podría elegir entre el sanchopancismo y el quijotismo que tan bien se complementan. 

Es arduo penetrar en lo más claro de la memoria, por lo que dejaré aparte, para otro momento en que sienta algo de distancia, los hechos más significativos, los más dolorosos o los más personales, aunque, de soslayo, puede que se me escape algo. Como he advertido, aquí encontraréis tanto hechos reales, como sueños; me dejaré llevar por la quimera, un monstruo que maneja la mano cuando la mente se abstrae. Distinguir la ficción de lo real es cosa vuestra, y si estoy cerca no me preguntéis, posiblemente no sepa reconocerlos.

Sé que exijo demasiado a la sangre y amistad: incluso que lea estos renglones y no los desacrediten. Pero, consciente de mis limitaciones, pondré aquí los límites del crédito a que esta narración aspira. Yo mismo, cuando tomo el rol del lector, no me reconozco en estas líneas que aprisionan la efímera realidad de un concierto de luces reflejado en tales nubes que, dispersas, no han vuelto a juntarse como en su día se juntaron. Repaso indiferente el soliloquio de un ser, a veces, desconocido, prisionero de la mano que desfila sin orden por teclado en la búsqueda de horizontes que sobrepasan la realidad. Así podría afirmar que no es autobiografía con nombre y rostro. Es puro signo y artificio entre sentimientos veraces. Pero que nadie se pare en el signo ni en el artificio al leerlo, aunque pudiera que valga el esfuerzo lo significado, la trampa, o el arte, si alguno de vosotros creéis reconoceros en algún momento.

He puesto el mayor esfuerzo en ser leal a mi pensamiento, aquel que se puede hacer público, porque yo también, como tú, me asusto a veces de las voces que nos hablan al oído en el silencio de la noche, esas en el que todos nos recreamos más de lo que reconocemos y que es mejor callar, y de aquellas que, a costa del amor propio, respetan los sentimientos de la persona que fui en otras épocas ya pasadas, pues yo, siempre, a diferencia de lo que otros confiesan, he estado en continuo cambio, lo estoy aún y no quisiera cesar jamás.

No gusto yo, o sí, con afición egoísta, del tiempo pretérito en el que tantas cosas dejamos perder. Aquella juventud, por ejemplo, tan ignorante de su obligada virtud, tan ignorante del valor del esfuerzo; tan gris en su día a día; tan llena de esperanza en aquellos tiempos… Tan deseada ahora que han pasado, pongamos, cincuenta años.

Hoy, pensado en ti, recordando esos días de no hace muchos años, que me llevan sin remedio a otros años más lejanos, cuando yo tenía la edad que tú tienes ahora; cuando comenzaba todo, cuando todo estaba por venir para mí, como ahora lo está para ti, me he dicho las cosas que ahora te digo: Tú, que en este momento sólo quieres jugar con tus legos, o dibujar a Spiderman, pero tal vez, algún día, quieras saber algo de tus raíces. Por eso, y nada más que por eso, me he puesto a escribir. Bueno, quizás también fuese un deseo que llevaba oculto hace años, que tú has sacado de del baúl de una ilusión. Así, estos textos sólo pretenden ser la narración emocionada de una feliz infancia en una familia, que es mi familia, pero que también es la tuya, de un pueblo alpujarreño donde está parte de nuestro fundamento.

En estos textos asomarán personas de nuestro tiempo, un tiempo aún reciente, pero muchas te parecerán pertenecer a un ya lejano entonces. Todas, incluso las que ya no están, aparecen llenas de vida, y la frescura con que se presentan no se puede medir por la escala temporal, sino por el recuerdo de una memoria idealizada a pesar de la vida, caprichosa, desordenada y confusa. Así pues, cuando, dentro de unos años, leas esto, no debes tomarlo todo al pie de la letra (espero haber hablado largo y tendido antes contigo de la ficción y la literatura). Aquí no hay verdades absolutas, como tampoco hay absolutamente una mentira, también sabemos que la memoria nos juega muchas pasadas… Se podría hablar de ficción, diciendo aquella máxima que trajo el barroco que dice que: la ficción es el artificio útil para conocer la verdad que la realidad oculta. Eso un lector inteligente sabe discernirlo. Por ahora nada más digo. Pero, en modo de adulación, exclamo: ¡Quién no se forja la ilusión de escribir para gente avispada!

