En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás. Este sitio no desea molestar a nadie, pero, el autor, está libre de cortapisas al exponer su opinión.

jueves, 2 de noviembre de 2023

"Puesto ya el pie en el estribo"

 


Antes de marcharse de este mundo, el escritor más grande que han dado las letras españolas, Miguel de Cervantes, comenzó un largo adiós personal en su Viaje del Parnaso, una obra escrita en tercetos en la que el también autor de El Quijote cuenta el viaje al monte Parnaso para librar una alegórica batalla contra los malos poetas, que también abundaban entonces... El libro se publicó en 1614, cuando apenas faltaban dos años para que el escritor dijese adiós a este mundo y, como no había triunfado en poesía y tampoco podía imaginar el éxito sin fin del que iba a gozar la novela de su entrañable loco, es célebre aquel comienzo del Parnaso que sonaba ya tan conclusivo...

“Yo, que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo”.

El cielo le tenía reservadas otras gracias, pero es fácil adivinarlas a toro pasado. El caso es que él se fue consolando en esa dura realidad sin demasiados aplausos que había vivido y, en el prólogo de su última obra –escrito cuatro días antes de morir-, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada ya póstumamente e imprescindible para entender al alcalaíno, también incluyó varias modalidades de despedida. Una en prosa, para cerrar:

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!.

Otra en verso, en la propia dedicatoria del prólogo a don Pedro Fernández de Castro y Andrade, VII Conde de Lemos:

Puesto ya el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran señor, esta te escribo...

Su propio Don Quijote, en el lecho de la cordura, dando paso de nuevo a Alonso Quijano, inició así su testamento:

Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía...

Hasta para decir adiós hay que tener gracia, aunque Cervantes creyera que no la tuvo... La tuvo tanto como nuestro poeta del Renacimiento, Garcilaso de la Vega, quien, casi un siglo antes, en su Égloga segunda, dice por boca del pastor Albanio:

Adiós, montañas; adiós, verdes prados;

adiós, corrientes ríos espumosos;

vivid sin mí con siglos prolongados.

¿Qué hubieran pensado ambos, Garcilaso y Cervantes, de haber levantado la cabeza dos o tres siglos después? La poeta gallega y romántica Rosalía de Castro se apuntó a esa modalidad lírica de las despedidas y, en uno de sus Cantares gallegos, dejó escrito:

Adiós, ríos; adiós, fontes;

adiós, regatos pequenos;

adiós, vista dos meus ollos;

non sei cándo nos veremos.

Y eso que faltaban más de veinte años para su muerte de veras. Fue justo otro siglo después cuando un poeta de la Generación del 27, quizá el que había decidido despedirse para siempre de nuestro país con más antelación –sin morirse siquiera-, Luis Cernuda, se despidió de la vida fijándose en lo que más había valorado en ella. En Desolación de la quimera (1962) liga la letra de un célebre tango con el texto cervantino para decir:

DESPEDIDA


Muchachos
Que nunca fuisteis compañeros de mi vida,
Adiós.
Muchachos
Que no seréis nunca compañeros de mi vida,
Adiós.
El tiempo de una vida nos separa
Infranqueable:
A un lado la juventud libre y risueña;
A otro la vejez humillante e inhóspita.

…

Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires.
Que yo pronto he de irme, confiado,
Adonde, anudado el roto hilo, diga y haga
Lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe.
Adiós, adiós, compañeros imposibles.
Que ya tan sólo aprendo
A morir, deseando
Veros de nuevo, hermosos igualmente
En alguna otra vida.

Federico García Lorca, en cambio, con una personalidad tan distinta pero que profetizó como nadie su propia muerte en varios de sus poemas. En Canciones, en el poema “Despedida” con dos versos de pura advertencia parece despedirse:

¡Si muero,

dejad el balcón abierto!

En la "Casida de los ramos" de Diván de Tamarit, escrita en los días de la persecución, muy pocos antes de su muerte, expresa la sensación de quien se haya en estado de declive psicofísico que preludia el fatal desenlace:

Por las arboledas del Tamarit

han venido los perros de plomo

a esperar que se caigan los ramos,

a esperar que se quiebren ellos solos.

