En el prólogo de “Rebelión en la granja”, George Orwell escribía una frase digna de ser cincelada en el mármol: “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Cuando la leí por primera vez, pensé que tal frase podría ser un magnífico lema vital; y, siempre consideré siguiendo a Orwell que la misión de todo el que escribe no es halagar a nadie, sino desnudarse y más bien aguijonear al lector, incomodarlo, llegando incluso a molestar por escribir sobre cuestiones espinosas o sobre asuntos controvertidos. Hoy ya sé que esto es una empresa inútil y quimérica; y que, como todas las empresas inútiles y quiméricas, solo engendra a la postre melancolía. Esta melancolía se eleva exponencialmente cuando esa libertad, es manifestada en la redes sociales, pues al descubrir las ideas uno se convierte en blanco de los demás.

lunes, 19 de enero de 2026

Cuando Cervantes habla de sí mismo en la novela

 


En la lectura del Quijote se pueden identificar referencias puntuales que Cervantes hace de sí mismo. Dos de ellas son explícitas, donde su nombre aparece directamente en el mundo quijotesco; la tercera es más sutil: no lo menciona, pero su presencia se deja sentir para quien conoce su biografía.

La primera aparece en el  Capítulo VI (1605). Es en el escrutinio que el cura y el barbero hicieron de la biblioteca de Cervantes. El barbero, librando La Galatea de la quema, dice:

-La "Galatea" de Miguel de Cervantes, -dijo el barbero-. 

-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se vé, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

 -Que me place, -respondió el barbero-

La segunda se halla en el  Capítulo XL (1605). Ocurre en el episodio del Capitán cautivo al aludir, en su historia, a un soldado español llamado Saavedra:

Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

La tercera se encuentra en el  Capítulo XLVII (1605), cuando el ventero entrega al cura unos papeles hallados en una maleta en la que, además, están las novelas de El curioso impertinente y Rinconete y Cortadillo:


El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había hallado en un aforro de la maleta donde se halló la
Novela del curioso impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía: "Novela de Rinconete y Cortadillo", por donde entendió ser alguna novela y coligió que, pues la del "Curioso impertinente" había sido buena, que también lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

No se menciona nombre, pero es difícil no pensar en Cervantes. Aquel escritor que viajó de Esquivias a Sevilla en busca de un empleo público al servicio de la Real Hacienda, como comisario real de la Armada Invencible, también fue un hombre de caminos, papeles, maletas y escritos dispersos.  

Me gusta pensar que Cervantes quiso dejar ahí un guiño íntimo a su propia travesía por España en 1587: un escritor errante, cargando manuscritos y esperanzas, escondido dentro de su propia novela.





miércoles, 14 de enero de 2026

¿Quién era Avellaneda según Cervantes?

La imagen es un dibujo de Ginés de Pasamonte o Ginesillo de Parapilla, como llama Cervantes a uno de los galeotes liberados (I, 22), quien después sería maese Pedro, en la aventura del mono adivino y el retablo de don Gaiferos y Melisendra. La crítica, mayoritariamente, piensa que este personaje está inspirado en Gerónimo de Pasmonte.
 

En anterior entrada de este blog “Dialéctica entre Quijotes” se destacaron algunas teorías con las que la crítica se posiciona sobre la autoría del Avellaneda: Antonio Márquez, habla de un grupo de personas, cercana a la Inquisición, dirigidas por Lope de Vega; Martín de Riquer que sugiere que detrás del apócrifo está Gerónimo de Pasamonte. En una de mis lecturas del libro infinito, me he detenido en uno de sus párrafos y me he preguntado por lo que Cervantes pensaba al respecto y sólo en Qujote de 1615 podemos leer pistas que a continuación enuncio.

Los prólogos son lo primero que se suele leer de una novela, pero todos sabemos que nos da norte de lo que nos vamos a encontrar y que es lo último que se escribe. Cervantes denunció en el prólogo del Ingenioso Caballero que Avellaneda había “fingido su patria”:

(…) y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. (Quijote, Prólogo, 575)

Indicó clara y repetidamente por cuatro veces en el cuerpo de su novela que era aragonés: en el capítulo 59, don Quijote hojea la obra de Avellaneda recién publicada y dice de ella que su “lenguaje es aragonés”:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos (II, 59: 1032);

En el mismo capítulo el narrador dice que don Jerónimo y don Juan “verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés”:

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés. (II, 59: 1035)

En el capítulo 61, al ser reconocido en Barcelona, don Quijote afirma lo siguiente: “yo apostaré que han leído nuestra historia y aun la del aragonés recién impresa” (II, 61: 1052).

En el capítulo 70 uno de los diablos de la visión de Altisidora se refiere a “la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas”

Dijo un diablo a otro: ''Mirad qué libro es ése''. Y el diablo le respondió: ''Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas''. ''Quitádmele de ahí -respondió el otro diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos''. ''¿Tan malo es?'', respondió el otro. ''Tan malo -replicó el primero-, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. (II, 70: 1112).

Estas cuatro manifestaciones constituyen una afirmación reiterada a lo largo del texto que no es contradicha por ningún otro aspecto del mismo y evidencian sin lugar a dudas la seguridad de Cervantes sobre el origen aragonés del autor del Avellaneda. Por ello, quienes propongan un candidato no aragonés a la autoría de la obra apócrifa podrán aducir que Cervantes estaba equivocado, pero no podrán ignorar el convencimiento cervantino de que Avellaneda era aragonés».

¿Y a qué aragonés se refiere Cervantes? Pues sin lugar a duda al ya mencionado Gerónimo de Pasamonte, un compañero de armas de Cervantes que estuvo con él en Lepanto y también fue cautivo en Argel, con quien fraguó una virulenta enemistad personal. Pasamonte, además, era un ultra contra-reformista, así como un profundo admirador de Lope, lo que en nada contradice las principales teorías sobre quien escribió el Avellaneda, que resumiendo podríamos concluir que salió del entorno de la Inquisicición, que fueron varios los autores, entre los que estaba Pasamonte y que seguramente fueron supervisados por Lope, a la sazón, familiar de la Santa Inquisición.