En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

lunes, 8 de diciembre de 2025

La Numancia

Reparto de la obra dirigida por Alonso de Santos

 

La Numancia de Cervantes es una obra de ficción inspirada en la tradición popular sobre el hecho histórico del suicidio colectivo de una ciudad celtibérica, cercada por las legiones romanas de Escipión Emiliano en el año 133 aC. Numancia prefirió inmolarse antes que aceptar una rendición infamante.

Probablemente Cervantes se inspiró en el conocido romance de Timoneda, en el que aparece claramente la escena final de Viriato.

Es una tragedia en la que aparecen dos líderes enfrentados. Por el bando romano el general Escipión, a quien el senado romano ha encomendado la conquista; por otro lado los líderes numantinos encabezados por Teógenes que organizan la defensa frente a un imperio treinta veces superior.

Numancia es derrotada, pero no hay botín alguno para el vencedor, la ciudad queda destruida totalmente por sus propios habitantes, no quedan nada más que cenizas. Esto, a pesar de la victoria, supone para Escipión un fracaso ante el senado.

Cervantes quiere decirnos con esto que el ser humano desarrolla su libertad a partir del enfrentamiento con la realidad y lidera un proyecto en relación a esa realidad. Escipión fracasa porque no consigue lo que se propone; Teógenes y los numantinos, establecen un proyecto real, adverso para sus vidas, pero que les lleva al éxito, basado en la fama póstuma de alguien que prefirió el suicidio antes que la pérdida de la libertad frente al imperialismo romano.

- Jornada primera:

Numancia está sitiada por los romanos, embebidos en la lascivia tras varios años de guerra. Cipión (Escipión) llega al campamento con la intención de corregir la flojedad de sus tropas y no acepta negociar la paz con los embajadores numantinos. Levanta un foso para forzar la rendición de la plaza por hambre. Aparece entonces una alegoría de España que predice la ruina de Numancia y llama en su ayuda al río Duero. Este no da ninguna esperanza, pero predice que en el futuro Atila, los godos y el duque de Alba vengarán a los numantinos y que Felipe II será el soberano de toda la Península.

- Jornada segunda:

Los gobernadores de Numancia se reúnen en consejo y deciden morir luchando. Se dan a conocer los amores del joven soldado Morandro con Lira. Durante un sacrificio a Júpiter, el hechicero Marquino resucita el cuerpo de un soldado muerto en batalla para saber el designio de dioses. El cadáver profetiza el fin inevitable de Numancia y Marquino de suicida para no ser testigo de tal desventura...

- Jomada tercera:

Cipión rechaza terminar la guerra con un combate singular. Las mujeres impiden que los hombres hagan una salida y las abandonen a su suerte. Desesperados, los numantinos comen la carne de los prisioneros romanos antes de encender una hoguera en la que harán arder todas sus riquezas y a ellos mismos. Morandro sale al campamento romano en busca de comida para Lira. Mientras que los numantinos queman sus pertenencias, una madre trata de consolar a su hijo hambriento.

- Jomada cuarta:

Morandro vuelve malherido y muere en brazos de su amada Lira. Los numantinos se arrojan a la hoguera o se matan entre ellos. La Guerra, la Enfermedad y el Hambre dan la victoria a los romanos. El joven Viriato, único superviviente, permanece escondido en una torre con las llaves de la ciudad. Pese a los ruegos de Cipión, Viriato se arroja de la torre para privarle de una victoria honorable. Aparece entonces la Fama y promete que el mundo entero conocerá la gesta de los numantinos y la bravura de los españoles, sus sucesores.

Los esfuerzos infructuosos de los defensores para conjurar su destrucción se acerca a la esencia de la tragedia clásica cuando los numantinos, desbaratando los planes de los romanos, deciden asumir su destino y eligen la vía del sacrificio. Las alegorías del Duero y de la Fama dan a este acto desesperado un sentido histórico.

Cómo ve la tragedia la crítica moderna

Aprecian influencias de Virgilio en la aparición inicial de Cipión arengando a sus tropas, de Séneca y Heliodoro en la invocación a los infiernos de los asediados en busca de presagios o de Ercilla en la agonía de los numantinos.

Por otra parte, la introducción de figuras alegóricas, propio de las comedias humanísticas, cumple una función parecida al coro de las tragedias griegas. Las alegorías (el diálogo de España y el Duero, las intervenciones de la Guerra, la Enfermedad y el Hambre, el discurso final de la Fama) extraen y precisan poco a poco el sentido y el alcance del acontecimiento.