Un contemporáneo suyo del otro lado del Atlántico, el peruano César Vallejo, dijo de sí mismo en un poema titulado “Piedra negra sobre piedra blanca”, compuesto entre 1931 y 1937 y publicado póstumamente en Poemas Humanos en 1939:

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París –y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

Innovador como nadie en la pura conciencia del lenguaje que manipulaba a su antojo, aquel poema continuaba así:

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto

con todo mi camino, a verme solo”.

Unamuno falleció en la tarde del 31 de diciembre de 1936, lamentándo que Dios hubiera abandonado de aquella manera a España. Con este pensamiento se desplomó sobre la mesa camilla. Exactamente treinta años antes, la tarde del último día de 1906, escribía un poema titulado, Es de noche, en mi estudio.

Es de noche, en mi estudio.
Profunda soledad; oigo el latido
de mi pecho agitado
es que se siente solo,
y es que se siente blanco de mi mente
y oigo a la sangre
cuyo leve susurro
llena el silencio.
Diríase que cae el hilo líquido
de la clepsidra al fondo.
Aquí, de noche, solo, este es mi estudio;
los libros callan;
mi lámpara de aceite
baña en lumbre de paz estas cuartillas,
lumbre cual de sagrario;
los libros callan;
de los poetas, pensadores, doctos,
los espíritus duermen;
y ello es como si en torno me rondase
cautelosa la muerte.
Me vuelvo a ratos para ver si acecha,
escudriño lo oscuro,
trato de descubrir entre las sombras
su sombra vaga,
pienso en la angina;

pienso en mi edad viril; de los cuarenta
pasé ha dos años.
Es una tentación dominadora
que aquí, en la soledad, es el silencio
quien me la asesta;
el silencio y los sombras.
Y me digo: “Tal vez cuando muy pronto
vengan para anunciarme
que me espera la cena,
encuentren aquí un cuerpo
pálido y frío
la cosa que fuí yo, éste que espera ,
como esos libros silencioso y yerto,
parada ya la sangre,
yeldándose en las venas,
el pecho silencioso
bajo la dulce luz del blando aceite,
lámpara funeraria.”
Tiemblo de terminar estos renglones
que no parezcan
extraño testamento,
más bien presentimiento misterioso
del allende sombrío,
dictados por el ansia
de vida eterna.
Los terminé y aún vivo.

Es un poema autobiográfico, que habla de las cosas que ocurren en ese justo momento. Está hablando de una realidad, así podríamos decir que es una obra literaria donde no existe la ficción, pues está hablando de lo que en ese momento siente fisiólgica y psicológicamente.

Unamuno, me hace recordar el soneto de Quevedo Desde la torre de Juan Abad.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

Y en este soneto reflexiona sobre la fugacidad de la vida: siente cómo el tiempo avanza inexorablemente y se acerca la muerte, y nos apremia a no confiarnos de la juventud y a tomar consciencia de nuestra condición mortal.

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!
Feroz, de tierra el débil muro escalas,
en quien lozana juventud se fía;
mas ya mi corazón del postrer día
atiende el vuelo, sin mirar las alas.
¡Oh, condición mortal! ¡Oh, dura suerte!
¡Que no puedo querer vivir mañana
sin la pensión de procurar mi muerte!
Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

En efecto, la gracia (de despedirse) que el cielo no había sabido darle, supuestamente, a Cervantes se extendió allá por donde lo hizo nuestro idioma. La poeta argentina Alfonsina Storni también quiso despedirse antes de su suicidio, preocupada más por las cosas que por ella misma.

Las cosas que mueren jamás resucitan,

las cosas que mueren no tornan jamás.

¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda

es polvo por siempre y por siempre será!

Y escribió en un bello poema de dodecasílabos:

Cuando los capullos caen de la rama

dos veces seguidas no florecerán…

¡Las flores tronchadas por el viento impío

se agotan por siempre, por siempre jamás!

¡Los días que fueron, los días perdidos,

los días inertes ya no volverán!

¡Qué tristes las horas que se desgranaron

bajo el aletazo de la soledad! (…)

¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!

¡Adiós mi alegría llena de bondad!

¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,

las cosas celestes que no vuelven más!”.

Más metaliterario y menos lírico, el chileno Jorge Teillier dejó escrito:

...y me despido de estos poemas:

palabras, palabras –un poco de aire

movido por los labios- palabras

para ocultar quizá lo único verdadero:

que respiramos y dejamos de respirar”.

Angel González, en estos versos, se refiere a la muerte que implica el olvido. En su reflexión, el hecho de que las personas nos recuerden, hace que nos podamos mantener vivos.

