La académica Emily Wilson dijo hace unos días de la Odisea de Nolan que es una cinta superficial, y una reducción del mito. De La bola negra podríamos decir lo mismo. Se recrea en el mito de Lorca, pero lo reduce porque lo limita. Eso ocurre siempre que se versiona un texto, imagen o vida, de tanta relevancia: se ha escrito tanto de la obra de Homero, de Cervantes o de Lorca, son tantas las ideas, mensajes o paradigmas, que se han atribuido a los grandes, las interpretaciones que se han hecho de su vida o su pensamiento -tantas veces a pesar del propio autor- que todo lo que se diga o se escriba será una visión reduccionista del tema. Imposible abarcarlo todo.
Ya he visto La bola negra, ayer por fin me lo permitieron mis muchas tareas de jubilado. Muchos a lo largo de estos días me han preguntado por ella, contestaba que no quería saber nada a priori que contaminara mi opinión. La he visto y ya tengo mi opinión. La mía. De nadie más.
Prescindo de prejuicios y comparto que me ha gustado. Mucho. Claro que se pueden matizar aspectos: que quizás pretende abarcar demasiado, que Lorca es muchas cosas y no todas se reflejan, que no se cuenta todo. Natural por imposible. Que La bola negra es cine. Buen cine para verlo en sala grande. Para escuchar. Para desconectar. Y es una película que remueve. Remueve como historia de dolor, de incomprensión, de muerte, de represión. Y al final de reflexión sobre el paso del tiempo. De superación: algo en lo que no estamos.
Los Javis poseen un talento evidente, talento visual y narrativo para interpretar historias, mezclando ingredientes y a la vez salir triunfantes. Son tres historias que suceden en épocas distintas, y abordan, en cierto modo, diferentes aspectos enlazados de forma magistral y con una potencia visual propia del neorealismo italiano y de la estética de Almodóvar. Vamos que están en la onda y reúnen los requisitos necesarios para satisfacer el morbo del mundo posmoderno y, cada vez más orweliano, que no es poco hoy día.
Es evidente que los Javis reman a favor del viento. Cuando utilizan la voz de un Lorca “íntimo e vulnerable”, buscan provocar emociones sentimentales, por eso digo que, más que otra cosa, es un maravilloso ejercicio de expresionismo sensible. El expresionismo subraya la psicología o fenomenología de los hechos, siendo, como lo es aquí, más importante la forma que el fondo, se pone más énfasis en el “cómo se expresa”, que en lo que significa esa expresión, dejando a voluntad del espectador su propia interpretación, como en su día nos aconsejó Unamuno, en Meditaciones del Quijote, que nos vino a decir que para ver una obra de arte es conveniente prescindir del autor. Por otro lado, a los autores (creacionistas y por tanto autológicos) en el acto de creación parece no importarles mucho el análisis del espectador, les importa ante todo lo que ellos sienten, lo que expresan: priorizan lo sensible a lo inteligible.
Hay historias de cine que podríamos escuchar en la radio y seguirlas sin confundirnos, sin embargo el texto de La bola negra, nos llevaría a una confusión total. Las tres historias (1932, 1937 y 2017) mezcladas y la principal, como un hipertexto lorquiano, del que se parte para dar giros y saltos de gran estética y sensibilidad pero nada inteligibles por sí, perderían totalmente al oyente, asunto que para nada ocurre al estar en la película perfectamente hilvanado el texto a la imagen, consiguiendo una sinergia enriquecedora que nos sitúa ante una obra fuera de lo común.
La película tiene factura, tiene sentimiento con un guion complejo que te puede montar un lío si no lo encauzas; la frase a menudo queda inacabada, no hay verbo, parece sugerir algo, pero no dice nada; una elipsis galopante recorre la parte del manuscrito hallado… Y es que, como he comentado, el expresionismo es la exaltación del idealismo, que más que la realidad retrata la visión psicológica de la realidad. Son impulsos anímicos que deforman la visión natural de las cosas, potenciando el mundo de los sueños, del subconsciente y rompiendo con la lógica realista: la lógica del personaje, de la acción, del tiempo, del espacio, del diálogo. El expresionismo sugiere la crítica sin explicar las causas.