Para algunos críticos -y esto es mucho suponer, digo yo-, los numantinos representan para Cervantes a los moriscos rebeldes de las Alpujarras, y Cipión a don Juan de Austria. Otros van más allá y quieren ver representado en los romanos todo lo que existía de represivo, totalitario e imperialista en la sociedad de Cervantes. Tal vez el sitio de la ciudades flamencas por el duque de alba ¿Era consciente Cervantes de esta paradoja?

También hay quien cree que Cervantes no dividió los contendientes en buenos y malos porque, de hecho, podía identificarse a la vez con los dos contendientes; lo que le habría interesado sería mostrar la colisión de dos mundos. Ciertamente, hay una gran ambigüedad en la valoración de Roma: por un lado, son los enemigos invasores; por el otro, son el paradigma del concepto de imperio que España aspira a encamar. Ciertamente Cipión aparece no como un déspota despiadado sino como la gran figura militar que finalmente reconoce la grandeza de la gesta numantina.

Los numantinos, resignados, se muestran dispuestos a ser súbditos leales y a vivir en paz, pero no a perder su dignidad. Por eso prefieren morir que llevar una vida de insufrible agonía. Su guerra, en consecuencia, es presentada como una "guerra justa". Cipión también considera justa la guerra de Numancia y se indigna de que el pequeño pueblo hispano resista al poder de Roma. Quiere adueñarse de Numancia sin derramar una gota de sangre romana y sin hacer concesiones políticas.

Cipión simboliza la ciencia de la guerra y su objetivo es alcanzar la gloria. Encarna las virtudes militares (astucia, estrategia, oratoria ante la tropa, ansia de fama) pero no las virtudes humanas. Por ejemplo, cuando Cipión combate el abandono de sus soldados prohibiéndoles lujos y meretrices, lo que le preocupa es la eficacia, no la moralidad de la soldadesca.

En cierta medida, se trata de un enfrentamiento entre el espíritu caballeresco de los numantinos (patente en su propuesta de combate singular para terminar con la guerra) y los fríos cálculos del estadista Cipión. Las virtudes morales de los numantinos se plasman en el amor de Morandro por Lira, lo que le fortalece. En cambio, la lujuria de los soldados romanos con las rameras los debilitan. Además, el suicidio del sacerdote Marquino tiene el propósito de hacer sentir de un modo directo y personal el drama colectivo de los sitiados. El suicidio de los numantinos provoca admiración y espanto en el espectador.

En La Numnacia cervantina soplan aires patrióticos. Numancia se presenta como un desafío obstinado a la grandeza de Roma. A la luz de las profecías del Duero y de la Fama, su resistencia y sacrificio se convierten en preludio de la gloriosa historia de España: tras la ocupación romana vendrán las invasiones bárbaras, los visigodos, el saqueo de Roma del 1527, la campaña italiana del Duque de Alba de 1556 y, en 1580, la anexión de Portugal. El presente es presentado como una herencia del pasado. Las virtudes numantinas se perpetúan en las generaciones siguientes de españoles. La España del siglo XVI se muestra digna heredera de numantinos y godos.

La filosofía cervantina

Cervantes es el primer autor de la historia que en la tragedia sustituye la metafísica por la historias, a los dioses por los seres humanos, a los que hace protagonistas de los hechos que ocurren. Esa es la esencia de La Numancia. En la tragedia siempre los protagonistas eran de las clase altas, porque se estimaba que solo la nobleza y la realeza podían expresar con dignidad el dolor y el sufrimiento, que en la clases bajas eso era chabacanería, que solo podían ser protagonistas de la comedia. Cervantes rompe este principio que era una ley sagrada de la composición literaria; en La Numancia, que algunos con ironía han llamado la primera tragedia socialista (mucho antes que se inventara el socialismo), no hay nobles, es la primera tragedia que invierte las leyes del decoro, con el protagonismo de las gentes sencillas. Pero esto no solo ocurre en La Numancia; el protagonista del Quijote es un noble venido a menos, la más baja escala de la nobleza, un personaje al que ridiculiza constantemente, y sin embargo Sancho, que viene del pueblo está mitificado de principio a fin; se invierten los valores en los que se regulaba el arte y el modo de interpretarla.