Añadiré que no voy a colgar mis cualidades o virtudes, eso es fácil. Tampoco mis defectos, eso es más fácil aún. No abusaré de citas de escritores maravillosos o poesías sensibles llenas de utopía. ¿Entonces qué escribo?, ¿quizás lo que me gusta? Bien, pues me gustan los míos, entre otras razones, porque son míos, y yo suyo, me gustan los amigos, la naturaleza, los libros (De entre todos, si tuviera que escoger -espero que no-, me quedaría con El Quijote -ya hablaremos de esto-.), me gustan las catedrales y los museos, sobre todo cuando veo la ilusión con que los contempla tu abuela, me gusta el dominó y el ajedrez -eso ya lo sabes-; me gusta la cocina y el vino… ¡Para! es una lista demasiado larga. Bueno. Pero para no alargarme, hay algo importante que si bien lo he generalizado, no lo he concretado, ¿adivinas qué es? ¡Y si fueses tú!, lo que más me gusta, lo que más quiero.

Desde mí, pensando en ti; desde mí que desconozco la verdad, pero la busco, porque quiero que tú seas Verdad; desde mí que creo en pocas cosas, y esas pocas, con frecuencia, las pongo en duda, desde mí que quisiera creer en muchas más. Desde mí para ti, va todo esto.

Empezando por el principio, te diré que creo en algo: sobre todo creo en las personas y en sus defectos; creo en la naturaleza que hemos heredado de nuestros padres, que con tanta frecuencia se comporta de forma tan poco natural, ¿o es más natural el valle y los árboles en flor, que la tormenta que los arrasa?; creo en el progreso del ser humano, con los peligros que conlleva; creo en la ciencia, y en el riesgo de su manipulación. Y tú pensarás que hay muchas dudas en lo que creo, pero es que es en la duda en lo que más creo. Creo que es un engaño lo del espíritu absoluto, lo del ego transcendental, lo del motor perpetuo, lo del superhombre, lo de un ser superior, en definitiva, que nos controla a modo de un granhermano. Creo que todas la utopías son aplastadas por la distopía que conllevan (No te espantes, con estas últimas líneas; ya hablaremos de ellas).

Fíjate que paradoja: aceptar un principio físico es algo que las personas hacemos y, con frecuencia, buscamos explicaciones a nuestras creencias y así llegamos a creer saber por qué creemos. Sin embargo rara vez buscamos explicación a algo que no creemos, si lo hiciéramos podríamos llegar a cuestionarnos si la vida que creemos vivir es real, si no somos únicamente una masa cerebral a la que le han implantado recuerdos, vivencias, ilusiones, sentimientos; podríamos ser como los replicantes de Blade Runer, creados hace muy poco en un laboratorio, tan bien hechos que nos vemos repletos de defectos y limitaciones, con un deseo de libertad frustrado por los sentimientos y la socialización. Por muy fantástica que sea esta hipótesis, es al menos posible imaginarla. Y si la imaginamos, pues la imaginación no tiene límites (eso es otra cosa en la que creo). ¿Podemos estar seguros de algo en la vida, si ni siquiera podemos descartar nuestra propia falsificación? Descartes ya planteó la hipótesis de todo lo que consideramos real pudiera ser simplemente un sueño. Como me conozco, eso, entre otras anécdotas ficcionadas, creo que es lo aquí hallarás, una miscelánea de vida, de sueños, de ilusiones, anhelos, y esperanza. Pero todo puede girar en cualquier momento. No hay nada seguro, así que esta advertencia te resultará un tanto inútil.


Del cinamomo al laurel


Nuestra casa era una casa grande de pueblo, lo es aún; pronto, después de unos cuantos juegos en familia, una esporádica discusión, o unas lágrimas de emoción, la considerarás también tuya. Cuando yo tenía la edad que tú tienes ahora, estaba habitada por los abuelos, los padres, y los seis hermanos. Ya nos conoces. También estaban las tías, y las primas que nos visitaban ocasionalmente. Ahora está vacía; sólo se llena los veranos, por los Santos, y algún día suelto en el que, por diversos motivos, la casa puede requerir nuestra presencia. Ahora quienes éramos nietos, como tú lo eres, somos abuelos, y los abuelos y padres de entonces se fueron tan lejos que tú ya no los verás, aunque algunas veces, mirando sus fotografías los recordaremos juntos.