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

Entre Bukowski y Juan Ramón será difícil encontrar alguna similitud: uno creador del realismo sucio y el otro preocupado por que no tocaran más a la rosa, como nos advierte en Piedra y cielo. Pero ambos nos dejaron unos emocionantes poemas, cada cual a su manera, que eran unas inolvidables despedidas en sí mismos. El de Bukowski empieza directamente:

Esperando a la muerte

como un gato

que saltará sobre la

cama.

Y luego convierte el texto en un poema de amor a destiempo:

Estoy apenado por

mi esposa.

Ella verá este

cuerpo

rígido

y blanco.

Lo sacudirá una vez, entonces

quizás de nuevo:

‘Hank’

Hank no

contestará.

No es mi muerte lo que

me preocupa, es mi esposa

sola con esta

pila de nada.

Quiero que sepa

que todas las noches

durmiendo a su lado.

Incluso las discusiones

inútiles

fueron cosas espléndidas.

Y las duras

palabras

que siempre tuve miedo de

decir

pueden ahora ser

dichas:

Te amo”.

El poema de Juan Ramón Jiménez no habla de su mujer, Zenobia Camprubí, porque aún no la conocía. Y pese a que él no había cumplido aún los treinta años, la conciencia de su finitud resume todas las despedidas literarias del modo más bello y sencillo a la vez:

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

Cualquier despedida literaria, al fin y al cabo, precede al viaje definitivo. Y, como no, también lo ha hecho mi paisano y amigo Enrique Morón, en uno de sus poemas, un soneto clásico de rima consonante que titula “El poeta piensa en la muerte” de su poemario Del tiempo frágil (1999):

Pasada ya la cumbre de la vida,

estoy bajando al sur de la ladera

con el miedo precoz de a quien espera

un lago al fondo y una barca hendida.

Vencido el tiempo, la ambición vencida,

he de cruzar, del lago, a la ribera

opuesta, donde habita y donde espera

la parca sombra de la noche herida.

...

lunes, 30 de octubre de 2023

Lope y el duque de Sessa


 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

 
 
 
 
En 1614, Lope de Vega sabía que no podía seguir siendo "secretario para todo" de Luis Fernández de Córdoba, a la sazón duque de Sessa (1582-1642. Personaje muy prestigioso en los reinados de Felipe III y Felipe IV, como descendiente que era del Gran Capitán). “Me aseguraron que estaba en pecado mortal”, le advirtió a su amigo en una misiva. Y es que, desde hacía pocas semanas, era sacerdote. ¿Cómo iba a seguir escribiendo cartas de amor para las numerosas amantes del duque? Según Mateo-Sagasta en su libro Ladrones de tinta, cuando Lope se ordenó sacerdote, se presentó ante el duque con la intención de confesarle y perdonarle sus pecados; el duque le contestó que ya tenía confesor, que a él lo quería para otra cosa, para que con la ayuda de sus letras poder seguir pecando por las noches, que ya se confesaría con el otro por las mañanas.
Quízá hubiera tenido un pase si fuera por una Roxane, de la que estaba enamorado el romántico soldado y poeta Cyrano, en el drama francés, pero no. El duque, como un coleccionista, quería la pluma de Lope para seducir a todas las que pudiera; no tenía límite. Lejos de ser un romántico, en lo amatorio Fernández de Córdoba era más bien un desaprensivo. Al menos, así lo describió Jose F. Acedo Castilla, académico de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

Igual que Lope, -pensarás- versado en sus líos de alcoba. Sí, pero no exactamente. Fue un hombre distraído, sin duda, pero en la misma medida en que fue constante. El literato Carmelo M. Bonet lo explicó en un artículo de principios del siglo pasado que casi parece una defensa del escritor. Si hubiera dos tipos de donjuanes, él sería de los que se entregan, y no solo en cuerpo, en cada uno de sus devaneos. Para Bonet, Lope fue un romántico antes del Romanticismo, que vivió su vida en la tensión constante entre dos pulsiones: su pasión por las mujeres y su amor por lo divino. Lo de la mujeres podemos verlo en un montaje espectacular, pero muy libre que se ha hecho en el “Puy de fou” en la provincia de Toledo.