Finalizo con las ideas de esperanza y libertad tan comunes en toda la obra de Cervantes

Se dice que Cervantes es autor de una sola gran obra y el resto son mediocres o buenas sin más. Para nada comparto esa idea, simplemente la grandeza del Quijote es tal que eclipsa a cualquier otra y pienso, como simple lector, que el resto de su obra es extraordinaria.

Es magnífico el desarrollo del protagonista colectivo, como mantiene su esperanza, siempre sobrepasada por el destino, y la posibilidad humana de actuar en libertad, incluso cuando parece imposible. La obra culmina con la decisión numantina de no entregar nada ni a nadie al enemigo suicidándose colectivamente, lo que les dignifica y honra sobre los romanos, a pesar de la muerte y la derrota.

Hoy en día está considerada la mejor tragedia del Siglo de Oro español. Cervantes, igual que con el Quijote innovó la novela, con La Numancia se anticipa al teatro moderno y contemporáneo. 

 

- Canavaggio, Jean (1977): Cervantes dramaturgo. CVC

- Cotarelo, Armando (1915): El teatro de Cervantes, Madrid, CVC

- García Marín, Manuel (1980): Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca.

- Zimic, Stanislav (1992): El teatro de Cervantes, Madrid, Castalia.

 

 

Ideas con las que ha trabajado el dramaturgo José Luís Alonso de Santos, director de la obra que vamos a ver, según sus propias palabras:

Alonso de Santos

Esta tragedia es la defensa de lo colectivo; habla del 'nosotros', del 'estar juntos'... Es un pueblo unido defendiéndose de la tragedia, viviéndola; no es un pueblo roto, como es la España actual, sino una Numancia entonces -o una España en la época de Cervantes-, que estaba unida en su suerte y en su desgracia».

Numancia es un grito en defensa de los humildes, de aquellos que viven sin libertad y aplastados por una tiranía; las víctimas inocentes. Da igual que fuera la época del cerco numantino por los romanos, la época de Cervantes o nuestra época. En este montaje trato de gritar con los inocentes escénicamente, artísticamente, pero quiero que mi grito se una a ellos”

Mi versión trata de ser, en primer lugar, una defensa del más grande escritor español de todos los tiempos; y del orgullo de España y del idioma español, tan cervantino. A los valores de la lengua se unen a los valores de la dignidad, de la justicia, de la defensa de la libertad, de la lucha por la igualdad... Tantos y tantos valores que defendió Cervantes, que defendieron los numantinos y que defendemos nosotros ahora en el escenario”.

Numancia, trata de contar algo escénicamente con tres elementos claves: emoción, historia y poesía. Hay que destacar en ella la dimensión trágica de los humildes; ésta es la primera gran tragedia española, y una de las primeras y más importantes del mundo que habla de lo colectivo; normalmente, en las tragedias se cuenta la historia de alguien que, generalmente por influencia de los dioses, sufre una condición trágica. Aquí estamos hablando de decisiones humanas; hay una frase muy importante en la obra: 'Cada cual se fabrica su destino'. Aparece aquí la dimensión de la responsabilidad del hombre, no de los dioses. Cervantes escribe una tragedia dando la espalda al teocentrismo; son los hombres quienes deciden, quienes fraguan su destino».

Hay un último aspecto que quiere destacar el dramaturgo: “La obra es una defensa de la mujer, que apoyo plenamente; hay que darse cuenta de en qué época lo hace Cervantes. En Numancia la decisión más importante la toman las mujeres, ellas son las que deciden lo que, finalmente, llevará a Numancia a la historia”.

 

 

Las entradas ya preparadas


viernes, 5 de diciembre de 2025

Evangelio según Ángela Carballino

 Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos
los más miserables de los hombres todos.
(San Pablo, I Corintios, XV, 19.)
 
Leí este maravilloso libro en plena adolescencia. Es una novela corta, o "nivola" como le gustaba llamarlo a su autor, que condensa muchas de la preocupaciones filosóficas, religiosas y existenciales que marcaron su obra. Un relato aparentemente sencillo con el que Unamuno reflexiona sobre la fe, la duda y la búsqueda de la verdad. Una obra que comenzó a  desmontarnos a muchos jóvenes el nacional catolicismo con el que habíamos crecido. Jóvenes que en esos días y por ese hecho empezamos a cuestionarnos cosas que antes estaban bien sentadas: sentimos el vacío de la fe al dudar de la fe. Una verdadera paradoja: un libro escrito antes del franquismo que ataca los cimientos del franquismo.