Federico diría que la película tiene duende, esa fuerza creativa desgarradora que penetra en las entrañas de las personas, seduciéndolas, penetrándolas a través del discurrir de la palabra o la imagen en los misterios que acongojan al hombre. Es un quejido andaluz, artísticamente intenso y de una belleza y una claridad asombrosas.
Como en el universo lorquiano, la película está caracterizada por esa reflexión sobre el tiempo, sobre la circunstancia, sobre la guerra fratricida, sobre la muerte que nos acecha de manera segura e implacable y que, lejos de quedarse en un discurso meramente trágico, ofrece al ser humano el impulso más profundo de desplegar su potencial creativo.
Las interpretaciones son todas muy creíbles. De todas, sin embargo, hay una que brilla especialmente: Guitarrica. La cámara le quiere, es muy espontáneo, muy natural e inspira una gran ternura y credibilidad. El papel de Penélope Cruz que, pese a su brevedad, no es intrascendente, y que como siempre todo lo hace bien, transmitiendo al tiempo descaro, supervivencia, dolor, ternura, fuerza y determinación. De Glenn Close, estudiosa de Lorca, la americana que me ha llevado a Gibson, se podría prescindir, aporta poco..., quizás nada más que un prejuicio.
La fotografía es cruda, clara, impactante: en los primeros minutos sientes gana de abandonar, pero no abandonas y te enganchas, te conmueves, te quedas inmóvil en la butaca, asido a ella para no perderte nada. Destaca por su potencia visual. No podría explicar por qué me ha recordado a Apocalypse Now o Senderos de gloria.
La dirección espléndida, pues han sabido ajustar la imagen, el texto y la idea sugerida con maestría.
El pase del que fui parte en una sala de cine llena por completo en la ya tercera semana, vi una película que termina y un silencio sobrecogedor lo llena todo. De emoción, afirmo. De haber experimentado una película que va más allá de lo que esperabas. El espectador que vi anoche a mi lado tardó mucho en reaccionar, mostró un respeto colosal, pero cuando por fin lo hizo, una expresión generalizada se abrió paso: la difícil comprensión de la película… y es que siempre las grandes obras al espectador avispado más que ofrecerle, les exigen conocimientos. La conmoción personal y social del momento, las pasiones, la angustia, el entusiasmo por la lucha, todos estos sentimientos, de forma radical, están muy presentes.
A nuestro lado había una chica de no más de veinte años, cuando nos levantamos nos dimos cuenta que lloraba desconsoladamente. Lola, con su típica empatía, se acercó a ella para consolarla, la abrazó sin decir nada; yo me atreví a decirle que mirase la película como una fábula, que si bien todo está basado en unos hechos terribles … No sé si la ayudé o la confundí un poco más; hay veces que las palabras no sirven de nada.
Toda su lírica está materializada y formalizada en un ambiente muy sugerente, tenebroso, simbólico, de una imaginación exacerbada, y una imagen radical del hecho narrado. Un ejemplo destacable es el poema pasa de mano en mano como un oxímoron de ese silencio, de ese olvido lleno de sonoridad y plasticidad, que al final recibe alguien que no sabemos quién es en el domicilio del nieto de Rafael Rodríguez Rampún; alguien que no tiene rostro, posiblemente porque no está de acuerdo con el tratamiento que se hace de su abuelo. Quizás la última y honesta sugerencia de los autores.

...leo tu página, Pepe, en un ambiente contextual en que soy yo (lo que yo sea) el único nexo. Desde Johannesburgo, en un necesario descanso tras el par de horas en el museo de África, sin más alma por las salas de lo que antaño era mercado que un servidor.
ResponderEliminarSupongo que pasado el tiempo veré, como es mi intención, la famosa película. Uno tus impresiones a otras, no tan doctas, pero coincidentes en "buena película"...
Y, ay mi Lola confortadora...esta imagen sí "la estoy viendo"...
Gracias...