Marido infiel y sacerdote también infiel, ahí está la verdad detrás de sus Rimas sacras (1614), historias de santos redimidos que, en realidad, solo sirvieron de espejo de su biografía. Y si en su obra aparece figuradamente, donde el Lope íntimo se hace evidente es en las cartas que se cruzó con el duque de Sessa, no como alcahuete, sino como amigo. Allí le hablaba de amor, de sexo y de sus últimas conquistas. Y cuando se hizo cura, de por qué ya no podía seguir siendo su, digamos, su secretario, o su alcahuete o su Cyrano particular.

Pero ¿cómo es posible que el autor más prolífico de su tiempo, el Fénix de los ingenios que llenó las salas de teatro, y del que Cervantes dijo que era un “monstruo de la naturaleza”, acabara en un embrollo tan esperpéntico?

Al principio, podría decirse que la irrupción de Luis Fernández de Córdoba en la vida del escritor, al que siempre faltaba el dinero, no pudo ser más oportuna. De hecho, de su segundo matrimonio, esta vez con Juana de Guardo, la hija de un rico comerciante, muchos dijeron que fue por conveniencia. Entre ellos, el poeta Luis de Góngora, que tanto gusto hallaba en burlarse de los traspiés de Lope, y lo cierto es que no le faltaba carnaza.

Para empezar, porque al instalarse en Toledo se había llevado consigo a sus dos mujeres. La otra, una actriz llamada Micaela de Luján (c. 1570- c. 1614), que también estaba casada y con la que tuvo, al menos, cinco hijos. Por supuesto, no vivían juntas, de modo que durante un tiempo tuvo que alquilar dos casas. A estos gastos, claro está, había que sumarle los otros hijos que tuvo (en total, quince, entre legítimos e ilegítimos) y sus escapadas nocturnas por las tabernas toledanas.

¡Oh, memoria cruel de mis enojos!,

¿qué honor te puede dar mi sentimiento,

en polvo convertidos sus despojos?

Permíteme callar solo un momento

que ya no tienen lágrimas mis ojos,

ni conceptos de amor mi pensamiento.

Por eso escribía tanto. Sonetos, epopeyas, novelas, poemas, comedias…, su obra literaria fue como un torrente, y nunca le faltó el trabajo. No en vano, en la época se decía “es de Lope”, en referencia a cualquier obra que fuera de calidad, y se popularizó un irreverente credo que rezaba: “Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra...”. Conociendo la calidad de sus obras, yo me pregunto, que nivel hubiera podido alcanzar de primar esta a la cantidad. Nunca lo sabremos.

Esa era su fama cuando el duque de Sessa lo conoció, en el verano de 1605. Su encargo: que le escribiera las cartas de amor de las que él no era capaz. Pero no solo eso, pues con el tiempo acabó encargándole que repasara correspondencia sobre cuestiones de Estado. A cambio, y en una relación fructífera para ambos, el duque lo agasajaba con generosos regalos y lo patrocinaba en la corte.

Esto último era algo que no le venía nada mal para resarcir su maltrecha reputación en palacio, sobre todo, después de que en 1587 insultara públicamente a Elena Osorio, una antigua amante que lo había cambiado por un noble bien relacionado.

Una dama se vende a quien la quiera.

En almoneda está. ¿Quieren comprarla?

Su padre es quien la vende, que aunque calla

su madre la sirvió de pregonera.

Por estos versos que hizo correr por Madrid mereció un destierro de ocho años. Una chiquillada si se compara con los amoríos de sus años de estudiante en la Universidad de Alcalá, de donde salió sin el título y ¡con una hija! Si entonces salió del paso trabajando de secretario para prohombres de la corte, años más tarde haría lo mismo para el duque de Sessa. La única diferencia, que ahora tenía muchas más bocas que alimentar.

Pero lo que empezó como una relación mecenas-artista, al final se acabó convirtiendo en una verdadera amistad. Según explicó el escritor y profesor Antonio Carreño en “Lope de Vega: Rompa ya el silencio el dolor en mí” (2019), un artículo sobre el escritor, ambos se explicaban sus escarceos amorosos, a veces con un nivel de detalle casi obsceno.

Aparte de eso, también una tentativa de asesinato que el Fénix sufrió en diciembre de 1611, cuando regresaba de una de sus tardes de borrachera por las tabernas del barrio de las letras. Aunque poco se sabe sobre esta intentona, sí que debió de ser especialmente traumática, pues llegó cuando su vida se derrumbaba por todas partes. Al poco tiempo falleció Carlos Félix –su hijo más querido–, y poco después, su esposa Juana.