Comencé a leer a escondidas en las cámaras de mi casa cuando, recién salido del seminario, desde el pueblo preparaba la reválida. En aquella cámara de paredes ocres o grises como aquellos tiempos, cuando ante mis padres estudiaba, estudiaba poco, leía algo y maquinaba mucho, pero lo cierto es que, con Julio Verne y el Capitán Trueno, me aficioné a la lectura. Tras la reválida había que abandonar el pueblo y, como Angelina, la narradora de la “nivola” fui a pulirme a la capital. Tuve la suerte de que una de la lecturas obligatorias en quinto de bachiller fuese esta pequeña obra de Unamuno y que el profesor de la chaqueta de pana y aire descuidado nos diera una pautas que nos ayudaron mucho para, desde nuestro limbo existencial, empezáramos a pensar y a hacernos preguntas que antes no se nos habían ocurrido.

Pocos textos literarios me han perturbado como este de Unamuno; por la edad en que lo trabajé, podría decir que ninguno. Llegó a mis manos cuando era un iluso que consideraba que creer en Dios es algo que no se cuestiona y aquel iluso, inducido por el raro profesor, comenzó a sospechar que todo lo anteriormente afirmado podría ser una conveniencia para aquella forma de vida. Y entonces los mitos, con la luz de la razón, que es -en palabras de aquel profesor- como debíamos mirar las cosas, comenzaron a desmoronarse y la vida a complicarse. El pensar por uno y no dejarse llevar era arduo, sobre todo cuando volvíamos al pueblo y las ínfulas de estudiante chocaban con la realidad social ante los ojos de nuestros padres.

A menudo leo a Unamuno, es uno de los autores que siempre están encima de mi mesa. En estos días he vuelto a leer San Manuel Bueno, mártir y la emoción me ha llevado a aquellos años, a aquella mirada tierna y protectora de mi madre, a la enseñanza mediante el trabajo y a la dura pero emotiva expresión de mi padre... ¡Cuánta paciencia tuvieron conmigo!

Esta novela breve está narrada en primera persona por su protagonista femenina, Ángela, que actúa como narradora testigo de la historia de un pequeño pueblo de Zamora al lado de un lago, Valverde de Lucerna: un lugar de leyenda. Ella apenas tiene importancia en los hechos que nos narra, simplemente es testigo de la existencia de don Manuel, el cura de su pueblo, sobre el que versa la obra íntegramente. Ángela es, qué duda cabe que Unamuno trata de subrayarlo desde la primera página, una evangelista y su texto literario es el “Evangelio según Ángela Carballino” y, para que el paralelismo sea aún más evidente, la obra se desarrolla a través de algo parecido a los versículos bíblicos, numerados por líneas.

Unamuno parece trazar una correlación entre don Manuel y Jesús de Nazaret, al que la narradora anuncia como “varón matriarcal”, que se reconoce a sí mismo en cada pecadora. Angelina procede también de una familia sin padre donde la madre había tomado las riendas de todo. El mensaje de Unamuno parece bastante claro.

Don Manuel es el cura de Valverde de Lucerna. El pueblo entero lo adora y lo considera un santo. Por lo que dice en las calles, por lo que proclama desde el púlpito, por sus buenas obras diarias y su preocupación constante por todos los habitantes de ese pueblo a las faldas de una altiva montaña y un lago inquietante.

Pero, tras la apariencia idílica de aquella sociedad cerrada, como siempre, anida el caos y la destrucción, el vacío existencial. Nada es lo que parece y todo es mentira. Don Manuel guarda un secreto terrible que tan sólo revela a Lázaro, el hermano progresista y ateo de Ángela, que regresa de las Américas habiendo hecho fortuna y que traba con el sacerdote una inesperada amistad. Ese secreto, tan oscuro como las aguas del lago que rodea al pueblo (la metáfora de la muerte en forma de las quietas aguas del lago es magistral), es que nuestro cura no cree en Dios y mucho menos en la vida eterna. Pero la función debe continuar, el pueblo no puede dudar, hay que ocultarle tan terrible verdad por su bien, continuar con la farsa para que siga viviendo anestesiado hasta que descubra la verdad al final de sus días.