Cuando el nieto era yo, la vida transcurría en la calle o en el campo, y nos podíamos manchar jugando en la tierra y el barro, o con el pegajoso líquido de la liria. No te lo querrás creer, pero bebíamos agua en cualquier poza del río o en las acequias, saltábamos balates con la misma facilidad que tú das tus volteretas, comíamos frutas sin lavar, verdes y con las mismas manos de preparar la lechetrezna. Mi madre decía que San Blas nos protegía de todo.

La casa, que ya sabes que es muy grande, está llena de galabernos, de habitaciones sin luz, como de habitaciones luminosas. En la bodega no nos dejaban entrar porque al parecer, hace mucho tiempo, en un tiempo anterior al mío, allí pasó algo, algo de lo que no se podía hablar, pero que más adelante intentaré contarte.

Lo más importante de la casa era el huerto, un huerto repleto de árboles y hortalizas que se repetían a lo largo de los años, con la única precaución de la alternancia de cultivos. A lo largo de mi vida he visto muchos árboles diferentes en el huerto, entre los que puedo destacar el manzano-peral, porque ni era manzano, ni era peral, sino ambas cosas a la vez: una rama echaba peros de esos que seguían siendo verdes cuando maduraban; otra, nos daba unas manzanas dulces; y la tercera, manzanas agrías que nadie comía frescas, pero que mi madre cocinaba, elaborando un plato exquisito, que degustábamos tanto en caliente como en frío en las tardes de agosto, y ¡cómo le gustaba a mi amigo Santiago!, que todos los años tomaba sus vacaciones por aquellos días definidos por las manzanascocidas, y las ceremonias paganas que gustábamos realizar. El manzano parecía a propósito injertado para explicar el misterio de la Santísima Trinidad: ¿había tres árboles? No; sólo había uno con tres patas distintas y un verdadero tronco común. Pero este misterio es mejor que ahora lo olvides; ya te hablaré de él cuando pasen unos cuantos años, pues son muchos los temas de los que quiero hablar contigo que le preceden en importancia.

Otro árbol, que recuerdo con predilección, es el caqui que nos daba sus generosos frutos allá por los Santos, pero que seguían radiantes hasta la navidad, extendidos sobre los poyos de la bodega, Se perdió hace unos años, y hemos puesto otro en su mismo lugar, que luce espléndido. Este será de tu tiempo.

Pero de todos los árboles, el primero que quedó entre mis afectos, fue el lilo; el lilo de Mama Rogelia, al que la abuela llamaba cinamomo. Estaba en la mitad del paseo, que entonces era de tierra, frente al postigo del dormitorio de Matilde que, en las mañanas de abril y mayo, se asomaba para ver esas alegres florecillas que trasminaban sus despertares. El lilo estuvo siempre allí, hasta que nos fuimos yendo en busca de nuestras quimeras, y un día -me dijo la abuela, mi abuela-, que cansado de sufrir tanta ausencia, se abandonó y murió. Con él comenzó a irse nuestra infancia.

Ahora el dueño del huerto es el laurel, por eso este título: Del cinamomo al laurel. Entre los dos, lilo y laurel, está escrita la historia familiar que yo recuerdo. El laurel está situado en el rincón de la fraternidad y los conflictos dormidos de la familia; también lo llamamos a veces el rincón de Apolo, recordando cuando éste descansó en la sombra del laurel en el que Zeus convirtió a Dafne. El laurel o su personificación en Dafne, que la imaginación lo puede todo, nos da una generosa sombra, que nos gusta decir que compartimos con el apenado Apolo por el rechazo de la ninfa. Esa sombra refresca nuestras tardes conspiradoras de verano, en las que solemos mezclar la distancia de las generaciones, frías cervezas que se quedan con frecuencia a medio beber, vino cada vez mejor elegido, jamón siempre de Juviles, reproches confesables y querencias que la sangre y el vino nos afloran... De todo hay en el huerto de la abuela. Quiero creer que lo que más abundan son los amores. Tú puedes darlo por seguro.

 

Del cinamomo al laurel. Presentación