Ya viudo, fue entonces cuando aquel desvergonzado decidió hacerse sacerdote. Para la mayoría de los historiadores se trató de una reacción a la fuerte crisis existencial que atravesaba en ese momento. Lo mismo podría decirse de las Rimas sacras, la más célebre de las obras devotas que compuso durante aquellos años. Escrita cuando más confundido estaba, también es la más introspectiva.

En realidad, su ordenación no fue una espectacular caída del caballo, como la de san Pablo, sino un intento casi patético por resarcirse, y con poco éxito. Otra vez en sus cartas, Lope vuelve a hablar de ese dualismo irreconciliable que convivía dentro de él:

Yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás... Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo...

Este extremo de su personalidad es el que Antonio Sánchez Jiménez, autor de Lope: El verso y la vida (2018), analizó en una crítica a sus Rimas sacras. Bajo este prisma, nos explica Sánchez, las rimas se convierten en una biografía del propio autor en la que va deslizando sus propios pensamientos a través de los poemas que dedica a los santos.

Y al hacerlo, se atrevió a compararse nada más y nada menos que con María Magdalena. Igual que la redimida más famosa de la Biblia, Lope también se veía a sí mismo como un pecador contrito. Para explicarlo, Sánchez recupera estos versos del poeta:

Los dos con atención mirar podemos

tú la vana hermosura, y yo el engaño,

pues entonces de error fueron extremos

como ahora lo son de desengaño.

Sin embargo, también es cierto que estas alegorías le resultaron muy beneficiosas, por hacerle caer simpático entre un público cuya cosmovisión del mundo venía definida por la Contrarreforma. Aunque eso no significa que no fuera sincero. Para muestra, la preocupación que le causaban sus cartas con el duque de Sessa. Metido a cura, ya no podía seguir enviándole las misivas subidas de tono sin romper con su conciencia. Además, no era el único que sabía de ellas:

Yo escribo a Vex.ª ese papel aquella persona por el último: la razón es que como los confesores propios hilan tan delgado, les ha parecido no absolverme.

En efecto, su confesor le había negado la absolución por culpa del duque. Pero, poco le importaba a este último, que en reiteradas ocasiones siguió pidiéndole que le sirviera de alcahuete. Sea como fuere, lo cierto es que no fue esa la causa de su última humillación pública. Otra vez más, y aunque ahora era sacerdote, volvió a encontrar un receptáculo para sus afectos. En este caso, una tal Amarilis, que aparecía recurrentemente en sus poemas, pero que no era un personaje de ficción.

Según revelan las cartas, Amarilis resultó ser Marta de Nevares (c. 1591-1632), una joven madrileña de veinticinco años, de piel blanquísima, ojos verdes, el pelo rizado y unos pies y manos pequeños que la hacían encantadora. Y no fue un amor platónico, pues acabaron teniendo una hija juntos.

Como era de esperar, aquello fue la comidilla de Madrid, y, por supuesto, una vez más sus enemigos aprovecharon la ocasión para hacerle escarnio. Si Góngora lo acusó de bebedor, Juan Ruiz de Alarcón lo llamó “viejo verde”, mofándose del concubinato con sus “martas”.

Sin embargo, si los últimos años del poeta fueron “sombríos”, como los definió Carmelo M. Bonet, no fue por eso, sino porque su amada Marta quedó ciega en 1626, y poco después perdió la cordura para acabar muriendo en 1632. Con la reputación muy dañada, Lope volvió a acudir a su mecenas para pedirle una vez más ayuda financiera.

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,

sin dejarme vivir, vive serena

aquella luz, que fue mi gloria y pena,

y me hace guerra, cuando en paz reposa

(…)

¡Oh, memoria cruel de mis enojos!,

¿qué honor te puede dar mi sentimiento,

en polvo convertidos sus despojos?

Permíteme callar solo un momento

que ya no tienen lágrimas mis ojos,

ni conceptos de amor mi pensamiento.


“Esto es amor es amor, quien lo probó lo sabe”. Así acaba Lope el soneto que nos sirve de entrada y que es el que mejor define el instinto amoroso, la pasión por encima de toda razón (incluida la razón teológica).



El texto está basado en los libros de: Antonio Sánchez Jiménez. Lope: El verso y la vida. Cátedra. 2018; de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin. Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011; y de Mateo-Sagasta, Ladrones de tinta. EDB Ficción, 2004.