Dice Ángela Carballino al escribir sus memorias, recordando a su hermano Lázaro y a don Manuel: “creo que mi san Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada”.

En este magistral texto literario de Miguel de Unamuno, esa alta montaña es la fe y el lago representa la duda y la muerte, en la que está zambullido sin poder evitarlo don Manuel, como también Lázaro, su discípulo. Es entonces, cuando Unamuno utiliza una de las imágenes más bellas que se hayan leído nunca, esa leyenda que dice que existe un pueblo similar a Valverde de Lucerna, mimético en su reflejo muerto, que duerme bajo las aguas y cuya campana se escucha una vez al año, durante la noche de San Juan. Una campana que resuena como las palabras gritadas por don Manuel en los oficios del Viernes Santo: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!” que tanto conmocionan al pueblo. Sólo un genio como Miguel de Unamuno pudo hablar del vacío de la fe desde la fe, en una obra capital para entender la literatura en castellano y, podríamos añadir, para entenderse uno mismo.

Quizás lo interesante de San Manuel Bueno, mártir no es si confirma o destruye la fe, sino que deja al descubierto algo más incómodo: la religión funciona incluso cuando Dios no está. Don Manuel no cree, pero cumple una función central: ordena el dolor, administra el sentido, sostiene vínculos, organiza la vida común. No es un metafísico; es un operador simbólico. El pueblo no se articula alrededor de una verdad demostrable, sino alrededor de rituales, palabras compartidas, límites morales y una evidente forma de mirar que hace la vida soportable.

Eso debería incomodar tanto al creyente ingenuo como al ateo triunfalista. Porque muestra que eliminar a Dios no elimina automáticamente la necesidad de estructuras de sentido. La pregunta no es “si Dios existe”, sino quién ocupa su lugar cuando Dios no está. La historia reciente sugiere que ese vacío no siempre lo llena la razón, la ciencia o la ética ilustrada, sino a veces cosas bastante peores.

Unamuno no defiende la fe, sino que diagnostica su función. Y lo hace con una honestidad brutal: a veces la verdad desnuda no libera, sino que desintegra. Las religiones primarias, aun sin Dios, fueron durante siglos uno de los grandes ordenadores de la vida social. Pensar que podemos prescindir de Dios sin consecuencias es, como mínimo, ingenuo.

viernes, 28 de noviembre de 2025

La penísula de las casas vacías


 La primera imagen en un cuadro de Zabaleta: "La Romería de Tíscar"; la del libro de David Uclés es el boceto que que hizo el pintor del mismo.

 

En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Se distingue bien de las demás porque flota solitaria. Carece de contorno y es de un tono más pardusco. Se ha detenido sobre el cuerpo de un miliciano andaluz que yace bocarriba en el manto de nieve que cubre el valle. Solo destacan el rosa tibio de la piel del soldado desnudo y el púrpura de sus heridas, en especial el de la cicatriz del hombro, recuerdo de una batalla que no recuerda. El miliciano no está muerto, duerme con la boca abierta y los pies entre gladiolos."

La península de las casas vacías. David Uclés.



Termino la lectura de El verano de Cervantes y de ordenar mis notas al mismo tiempo que termina julio, en pleno verano; veinte días después de recibir este hermoso regalo. Lo he alternado con Días de Reyes Magos, del que también he reunido algunos florilegios; también con La península de las casas vacías, que no sé si acabaré: le daré unas páginas más de cortesía, pero es que son tantos los que hay en cola, que sin remedio y a mi pesar tengo que elegir. Hasta ahora, unas treinta páginas, con ciertas limitaciones me ha recordado al Alfanhuí de Ferlosio y me ha parecido ver entre sus líneas un aire frívolo de realismo mágico... ¿Qué he dicho? Tras un receso es la escritura de esta página, en mi rincón favorito, me he leído unas cuantas páginas más y se me ha ido casi una hora sin darme cuenta: ahora puedo decir que sí, que seguiré con "Odisto" y la gente de "Jándula" hasta el final. Aún queda verano y la ironía, el ambiente mágico, incluso las opiniones de tinte programático me han despertado mi curiosidad.”

El párrafo anterior pertenece a otra página de este blog sobre El verano de Cervantes, en el que, en el mes de julio, mostré mis dudas iniciales y mi afán posterior de lectura de La península de las casas vacías, donde domina, entre ficciones mágicas y un realismo trágico, como todo lo que concierne a la Guerra Civil, los “entierros de palmas o puños” que no son sino “venganzas sobre otras venganzas que ya eran venganza de otra anterior”. La empecé, tengo que reconocerlo, con "malas vibraciones"; me sumergí en ella con anhelo y podría decir que incluso con desvelo, pues, la primera lectura, solo duró unos días; y posteriormente he releído muchos párrafos que había anotado para consultar o como florilegios y he de confesar que he visto algunos excesos y que muchas citas resultan prescindibles.

Es la historia total de la Guerra Civil española, entre bandos nombrados la manera unamuniana: los “hunos y los hotros”. De una Iberia -nombre tomado de la maravillosa utopía de Saramago*-, agonizante donde lo fantástico apuntala la crudeza de lo real. Hay nombres locales, como Jándula o Mágina, que ya están en las obras de Múñoz Molina y de Wenceslao Fernández Flórez parece tomar todo su bosque animado... Tambn, a ratos, recordamos a Ferlosio o a García Márquez. Un totum revolutum, que con los cruces de los personajes de papel de la familia de Jándula, espejo de toda Ibería, que se entremezclan con personajes reales como Alberti, Lorca y Unamuno; Rodoreda, Zambrano y Kent; Hemingway, Orwell y Bernanos; Picasso y Mallo; Azaña y Foxá; donde lo épico y lo costumbrista se entrelazan para tejer un portentoso tapiz, poético y grotesco, bello y delirante. Una novela, pues, con numerosos homenajes literarios y guiños a personalidades de nuestra cultura y política.

La península de las casas vacías no es una novela de guerra, aunque narra los hechos que acontecieron durante la guerra. Es la historia de una familia que tuvo la desgracia de vivir dentro de este fraticida conflicto armado de extrema crudeza, circundado, por ideologías acérrimas, ignorancia, irracionalidad, miedos, injusticias. Pero no es, por su originalidad y enfoque, una novela más sobre la guerra.

Desde luego, Gabriel García Márquez está presente, no sólo porque el autor recurra al realismo mágico, tan emparentado con el medio rural, sino que opta por el mismo inicio de “Crónica de una muerte anunciada”, donde se cuenta el final y la almendra de la obra. Pero esa parte tan asombrósamente mágica de La península de las casas vacías está mas cerca de aquella fantasía de Las ciudades invisibles de Italo Calvino que de la magia de Cien años de soledad de García Márquez. La relaciono con Las ciudades invisibles por sus formas abstractas y surrealistas en la utilización de la memoria y la percepción; la función del narrador en La península es muy similar a la de Marco Polo, narrador y personaje de Las ciudades: ambos nos llevan de la mano para que con la imaginación entremos en un mundo mágico, trágico y evocador de la condición humana. En las dos hay momentos de lectura verdaderamente mágicos, emocionantes, como lo es la historia de nuestro fratricida conflicto contada a través de una partida de ajedrez.

En lo tocante al realismo social de los cincuenta, Uclés hace unos curiosos guiños a Rafael Sánchez-Ferlosio, perteneciente a esa generación, y a su obra Industrias y andanzas de Alfanhuí. En algo me recuerda también a Por quién doblan las campanas, pero Hemingway supo equilibrar las referencias a las salvajadas de ambos bandos. Uclés lo intenta y creo que en la próxima tal vez lo consiga.

La capa mágica del relato no está del todo imbricada en la trama, la imitación interesa sobre todo por su lirismo; en ningún caso es un elemento activador del argumento. Pondré un ejemplo: en un momento determinado del entramado, descubrimos que en el pueblo la gente llora lágrimas de distinto color según la emoción. Esperamos que esto tenga un significado que se nos aclare más adelante, pero no volvemos a saber nada de ello y nada aporta al posterior desarrollo narrativo. Por otro lado, la capa realista es una novela más que aceptable sobre la tragedia de la guerra civil. Y todo ello tamizado por un narrador muy al estilo unamunesco de Niebla, que a veces parece perderse.

La novela no tiene un género definido. Esta novela es otra cosa. Es algo nuevo, algo aparte, algo de vanguardia, algo atrevido, en fin, es única. Parece escrita con aquella máxima cervantina de "a venga lo que viniere". Pienso que, dentro del realismo, roza varios géneros, en el que parece destacar el surrealismo abstracto, que trata, y coge los hechos reales, personajes históricos, realidad y ficción juntas, y los confina en un firmamento de hipérbole, aislados en un universo trágico lleno de lirismo.

El narrador es un personaje más, dentro del entramado de la narrativa, que se permite intervenir en tal y cual situación, entrevistar a los personajes. De igual manera los personajes lo interpelan a él. Les habla acerca de futuro, en algunos casos, decide cambiar ese futuro. Su voz es irónica, irreverente, burlona, en algunos casos, mordaz, cruel. Pero es un omnisciente con mucha sabiduría. Incorpora dos voces narrativas intrigantes, Eva y Ana, dos especies de oráculos que incide en hechos futuros o aclaran hechos pasados. Además, en algunas ocasiones nos indica la música idónea que nos recomienda escuchar para leer ciertos capítulos. Un narrador insolente que detiene la acción cuando le apetece para explicarnos los orígenes y parte del desarrollo de la Guerra Civil. Crea un mundo mágico y onírico alrededor del pueblo de Jándula -un verdadero acierto, con sus sueños y milagros, historias circulares que empiezan y terminan en sí mismas y con toneladas de buena literatura- y luego llama a todas las localidades por su nombre real, lo que le aleja de García Márquez y Onetti o del gran narrador español de las últimas décadas, Luis Mateo Díez.

La narración comienza en el pueblo de Jándula, (Quesada, Jaén). Odisto, nuestro protagonista con toda su familia: María, su mujer, sus siete hijos: José, Ángeles, Pablito, Martina, Gonzalo, Josito, Mariángeles. También están los abuelos maternos y los paternos, tíos y tías, sobrinos y sobrinas, desde allí, su pueblo natal, nos introducirán en un mundo, familiar de solidaridad de cooperación, de cariño, como también en un mundo tenebroso, hostil que empañó toda la Iberia de entonces. Pero para nuestro bien, él, Odisto el patriarca con su pasividad, ingenuidad y fortaleza se convertirá en un rayo de luz en la nefasta oscuridad.

El narrador divide la trama en varios segmentos que disminuyen la ferocidad de lo narrado, por una parte, la historia de Odisto Arlodento y su numerosa familia. Por la otra: la barbarie, el sadismo y la destrucción. La metamorfosis del alma humana. De cómo la crispación entre los unos contra los otros nos llevó donde nos llevó. Cabe aquí hacerse una pregunta cervantina, ¿sabemos quiénes somos?, sí, pero... y ¿sabemos quiénes podemos llegar a ser?

Así pues, retornáremos al pasado, a ese pasado, a esa guerra fratricida que conmovió y movilizó al mundo. Esa que creíamos extinta, superada. Esa que pensábamos que el horror del conflicto de antaño, nos habían dejado una enseñanza inolvidable, imborrable. Pero ... volviendo al presente, ¿hemos aprendido algo del pasado?

No es una mirada equidistante ni deliberadamente neutral y, aun así, logra un equilibrio complejo. En la novela aparecen la matanza de Badajoz, Paracuellos, la Desbandá y otras muchas barbaries cometidas por los “hunos” y los “hotros”, con hache, por lo que este enfoque incomodará a unos y a otros, yo creo que a unos algo más que otros, porque la balanza no está equilibrada del todo.

Espero que este joven escritor continúe escribiendo. Estoy seguro de que nos dejará buenas obras porque tiene madera de narrador. Eso sí, con más personajes ficticios como Odisto y su extraña y fantástica familia: relatos ficticios que bien pudieran ser reales, y no tanto de personajes reales a los que toda novela hace ficticios.


* Fernando Pessoa ya lo dijo: «construyamos en nosotros Iberia. Un día, Iberia será». Y también António Lobo Antunes, quien se lamentaba de «que no seamos el mismo país todos los ibéricos». Hay quienes dicen que la creación de Iberia vendría únicamente bien a España, que arrastra una mayor escisión traumática en su población; si bien, Portugal se beneficiaría tanto como España de la unión. En palabras de José Saramago, en Lusitania, la región que sería Portugal en Iberia, «no se dejaría de hablar, pensar y sentir en portugués. No seríamos gobernados por españoles, habría representantes de los partidos de ambos países en el Parlamento único con todas las fuerzas políticas de Iberia».

Pues eso. ¡Un día, Iberia será! Por mí, que no quede.